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miércoles, 6 de junio de 2012

LA FE, Quim Monzó



LA FE

   —Quizá es que no me quieres.
   —Te quiero.—¿Cómo lo sabes?
   —No lo sé. Lo siento. Lo noto.
   —¿Cómo puedes estar seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?
   —Te quiero porque eres diferente de todas las mujeres que he conocido en mi vida. Te quiero como nunca he querido a nadie, y como nunca podré querer. Te quiero más que a mí mismo. Por ti daría la vida, me dejaría despellejar vivo, permitiría que jugasen con mis ojos como si fuesen canicas. Que me tirasen a un mar de salfumán. Te quiero. Quiero cada pliegue de tu cuerpo. Me basta mirarte a los ojos para ser feliz. En tus pupilas me veo yo, pequeñito.
   Ella mueve la cabeza, inquieta.
   —¿Lo dices de verdad? Oh, Raül, si supieses que me quieres de veras, que te puedo creer, que no te engañas sin saberlo y por lo tanto me engañas a mí... ¿De verdad me quieres
   —Sí. Te quiero como nadie ha sido capaz de querer nunca. Te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras ni verme. Te querría en silencio, a escondidas. Esperaría que salieses del trabajo nada más que para verte de lejos. ¿Cómo es posible que dudes de que te quiera?
   —¿Cómo quieres que no dude? ¿Qué prueba real tengo de que me quieres? Sí, tú dices que me quieres. Pero son palabras, y las palabras son convenciones. Yo sé que a ti te quiero mucho. Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que tú me quieres a mí?
   —Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? Mírame a los ojos. ¿Crees que podrían engañarte?Me decepcionas.
   —¿Te decepciono? No será mucho lo que me quieres si te decepcionas por tan poco. ¿Y todavía me preguntas por qué dudo de tu amor?
   El hombre la mira a los ojos y le coge las manos.
   —Te quiero. ¿Me oyes bien? Te quiero.
   —Oh, «te quiero», «te quiero»... Es muy fácil decir «te quiero».
   —¿Qué quieres que haga? ¿Que me mate para demostrártelo?
   —No seas melodramático. No me gusta nada ese tono. Pierdes la paciencia enseguida. Si me quisieras de verdad no la perderías tan fácilmente.
   —Yo no pierdo nada. Sólo te pregunto una cosa: ¿qué te demostraría que te quiero?
   —No soy yo la que tiene que decirlo. Tiene que salir de ti. Las cosas no son tan fáciles como parecen.—Hace una pausa. Contempla a Raül y suspira—. A lo mejor tendría que creerte.
   —¡Pues claro que tienes que creerme!
   —Pero ¿por qué? ¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso,que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad? Bien puede ser que te equivoques. No creo que vayas con mala fe. Creo que cuando dices que me quieres es porque lo crees. Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si lo que sientes por mí no es amor sino afecto, o algo parecido? ¿Cómo sabes que es amor de verdad?
   —Me aturdes.
   —Perdona.
   —Yo lo único que sé es que te quiero y tú me desconciertas con preguntas. Me hartas.
   —Quizá es que no me quieres.

QUIM MONZÓ, El porqué de las cosas, Anagrama, Barcelona, 1994, pp. 29-31.

viernes, 25 de mayo de 2012

EL CUENTO, Quim Monzó



EL CUENTO
 
   A media tarde el hombre se sienta ante su escritorio, coge una hoja de papel en blanco, la pone en la máquina y empieza a escribir. La frase inicial le sale enseguida. La segunda también. Entre la segunda y la tercera hay unos segundos de duda.
   Llena una página, saca la hoja del carro de la máquina y la deja a un lado, con la cara en blanco hacia arriba. A esta primera hoja agrega otra, y luego otra. De vez en cuando relee lo que ha escrito,tacha palabras, cambia el orden de otras dentro de las frases, elimina párrafos, tira hojas enteras a la papelera. De golpe retira la máquina,coge la pila de hojas escritas, la vuelve del derecho y con un bolígrafo tacha, cambia, añade, suprime. Coloca la pila de hojas corregidas a la derecha, vuelve a acercarse la máquina y reescribe la historia de principio a fin. Una vez ha acabado, vuelve a corregirla a mano y a reescribirla a máquina. Ya entrada la noche la relee por enésima vez. Es un cuento. Le gusta mucho. Tanto, que llora de alegría. Es feliz. Tal vez sea el mejor cuento que ha escrito nunca. Le parece casi perfecto. Casi, porque le falta el título. Cuando encuentre el título adecuado será un cuento inmejorable. Medita qué título ponerle. Se le ocurre uno. Lo escribe en una hoja, a ver qué le parece. No acaba de funcionar. Bien mirado, no funciona en absoluto. Lo tacha. Piensa otro. Cuando lo relee también lo tacha.
   Todos los títulos que se le ocurren le destrozan el cuento: o son obvios o hacen caer la historia en un surrealismo que rompe la sencillez. O bien son insensateces que lo echan a perder. Por un momento piensa en ponerle Sin título, pero eso lo estropea todavía más. Piensa también en la posibilidad de realmente no ponerle título,y dejar en blanco el espacio que se le reserva. Pero esta solución es la peor de todas: tal vez haya algún cuento que no necesite título, pero no es éste; éste necesita uno muy preciso: el título que, de cuento casi perfecto, lo convertiría en un cuento perfecto por completo: el mejor que haya escrito nunca. Al amanecer se da por vencido: no hay ningún título suficientemente perfecto para ese cuento tan perfecto que ningún título es lo bastante bueno para él, lo cual impide que sea perfecto del todo. Resignado (y sabiendo que no puede hacer otra cosa), coge las hojas donde ha escrito el cuento, las rompe por la mitad y rompe cada una de esas mitades por la mitad; y así sucesivamente hasta hacerlo pedazos.


QUIM MONZÓ, El porqué de las cosas, Anagrama, Barcelona, 1994, pp. 137-138.

martes, 20 de septiembre de 2011

LA FE, Quim Monzó


LA FE

   —Quizá es que no me quieres.
   —Te quiero.
   —¿Cómo lo sabes?
   —No lo sé. Lo siento. Lo noto.
   —¿Cómo puedes estar tan seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?
   —Te quiero porque eres diferente a todas las mujeres que he conocido en mi vida. Te quiero como nunca he querido a nadie, y como nunca podré querer. Te quiero más que a mí mismo. Por ti daría la vida, me dejaría despellejar vivo, permitiría que jugasen con mis ojos como si fuesen canicas. Que me tirasen a un mar de salfumán. Te quiero. Quiero cada pliegue de tu cuerpo. Me basta mirarte a los ojos para ser feliz. En tus pupilas me veo yo, pequeñito.
   Ella mueve la cabeza inquieta.
   —¿Lo dices de verdad? Oh, Raül!, si supiese que me quieres de veras, que te puedo creer, que no te engañas sin saberlo y por lo tanto me engañas a mí... ¿De verdad me quieres?
   —Sí. Te quiero como nadie ha sido capaz de querer nunca. Te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras ni verme. Te querría en silencio, a escondidas. Esperaría que salieses del trabajo nada más que para verte de lejos. ¿Cómo es posible que dudes de que te quiero?
   —¿Cómo quieres que no dude? ¿Qué prueba tengo, real, de que me quieres? Tú dices que me quieres, sí. Pero son palabras, y las palabras son convenciones. Yo sé que te quiero mucho. Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que me quieres a mí?
   —Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? Mírame a los ojos. ¿Crees que podrían engañarte? Me decepcionas.
   —¿Te decepciono? No será mucho lo que me quieres si te decepcionas por tan poco. ¿Y todavía me preguntas por qué dudo de tu amor?
   El hombre la mira a los ojos y le coge las manos.
   —Te quiero. ¿Me oyes bien? Te  q u i e r o.
   —Oh, «te quiero», «te quiero»... Es muy fácil decir «te quiero».
   —¿Qué quieres que haga? ¿Que me mate para demostrártelo?
   —No seas melodramático. No me gusta nada ese tono. Pierdes la paciencia enseguida. Si me quisieras de verdad no la perderías tan fácilmente.
   —Yo no pierdo nada. Sólo te pregunto una cosa: ¿qué te demostraría que te quiero?
   —No soy yo la que tiene que decirlo. Tiene que salir de ti. Las cosas no son tan fáciles como parecen. —Hace una pausa. Contempla a Raül y suspira—. Quizá sí tendría que creerte.
   —¡Pues claro que tienes que creerme!
   —Pero ¿por qué? ¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso, que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo del fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad? Bien puede ser que te equivoques. No creo que obres de mala fe. Creo que cuando dices que me quieres es porque lo crees. Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si lo que sientes por mí no es amor sino afecto, o algo parecido? ¿Cómo sabes que es amor de verdad?
    —Me aturdes.
    —Perdona.
    —Yo lo único que sé es que te quiero y tú me desconciertas con preguntas. Me hartas.
    —Quizá es que no me quieres.

QUIM MONZÓ, Ochenta y seis cuentos, Anagrama, Barcelona, 2001, pp. 281-283.