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miércoles, 23 de julio de 2014

[LA VIDA ES...], Omar Jayyam

La vida es una causa perdida de antemano.
Inmólate por algo que merezca la pena:
por amor al Amor, o a su divina esencia,
por el placer que nunca termina de acabarnos.
 
OMAR JAYYAM, Caravana y desierto, Renacimiento, Sevilla, 2014, p. 119.
Versión de Javier Almuzara
&
Egon Schiele

domingo, 25 de noviembre de 2012

[MARC ESTUDIA...], Agustín Fernández Mallo


   Marc estudia con detenimiento el libro que tiene delante, Guía agrícola Philips 1968; la encontró entre los trastos viejos de su padre y se la quedó. Observa de reojo la azotea a través de la puerta de su caseta. Vive ahí. Un tinglado, situado en lo alto de un edificio de 8 plantas, que ha ido construyendo con diferentes hojas de latas, bidones, trozos de cartones petroleados y fragmentos de uralitas. Todo ensamblado de tal modo que las 4 paredes configuran un mosaico de palabras e iconos cuarteados de aceite La Giralda, lubricantes Repsol, Beba Pepsi o sanitarios Roca. A veces los mira, y entre todo ese hermanamiento de marcas comerciales intenta descubrir mapas, recorridos, señales latentes de otros territorios artificiales. En la azotea, que ningún vecino ya frecuenta, hay una serie de alambres que van de lado a lado en los que en vez de ropa colgada hay hojas escritas, a mano y por una sola cara, con fórmulas matemáticas; cada una sujeta de una pinza. Cuando sopla el viento [siempre sopla] y se mira de frente el conjunto de hojas, éstas forman una especie de mar de tinta teórico y convulso. Si se ven desde atrás, las caras en blanco de las DIN-A4 parecen la más exacta simbología de un desierto. Las ve aletear y piensa, Es fascinante mi teoría. Cierra la Guía agrícola Philips 1968, la deja sobre la mesa, sale y descuelga unas cuantas hojas de los cables número 1, 4 y 7. Antes de volver a entrar se acoda en la barandilla y piensa en el Mundial que nunca hemos ganado, en que lo más plano que existe sobre la Tierra son las vías de los trenes, en que la música de El acorazado Potemkin, si te fijas, es el «Purple Haze» de Jimi Hendrix versioneado. Después entra en la caseta, que tiembla cuando cierra la puerta de un golpe.

AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO, Nocilla experince, Alfaguara, Madrid, 2008.

jueves, 21 de mayo de 2009

[ESTA MISMA NOCHE...], Agustín Fernández Mallo


Esta misma noche mi PC dijo hasta con un voca­bulario de pitidos y signos incomprensibles, y en ese maltrance electrónico he perdido todos los textos allí emboscados desde hace seis años. Quizá no debí traerlo, tuve que haber pensado que para los viajes no se hicieron estas máquinas. Pulsé el timbre. ¿Poulos? Sí. Soy un amigo de Dimitri. Ah! Sí. Ya me avisó; pasa. Solo estaré unos días, después seguiré ruta por la isla. Como quieras; estás en tu casa. Él pinta durante casi todo el día, sólo nos vemos en las cenas. Bajo una pérgola comemos ensalada y pescado, reímos cuando a alguno se le derrama el yogurt, o si los niños llegan del embarcadero haciendo monerías con los peces y las cañas. Durante las mañanas duermo, y por las tardes observo con cierta extrañeza los pinos del acantilado; crecen año tras año inclinados, como si ya supieran que en alguna etimología viento viene de tiempo. Suelo darme un baño antes del crepúsculo y a veces paseo por la playa con Janet, la mujer de Poulos. Cuenta cómo le va con sus nuevas prensas para la uva y yo la escucho. También alguna tarde liemos encendido una fogata en la arena. Por las noches intento licuar el alfabeto, y no sé si escribo o hago que escribo, porque se me pasan muy rápido, un breve parpadeo. Al amanecer, antes de acostarme, me detengo unos instantes en la ven­tana orientada al sureste y miro cómo despunta la luz con [por decir algo] cotidiana resignación. Mucho más allá, Egipto. Un azul verdoso de mar cubre el mármol ya casi desconocido de las ruinas. Latente Alejandría. Pero este amanecer he mirado por la ventana con especial melan­colía. Lo del ordenador ya no tiene remedio. En ese ente metafísico llamado disco duro atesoraba textos desde hace seis años, ficciones como gui­jarros con los que vamos surtiendo el camino por si un día queremos regresar a casa. Y yo ya no puedo, todo ha volado, se puede decir que hace seis años nada dio comienzo para venir a morir ayer en el receptáculo de lo vacío, y mi vida, ahora, anudada a lo real, ganará en peso como lo gana el péndulo tras cada bandazo. Todo esto pensaba cuando la ventana desenfocó la miopía, y entonces, más allá de lo visible, Alejandría [visible, pero con otro catalejo]. Una biblioteca se quemó allí hace dos mil años. Desde entonces no ha cesado el torrente de páginas abordando el terna. Cientos de relatos, teorías y refutaciones cada vez más osadas, lamentando la sabiduría allí depositada y disuelta en el Mediterráneo corno sustancioso plancton: Ficciones. Y pienso que aquella biblioteca también tuvo sus particulares seis años de nada resueltos en virtualidad. Todo lo que yo guardaba en mi disco duro tenía la pre­tensión de llegar a ser ficción, por eso, he pensa­do, qué mejor desgracia podría haberle ocurri­do. [36]

AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO, Creta lateral travelling, Sloper, Palma de Mallorca, 2008,, pp. 46-48.

www.editorialsloper.es

miércoles, 12 de marzo de 2008

Nocilla Experience, Agustín Fernández Mallo









En la árida estepa marrón situada al suroeste de Rusia, se alza una gigantesca construcción de cristal culminada en una cúpula destinada a albergar todo cuanto uno pueda llegar a imaginar con tal de eso que imagina tenga que ver con el juego del parchís. Brilla con fulgor suprafotográfico ese bloque de cristal sólidamente clavado a una tie­rra de nieve inmaculada y piedras sueltas. En apariencia, un espejismo. Espacios para entrenamiento, alojamiento para cursillistas y maestros, salas de videoproyecciones, la­boratorios de programación computacional destinados a pergeñar partidas, gimnasios de relajación y/o concentración orientados a los momentos previos al juego, 1 biblio­teca cuya única temática son las fichas rojas, otra sólo para las amarillas, otra sólo para las azules, otra para las ver­des, restaurante y dietas especiales para alumnos, 1 can­tina para visitantes y 2 bibliotecas dedicadas a la Historia del parchís. Se halla en las cercanías de la ciudad de Ulan Erge, en la región rusa de Kalmykia, una zona al norte del mar Caspio que tiene forma de lengua estrangulada entre las recientes repúblicas de Ucrania y Kazajstán donde 300.000 rusos y rusas viven en la pobreza que rodea a ese gran complejo parchístico. En los mismos lindes del pa­lacio da arranque una extensión segmentada por caminos semiasfaltados que unirá un horizonte atiborrado de pos­tes de teléfono sin línea. Suele verse por allí alguna mula que se ha perdido; posiblemente duerma en una caseta de antiguos trasformadores eléctricos y paste entre las antenas de radio y televisión que fueron plantadas en su día. Esa piel de antenas se dibuja dentro de un círculo de borde Irregular de 2 kilómetros de radio en torno al palacio del parchís, pero no tiene nada que ver con el parchís: el gobier­no ruso ubicó allí todo ese antenaje debido a las excelentes condiciones que ofrece la región en cuanto a altura, ausen­cia de interferencias y privilegiada situación fronteriza euroasiática. La idea del palacio había partido del presi­dente de la región, Iluminizhov, que como fanático juga­dor de ese deporte invirtió decenas de millones de euros en materializar su fantasía, obtenidos tanto de las arcas del estado como de insólitas alianzas con Gaddafi o Sadam Husein. La zona está tan arruinada que los refugiados de la guerra de Chechenia que pasan por allí se van porque no encuentran agua potable; no pocos hallan ahí la muerte que no encontraron en el campo de batalla. Los pueblos nativos de esa estepa fueron nómadas que aún conservan parte de esa forma de vida. Cuando les echan de algún lu­gar, o se ven sin recursos, desmontan sus casas, de las que dejan sólo los cimientos, y se van con los ladrillos, venta­nas, cocinas y lavabos apilados en furgonetas y carros a otra parte. Pero el palacio del parchís está inmaculado y vacío desde que se construyó, hace ahora 10 años. Ni si­quiera nadie lo ha inaugurado, y mucho menos usado o habitado. Dentro sólo se oye el viento que fuera golpea. Los libros están en sus estantes, los ordenadores cargados de programas, los platos de las cocinas limpios y perfectamente superpuestos, la carne intacta en las salas frigorífi­cas, los tableros de colores en las vitrinas y las fichas y cubi­letes encubando teóricas partidas. También hay una radio que un obrero se dejó encendida.

Agustín Fernández Mallo, Nocilla Experience, Alfaguara, Madrid, 2008, pp. 15-16


sábado, 17 de noviembre de 2007

[Siempre has pensado...], Agustín Fernández Mallo

Siempre has pensado que la realidad no existe
o, por lo menos,
que la tuya la vive otro.
­Quién creció entonces en esta ciudad
te dices esta noche en la que llegas a las tantas
con la alevosía del fugitivo que regresa a devolver un dinero,
a confirmar un dato, o a saldar una deuda de honor,
pilotando expectante un automóvil
como el cetáceo suicida atraviesa entre dos cabos
una línea imaginaria.

Adónde regreso si la realidad no existe,
te dices,
a una luz ya apagada en mi ventana
donde insomne agotaba el último
serie B de Tele 5 y después releía a Bataille,
a ese edifici que ahora paso de largo
donde mis ancianos padres duermen
a los corn flakes con whisky de madrugada
en El Pesquero y las frases ocurrentes copiadas
a Baudelaire, a Décima Víctima
al macarra de turno,
a un pasado que ya es literatura,


adónde,
[lo dijo Zenón, la flecha está en el aire
pero no se mueve la flecha
]
si el disco en los semáforos desde entonces
está en amarillo,

si los basureros continúan parando en el Delicias Café
y prefieres seguir ruta, hacer noche
en un hostal de descampado,
confirmar que nada existe, que otra vez será,
que ya entonces te decía Bataille, escribo
para borrar mi nombre
.


AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO, Joan Fontaine Odisea, La Poesía, señor Hidalgo, Barcelona, 2005, pp. 31-32.

lunes, 12 de noviembre de 2007

BORGES Y YO, Agustín Fernández Mallo

BORGES Y YO


[1] versión un % plagiada:

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo, AFM, cami­no por Isorope Micronation y me demoro, acaso ya mecánica­mente, para mirar e! arco de una cúpula hormigonada o el icono atrebolado que señala: Radioactive Zone. De Borges tengo noti­cias por el correo, y veo su nombre en una terna de ilustres de algunas web, o en un diccionario de aquellos biográficos que aún conservo y que usábamos antes de vivir en este laberinto bajo tie­rra. Me gusta la música de Esplendor Geométrico, los mapas pixe­lados, la tipografía de grano grueso, el sabor del Cola-Cao Turbo y la prosa nipona del Siglo 4; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo tan visionario que, aún después de muerto, lo convierten en el más ilustre personaje de aquella corriente estéti­ca que se dio en llamar apropiacionismo Sería exagerado afirmar que nuestra relación es amistosa u hostil, sólo es: Borges vive, se deja vivir, pata que yo pueda seguir tramando en él mi literatu­ra y esa literatura me justifica. No me importa admitir que he logrado varias páginas simpáticas o pasables, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera de él, sino del lenguaje y la tradición Por lo demás, yo estoy destinado a perderme definitivamente y sólo algún instan­te de mí podrá sobrevivir en él. Poco a poco voy cediéndole todo. Le consta mi perversa costumbre de falsear y magnificar; y no le importa. El Equipo-A entendió que todas las cosas quieren per­severar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra, un tigre un tigre, un isótopo un isótopo, un vikingo un vikingo. Yo he de quedar en Borges, no en mí [si es que alguien soy], y me reco­nozco más en sus libros que en el juego de mis pobres interpo­laciones. Hace años traté de librarme de él y pasé de las mitolo­gías de videojuego a los juegos con el tiempo y el infinito en este intestino de cemento, pero esos juegos siempre han sido de Borges y tendré que inventar otros. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o de él. No sé cuál de los dos escri­be esta página.


[2] versión iconográfica


o como el yo-yo que te compraron en tu 7º cumpleaños que rue­da sobre sí mismo a la vez que va y viene entre tu mano y la máxi­ma extensión de la cuerda. Bendito yo-yo, ego-ego, yo-yo.


Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (1990-2005), DVD, Barcelona, 2005, pp. 182-183.

viernes, 20 de julio de 2007

Agustín Fernández Mallo, Nocilla dream



El camión cruzó la frontera en El Paso sin problemas; de hecho, la carga de alubias negras que transportaba era ya bien conocida por los guardas norteamericanos que cada 37 días veían pasar a Humberto. Venía de Monterrey, norte de México, para dirigirse al Mercado Central de Salt Lake City, desde donde se distribuían frutas y verduras a diferentes puntos del Estado de Utah y colindantes. Una vez ya rodando en USA, siempre que se detenía para hacer noche o repostar solía abrir la puerta del remolque a fin de comprobar el estado de la mercancía; si algo se echara a perder, ya fuera por golpes o por una incorrecta sujeción de las cajas, tendría que abonarlo de su bolsillo. Pero esta vez no lo hizo; se sintió unas veces muy cansado, y otras encontró dema­siadas cosas interesantes en cada lugar de los que se detuvo como para acordarse de las alubias. Por ejemplo, el nuevo parque de atracciones un poco más allá de San Antonio, o la espléndida vista que se divisaba desde la también nueva carretera que enlazaba altísimos puentes en una zona de cañones de Nuevo México, o la conver­sación de un autoestopista, llamado Bertrand, que se dirigía lo más al norte que le llevaran, y al que después de invitarlo a comer y beber, dejó cerca de Ely, en el apeadero del autobús. Así que así, rodando sin prestar atención a la carga, al cuarto día llegó al mercado, polí­gono industrial en el que se almacenan las mercancías en naves sólo accesibles a mayoristas. Nadie imaginó que cuando abrieran una de las 2 puertas de la parte trasera del remolque se encontrarían con un hombre muerto en lo más alto de las cajas, tumbado boca abajo y con la espalda a ras de techo. La puerta derecha, abierta, sólo dejaba ver la cintura y las piernas, que quedaron medio colgando en el vacío. Cuando abrieron la puerta izquier­da, que permanecía cerrada y ocultaba la cara y parte del tronco, el cadáver se les vino encima. Con un sonido como de huevo estrellado y hueco dio contra el suelo. Es un mejicano, dijo Humberto palideciendo, ¡Hay que llamar a Inmigración! Todos guardaron silencio unos segundos. Murió de asfixia, seguro, murmuró otro. Para no perder la mercancía, decidieron mezclar entre las otras cajas aquellas sobre las que había yacido el joven mejicano, para decir después que las habían tirado y evi­tar así las manías y escrúpulos de futuros compradores. Si suponemos que el cuerpo del joven malogrado poseía las medidas del estándar universal, 1.75 metros de altura por 0.5 metros de ancho, tenemos una superficie de 0.875 m2 de alubias que, dispersa, anda por el mundo llevando saliva, sudor, lágrimas, orina y excrecencias de aquel que sobre ella consiguió pasar la frontera. Un nuevo cuerpo en negativo, un doble devaluado, repartido en escaparates, fruterías, cestas de la compra, estómagos y ollas. Un mapa roto de 0.875 m2 del cual quizá algún fragmento haya regresado a casa: hay una tienda de productos solidarios en Salt Lake City que periódicamente envía partidas de legumbres a los lugares más empobrecidos de México.

http://elarcademetaforas.blogspot.com/2008/08/nocilla-dream-agustn-fernndez-mallo_01.html