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viernes, 16 de noviembre de 2012

[MISS JOËRGEN ME DICE...], Enrique Jardiel Poncela



   Miss Joërgen me dice que su marido "no la comprende"
   (Esto significa que la va a engañar en cuanto pueda).
   Pero el marido no deja ni a sol ni a sombra a su mujer.
   (Lo que significa que, en realidad, "la comprende" perfectamente).

ENRIQUE JARDIEL PONCELA, A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin, Rey Lear, Madrid, 2011, p. 48.

sábado, 10 de diciembre de 2011

AFORISMOS, Enrique Jardiel Poncela

La Historia y la Filosofía se diferencian en que la Historia cuenta cosas que no conoce nadie con palabras que sabe todo el mundo, en tanto que la Filosofía cuenta cosas que sabe todo el mundo con palabras que no conoce nadie.
***
El crepúsculo es un fracaso diario de la Naturaleza.
***
La luna está siempre tan pálida porque hace exclusivamente vida de noche.
***
Ser cínico es volver a escribir lo que habíamos tachado.
***
Nunca hay suficiente libertad para imponer la libertad.
 
 
ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Máximas mínimas, Biblioteca Nueva, Madrid, 2001.

sábado, 5 de marzo de 2011

EL CHÓFER NUEVO, Enrique Jardiel Poncela

EL CHÓFER NUEVO

Me lo cedió mi tío Hermenegildo, y me lo recomendó de un modo muy expresivo, diciéndome:
—¡Es un chofer único en el globo, créeme! Si dispone de un buen coche, este hombre consigue prodigios enormes, que en un circo le hubiesen hecho rico. Obedéceme y sírvete de él; tú tienes un coche estupendo y te mueres de tedio ¿no es cierto? Pues te juro, querido sobrino, que cediéndote un chofer como Melecio te pongo en condiciones de ser testigo, e incluso intérprete, de emociones inconcebibles, sin precedentes en el mundo de lo locomotivo. Porque como este chofer no existen dos.
Melecio Volodio, el chofer propuesto, que presenció el momento descrito, sonrió entonces con gesto misterioso. Y no bien concluyó mi tío su elogio, el chofer rozó levemente el borde izquierdo de su sombrero frégoli, color crepúsculo griego, se inclinó con un gentil movimiento y murmuró:
—Tómeme el señor, que conozco mi oficio…
Y sin otros incidentes que mereciesen ser escritos, Melecio Volodio quedó elegido chofer de mi «dieciséis cilindros», con cien duros de sueldo.
Doce excursiones, que tuvieron un epílogo tristemente quirúrgico, me convencieron en un solo mes de que como Melecio no existió en el Universo chofer ninguno.
Prescindo, diciendo esto, de su dominio peregrino del motor: Volodio no sólo conservó de continuo en los extremos de sus dedos los secretos de mi «Mercedes», sino que en el tiempo que vivió conmigo domesticó el motor de un modo mirífico, y el coche corrió, frenó y retrocedió obedeciendo como un perrito lulú los gestos de su chofer.
Pero éste mérito resultó pequeño y ridículo enfrente de otros méritos inconcebibles de Melecio Volodio. Uno, sobre todo, me preocupó en extremo, y se convirtió de súbito en obsesión terrible de mis nervios. El mérito en cuestión estribó, señores, en el frío desdén con que Melecio Volodio miró siempre el peligro. ¿Fue el desprecio de los bienes terrenos? ¿Fue un deseo de morir, fruto de desilusiones y de dolores ocultos? ¿Fue, simplemente, heroísmo? ¿O fue el gusto de servirme y el prúrito de divertir, con emociones fuertes, mi vivir tedioso? Lo ignoro; no lo sé… Pero es lo cierto que siempre que el chofer nuevo puso en movimiento el motor de mi coche; ejecutó sorprendentes ejercicios llenos de riesgos y sembró el terror en los sitios por donde metió el coche; destrozó los vidrios de infinitos comercios, derribó postes telefónicos y luminosos, hizo cisco trescientos coches del servicio público, pulverizó los esqueletos de miles de individuos, suprimiéndoles del mundo de los vivos, en oposición con sus evidentes deseos de seguir existiendo; quitó de en medio todo lo que se le puso enfrente; hendió, rompió, deshizo, destruyó; encogió mi espíritu, superexcitó mis nervios; pero me divirtió de un modo indecible, porque Melecio Volodio no fue un chofer, no; fue un «simún» rugiente. ¿Por qué este furor, este estropicio continuo? ¿Por qué, si Volodio dominó el coche como no lo dominó ningún chofer de los que tuve después?
Hice lo posible por conocer el fondo del misterio, y lo logré por fin.
—¡Melecio!— le dije, volviendo de un terrible circuito que produjo horrendos efectos destructores—. Es preciso que expliques lo que ocurre. Muchos infelices, muertos por nuestro coche, piden un desquite… ¡Que yo mire en lo profundo de tus ojos, Melecio Volodio!… Di… ¿Por qué persistes en ese feroz proceder, en ese cruel ejercicio?
Melecio inspeccionó el horizonte, medio sumido en el crepúsculo, y moderó el correr del coche. Luego hizo un gesto triste.
—No soy cruel ni feroz, señor —susurró dulcemente—. Destrozo, destruyo, y rompo, y siembro el terror… de un modo instintivo.
—¡De un modo instintivo! ¡Eres entonces un enfermo, Melecio!
—No, pero me ocurre, señor, que he sido muchísimo tiempo chofer de bomberos. Un chofer de bomberos es siempre el dueño del sitio por donde se mete. Todo el mundo le permite correr, no se le detiene; el sonido estridente e inconfundible del coche de los bomberos, de esos héroes con cinturón, es suficiente, y el chofer de bomberos corre, corre… ¡Qué vértigo divino!
Concluyó diciendo:
—Y mi defecto es que me creo que siempre voy conduciendo el coche de bomberos. Y como esto no es cierto como hoy no soy, señor, el dueño del sitio por donde me meto pues ¡pulverizo todo lo que pesco!
Y Melecio prorrumpió en sollozos.


ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Ventanilla de cuentos corrientes, Rey Lear, Madrid, 2009, páginas 27-30.

miércoles, 2 de marzo de 2011

UN MARIDO SIN VOCACIÓN, Enrique Jardiel Poncela

UN MARIDO SIN VOCACIÓN

Un otoño —muchos años atrás—, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.
—¡Hay un matrimonio próximo, pollos!—advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al casino y toparon con los camaradas más íntimos—.
—¿Un matrimonio?
—Un matrimonio, sí—corroboró Ramón—.
—¿Tuyo?
—Mío.
—¿Con una muchacha?
—¿Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
—Y, ¿cuándo ocurrirá la cosa?
—Lo ignoro.
—¿Cómo?
—No conozco a la novia. Ahora voy a buscarla...
Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.


***

A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a «La moda y la Casa» (publicación para muchachas sin novio).
Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!... Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sándwichs duros como un fiscal...
Al onzavo sándwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron:
—¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!
Y los amigos cogimos otro sándwich —dozavo—y otra copita.
Y allí acabó la cosa.
***

Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí...
Al contrario: allí daba principio.
Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso.
—¡Soy un idiota! —murmuró Ramón—. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado...
Y corroboró rabioso:
—¡Soy un idiota!
Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina.
—¡Dios mío! —gruñía Ramón mirándola—. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!... No hay ya salvación para mí..., ¡no la hay!
Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.
—¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! —gritó.
(Silvia miró al parabrisas con infantil docilidad).
Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:
—Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si
no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada...
Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.
***

Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial.
Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.
—Grupo nupcial, ¿no? —indagó—.
—Sí —dijo Ramón—.
Y añadió:
—Con una variación.
—¿Cuál?
—La sustitución más original vista hasta ahora... Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto... ¡Viva la originalidad!
Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:
—¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión: La cara más alta... ¡Cuidado! ¡Así!... ¡Ya!
Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso.
—¡Al auto! —mandó—.
(Silvia ahora iba llorando)
—¡La cosa marcha! —susurró Ramón.
***

Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda).
Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.
—Yo viajo con los maquinistas —anunció—. Voy a la locomotora... ¡Hasta la vista!
Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita.
Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia.
Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido.
Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.
Silvia sufría cada día más.
—¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! —murmuraba todavía Ramón. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis.
Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.
Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.

***
Por fin lo trasladaron al manicomio.
Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia.


ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Ventanilla de cuentos corrientes, Rey Lear, Madrid, 2009, páginas 21-26.

miércoles, 23 de febrero de 2011

LOS VECINOS DEL PRINCIPAL DERECHA, Enrique Jardiel Poncela

LOS VECINOS DEL PRINCIPAL DERECHA

Al llegar a mi patria, de regreso de la Argentina, hice lo que suele hacer todo el que se encuentra en mi caso: me instalé en un hotel y me dediqué a buscar un piso desalquilado.
Para un hombre con dinero, encontrar un piso desalquilado es cosa fácil. Yo traía mucho dinero de América y encontré rápida­mente lo que necesitaba.
América había sido pródiga para mí. Es cierto que durante doce años trabajé furiosamente. Pero también es cierto que al cabo de los doce años de trabajo incesante, me hallé sin colocación y sin dinero ¿Cómo volver a mi patria fracasado? Una tarde paseaba por Palermo pensando esta triste cosa cuando tropecé con una gruesa cartera de cuero negro. La abrí; la cartera contenía una bolsita con diamantes y $ 150.000 en billetes. También contenía unas tarjetas y una cédula de identidad con el nombre y las señas de su dueño, pero como desde el primer momento había decidido quedarme la cartera, rompí las tarjetas y la cédula y procuré olvi­dar el nombre de aquel caballero, lo que logré enseguida, porque yo tengo una memoria fatal.
De este modo me hice rico en América. Y es que en América todo el que trabaja mucho acaba, por hacer fortuna.
El cuarto que alquilé al llegar a mi patria era precioso. Lo deco­ré todo a mi gusto y comencé a vivir una vida sin preocupaciones, llena de molicie y de refinamiento. De vez en cuando invitaba a cualquier muchacha sin compromiso a pasar unos días en mi com­pañía, y cuando me sentía harto de su modo de reír o de su gesto al ponerse el pyjama la sustituía por otra. Este procedimiento de gustar el amor, como si fuese un piano de manubrio, es una de las bases en que durante años se ha sustentado la tranquilidad de los hombres solteros.
Pero una tarde, en esa hora romántica y húmeda del crepúsculo, estaba solo en casa, porque me hallaba en un momento de transi­ción entre el piano pasado y el piano futuro.
Alguien hizo sonar el timbre y, como una tromba, se me metió en casa una dama estrepitosamente perfumada con “gardenias pú­tridas”, de Lelong.
La dama atravesó el living-room, irrumpió en mi despacho y se dejó caer en uno de los sillones con la vista fija en el suelo, las cejas fruncidas y mordiéndose ligeramente el labio inferior.
La contemplé. Traía la cabeza destocada y se envolvía en un deshabillé de charmeuse y terciopelo. Llevaba unos pendientes de ópalo y unas chinelas amaranto con los tacones rojos, iguales a los de los cortesanos de Luis XV. Era rubia; de un rubio frenético.
No quise romper el silencio porque, precisamente, al sentarse en el sillón, el deshabillé se había arrugado y dejaba al descubierto las dos piernas de la dama en una extensión suficiente para privar del habla a un orador famoso; cuanto más a mí, que hablo poquí­simo. Detalle interesante: las medias que envolvían aquellas piernas prodigiosas eran de gasa, color “risa de sordo”.
Pero semejante situación no podía prolongarse. La dama alzó de pronto su cabeza y me dijo:
—Caballero: perdone usted esta intromisión. Soy la vecina del principal derecha. He tenido un feroz disgusto con mi marido y, llevada de la ira, me he ido de casa. Cuando he querido reaccionar estaba en la escalera. ¿Adónde ir así? Y se me ocurrió llamar en su piso. Si a usted le parece, charlaremos un rato, hasta que yo me tranquilice.
—Y es posible que usted consiga tranquilizarse, señora. Quien no podrá tranquilizarse seré yo mientras usted se obstine en mostrar enteramente la región de sus ligas.
La dama rectificó los pliegues de su deshabillé y me hizo de pronto esta pregunta insólita:
—¿Qué opina usted del amor?
—Creo —repuse para ayudarla en su propósito de quitarle tirantez a nuestra entrevista— que el amor es una especie de ascensor hidráulico; se le puede exigir que funcione bien durante cinco años; durante diez; durante quince; pero llega un momento en que se estropea y se niega a funcionar.
—¿Y entonces?
—Entonces, señora, hay que cambiar de ascensor o subir a pie; es inevitable.
La dama sonrió con esa sonrisa luminosa exclusiva de las personas inteligentes.
Luego se inclinó hacia mí, rodeó mi cuello con sus brazos y murmuró esta sola palabra:
—¡Ay!
Cuando una mujer suspira mientras rodea con sus brazos el cuello de un hombre, debe uno darse por enterado de que la dama tiene ganas de suspirar.
—Es usted capaz de enloquecer a cualquier mujer, amigo mío; sin embargo, nuestro amor es imposible. Yo lo sospecho: ¡impo­sible, sí!
Y se retorció un dedo, luego, dos; después, tres; y, al final, todos los dedos de la mano.
Entonces llamaron a la puerta.
—¡Mi marido!
—¿Usted cree?
Fui a abrir y, en efecto, entró el marido. Tenía un aire triste.
—Caballero —me dijo—. No me explique usted nada. Usted no tiene la culpa. ¡Ella ha sido la que ha venido aquí!… ¡Dios mío, qué vergüenza!
Rompió a llorar, me rogó un vaso de agua, y por tres veces le llevé coñac, tila y azahar.
Al volver yo al despacho me encontraba siempre al marido paseándose excitado, increpando a su mujer, y ésta tumbada en su silla, mirando la calle con gesto displicente.
Por fin, a las ocho de la noche, después de que efectué, trayendo agua, una agotadora labor de camello del desierto, deci­dieron volverse a su casa.
Ya en la puerta, el marido me estrechó enérgicamente las ma­nos mientras me decía:
—Gracias, gracias… Nunca olvidaré esto; nunca lo olvidaré.
Y se fueron.
Media hora después yo subía rápidamente la escalera y llamaba en el principal derecha. Nadie contestó a mis timbrazos. Entonces el portero, asomándose al hueco del ascensor, me advirtió que en el principal derecha no vivía nadie, pues el cuarto estaba desalqui­lado desde hacía seis semanas.
Esta noticia me produjo una gran contrariedad. Porque necesitaba hablar de nuevo con los vecinos del principal derecha para preguntarles si ellos habían visto por casualidad, una bolsita con brillantes que yo guardaba en el bargueño de mi despacho y que ha­bía echado de menos al rato de marcharse de mi casa el matrimonio.

ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Ventanilla de cuentos corrientes, Rey Lear, Madrid, 2009, páginas 31-36.