Mostrando entradas con la etiqueta FRANZ KAFKA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta FRANZ KAFKA. Mostrar todas las entradas
martes, 20 de septiembre de 2016
martes, 10 de febrero de 2015
GREGORIO SAMSA, Fabio Morabito
GREGORIO SAMSA
Cuando despierta transformado en un monstruoso insecto, Gregorio Samsa comprende que en el estado en el que se encuentra, con esas patitas que le han salido a los costados y se agitan sin parar, llegará tarde a la oficina. Es lo único que lo preocupa. No lo estremece el hecho de hallarse convertido en un bicho repugnante, sólo lo angustia no poder abandonar la cama para presentarse puntual en el trabajo. Es uno de los momentos geniales de la literatura. Kafka posterga la reacción de horror de Gregorio Samsa, la guarda para sacarla después, en el momento debido, y cuando descubre que no la necesita se convierte realmente en Kafka. En el humilde cuarto de Praga donde ambienta su historia, Kafka acaba de abrir para la literatura una puerta salvadora que podemos llamar la supresión del grito. Ha desmantelado una antigua fortaleza y ganado un espacio nuevo para la subjetividad de los personajes. Esa subjetividad, eximida del grito, se despliega ahora en ramificaciones que habían quedado inexploradas. Gregorio Samsa, el hombre que no grita, renuncia a todo vínculo con los otros, porque el grito es el último lazo que nos une a nuestros semejantes. Por eso puede decirse que Samsa se vuelve un insecto: porque no grita; de haber gritado, es muy posible que la espantosa alucinación que lo asalta a primeras horas de la mañana se hubiera evaporado. En lugar de eso, Samsa prefiere razonar. Cada nuevo razonamiento solidifica su metamorfosis hasta volverla real e irreversible. Se separa de los demás a base de razonamientos. Por eso, en un sentido, el tema profundo de esta fábula es la conversión de alguien en escritor, la aceptación de la esclavitud que entrañan las palabras, la espantosa inmovilidad de quienes eligen convertir el grito en especulación, que es, en esencia, el sino del escritor, pues todo relato surge de suspender una exclamación de horror o de maravilla, y ahí, en el claro momentáneamente abierto por la ausencia del grito o del llanto, deslizar unas palabras antes de que se extinga la expectación general.
FABIO MORABITO, El idioma materno, Sexto Piso, Madrid, 2014, pp. 41-42.
&
Labels: FABIO MORABITO, FRANZ KAFKA
sábado, 16 de agosto de 2014
SUEÑAN LOS ESCARABAJOS CON REPTILES ELÉCTRICOS, Ana Clavel
SUEÑAN LOS ESCARABAJOS CON REPTILES ELÉCTRICOS
Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana después de un sueño turbulento, el dinosaurio todavía estaba ahí.
viernes, 8 de marzo de 2013
HOMBRE CON LA CABEZA SOBRE LA MESA, Franz Kafka
HOMBRE CON LA CABEZA SOBRE LA MESA
Ayer, antes de dormirme, vi la imagen dibujada de un
grupo de personas aislado en el aire a la manera de una montaña, que se me figuró
completamente nueva en su técnica gráfica y, una vez ideada, de fácil
ejecución. Había una reunión en torno a una mesa, el suelo se extendía hasta un
poco más allá del círculo formado por las personas, pero de toda aquella gente
yo sólo conseguía ver fugazmente, esforzando mucho la vista, a un joven
vestido a la antigua. Tenía el brazo izquierdo apoyado en la mesa, la mano
colgaba floja sobre su cara, que, juguetona, se alzaba dirigiendo una mirada
hacia alguien que se inclinaba sobre él con gesto preocupado o inquisitivo. Su
cuerpo, en especial la pierna derecha, estaba extendido con negligencia juvenil,
más que sentado estaba acostado. Los dos nítidos pares de líneas que
delimitaban las piernas se cruzaban y unían ligeramente con las líneas que
delimitaban el cuerpo. Las ropas, de colores pálidos, se abombaban con débil
corporeidad entre esas líneas. Asombrado por aquel hermoso dibujo, que
producía en mi mente una tensión que, de eso estaba convencido, era la misma y,
por cierto, constante tensión que podría guiar cuando yo quisiera el lápiz que
tenía en la mano, me sustraje a aquel estado crepuscular para poder repensar
mejor el dibujo. En eso, no tardé en darme cuenta de que no había imaginado
otra cosa que un pequeño grupo de porcelana de color blanco grisáceo.
[Diarios, 1 7 de diciembre de 1916]
Labels: FRANZ KAFKA
miércoles, 22 de agosto de 2012
UN ARTISTA DEL TRAPECIO, Franz Kafka & Sesé
Un artista del trapecio —como es bien sabido, este arte que se practica en las alturas de los grandes circos es uno de los más difíciles a los que los hombres pueden dedicarse— había dispuesto su vida de tal modo que, primero por un mero afán profesional de superación, luego por una costumbre que se volvió tiránica, mientras trabajaba en la misma compañía, permanecía en su trapecio noche y día.
Todas sus necesidades, por cierto muy limitadas, eran satisfechas por empleados que se turnaban, y que subían y bajaban todo lo que el trapecista, precisaba en recipientes especialmente construidos para tal fin.
Este modo de vida no creaba dificultades especiales en su entorno; únicamente era un poco molesto que se quedara arriba durante la representación del resto de números del espectáculo, ya que no se le podía ocultar y, aunque en esos momentos el artista permanecía inmóvil la mayoría de las veces, no se podía evitar que de vez en cuando alguien del público desviara su mirada hacia él. Pero los directores del circo le disculpaban este modo de vida porque era un artista extraordinario, insustituible. Además, todo el mundo entendía que él no vivía así deliberadamente; en realidad, sólo así podía estar siempre en forma y preservar la suma perfección de su arte.
Por otra parte, el ambiente en lo alto del trapecio también era saludable, y si en la estación del año más calurosa se abrían las ventanas laterales de la cúpula, y el aire fresco y el imponente sol invadían el recinto en penumbra, entonces la vista era incluso hermosa.
Evidentemente, las relaciones humanas del trapecista eran muy pocas. Sólo a veces algún colega trepaba por una escalerilla y se sentaba junto a él en el trapecio. Uno se apoyaba en la cuerda de la derecha y el otro en el de la izquierda y así charlaban un buen rato.
En otras ocasiones algunos obreros reparaban la bóveda y cruzaban algunas palabras con él a través de alguna ventana abierta. También podía suceder que el electricista revisara las luces en la galería superior y le gritara algunas palabras respetuosas aunque poco inteligibles.
Sin embargo, habitualmente el trapecista no decía nada y permanecía pensativo. Sólo a veces algún empleado que vagaba despistado por la sala vacía alguna tarde, levantaba los ojos hacia aquella altura inaccesible a la mirada donde el trapecista practicaba su arte o simplemente descansaba sin saher que alguien le observaba.
El artista del trapecio hubiera podido vivir tranquilo así, sin que lo molestaran, a no ser por los inevitables viajes de una ciudad a otra, que le importunaban sobremanera. Es cierto que el empresario procuraba que esa mortificación no se prolongara innecesariamente. Para desplazarse por las ciudades, el trapecista utilizaba un coche de carreras que, a ser posible de noche o durante la madrugada, conducía a toda velocidad a través de las calles desiertas, pero la verdad es que tenía la sensación de ir demasiado lento para su anhelo por estar de nuevo en el trapecio.
En el tren se reservaba un compartimiento para él solo donde el trapecista se recostaba en el altillo del equipaje, lo cual le suponía una sustitución, aunque poco satisfactoria, de su acostumbrado modo de vida.
En la ciudad de destino ya se había instalado el trapecio mucho antes de su llegada, se había abierto todas las puertas del circo de par en par y los corredores ya se habían despejado. Pero el momento más feliz de la vida del empresario era cuando el trapecista apoyaba el pie en la escalerilla y en un santiamén trepaba de nuevo a su trapecio. Todos estos viajes resultaban económicamente muy beneficiosos para el empresario, pero sea como fuere destrozaban los nervios del artista.
En cierta ocasión, mientras viajaban (el artista en el altillo, ensimismado, y el empresario recostado junto a la ventanilla, leyendo un libro), el trapecista le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, uno frente a otro.
El empresario accedió a su petición de inmediato. Sin embargo, el trapecista, como si quisiera señalar que ni la aceptación ni la oposición del empresario importaran, añadió que nunca más y bajo ninguna circunstancia, trabajaría únicamente sobre un solo trapecio. Pareció horrorizarse ante la idea de que pudiera sucederle alguna vez. Observándole, el empresario le replicó, aunque vacilante que estaba dispuesto a acceder a su demanda y que dos trapecios eran mejor que uno solo. Además, la nueva instalación ofrecía muchas ventajas y el número sería más variado y sofisticado.
Entoncés de pronto, el artista se echó a llorar. Profundamente sobresaltado el empresario se levantó y le preguntó qué le ocurría. Como no recibiera respuesta, el empresario se subió al asiento, le acarició y puso su cara junto a la suya para que las lágrimas del artista también se derramaran sobre él. Sólo después de muchas preguntas y palabras amables, el trapecista exclamó, sollozando: “¿Cómo se puede vivir con sólo una barra en las manos?".
A partir de este momento al empresario le resultó más fácil consolar al trapecista. Le prometió que en la siguiente estación telegrafiaría al lugar de destino para solicitar la instalación del segundo trapecio y se reprochó el haberle hecho trabajar en un único trapecio durante tanto tiempo. También le dio las gracias y le elogió por haberle hecho advertir aquel imperdonable error. Así consiguió el empresario tranquilizar al trapecista y pudo volver a su rincón.
Pero él no había logrado tranquilizarse. Seriamente preocupado, observaba a escondidas, por encima del libro, al trapecista. Si tales pensamientos habían empezado a atormentarle, ¿Podrían ya cesar por completo? ¿No irían intensificándose día a día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver, en medio del sueño aparentemente tranquilo en que habían terminado sus sollozos, comenzar a dibujarse la primera arruga en la tersa frente infantil del artista del trapecio.
A partir de este momento al empresario le resultó más fácil consolar al trapecista. Le prometió que en la siguiente estación telegrafiaría al lugar de destino para solicitar la instalación del segundo trapecio y se reprochó el haberle hecho trabajar en un único trapecio durante tanto tiempo. También le dio las gracias y le elogió por haberle hecho advertir aquel imperdonable error. Así consiguió el empresario tranquilizar al trapecista y pudo volver a su rincón.
Pero él no había logrado tranquilizarse. Seriamente preocupado, observaba a escondidas, por encima del libro, al trapecista. Si tales pensamientos habían empezado a atormentarle, ¿Podrían ya cesar por completo? ¿No irían intensificándose día a día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver, en medio del sueño aparentemente tranquilo en que habían terminado sus sollozos, comenzar a dibujarse la primera arruga en la tersa frente infantil del artista del trapecio.
FRANZ KAFKA, Un artista del trapecio, Narval, 2012, 30 páginas.
Ilustraciones: Sesé
Traducción: Lai Liñán
Labels: FRANZ KAFKA, LIBRO ILUSTRADO, SESÉ, TESOROS OCULTOS
domingo, 15 de abril de 2012
LA METAMORFOSIS , Mariusz Szczygiel
LA METAMORFOSIS
27 DE MARZO DE 2003
El teatro Komedia de Praga (en el cual hay una cafetería, la cafetería Tragedia) estrena La metamorfosis, de Franz Kafka, dirigida por Arnost Goldflam.
En esta escenificación, el problema del protagonista no es que se convierta en cucaracha, sino cómo va a ir así al trabajo.
MARIUSZ SZCZYGIEL, Gottland, Acantilado, Barcelona, 2011.
martes, 29 de noviembre de 2011
LA CUCARACHA SOÑADORA, Augusto Monterroso
LA CUCARACHA SOÑADORA
Érase una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.
AUGUSTO MONTERROSO, La oveja negra y demás fábulas, Seix Barral, Barcelona, 1981 (1969), p. 49.
Ilustración: Claudio Goldini
lunes, 21 de noviembre de 2011
ARGUMENTUN KAFKIANUM, Lucho Zúñiga
ARGUMENTUN KAFKIANUM
Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en Dios. Empezó a crear universos; dentro de uno de ellos, un planeta en el que nació la humanidad, y por consiguiente, un escritor llamado Franz Kafka, el cual escribió —por inspiración divina— una historia donde un tal Gregorio Samsa se despertó convertido en insecto. ¿Cuál fue la intención de dios al tergiversar así su propia historia? Algunos teólogos afirman que demostrar la esencia divina de todas las criaturas, pues en los reinos superiores da igual decir Dios, mosca, hombre, o flor. otros dicen que a Dios le gustan las paradojas, pues él mismo habría nacido de una.
LUCHO ZÚÑIGA, Cuatro páginas en blanco, Lima, Paracaídas editores, 2011. pág.47.
domingo, 28 de agosto de 2011
KAFKA DÍA A DÍA, Marco Tulio Capica
KAFKA DÍA A DÍA
Como tantos hombres, Gregorio Samsa despertó en medio de su vida. Como todos, hecho un insecto.
sábado, 20 de agosto de 2011
LA METAMORFOSIS, Slawomir Mrozek
LA METAMORFOSIS
Este Kafka se habrá creído que sólo a él le ha ocurrido una cosa así. Hablo de Franz Kafka, el literato, ese que se convirtió en bicho y lo describió en una de sus obras. Vaya logro, convertirse en algo asqueroso puede hacerlo cualquiera, pero eso no es motivo suficiente para presumir de ello. Yo, por ejemplo, me convertí una vez en un lagarto y ni se me pasó por la cabeza contarlo. Ahora me arrepiento, porque este Kafka se hizo famoso y yo, en cambio, no mucho...
Lo que sí resulta más difícil es volver a convertirse después en persona. Contaré esta dificultad, aunque no espero que me traiga fama. No hay justicia en este mundo.
Resulta, pues, que fui un lagarto, tal vez no uno de esos que figuran en las clasificaciones oficiales, pero, sin duda, algún tipo de lagarto. Sólo el rabo ya era prueba de ello, por no mencionar otros detalles de mi encarnación de entonces. Mediría como dos metros de largo, era dentado y estaba cubierto de escamas. Si hablo ante todo del rabo es porque era del rabo de lo que más difícil resultaba deshacerse. Una vez ya logrado un aspecto humano visto de frente, seguía pareciendo un lagarto de perfil y por detrás.
Independientemente de su inoportunidad moral, el hecho de tener un rabo era fuente de constante incomodidad práctica. No podía cerrar la puerta detrás de mí como una persona normal, sin volverme hacia ésta. Al cruzar la calle siempre corría el riesgo de que un coche me lo aplastara. Entre la multitud siempre había alguien que me lo pisaba. Pero, sobre todo, sufría anímicamente, puesto que el rabo era el último obstáculo en mi camino hacia una humanidad plena. Y no me hacía ninguna gracia cuando, en el zoológico, los cocodrilos me miraban con complicidad.
¿Qué hacer? Entendí que solo no conseguiría deshacerme del rabo y acudí a unos especialistas. Primero, a aquellos que afirman que la humanidad es cosa del alma. Tienes un alma, eres persona. No tienes, eres un lagarto, o, en el mejor de los casos, una vaca. Afirmaron que aunque tenía un alma, ésta no estaba completamente desarrollada. Durante un tiempo intentaron desarrollármela. Al parecer exageraron ya que empezaron a salirme alas de ángel, mientras que al rabo, ni cosquillas. Aquéllas, unidas al rabo, daban al colijunto un aspecto todavía peor, así que abandoné el tratamiento.
Afortunadamente, no vivimos ya en la Edad Media y existe la alternativa laica. El lagarto, por lo visto, se había convertido en hombre gracias a una cultura mental, sin ninguna metafísica. Me suscribí, pues, a algunas revistas literarias y cada día medía el rabo por si menguaba. Sólo conseguí que empezara a rizarse en espiral. En vez de un rabo sencillo y honrado, tenía ahora un rabo de lagarto en forma de sacacorchos.
Será que lo de la cultura tampoco es cierto. Pero ¿para qué tenemos una teoría social? El hombre se convierte en hombre gracias a que vive en grupo, o sea en sociedad, colabora, mantiene una actividad pública. ¿Y qué más público que la política? Así que fundé mi propio partido político y me convertí en su líder. El rabo quedó como estaba, pero, en cambio, empezó a salirme un hocico de cerdo. Me retiré de la política.
Triste, acongojado, fui de nuevo al zoológico para volver a pensar en todo el asunto. Era un día entre semana, había pocos visitantes y podía contar con relativa soledad. Me detuve delante de la jaula de los lagartos, pero no me estaba destinado gozar de la tranquilidad. Se me acercó un bedel, dio un par de vueltas, se deslizó la gorra del uniforme a un lado y se rascó la cabeza observándome.
—¿Usted va aquí?_preguntó finalmente, y añadió, señalando la jaula—: ¿O allí?
—¿Yo? Si yo solo pasaba por aqul un momento. Gracias. Ahora mismo sigo paseando.
Y abandoné el zoo.
Desde entonces pienso que Kafka se guardó algo, que no lo contó todo. Si se convirtió en bicho, es porque algo de eso tendría ya de antes, tal vez cuernos o tentáculos, algo de insecto quiero decir. Y tampoco me creo que se transformara en bicho completamente, es evidente que le quedó una mano humana con la que lo narró todo. No se puede llegar a ser nada de lo que no se haya empezado siendo, ni en un sentido ni en otro. Siempre, al principio, hay algo de lo que habrá al final, y da igual por que lado se empiece y por que lado se acabe.
Y, por cierto, los cocodrilos son más educados que las personas. Sólo miran, no hacen preguntas.
Lo que sí resulta más difícil es volver a convertirse después en persona. Contaré esta dificultad, aunque no espero que me traiga fama. No hay justicia en este mundo.
Resulta, pues, que fui un lagarto, tal vez no uno de esos que figuran en las clasificaciones oficiales, pero, sin duda, algún tipo de lagarto. Sólo el rabo ya era prueba de ello, por no mencionar otros detalles de mi encarnación de entonces. Mediría como dos metros de largo, era dentado y estaba cubierto de escamas. Si hablo ante todo del rabo es porque era del rabo de lo que más difícil resultaba deshacerse. Una vez ya logrado un aspecto humano visto de frente, seguía pareciendo un lagarto de perfil y por detrás.
Independientemente de su inoportunidad moral, el hecho de tener un rabo era fuente de constante incomodidad práctica. No podía cerrar la puerta detrás de mí como una persona normal, sin volverme hacia ésta. Al cruzar la calle siempre corría el riesgo de que un coche me lo aplastara. Entre la multitud siempre había alguien que me lo pisaba. Pero, sobre todo, sufría anímicamente, puesto que el rabo era el último obstáculo en mi camino hacia una humanidad plena. Y no me hacía ninguna gracia cuando, en el zoológico, los cocodrilos me miraban con complicidad.
¿Qué hacer? Entendí que solo no conseguiría deshacerme del rabo y acudí a unos especialistas. Primero, a aquellos que afirman que la humanidad es cosa del alma. Tienes un alma, eres persona. No tienes, eres un lagarto, o, en el mejor de los casos, una vaca. Afirmaron que aunque tenía un alma, ésta no estaba completamente desarrollada. Durante un tiempo intentaron desarrollármela. Al parecer exageraron ya que empezaron a salirme alas de ángel, mientras que al rabo, ni cosquillas. Aquéllas, unidas al rabo, daban al colijunto un aspecto todavía peor, así que abandoné el tratamiento.
Afortunadamente, no vivimos ya en la Edad Media y existe la alternativa laica. El lagarto, por lo visto, se había convertido en hombre gracias a una cultura mental, sin ninguna metafísica. Me suscribí, pues, a algunas revistas literarias y cada día medía el rabo por si menguaba. Sólo conseguí que empezara a rizarse en espiral. En vez de un rabo sencillo y honrado, tenía ahora un rabo de lagarto en forma de sacacorchos.
Será que lo de la cultura tampoco es cierto. Pero ¿para qué tenemos una teoría social? El hombre se convierte en hombre gracias a que vive en grupo, o sea en sociedad, colabora, mantiene una actividad pública. ¿Y qué más público que la política? Así que fundé mi propio partido político y me convertí en su líder. El rabo quedó como estaba, pero, en cambio, empezó a salirme un hocico de cerdo. Me retiré de la política.
Triste, acongojado, fui de nuevo al zoológico para volver a pensar en todo el asunto. Era un día entre semana, había pocos visitantes y podía contar con relativa soledad. Me detuve delante de la jaula de los lagartos, pero no me estaba destinado gozar de la tranquilidad. Se me acercó un bedel, dio un par de vueltas, se deslizó la gorra del uniforme a un lado y se rascó la cabeza observándome.
—¿Usted va aquí?_preguntó finalmente, y añadió, señalando la jaula—: ¿O allí?
—¿Yo? Si yo solo pasaba por aqul un momento. Gracias. Ahora mismo sigo paseando.
Y abandoné el zoo.
Desde entonces pienso que Kafka se guardó algo, que no lo contó todo. Si se convirtió en bicho, es porque algo de eso tendría ya de antes, tal vez cuernos o tentáculos, algo de insecto quiero decir. Y tampoco me creo que se transformara en bicho completamente, es evidente que le quedó una mano humana con la que lo narró todo. No se puede llegar a ser nada de lo que no se haya empezado siendo, ni en un sentido ni en otro. Siempre, al principio, hay algo de lo que habrá al final, y da igual por que lado se empiece y por que lado se acabe.
Y, por cierto, los cocodrilos son más educados que las personas. Sólo miran, no hacen preguntas.
SLAWOMIR MROZEK, La mosca, Acantilado, Barcelona, 2005, pp. 61-63.
domingo, 14 de agosto de 2011
LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA, Franz Kafka
LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA
Sancho Panza, que, por cierto, jamás se vanaglorió de ello, logró a lo largo de los años, durante las horas del atardecer y de la noche, alejar de sí a su demonio, al que luego daría el nombre de don Quijote, redactando una enorme cantidad de novelas de caballería y de bandoleros con las que distrajo, de tal forma que después éste se lanzó sin freno a las gestas más alocadas, las cuales, por faltarles su ejecutor predeterminado, que tenía que haber sido precisamente Sancho Panza, no perjudicaron a nadie. Quizás llevado por un cierto sentido de la responsabilidad, Sancho Panza, un hombre libre, acompañó impasible a don Quijote en sus andanzas, y obtuvo así un enorme y provechoso entretenimiento hasta el final de sus días.
FRANZ KAFKA
ILUSTRACIÓN: ELEAZAR
Labels: FRANZ KAFKA, RELATOS HIPERBREVES
sábado, 2 de julio de 2011
[ANOCHE SOÑÉ...], Almudena Guzmán
Anoche soñe con las actualizaciones
de Windows Vista.
Siempre una de trescientas,
no descargaba más
ni acababa nunca,
como los astronautas
que flotan en el espacio.
Para Einstein es la ingravidez
pero yo siempre me he fiado más de Kafka.
Y para Kafka es la condena.
ALMUDENA GUZMÁN, Zonas comunes, Visor, Madrid, 2011, página 88.
Labels: ALMUDENA GUZMÁN, FRANZ KAFKA, POESÍA
viernes, 17 de junio de 2011
EL ERROR, Raúl Sánchez Quiles
EL ERROR
Oigo un grito terrible de mi hija. Corro hasta su habitación y la veo sobre la cama, señalando aterrorizada un extraño insecto que se arrastra por su alfombra. Sin pensarlo, lo aplasto con mis mocasines de verano. Me siento junto a ella, la acaricio y observo que el animal aún mueve una pata. Me agacho, lo miro de cerca y percibo un murmullo agónico: “¡Helfen! ¡helfen!”. Entonces entiendo todo. Acabo de matar a Kafka.
RAÚL SÁNCHEZ QUILES, Hiperbreves, S.A. (Sólo 175 microrrelatos), Baile del sol, Tenerife, 2010, página 15.
martes, 3 de mayo de 2011
LA METAMORFOSIS, SEGÚN LA SECCIÓN DE AVISOS DE UN PERIÓDICO, José de la Colina
LA METAMORFOSIS, SEGÚN LA SECCIÓN DE AVISOS DE UN PERIÓDICO
Hombre de 28 años, mediocre, con mediano sueldo de viajante de comercio, con aspecto y hábitos de escarabajo, busca escarabaja joven, bonita y hacendosa pero sin grandes ambiciones. Escribir a Gregorio Samsa, calle Kafka número 19, apartamento 301, Praga.
jueves, 21 de abril de 2011
LA METAMORFOSIS, SEGÚN SAMUEL BUTLER, José de la Colina
LA METAMORFOSIS, SEGÚN SAMUEL BUTLER
Nunca Gregorio Samsa se sintió con mejor salud y más entonado como la mañana en que despertó convertido en un monstruoso escarabajo. Se dice que la señora Samsa, la madre, comentó la circunstancia con una señora vecina: Gregorio se había acostado tranquilo, con muy buen ánimo, etcétera. Cuando le conté esto a Borges, lamentó que ese rasgo no figurase en Kafka. Lo miré y le dije: “Yo también soy Kafka”.
domingo, 13 de febrero de 2011
FRANZ KAFKA, René Avilés Fabila
Al despertar Franz Kafka una mañana, tras un sueño intranquilo, se dirigió hacia el espejo y pudo comprobar horrorizado
a. que seguía siendo Kafka,
b. no estaba convertido en un monstruoso insecto,
c. su figura era todavía humana.
Seleccione el final que más le agrade marcándolo con una equis.
jueves, 20 de enero de 2011
KAFKA, Robert Crumb & David Zane Mairowitz
"Al despertar una mañana, tras sufrir perturbadores sueños, Gregor Samsa se vio en su cama transformado en un insecto enorme."
ROBERT CRUMB & DAVID ZANE MAIROWITZ, Kafka, La Cúpula, Barcelona, 2010.
Título original: Kafka for Beginners
miércoles, 24 de octubre de 2007
KAFKA EN LA ORILLA, Haruki Murakami
Puede parecer una broma, pero la satisfacción que produce juntar las piezas de este rompecabezas, te hace sentir hasta más inteligente. Esta novela me ha permitido identificarme con el personaje de Kafka (incomprensión de los padres, sentir que todo el mundo va contra ti y esas cosas de la adolescencia).
Iago Orgeira
HARUKI MURAKAMI, Kafka en la orilla, BARCELONA , 2006. 592 pp.
Labels: FRANZ KAFKA, HARUKI MURAKAMI, LIBROS-LAPA, NARRATIVA
Suscribirse a:
Entradas (Atom)















