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jueves, 8 de mayo de 2014

MEDITACIÓN DE UN VAMPIRO, Hipólito G. Navarro



MEDITACIÓN DE UN VAMPIRO

   En el campo amanece siempre mucho más temprano.
   Eso lo saben bien los mirlos.
   Pero tiene que pasar un buen rato desde que surge la primera luz hasta que aparece definitivamente el sol. Manda siempre el astro en avanzadilla una difusa claridad para que vaya explorando el terreno palmo a palmo, para que le informe antes de posibles sobresaltos o altercados. Luego, cuando ya tiene constancia de que todo está en orden, tal como quedó en la tarde previa, se atreve por fin a salir. Su buen trabajo le cuesta después recoger toda la claridad que derramó primero. Por eso se ve obligado a subir tan alto antes de caer, para que le dé tiempo a absorber toda esa luz y no dejar ninguna descarriada cuando se vuelva a hundir por el oeste.
   Luego en el campo, paradójicamente, se hace de noche también muy pronto.
   Los mirlos apagan sus picos naranjas y se confunden con el paisaje.
   Y agradecido yo, me descuelgo y salgo.

Hipólito G. Navarro

&

lunes, 21 de marzo de 2011

CHIRIMOYA PROVISIONAL, QUIERO SUPONER , Hipólito G. Havarro & Philip Waechter

CHIRIMOYA PROVISIONAL, QUIERO SUPONER

(Siete viñetas del autor recién parido)


1

Estoy hasta las narices, incapaz de dominar a un renacuajo de diecinueve meses que es mi hijo, cuando suena el aparato. La voz se oye tan clara no porque la compañía de teléfonos esté a la última en tecnología, sino porque la distancia a cubrir por esa voz es mínima y cuesta abajo: llaman mis vecinos de arriba, invitando a un café y a un gato. Vale, digo, y lo planteo a mi mujer entre los gritos del niño (mi mujer sin ningún ánimo de posesión o cosa por el estilo, mi mujer por puro formalismo; mi compañera vamos a decir). Ella ve un cielo abierto, sospecho, y me convence: prefiere quedarse sola para ducha y relajos varios, mientras nosotros (el llanto, el niño y yo) echamos el café con los vecinos. La promesa del gatito ha frenado la argumentación lacrimógena, convirtiendo los últimos hipidos en interesantes amagos de un mini mini aprendido sabe Dios si en casa de los abuelos.
Y subimos.
Mi vecino de arriba, por pura casualidad, se llama Óscar; por casualidad también escribe cuentos, y su compañera casualmente se llama Verónica, y por las vacaciones de un hermano están al cargo, como quien dice, de una gata atigrada en unos negros y grises muy similares a los de ciertas tapicerías de algunos taxis, o viceversa. Ya no hay niño; es decir, entran en íntima comunicación gata y niño.
Yo prefiero un colacao y alfajores, con lo que queda más que indicada la naturaleza de las vacaciones del hermano, casualmente César. Verónica y Óscar toman café y mi hijo ni se entera de que le meto entre pecho y espalda un tarrito de frutas de los grandes en menos de diez minutos, cuando lo habitual es invertir poco menos que una hora acompañada de fuerte parafernalia mímica y acústica.
Una vez el enano bien comido y entregado a los juegos con la gata, puedo deleitarme en un sillón con un ducados y la voz de Óscar leyendo sus últimos relatos, placer inmenso difícil de explicar a quien carezca de heredero en fase o numerito del nacimiento canino o premolar, que ya pierde uno la cuenta.
Los relatos de Óscar son buenos (muy buenos, por qué voy a esconderlo), y jodidos, porque cada día escribo menos y constato con terror que de últimas soy incapaz de casar más de tres frases seguidas. Se lo digo.
Pero no escucho la respuesta (ha pasado el tiempo y la gata es ya un juguete gastado, otro).
Bajamos a casa.
Mi compañera está relajada en el sofá, me mira y me comenta: te podías haber quedado más rato. También verdad, digo. Miradas como eso pequeñito que venden en las ferreterías, pun pun cuando se clavan.
2

Leo en el autobús. No me queda otro remedio.
Puedo coger el 11 o el 12, los dos me llevan al centro, que es final de trayecto, a diez minutos andando de mi trabajo. Para el regreso tengo también la fortuna de escoger entre el 11 o el 12, pues llegan por un mismo recorrido hasta mi barrio, para un poco más lejos bifurcarse sus caminos.
Estoy ya tan acostumbrado a estas vibrolecturas, como he dado en llamarlas, que puede considerárseme un experto, de tal manera que soy capaz de hacerlo incluso de pie, sujetándome con la mano izquierda en una barra que comúnmente está anclada al techo y sirve además como argumento para algunos chistes, y con la derecha sosteniendo el libro a una distancia de mis ojos siempre igual y constante, merced a un inconsciente mecanismo de flexión de mis extremidades que intuyo harto complicado como para detenerme a explicarlo ahora. (No obstante esta gracia o facilidad, prefiero hacerlo sentado, a ser posible en la parte trasera del autobús, donde hay menos ojos curioseando o simplemente dejando posar como quien no quiere la cosa una distraída y quisquillosa mirada sobre mi nuca.)
Quiero apuntar también aquí que no sólo avalan mi enorgullecimiento estos aspectos puramente físicos o mecánicos del asunto, sino además, y lo que es más importante, una justeza en la medida de los tiempos de que dispongo ciertamente asombrosa (me ayudan, para hacer honor a la verdad, unas cuidadas selecciones previas de los libros: por lo común, libros de relatos cortos, o, en su defecto, novelas o ensayos bien estructurados en capítulos y subcapítulos. Hasta ahí, que yo recuerde en diecinueve meses y dos días que tiene mi chico —antes leía en casa, claro está—, siempre ha coincidido el punto final de un relato o un capítulo con mi final de trayecto.
La razón de esta simultánea desembocadura se me escapa, debe de estar más o menos escondida en determinados acelerones o frenadas del conductor del autobús o de la velocidad al leer, aunque tampoco es malo ni descartable este persistente binomio de moscas detrás de las orejas: en una, la inevitable lectura en diagonal a que obligan ciertos textos; en la otra, lo contemporáneo, mea culpa, podría decir. Lo cierto es que en más de una ocasión, cuando un capítulo era excesivamente largo o un relato cubría su peripecia en apenas un par de páginas), supuestos inviables ambos para llegar al final común del punto y la parada, aun así se ha cumplido la norma con total exactitud. Es de tal naturaleza la simbiosis que se establece entre mi proceso lector y la actividad digamos circulatoria del chófer, que algunos días levanto con disimulo la mirada de la página y espío secretamente los movimientos del conductor, intentando adivinar si en ellos está quizá la intención de establecer un paralelismo con el movimiento de mis ojos sobre las líneas. Yo mismo me sonrío enseguida de semejante memez.
Hoy, sin embargo, a la vuelta del trabajo el libro de relatos de C con el que llevo unos días me la ha jugado buena. Se me pasaron tres paradas.
Luego he tenido que volver andando y he llegado a las tantas, puteando y echando pestes de los cuentos de C, que son muy buenos (buenísimos, para que esconderlo), y por eso mismo y por lo que me toca, he decidido dejar su libro en los estantes para otra ocasión mejor y dedicarme ahora a mirar por la ventanilla del autobús las tantísimas vidas que pasan por las calles, que son muchas.
3

Otro día la que está hasta las narices de la imposible rutina infantil es mi compañera (por no decir mi mujer, mi santa), que casualmente se llama Juana.
El niño, en una enumeración rápida, le ha vomitado la papilla de cereales encima, ha roto el cenicero azul del viaje a Portugal, se le ha visto hacer bastante fuerza en un pañal recién cambiado y huele otra, y ahora señala la lata de sprite donde están los bolígrafos diciendo coche coche coche.
—El coche que te lo pinte tu padre, niño, que me tienes harta.
Ésta es una frase tipo, o sea, clásica ya a estas alturas.
Entonces yo le pinto coches, aviones y perros, mientras imagino los cuentos que podría escribir. Hay uno que se me repite siempre, que contaría la historia de un tipo al que le pongo Diajara, un nombre por lo menos curioso, y al que invariablemente —sequía imaginativa con visos de amplitud de Gobi y Sáhara, los dos juntos— coloco de policía, si acaso para disimular alguna vez de fontanero. Resuelve un caso o dos, no sé de qué naturaleza, si unos asesinatos o un atasco de bajantes, pero los resuelve bien, como los resolvería cualquiera de los Diajara que en el mundo existan. Y así, pintando coches y helicópteros, imagino estas historias de Diajara que casi nunca escribo y que podrían ser regularcillas (o buenas, qué demonios) de tal manera enfrascado en los dibujos y las imaginaciones que apenas me roza el comentario de Juana diciendo ¿cuándo cogerá este niño un libro y nos dejará tranquilos dos horas seguidas?
Es un comentario muy pasado de rosca, porque dos horas son, echando las cuentas por lo bajo, por lo menos ciento veinte minutos, que ya es hablar por hablar, querida.
4

Está también lo de la tertulia de los jueves. ¡Qué vergüenza!
Llevaba yo de prepadre mi carpeta bien hinchada de folios y la voz en pictolines, las diversas vanidades y los talentos como en salmuera, que daba gusto. De viernes a miércoles trajinando argumentos a mansalva, cualquier cosa servía para un relato; lo suyo era cumplir con los deberes, subir nota a ser posible. Ahora si acaso me presento un jueves de cada siete, como para bulto, acarreando papeles ajenos, lecturas que me gustaron.
Lo más curioso es que cada noche de esos jueves, de regreso en la rutina propia de padre primerizo, me hago firmes propósitos de volver a la aventura de los cuentos y llevar a los amigos cosas nuevas. Insisto en la idea un par de días más todavía, confesaría yo que incluso llegando al domingo me atrevo con un folio en blanco que al final es pasto inevitable de la euforia de rotuladores de mi hijo. Y ya para el lunes estoy empantanado de nuevo en las faenas laborales y domésticas insoslayables y me acuerdo de tarde en tarde de los Diajara.
Sufro, qué carajo. Y me avergüenzo cuando en estos diecinueve meses largos me piden papeles o me llaman a lecturas y promociono las ruinas de lo que ya fue publicado, sintiendo con terror que aquellos cuentos que pudieran ser buen comienzo se queden huérfanos de posteriores y resulten meros accidentes, flautas que sonaron para en definitiva el asno (el burro, dejándome de leches y finuras).
En otros momentos me animan cartas de compinches, empujones de contertulios, los buenísimos cuentos de C, la mirada traviesa y dulcísima de mi hijo, el cuerpo como a hurtadillas de su madre, y la puñetera lata de esprite, a reventar de lápices y bolígrafos. Ahora mismo falta uno en la lata. Es miércoles.
5

Para provocarle ensoñaciones o encantamientos es un ángel. Deben provocarle ensoñaciones o encantamientos el tejemaneje con el destornillador y los serruchos. Es un niño despierto sin embargo, porque al embobamiento vegetal de su observación le siguen después las imitaciones: con sus pequeñas manos gira invisibles herramientas y sabe también construir con su voz tan nueva y virgen los secos golpes de martillo empujando las maderas.
Esto tiene mucho peligro, hijo, le digo, así de estilístico me pongo, enseñándole las sierras, y parece que comprende; no parece, comprende.
Así que invertimos (los dos, él me ayuda, me entorpece) un día entero en montar los nuevos estantes para los libros.
He aquí el resultado: hemos cortado tablas, medido baldas, clavado puntillas, atornillado tornillos, y finalmente hemos clasificado los tomos: narrativa rusa, alemana, francesa, italiana..., los suramericanos unidos, la española en seis estantes centrales (el de los molinos hemos medido mal y tiene que acostarse, una versión de bolsillo sin Dorés cabe justita); los poetas todos juntos, ignorando épocas y nacionalidad, confundidas sus voces en el desorden de mi oceánica laguna; una tabla de madera más hermosa, con espléndidos nudos elípticos más oscuros, en exclusiva para Julio, Rayuela tres veces repetida y los cronopios por lo menos diez, dejando solo un pequeño hueco de privilegio para los cuentos de Bábel, de Beckett y Mrozek; algunos bastantes espacios vacíos provisionales esperando devolución de me temo ya irrecuperables; el hueco difícil de M, primer autor, sin dibujos despistado en una lejanísima mudanza; más arriba los ensayos y misceláneas, cuatro estantes para la botánica de Juana, las matemáticas del bachiller y media carrera, y coronando, los doce tomos encuadernados en piel de los tebeos del Jabato, con Fideo de Mileto haciendo de las suyas.
(La pucha, el entero K recién ahora lo vemos muerto de risa en el sofá, habrá que reordenarlo todo porque de tan previsto se quedó al final olvidado y sin sitio.)
Éste es el cuadro que pintó Monterroso en Lo demás es silencio: el autor sentado frente a los estantes repletos de libros, el autor extasiado ante esos objetos inmóviles buscando la inspiración. Patético. (Y además el bricolaje, esa ocupación.) Pero entra de nuevo mi hijo, sonríe señalando los estantes, me mira y dice, con un tono de voz que sólo entienden los padres: Pa-.
6

Bien es cierto que he dejado de leer desde hace unos días, desde que tuve que bajarme tres paradas más allá de la que era, pero no por eso dejo de echar en el bolsillo las cartas que me llegan para leerlas en la comodidad multitudinaria del autobús, antes de empezar la jornada de trabajo. Ya no las leo nunca en casa, aunque tenga oportunidad; cada día me gusta más saborear las amistades epistolares en el autobús, como si fuese al encuentro de quien me escribe y no a una faena también rutinaria y con subjefe de subsección y jefe de subsección y jefe de sección y un etcétera bien largo.
La de ayer venía en sobre acolchado desde Barcelona y no es nada fea la letra de Mercé. Además de los cariños, los ánimos, los comentarios a las fotografías del viaje (cosas nuestras que a nadie van a interesar pero las pongo aquí porque me place), además me envía un regalito: casualmente un libro de relatos cortísimos de un escritor que por pura casualidad se apellida T, una portada en verde con dos gallos subidos en un sofá.
El estilo, como ya se me advierte, es seco como la yesca, pero vaya tela con los relatos, lo que se puede hacer con un bolígrafo y un papel y puede que con los hijos ya criados. Vértigo me da pensarlo.
El caso es que a lo que iba: que Juana se lleva al niño para dar un paseo y me da la oportunidad de leerme a T de una sentada en el sofá, como los gallos de la portada, y no en el autobús. Eso fue ayer, ya lo he dicho. Me burbujean las manos desde entonces.
7

Y hoy el niño nos da la de arena: ha vomitado dos veces, se ha partido el labio contra el suelo, tuvo un escape considerable del pañal con la consiguiente mancha ocre en unos pantalones de estreno y a última hora ha aparecido la fiebre (ayer cogió frío en el paseo) y se ha dormido de puro agotamiento, luego de dos horas largas de llanto (muchísimo más de ciento veinte minutos, echando las cuentas por lo bajo). Por mi parte, tuve un principio de bronca con uno de mis subjefes —son los peores—por la mañana en el trabajo y luego se me pasó otra vez la parada del autobús (no leía, pero ayudado por Diajara asaba a mi subjefe en un perol de aceite fuego muy lento; era muy pequeñito, como liliputiense, no sé estas ideas yo...). Juana ha tenido que acostarse con el niño, sin cenar, con un dolor de cabeza de esos que ella, para animarme quiero creer, llama jaqueca. Un día completo, en resumen.
Así que yo paso de hacerme ahora nada en la cocina y en plan masoquista cojo de una bandeja una chirimoya, una fruta que me revienta por la cantidad de huesos que necesita dentro para construir esa forma suya tan llamativa. He preferido siempre una naranja, un plátano, algo menos complicado. Pues hete aquí mi sorpresa: la corto y me ofrece abundante pulpa blanquísima, deliciosa, y un total —para quedarse pasmado— de siete huesos únicamente. Sólo siete, cuando ayer a una del mismo paquete le conté treinta y ocho, uno detrás de otro, treinta y ocho. Y pienso: con que poquísima materia consistente, sólida, dura, ha construido esta fruta su mundo, su planeta, su oblonga tensión; increíble, siete únicos huesos para hacerse entera su historia, su rotundo argumento, la pucha.
Y con la tontería de ese pensamiento en vilo termino de comerme la chirimoya, me levanto, tomo papel y me pongo a escribir un cuento (pág. 226), yo, que casualmente no me llamo C.


HIPÓLITO G. NAVARRO, Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005, pp. 345-354.
PHILLIP WAECHTER, Días de hijo, Lóguez, Salamanca, 2010.

martes, 8 de febrero de 2011

LA MAR SE YESA, Hipólito G. Navarro

LA MAR SE YESA

Se levanta el telón.
Sobre el pelo, abundantes cenizas de los cuatro incendios más cercanos; en la pupila, reclamos de tiendas todo a un euro, arena, destartalados vehículos a reventar de sandías...
Chaparrones de engorros de verano, estorbosos de verdad, se le ocurren a Eugenio apenas comenzar sus vacaciones, un instante después de haber dicho adiós de forma apresurada a los colegas de la oficina. Sin embargo, de entre todos los engorros imaginables uno destaca sobremanera en la cabeza de Eugenio, tanto que acaba por convertirse en toda una premonición. La llamada de Elena cuatro horas antes de que en efecto dieran comienzo las vacaciones le hace pensar en un engorro verdaderamente original.
Elena ha sido escueta: hazme el favor de salir un poco antes, Eugenio; estamos en urgencias del hospital universitario, aparca por detrás. Nada grave no obstante. La rabia es que ha sido bien tonta la caída del muchacho en el último tramo de escaleras, cuando cargaba con demasiadas bolsas y maletas.
Eugenio llega justo a tiempo. El traumatólogo de zona, tras consultar las radiografías encargadas al efecto, y sin mirar al paciente, sonríe a la enfermera, a todas luces su compinche. A ver, señorita, que dicto el veredicto, que lanzo el diagnóstico, el semanagnóstico, el mesagnóstico en realidad: lo que ustedes en el fondo estaban sospechando: su hijo tiene la muñeca rota, debe llevar férula hasta el codo sujeta en cabestrillo durante al menos un mes.
Juega pues el muchacho en la playa sin acercarse siquiera al rompeolas, protegida la depresión bajo sombrilla. Sin edad para leer a los clásicos, rascacielos, enteras urbanizaciones de arena va teniendo tiempo de construir. Elena y Eugenio ayudan con el trasiego de cubos de agua. Etcétera.
Pero lo que se dice el engorro no llega hasta el día que hace veintisiete, a cuatro de quitar el mapa de firmas y dibujos, cuando el chico ya no aguanta más. Nadar así, con ese lastre, produce un escoramiento lateral de mil demonios; hasta las medusas se sorprenden de esa técnica recién inaugurada. Las algas enredadas en lo que fue escayola impiden contemplar el deterioro, pero pueden Eugenio y Elena asegurar, este antepenúltimo día de descanso, que su muchacho ha dejado en el agua la parte gorda, estructural, de la férula; lo que sujeta ahora al brazo y a la muñeca que resulta de su lógica prolongación es una malla deshilachada, un envoltorio inútil de porquería, un gigantesco engorro de verano.
En justa compensación les viene entonces raudo casi sin pensar, el título de la película.


HIPÓLITO G. NAVARRO, Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005, pp. 389-390.

jueves, 13 de enero de 2011

MI MAMÁ ME MIMA, Hipólito G. Navarro

MI MAMÁ ME MIMA



Contempla ensimismado cada tarde a su hija mientras ella aprende a escribir. Los deberes de Virginia, considera, son un regalo que no tiene precio: le devuelven aquella portentosa experiencia del aprendizaje a la que su recuerdo solo no podría asistir, de tan lejana.
Si al principio le sorprendía la capacidad de Virginia para equivocarse y romper continuamente la mina del lápiz, hasta llegarle incluso a exasperar tanta torpeza, ahora comprende que no busca ella otra cosa en realidad que una buena excusa para emplearse a fondo en las primarias tecnologías de los sacapuntas y las gomas, una ocupación mucho más placentera que copiar las ñoñas redacciones que le mandan los maestros. Además, le deben de fastidiar sobremanera las cosas que terminan por decir esas frases que construye con infinita paciencia y un trabajo agotador, o así le cabe a veces suponer a su padre, cuando lee con mal disimulada admiración tan irónicos y notables resultados.
Quizá por eso entienda él como su mayor obligación volver a la carga una y otra vez al menos mientras duren las planillas de estos días, y repetir las explicaciones muy masticadas ya de este matiz: no se trata ahora de atender al argumento, mi amor (como a un adulto le habla; sigue distraídamente con el dedo un dibujo en la escayola), sino de poner todos los sentidos en pintar las frases, hilvanando con sumo cuidado una letra tras otra, a ser posible sin que rebasen los palotes los anchos y los altos que las líneas azules te señalan con descaro. La cuadrícula, por si no lo sabes, hija, viene impresa justamente con esa intención: la de constreñir en lo que pueda tu más salvaje y virginal caligrafía.
Virginia mira a su padre y sonríe, como si algo en efecto comprendiera.
Tiene ahora Virginia que hacer todo su trabajo en casa, desde que se rompió, jugando en el recreo, unos cuantos ligamentos. Veintiún días inmovilizada escribiendo sus planillas bajo la atenta vigilancia de su padre. ¿Cuántos días han transcurrido ya?, ¿seis tan sólo? Parecen más.
Así que los dos reciben a menudo y cada vez con más ganas la visita de los abuelos. Vienen muy poco las amigas del colegio.
Con los abuelos es más fácil. Ella puede escribir entonces sin tanta cariñosa vigilancia, mientras ellos, los mayores, charlan y recharlan en voz baja.
Pero como las últimas planillas, a su manera también ellos son aburridos, pues hablan todo el rato de lo mismo, repitiéndose cada día más. Quizá por eso pierda Virginia hoy su concentración y se deje ver llorar. Ha sido cuando más enfrascados estaban ellos en la conversación. Un descuido lamentable.
Los abuelos intervienen de inmediato y al unísono, qué tiene mi cielo, queriendo suponer que Virginia echa de menos a sus amigas, los juegos, el intercambio frenético de cromos. Su padre se aventura por otros pensamientos: quizá eche también de menos a su madre sin fronteras sabe Dios dónde y con que alternativos médicos ahora. ¿O ligeros cambios atmosféricos que podrían influir en el daño tal vez?
Pero no, no es nada de eso. Virginia se explica entre hipidos. Llora porque ellos, los mayores, han dejado por imposible el informe del traumatólogo que acompaña a las radiografías de su pie, porque nadie, ni los tíos siquiera, logró finalmente entender las letras borrachas del especialista. Llora porque le da una pena tremenda descubrir que pasados unos años pudiera olvidársele todo esto que ahora tanto le cuesta y escribir finalmente como si nunca hubiese sabido hacer la o con un canuto, como si nunca hubiese conseguido domesticar su más salvaje y virginal caligrafía. Es buen argumento, le parece, para suavizar.
La abuela será quien la anime al final: no te preocupes, mi vida; hay que ser muy estúpida para que se olvide una de escribir, eso sólo le ocurre a los médicos.
Tan poca sorna se transparenta en el tono de voz de la abuela que incluso termina Virginia luego una hojilla, sin olvidar en ningún renglón el acento de mamá. Pero la verdad sea dicha: hay en la casa, y se nota, unas ganas bárbaras de que terminen ya, de una vez por todas, las muy dolorosas y sarcásticas planillas de la eme.

HIPÓLITO G. NAVARRO, Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005, pp. 340-342.

martes, 23 de noviembre de 2010

LOS BLOQUES, Hipólito G. Navarro


LOS BLOQUES

Los del piso de arriba están ya a punto de echarlo su casa -se la tienen sentenciada desde hace meses: taconeos, portazos, lo peor las incomprensibles bolas rodadoras de madrugada- cuando se pone en venta el piso que pisa a los vecinos de arriba. Lo compra. Le va a dar la vuelta a la tortilla. Lo primero es comprar la bolsa de canicas. Por asociación de ideas o de recuerdos, comprar también un trompo. Minutos después se ve adquiriendo el álbum y los sobres de cromos. Dos bolsitas de chuches surtidas. Y ya en otra tienda, se comprende, le viene su nombre en inglés, Peter, y compra el apellido: cincó vienas y dos bollos, ciento setenta, y mira la manera mejor de esconder las monedas de la vuelta a ese tipo que salió de casa hecho una furia a comprar los artilugios para vengarse de unos vecinos que ahora se acuerda y se frota las manos quedan debajo y se van a enterar, vaya lapsus.

HIPÓLITO G. NAVARRO, Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005, p. 316.


ILUSTRACIÓN: Ibáñez

miércoles, 17 de noviembre de 2010

EL DINOSAURIO, Augusto Monterroso, Homburg, Hipólito G. Navarro, Frank Arbelo & Lauro Zavala

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

De non ser polo dinosaurio chegaba tarde outra vez ó choio. Cada día durmo máis.

El Dinosaurio

El dinosaurio estaba ya hasta las narices.
Hipólito G. Navarro

El dinosaurio» de Augusto Monterroso es uno de los textos más estudiados, citados, glosados y parodiados en la historia de la palabra escrita, a pesar de tener una extensión de exactamente siete palabras.
«El dinosaurio» ha merecido ser incluido en al menos una docena de antologías publicadas en Argentina, Chile, España, Italia y México(1), y también ha sido traducido a varios idiomas(2). Este texto ha suscitado una gran diversidad de aproximaciones durante los años recientes, ya sea como motivo literario o bien como motivo de estudio, e incluso como motivo de reflexión política. En este último sentido, la imagen del dinosaurio ha sido identificada en México con ese personaje indiferente y calculador que todos conocemos en la vida cotidiana, que vive del tráfico de influencias y que es una herencia de la cultura política más antigua y primitiva.
Como motivo literario, «El dinosaurio» ha sido objeto de variaciones y ensayos en los que el texto es tomado como referencia inicial para la creación de diversos juegos. Estas variaciones incluyen versiones poéticas, continuaciones del texto, metacuentos y otras variantes a partir del tema propuesto por Monterroso, así como argumentaciones para reconocer textos aún más breves, para adaptar el texto a la ópera o para reconocer su carácter de extrema elipsis. Como motivo de estudio, este texto ha sido analizado para estudiar su dimensión artística(3).
Pero ¿cuál es, en síntesis, la razón por la que este texto tiene tal persistencia en la memoria colectiva? Después de leer los trabajos dedicados a su estudio, podríamos señalar al menos diez elementos literarios:

1) la elección de un tiempo gramatical impecable (que crea una fuerte tensión narrativa) y la naturaleza temporal de casi todo el texto (cuatro de siete palabras),
2) una equilibrada estructura sintáctica (alternando tres adverbios y dos verbos),
3) el valor metafórico, subtextual, alegórico, de una especie real pero extinguida (los dinosaurios) y la fuerza evocativa del sueño (elidido),
4) la ambigüedad semántica (¿quién despertó? ¿dónde es allí?),
5) la pertenencia simultánea al género fantástico (uno de los más imaginativos), al género de terror (uno de los más ancestrales) y al género policiaco (a la manera de una adivinanza),
6) la posibilidad de partir de este minitexto para la elaboración de un cuento de extensión convencional (al inicio o al final),
7) la presencia de una cadencia casi poética (contiene un endecasílabo); una estructura gramatical maleable (ante cualquier aforismo),
8) la posibilidad de ser leído indistintamente como minicuento (convencional y cerrado) o como micro-relato (moderno o posmoderno, con más de una interpretación posible),
9) la condensación de varios elementos cinematográficos (elipsis, sueño, terror) y,
10) la riqueza de sus resonancias alegóricas (kafkianas, apocalípticas o políticas).

Estas razones muestran que los lectores tenemos aún la posibilidad de realizar múltiples lecturas de «El dinosaurio» y seguir tomándolo como motivo literario y como motivo de estudio, pues ése es el privilegio y en eso consiste la placentera responsabilidad de la lectura literaria.
Lauro Zavala
NOTAS


Lauro Zavala nos cede fragmentos del prólogo para El dinosaurio anotado. Edición crítica de «El dinosaurio» de Augusto Monterroso, México, Alfaguara Juvenil / Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco, 2002.

(1). En orden cronológico, éstas son las antologías que han incluido «El dinosaurio»: Antología de cuentos hispanoamericanos, Santiago de Chile, Imprenta Universitaria, 1972 (Mario Rodríguez Fernández, ed.); Zoo en cuarta dimensión, México, Samo, 1973; El humor más negro que hay, Buenos Aires, 1973 (Rodolfo Alonso, ed.); Bestiarios y otras jaulas, Buenos Aires, Sudamericana, 1977 (Martha Paley de Fracescato, ed.); El libro de la imaginación (Sección «Algunos sueños»), México, 1979 (Edmundo Valadés, ed.); Brevísima relación (Sección «De extraños sucesos»), Santiago de Chile, El Mosquito Editores, 1990 (Juan Armando Epple, ed.); Antología del cuento fantástico hispanoamericano, siglo XX, Santiago de Chile, Imprenta Universitaria, 1990 (Óscar Hahn, ed.); Antología de la narrativa mexicana del siglo XX, México, Fondo de Cultura Económica, vol. 1, 1991 (Christopher Domínguez, ed.); La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas (contraportada), Madrid, Fugaz Ediciones / Alcalá, Ediciones de la Universidad de Alcalá de Henares, 1991 (Antonio Fernández Ferrer, ed.); I racconti piú brevi del mondo, Roma, Edizioni Fahrenheit 451, 1993 (Gianni Toti, ed.); Breve manual para reconocer minicuentos. México, Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, 1997 (Violeta Rojo, ed.); Relatos vertiginosos. Antología de cuentos mínimos, México, Alfaguara, 2000 (Sección “El dinosaurio”) (Lauro Zavala, ed.). Volver al texto

(2). Éstas son las traducciones al francés y al italiano de Obras completas (y otros cuentos), donde se incluye «El dinosaurio»: Opere complete (e altri racconti), Zanzibar, Milán, 1992 (trad., Hado Lyria); Oeuvres complètes (et autres contes), Editions Patiño, Genève, Suisse, 2000 (trad. Claude Couffon); Oeuvres complètes et autres nouvelles, Editions Actes Sud, Francia, en prensa (trad. Françoise Campo). Por otra parte, Gianni Toti también tradujo «El dinosaurio» al italiano en su antología I racconti piú brevi del mondo, Roma, Edizioni Fahrenheit 451, 1991: «Quando si svegliò, il dinosaurio era ancora lì» (p. 13). Volver al texto

(3). A continuación señalo los principales estudios críticos acerca de «El dinosaurio»: el primero de ellos forma parte del estudio de Will Corral sobre las estrategias paradójicas en la escritura de Monterroso (en el capítulo «Recorrido generativo para la lectura del texto desplazado» en Lector, sociedad y género en Monterroso. Xalapa, Universidad Veracruzana, 1985, pp. 88-90). El trabajo de la especialista argentina Laura Pollastri demuestra cómo este texto es mucho más de lo que parece a primera vista gracias a su rigurosa estructura gramatical («Una casi inexistente latitud» en Revista de Lengua y Literatura, Universidad Nacional del Comahue, Argentina, III, 6, noviembre 1989, 65-70). El español Antonio Fernández Ferrer ofrece muy amenos ejemplos sobre la literatura extremadamente breve en la tradición europea e hispanoamericana, y revela el origen de «El dinosaurio» según las declaraciones de Juan José Arreola («La mano de la hormiga» en La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas. Madrid, Fugaz Ediciones / Alcalá, Ediciones de la Universidad de Alcalá de Henares, 1990, pp. 7-13). Por otra parte, David Lagmanovich, otro experto argentino en minificción, señala las virtudes genéricas derivadas de su economía verbal («Regreso al dinosaurio» en Microrrelatos. Tucumán, Cuadernos de Norte y Sur, 1997, 48-52 ). Seidy Rojas nos recuerda las estrategias de la ironía inestable, donde la intención del autor es irrelevante pues sólo cuentan los sentidos que cada lectura proyecta sobre el texto («El único cabo suelto es la historia», fragmento de «Ironía e instabilidad: Reconstruir las historias de Augusto Monterroso» en La Colmena. Revista de la Universidad Autónoma del Estado de México, núm. 19, 1998). Por su parte, el investigador xalapeño José Luis Martínez Morales analiza detenidamente la función semántica y morfosintáctica de cada una de las siete palabras de «El dinosaurio», con lo cual nos encontramos ante el estudio más sistemático y erudito realizado hasta la fecha sobre el texto («Viaje al centro de un dinosaurio» en Cuento y figura. La ficción en México. Tlaxcala, Universidad Autónoma de Tlaxcala, Serie Destino Arbitrario, núm. 17, 1999, 107-120).
ILUSTRACIONES: Frank Arbelo.

domingo, 14 de noviembre de 2010

ISÓSCELES, Hipólito G. Navarro


ISÓSCELES

Interesa enriquecerse paulatinamente.
Enriquecerse paulatinamente interesa.
Paulatinamente enriquecerse inTeresa.


HIPÓLITO G. NAVARRO, Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005, p. 391.

Cuadro: Omar Ortiz

miércoles, 5 de diciembre de 2007

A BUEN ENTENDEDOR (Dieciocho cuentos muy pequeños redactados ipsofácticamente), Hipólito G. Navarro


Yo venía por lo del anuncio
—Yo venía por lo del anuncio.
—¡Ya!, eso se lo dirás a todas.

Ahora tenía la oportunidad de cambiar
Se nace tímido, o se nace grasioso, o se nace cantaor de flamenco, esas cosas que, en fin, qué se puede explicar, se llevan en la sangre y ya son para siempre, inmutables.
Sin embargo, aquel muchacho, por más señas cama­rero, que no lo conocía apenas, se lo dijo así como el que no quiere la cosa:
—Ahora puede usted cambiar.
“Pretencioso el muchacho”, pensó, “como si uno pudiese cambiar en cinco minutos”.
—Ahora tiene usted la oportunidad de cambiar— repitió el muchacho.
—¡Joder, hostia!— mascullé él, —¡qué pesado, niño!— y le tiró a la cara los billetes, gritándole con furia: —¡¡En monedas de veinticinco!!

Para las horas más jodidas
Para las horas así, digamos jodidillas, no malas del todo pero pasando un poco de regulares, pues tenía eso, un botecito de cristal con su tapón de corcho, y con una cuerda lo colgaba del techo y luego le daba caña con un palo no muy fuerte, para no romper el vidrio, pero sí lo suficiente como para que las moscas dentro del bote se chocaran violentamente unas con otras y zumbaran como diciendo: ¡ostias, otra vez!

Lo de las fotos
Lo de las fotos. Dios, qué fuerte; lo de las fotos es toda una historia, pero eso es otra historia.
—Bueno, y lo del diafragma; eso otra.
—Ya, ¿y del tiempo de exposición qué me dices?
—Claro, y lo del clic.
—Hostias, es verdad, lo del clic, ya no me acordaba.
—Bueno..., y después está... lo de la chavalita de la tienda de revelar.
—Eso, eso.

No, gracias
Le preguntaban: ¿quiere usted un cigarrillo?; la pregun­ta le venía de perillas, pues rápido contestaba: no, gracias.
En otras encajaba peor: ejemplos:
—¿Me puede decir la hora? —No, gracias.
—¿Me deja pasar? —No, gracias.
—Usted no es de aquí, ¿no? —No, gracias.
—¿Quiere dejar de pisarme? —No, gracias.
Los martes también eran conflictivos. Cuando le pre­guntaban ¿quiere tomar una copa? le venía la pregunta como anillo al dedo, pues respondía con urgencia: sí, me encantaría, pero las más quedaban raras; a saber:
—¿Usted es imbécil o qué? —Sí, me encantaría.
—Pero bueno, ¿se burla de mí? —Sí, me encantaría.
—Carajote, te voy a machacar. —Sí, me encantaría.
Los miércoles también..., a ver, a ver; no, los miér­coles tocaba descanso.

Hombre, eso de follar me interesa
—Hombre, eso de Follar me interesa.
—Ya, eso se lo dirás a todas.

Ser o no ser piloto de fumigación, datis de cuestion
Datis de cuestion es lo más puramente inglés, más que el té o la niebla, pero qué jodida cuestión tener que salir a fumigar con la avioneta sin estar a punto en un día neblinoso a más no poder, y encima el termo de café olvidado en la cocina. ¡Qué listos los ingleses!

Yo llamaba por lo del anuncio
—Yo Llamaba por lo del anuncio.
—¿Usted a qué número llama?

Luego las moscas
Luego las moscas, con los ojos pegados al cristal, lo veían derrotado en un sofá, sudando, mientras ellas apuraban los últimos vaivenes pendulares, ya más rela­jadas, antes de contar las bajas.

Y claro, no tenía más
¿Qué podía decirle entonces? Bastardo, podría ha­berle dicho bastardo, que es un insulto menos gastado que otros. Pero es que ni eso. Cambiar había cambia­do, sí, pero en monedas de cincuenta, que no entran en la ranura, ¡qué coño más estrecho!


Mejor en mate
Pone una equis en la casilla correspondiente y al in­clinarse, como por costumbre tiene el pelo muy recogi­do, pues deja ver cómo nacen, bien apretadas desde ya, y luego, al mirarlo con dos ojos —porque la naturaleza ha dispuesto que sean dos, bueno, pues dos—, él dice diez por quince, ¡ah!, y que las saquen todas; que no se crea ella que está pensando en las fotos, que las sa­quen todas se refiere —quiere referirse— a las mismas, que otra vez ella al inclinarse y escribir diez por quince le muestra, exuberantes, los pezones bien hermosos mientras ella escribe con una letra que no se correspon­de: que las saquen todas, aunque estén mal. Una ruina esto de las fotos.

Los jueves
Evidentemente, los jueves, con eso de estar siempre entre los miércoles y los viernes, entre los martes y sábados, entre los lunes y domingos, estaban... ¿cómo decirlo?..., siempre en medio, jodiendo.

Ítem más
—Pero bueno hombre, ¿usted a qué número está lla­mando?

Leptinotarsa decemlineata
Calculando la altura con los relojes, porque no se ve nada, en el punto que debe ser, el botón rojo junto a la palanca de timón, clic: pelotazo de líquidos derramán­dose en la finca, una nube camuflada en la niebla que va a poner buenos a los escarabajos de la patata. La pre­gunta es si fumigamos sobre la finca y no en otro sitio. Datis de cuestion.

Hombre, eso de follar me interesa
Vaya fraude. Y seguro que los que hicieron el dic­cionario se quedaron tan panchos: Pepi, lagartona, va­mos a soltar una ventosidad sin ruido. ¡Alubias les daba yo!


No me jodas
—Otra vez dicen que va a subir la gasolina.
A lo que contestaba, sin más miramientos:
—No me jodas.
Podía ser una respuesta, ¿por qué no?; pero luego el día avanzaba y era peor: a saber:
—¿Me puede decir la hora? —No me jodas.
—¿Quiere dejar de pisarme? —No me jodas.
—Usted no es de aquí, ¿no? —No me jodas.
Eso los jueves. Los viernes ni salía de casa.

Yo venía por lo del anuncio
—Yo venía por lo del anuncio— Le dijo.
—No me jodas— contestó ella asombrada (y no era para menos).
—Hombre, es que eso de follar me interesa— soltó él de pronto.
—Ya, eso se lo dirás a todas— replicó la chica, inevita­blemente.
—Ahora tengo la oportunidad de cambiar— le confir­mó él abiertamente.
—¿Un jueves?— preguntó ella extrañada.
—Ítem más siendo jueves mismamente— aseguré él.
—No, gracias— dijo ella.
—¿Y lo de las fotos?— argumenté él cuando vio que se le cerraban las puertas demasiado pronto. —Sí, me encantaría; es lo mejor para las horas más jodidas— le dijo ella.
—¿Tienes muchas?— le preguntó él, viéndole el naci­miento de las suyas (porque la naturaleza ha dispuesto que sean dos, bueno, pues dos).
—En mate— confirmé ella.
—A un piloto de fumigación le va mejor el café que el té o el mate— se quejó él.
—Bastardo— gritó ella, sin venir mucho a cuento.
Y hablando de cuentos, claro, no tenía más.
Entonces se le ocurrió que bien podría resumirle a ella en pocas palabras el asunto.



En pocas palabras el asunto
Él, por más señas piloto de fumigación, está prác­ticamente arruinado por hacer tantas fotos para así te­ner la excusa de contemplar, ya que no otra cosa, a la chavalita de los revelados. Datis la primera cuestion. El juego que se inventa es grotesco: se ve como extranjero lunes martes jueves viernes, miércoles descanso, sábados domingos lo que se tercie, improvisado. Bueno, otros juegan al tenis, qué más da. Horas jodidas en casita: vapuleo de moscas posiblemente en descargo de una carrera universitaria más o menos biológica y frustrada (que llamar leptinotarsas a los bichos de la patata es más científico y pedante si ello viene de boca de fotó­grafo fumigativo), desviación que habría que estudiar en profundidad y que ahora no viene al caso. Luego, presumiblemente (más bien certeza), anuncios por palabras: contactos: ofrécese buen cuerpo no se hacen preguntas se hace lo que se hace. La cadena lógica siguiente es: muchacho, cámbiame para el teléfono. No hay cambio; luego sí, ahora tiene usted la oportunidad de cambiar monedas que no entran por la ranura: pre­monición de un fracaso coito-vaginal posterior. Equi­vocaciones varias con el número telefónico (pero bueno, ¿otra vez este hombre?, ¿no le hemos dicho ya tres veces que aquí no vive ningún anuncio?) y finalmente visita personal. Obviamente (piloto de fumigación tenía que ser (la niebla sobre la finca es una metáfora (la metá­fora, mucho ojo, que algunas veces se confunde, no es un chiste (un chiste eso sí, nunca está de más))), palo final: Yo venía por lo del anuncio —eso por el telefonillo de abajo—. Suba, suba (voz distorsionada por la técnica pero, carajo carajo, conocida). Ascensor estropeado, doce pisos, sudores; puerta letra ce, abierta, invitativa. Finalmente. En el salón, con prendas nunca antes conocidas ni imaginadas (cagonlaputa, bocado en la lengua), ¿quién?: obviamente, la chavalita de los revelados. Él se mete las manos en los bolsillos. En ellos no lleva escara­bajos de la patata. Podría haber sido. Y es que a buen encendedor no le hace sombra un fósforo, y con pocos cigarrillos le basta.



HIPÓLITO G. NAVARRO, “A buen entendedor (Dieciocho cuentos muy pequeños redactados ipsofácticamente”, El aburrimiento, Lester, Anaya & Mario Muchnick, Madrid, 1996, pp. 59-64.



Ilustraciones:
ARNAL BALLESTER, Vista cansada, Ediciones sin sentido, Madrid, 2000.