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jueves, 6 de julio de 2017

ALGUIEN BAJO LOS PARPADOS, Cristina Sánchez-Andrade

   «Viajar es una brutalidad» dejó dicho Cesare Pavese. Vivir también puede llegar a ser el peor de los sucesos. Olvido y Bruna no son, por mucho que se empeñen ciertos lectores, Thelma & Louise. Tampoco creo que baste para aproximarse con exactitud a Alguien bajo los párpados decir que es una alocada «road movie». Olvido y Bruna no viajan, comienzan una «expedición», su «expedición», al volante de un viejo Volswagen: un viaje inverso desde Santiago de Compostela hacia el nacimiento del Tambre en noviembre de 1981, cuando la octogenaria Olvido se percata de que ya ha «caminado demasiado tiempo sobre el lecho de la laguna» y exige a su criada Bruna abandonar la casa, incluso tras acabar de haber dejado a remojo las habas para el caldo. 
   Entre las muchas virtudes de Alguien bajo los párpados la crítica señala la perfecta composición de los personajes, en perpetua ebullición a lo largo de la historia. Cristina Sánchez-Andrade consiente que sus caracteres afloren con todas sus aristas, en cocción lenta, una estrategia que remite al mimo con el que Bruna guisará pobres manjares en el pazo al que ha llevado a los señores de Gondollín la Guerra Civil. También es evidente la inteligencia compositiva, que sabe alternar los dos tiempos de la historia, ese presente hipoglucémico, de gaviota y vestido de novia, que les lleva hacia el noroeste por la nacional 634 (tropezando con las más alocadas peripecias llenas de pitidos, volantazos y atropellos) y ese pasado terrible de hedores y tragedias, violaciones y niños que no han nacido muertos —pero que le estorban a la vida mísera del pobre—,  tuberculosis, perturbados, redactores del Estatuto de Autonomía, falangistas, topos y envejecidas monjas. 
   El mayor acierto de Cristina Sánchez-Andrade procede de la maestría con la que va desnudando la impostación y la mentira: ni París es Conxo, ni hay ama de cría que no haya parido antes, ni hay cuento gótico en la sala de las muñecas. Este relato carnavalesco, que zizaguea como el escarabajo que conduce Olvido, entre el esperpento y el realismo mágico, obliga al lector a fijar sus ojos ante esta epifanía sobre el fracaso, la soledad, la mala vida y la buena muerte. Olvido y Bruna no sólo han entretenido su vejez viendo Starsky y Hutch y Los ángeles de Charlie. También han visto en su televisor Arsénico por compasión, (Frank Capra, 1944), por eso el espejo desconchado del enmohecido cuarto les devuelve la imagen de las tías de Mortimer Brewster.
   Tras esos 80 años de vida tan mal vivida, tras esos 68 kilómetros en los también que ha habido tiempo para escuchar en la radio la noticia de la muerte de Don Álvaro Cunqueiro, les espera en Sobrado una sirena de «cabello suelto y ondulante»: esa feliz candela que tanto tiempo ha sido mucho más que Alguien bajo los párpados, porque como dice Gerald Brenan, hay algo aún peor al miedo a morir y es el miedo a no morirse. Claro que entre los muchos zarpazos con los que nos regala la vida, siempre existe ese lúcido desgarro que anima a algunos a perder el miedo al miedo. 

Francisco Rodríguez Coloma

jueves, 29 de junio de 2017

[EL AMOR ES UN ANIMAL VORAZ...], Cristina Sánchez-Andrade


   El amor es un animal voraz que necesita su alimento diario.

CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE, Alguien bajo los párpados, Anagrama, Barcelona, 2017, p. 231.
&
Remedios Varo

sábado, 13 de diciembre de 2014

LAS INVIERNAS, Cristina Sánchez-Andrade

CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE, Las Inviernas, Anagrama, Barcelona, 2014, 248 páginas.


   Muchas veces el lector abre la primera página de un libro con el convencimiento de que todo será felizmente previsible; por ello, leer, en esos casos, es confirmar el camino que se había elegido; el fin, la meta a la que se pretendía llegar en la agradable compañía de lo leído.
   Otras veces, leer resulta bien distinto; algo así como comprar un billete en la ventanilla de una estación en la que el tablero de las direcciones se ha desdibujado. El lector desconoce el rumbo y, relativamente desconcertado por la ondulante trayectoria que elige el chofer, se deleita contemplando los paisajes difusos que se presentan a izquierda y derecha, delante y detrás, sabiendo que girar la vista hacia un lado supone dejar escapar otros instantes.
   Esta segunda sensación me ha acompañado en toda esta travesía, subido en este ómnibus Las inviernas, conducido por Cristina Sánchez-Andrade, periodista, crítica literaria, profesora de escritura creativa, traductora de George MacDonald, Rudyard Kipling o Emily Brontë, pero, sobre todo, la narradora que se iniciaba en 1999 con Las lagartijas huelen a hierba y consolida su trayectoria con el reconocimiento obtenido en el año 2004 con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz a Ya no pisa la tierra tu rey, su tercera novela. En el año 2001 había publicado, Bueyes y rosas dormían; después vendrían Coco (RBA, 2007), y Los escarpines de Kristina de Noruega (Roca, 2010).
   En este ómnibus no podríamos ir a Southampton, pero sí a La Coruña o a Riveira, o más al este: a Bilbao o a Tossa de Mar. Sin embargo, mecidos por el traqueteo del cambio de marchas, enseguida nos sentimos transportados a ese espacio mítico que es Tierra de Chá, una aldea cartografiada como la espina de un pescado, con casas que exhalan vaharadas de olor a estiércol y mugre. Sería fácil calzar zuecos para poder transitar sus caminos enfangados, pero ahora, lejos de la Galicia de los años 50, nos sobran los remilgos para reconocer que podríamos volver a un tiempo  que creemos no haber vivido (o querríamos no haber vivido). Al fin y al cabo, tan intrusos somos como Saladina y Dolores en su vuelta a la casa familiar: ellas, huyendo de un pasado que querrían enterrar; los habitantes del pueblo, recibiendo la constatación de que, sabido es que es difícil soportar en la conciencia la infamia cometida; pero peor aún es que la supervivencia de las nietas de la víctima le recuerdan a los ejecutores su condición de verdugos. Es por eso que, en la aldea todo se transforma alrededor de ese pasado que se creía muerto y, por ello, nadie es capaz de vivir, puesto que el linchamiento de Don Reinaldo ha dejado a los habitantes de Terra de Chá en ese bucle de vidas detenidas, del que sólo saldrán cuando se cumpla la profecía de Violeta da Cuqueira y unos papelitos quemados revoloteen como diminutas mariposas grises y se posen en los árboles como imperceptibles polillas.
   Hasta ese momento, acodados en el mostrador de la taberna, escucharemos los relatos repetidos al compás de los chasquidos de la lareira, de boca de los parroquianos: Tristán, el criador de capones; Tiernoamor, el mecánico dentista que disfruta calzando zapato de tacón; Don Manuel, el cura que no quería ser cura; o Tío Rosendo, de cuyas teorías hemos sabido extraer lección: somos el envés de lo que creemos ser, salvo que sepamos capturar nuestro instante. A mí, ahora, mi instante me dice que me corresponde callar. Callar y callar. Callaremos.

FRC

jueves, 11 de diciembre de 2014

[LA MEMORIA ES UN JUEGO...], Cristina Sánchez-Andrade

   La memoria es un juego de muñecas rusas, cajitas que se abren y se cierran.

CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE, El libro de Julieta, Grijalbo, Barcelona, 2010, p. 15.
&
Yana Elkassova