Mostrando entradas con la etiqueta JUAN CARLOS MESTRE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JUAN CARLOS MESTRE. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de febrero de 2014

LA ESQUELA, Juan Carlos Mestre



LA ESQUELA

   Esta es la historia de un hombre sentado en una silla. Un hombre que permanece leyendo el mismo periódico hace setenta y cinco años. No es esta la voluntad de su mundo ni tampoco la idea elevada del país que desea. Óigame bien, no voy a repetírselo. Cuenta su vida por última vez. Un hombre que lleva setenta y cinco años sentado en una silla leyendo las páginas amarillentas del mismo periódico. Desde que salió de las linotipias de 1936 las agujas del reloj han pasado veintisiete mil trescientas setenta y cinco veces por el mismo sitio. Ha visto morir a sus padres, ha ido a su entierro sentado en esa silla. Sentado en esta silla ha tenido hijos y miedo, ha pagado y devuelto facturas, perdido reiteradamente a la baraja, tragado disgustos.

   Yo solo cumplo con contarles la historia de un hombre. La vida normal de alguien que tranquilamente mutilado del mundo lleva en la misma silla setenta y cinco años. Menos el rostro de Dios le ha visto la cara a algún que otro bendito y a la mayoría de los sinvergüenzas. Ya digo, ha permanecido leyendo el mismo periódico los últimos setenta y cinco años. Bajo los titulares del asombrado y cambiante mundo ridículo, el mundo ridículamente asombrado no ha cambiado ni una sola coma en los renglones de tinta. Ha visto llover sapos del cielo, ha creído que se acercaban con una jaula los extraterrestres, se ha aprendido de memoria el listado del Estado Mayor del Ejército.

    Ha sentido inquietud por todo, desde la frontera polaca hasta la curva de las isobaras. Lleva setenta y cinco años leyendo el mismo periódico. Ha tenido tiempo de preguntarse por qué la vida de los másicos es menos justa que la de los Primeros Ministros, y piensa en las alubias y en las monjas encerradas en su costurero y en los hombres que marcharon detrás de los tanques. Recorta una esquela: A la musical memoria de Aida Pedrosa, violinista, Diamantina Duarte, viola, Maria da Concençao, contrabajo, Margarida Centeno, tuba, Branca Clara das Penas, trombón, Ofélia Carvalho, clarinete, Palmira Terezinha, oboe, Brites de Almeida, corno francés, desgraciadas integrantes de la Orquesta de Señoritas Portuguesas cuyo ómnibus se precipitó desde el puente de Óbidos.

   Esta es la historia de un hombre sentado en la misma silla desde hace setenta y cinco años. El mundo, piensa, es un lugar donde la gente pasa por turnos. Ha oído lo que ni se sabe, ha leído algunas líneas, ha visto algunas sombras. La historia termina donde comienza la vida. Ningún girasol sembrado en la amargura ha tenido suene. Unos se abrazan porque se quieren, otros se tuercen la boca. Está sentado ahí desde julio del 36, no se le ha ocurrido que merece otra oportunidad. Un cuarto de hotel, fantasías eróticas, otros factores de riesgo forrados en rojo. Su corazón, imagino tal corazón, estará hecho de trapos con los que las madres curaron las heridas de guerra.

   Como todos los días, hoy volverá a leer el mismo periódico. Después de setenta y cinco años todavía le quedan cuatro o cinco palabras cuyo sentido no comprende del todo. Cada mañana saca la lupa y vuelve sobre ellas: son las ramificaciones, el cadáver de un hijo tirado entre los cebollos, la comadre del ferretero que regresa de la huerta con un manojo de fréjoles. Hoy, como todos los días, oye a lo lejos el topeta. de los vagones de hierro, oye la cautividad en los hospital y la vehemencia de los engrasadores.

   Sabe que cada vez que pasa una página prolonga la muerte. Los abogados cambian de lentes, los poetas de estilo elevado esperan el atardecer de la revelación. El arce deja caer sus octavillas escarlatas sobre los tejados y las estancadas aguas de nieve se filtran hasta los tuétanos. A la silla se le han hinchado las patas y al hombre que lleva setenta y cinco años leyendo el mismo periódico le han echado raíces las piernas. La palabra inefable, del latín ineffabilis, indecible, debería ausentarse del diccionario mientras no cumpla con el deber de contar esta historia.
JUAN CARLOS MESTRE, La bicicleta del panadero, Calambur, Madrid, 2012, pp. 363-365.
&

Rossana Taormina

viernes, 24 de enero de 2014

[EL SILENCIO ES UN ANIMAL INTOCABLE...], Juan Carlos Mestre



El silencio es un animal intocable que madura su instante tras los ojos hundidos

JUAN CARLOS MESTRE, La bicicleta del panadero, Calambur, Madrid, 2012, p. 108.
&
Barbara Ess

martes, 17 de diciembre de 2013

PADRE, Juan Carlos Mestre



PADRE

   Los padres mueren en invierno, tosen en invierno cansadamente sensitivos como trenes que ya no van a partir tosen mientras se deslizan sobre la nieve y tosen apartándose de la vida con la misma ternura con que alguna vez tosieron aceptando los insultos. Uno sabe donde comienza el año de las lluvias en la tos de un padre cuando las vacas inclinan su cerebro sobre los pastos y tosen los fresnos y los encinos tosen saludando al que pronto va a llegar a la tierra acompañado por las maestras que enseñan a poner la mano para toser la severa tos de los padres la educación de los justos cuando esa tos es ya nuestra culpa y tosen los cardos blancos las flores azules y los amores de dama que en la aterida arboleda pisan el corzo y el ciervo. Los padres mueren en invierno. La chatarra se oxida en los patios donde tiemblan tumbados los perros de caza. Blanca es la tos en los terribles metales y en las zarzas que no volverán a arder. Tosen porque el aire ha entrado ya muerto en este mundo y ninguna majestad ha partido con su mano huesuda las nueces donde el niño ha metido su cabeza para no oír las fiebres que cosen en las sienes del padre. Tosen los padres porque ha llegado su último invierno y ahora solo en donde hubo amor el tordo traerá su corona a donde canta el arándano. Oh, el ave ya está ahí sobre las herramientas con que el invierno construye el techo. Y los padres tosen sin decir otra cosa, tosen besando las tejas de lo soñado, las palas de madera, tosen, sin delicadeza tosen los padres. Y se van, llevan una bola roja en la mano delgada, tosen por la ciudad oscura cuando siguen tosiendo en nuestros pechos, ellos la cabeza más alta, algo contestan al mirlo que silba en el bosque.

JUAN CARLOS MESTRE, La bicicleta del panadero, Calambur, Madrid, 2012, p. 406.

martes, 5 de noviembre de 2013

EL CUADRILÁTERO, Juan Carlos Mestre


EL CUADRILÁTERO

Los boxeadores regresan a las aldeas donde nacieron
puede ser que a Maceira de Lalín puede que sea a Mosteirós
desvencijados por la gloria suficientemente sudorosos
se desinflan como llantas de bicicleta bajo el batín de la noche

con la cabeza rapada al estilo piedras de río
como las consabidas golondrinas de don Gustavo
y los para mi gusto demasiado ahumados salmones noruegos
antes o después cierto día los boxeadores vuelven a casa

saben que no saldrán en las fotografías al revelar los carretes
la mollera estrujada como un puñado de moras
se reconcomen para sus adentros por los senderos de chivas
donde la loba lame las rodillas a la hermana pequeña

los boxeadores regresan a los lugares donde nacieron
en el estómago de las vacas duermen erizos de pan duro
en los corrales sus antiguas novias se abrazan con otros
gimen como gatas o encienden volcanes con una cerilla

es lo que hay: se sientan a la mesa soplan el caldo
se tambalean como perros empachados de manzanas
los aspirante a espantapájaros son molidos a guantazos
bailarines descacharrados en los maizales del pueblo

lo digo con cariño da igual que se llamen Antón Lamazares
o Jean Philippe Arthur Dubuffet carpintero francés
que avergonzó a sus progenitores pintando mamarrachos
con la cabeza arrugada y corazones de pollo

los boxeadores regresan a las aldeas donde nacieron
lo digo con franqueza no hay nada de sagrado en ello
discuten con las vigas hinchan la vena dejan caer los tazones
con la misma intención de los que nunca besaron la lona

de lunes a domingo junto a las cabañas forradas de losa
donde los muertos cuecen castañas para las ratas
los boxeadores entrenan a sus primos bajo el sol de la noche
que en otro rincón del mundo ya escurrirá los pantanos

los boxeadores regresan a los nidos donde nacieron
silban a los carrizos silban como mochuelos sin decirse nada
cogen ojeriza a las medias de seda y a los ingenieros agrónomos
escupen sobre la sombra de lo verdadero y escupen sobre lo falso

junto al huerto de coliflores ahuecado por los topos
se cruzan con las maestras la luna sin mangas fuera del pecho
los bidones de agua podrida las chatarras oxidándose idiotas
sin rival contra las cuerdas de los violines sus monos azules

los boxeadores regresan avergonzados a las aldeas donde nacieron
sus motes escritos a mechero en el techo raso de los retretes
su fosa un poco más ancha que las demás
condecorada eso sí por las estrellas y el brezo

JUAN CARLOS MESTRE, La bicicleta del panadero, Calambur, Madrid, 2012, pp. 20-21.

&

viernes, 1 de noviembre de 2013

[MIENTRAS ME PASEO POR EL CEMENTERIO...], Juan Carlos Mestre


Mientas paseo por el cementerio, el lugar más apropiado
para pensar en un currículum vítae, trato de recordar
qué carta del tarot me tranquilizaría.


[Fragmento del poema Jardín muerto]
 
JUAN CARLOS MESTRE, La bicicleta del panadero, Calambur, Madrid, 2012, p. 36.
&
Josep Llimona




sábado, 12 de octubre de 2013

SONETO SOLUBLE, Juan Carlos Mestre



SONETO SOLUBLE

La poesía no es el pararrayos de las lamentaciones
La poesía una chica descarada el mostrador donde se expende mal vino
La poesía nido en el avellano boca de niño que empuja la carretilla de agua salada
La poesía son los tontos galanes con los cordones desabrochados
La poesía estufa de frío iceberg cabeza caliente con barba de perro de aguas
La poesía descacharrada una araña en la leche otro espejo roto por los nervios
La poesía de solapas subidas el inspector de langostas cae en la trampa
La poesía tiro al pichón azucarillo de ojos negros
La poesía aceita los tulipanes excita la fabricación de golondrinas de mar
La poesía tiene ahorros primaverales piernas salvajes un castillo de naipes bajo la manga
La poesía soporta los labios sin cuartel como las casetas de la playa al perseverante obstinado machacón océano
La poesía del día a día se da de codazos con los periódicos
La poesía nocturna que vende desde lejos las intenciones dobles
La poesía es un preparado de marca inventado por un vendedor de trenes de bolsillo en el que la profesora lleva a los escolares a cosas perdidas de vista con un cepillo de iglesia bajo el brazo y una sombrilla bordada de piojos en una botella de náufrago
La poesía os lo repito yo tiene más cuento que Carracuca dios te perdone si meto la pata

JUAN CARLOS MESTRE, La bicicleta del panadero, Calambur, Madrid, 2012, p. 336.

lunes, 27 de mayo de 2013

PARMÉNIDES, Juan Carlos Mestre



PARMÉNIDES

La verdad es una diosa que ensena el camino a los errantes. Si debe ser necesaria la luz antes ha de no ser la noche. El olvido es la presencia aparente de lo que aún existe. La diosa habita el círculo de la benevolencia, es piadosa. Lo femenino es la rueda de un carro, lo masculino la otra. Yo soy dos semejanzas paralelas de amor, dos infinitos. No sé si las yeguas piensan o padecen, dudo entonces. ¿Es más justo el que nace o el que no pudo ser? Cuando me muera regresaré al todo de la nada. Estoy contento.

JUAN CARLOS MESTRE, La visita de Safo y otros poemas para despedir a Lennon, Calambur, Madrid, 2012, p. 79.

jueves, 7 de febrero de 2013

TRIBU, Juan Carlos Mestre


TRIBU

   Los poetas, las putas, los mendigos, los que conocen el mester del alba y saben cosas inútiles que salvan, la línea del abismo, el gesto, las rayas de la mano. Caridad y sabiduría, una misma limosna, un mismo dedal lleno de arañas.

JUAN CARLOS MESTRE, La poesía ha caído en desgracia, Visor, Madrid, 1992, p. 25.

viernes, 27 de mayo de 2011

K, Juan Carlos Mestre

K

Aquella mañana, después de un sueño reparador,
Gregorio Samsa despertó sobre su cama convertido en una adorable persona.
No era un sueño, así que aceptó lo ocurrido con la discreta sonrisa
que suele acompañar los designios de la felicidad y la complacencia.
Tal era el sereno convencimiento que le producía el nuevo estado
que su rostro no mostraba gesto alguno de extrañeza.
Se levantó no como de costumbre, sino con la rara normalidad
de quien, sin saberlo, se comporta del modo que la gente suele llamar manera correcta.
Intuitivamente se dirigió hacia el espejo del cuarto de baño
y al afeitarse por primera vez tampoco dio muestra alguna de sorpresa.
Abrió el grifo como hubiera hecho cualquier persona,
y extendiendo sus aún blanquecinas y arrugadas manos
sintió correr sobre su piel la delicadeza del agua.
Tenía sed desde la noche anterior, pero alguna poderosa razón
desde su otra e interminable existencia, le impedía en ese instante beber

JUAN CARLOS MESTRE, La casa roja, Calambur, Madrid, 2008, página 88.
 
ILUSTRACIÓN: PETER KUPER

viernes, 28 de enero de 2011

COPLAS A LA MUERTE DE SU PADRE, Jorge Manrique, Amancio Prada & Juan Carlos Mestre


Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada
que tenemos, 135
no son sino corredores,
y la muerte, la celada
en que caemos.
No mirando nuestro daño,
corremos a rienda suelta 140
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta,
no hay lugar.



JORGE MANRIQUE, Coplas a la muerte de su padre, Editorial Casariego, Madrid, 2010.


AMANCIO PRADA: Música
JUAN CARLOS MESTRE: Ilustraciones

domingo, 28 de noviembre de 2010

AÚN, Antonio Gamoneda




AÚN

Amé. Es incomprensible como el temblor de los árboles.
Ahora estoy extraviado en la luz pero yo sé que amé.
Yo vivía en un ser y su sangre se deslizaba por mis venas y
la música me envolvía y yo mismo era música.
Ahora,
¿quién es ciego en mis ojos?


Unas manos pasaban sobre mi rostro y envejecían dulcemente. ¿Qué
fue existir entre cuerdas y olvidos?
¿Quién fui en los brazos de mi madre, quién fui en mi propio corazón?

Es extraño: solamente he aprendido a desconocer y olvidar. Es extraño:

todavía el amor
habita en el olvido.

Antonio Gamoneda, Extravío en la luz, Casariego, Madrid, 2008, páginas 42 y 43.

GRABADO: Juan Carlos Mestre

domingo, 30 de mayo de 2010

SOBRAS COMPLETAS, Juan Carlos Mestre / Chris Jordan



SOBRAS COMPLETAS


Hontanar efluvio lira retoño celeste pétalo ambarina
trémula sideral palpitante armiño pubertad infinita divina
azucena sutil alma henchida melodiosa florecilla dama fresca
zafiro vergel fulgente néctar purpúreo savia vibrante
rumoroso matinal perfume luciente virginal exquisita invicta
patria cristalina eterna ferviente triunfal arcano sublime
pertinaz caricia loable frenesí glorioso clamor pupila
congoja tierna fina saeta monjita vengativa lontananza
bucle jardín dorado incomparable arrullo deliciosa gasa
principesca eximio éter dardo óvalo inefable trémulo limbo
ignoto tintinean mustias pían nácar vagoroso


Juan Carlos Mestre, La casa roja, Calambur, Madrid, 2008, página 116.

FOTOGRAFÍA: CHRIS JORDAN

jueves, 13 de mayo de 2010

TA TUNG, Juan Carlos Mestre


TA TUNG



Me enamoré de ti en el restaurante chino de la Plaza Mayor
Ese día bajo los dragones dorados
Tú eras todas las dinastías que ha tenido la Tierra
Tú eras el delta de los ríos y la cascada de los encantamientos
El curry que tiñe de sol el lazo de las servilletas
El día que me enamoré de ti comenzaba el año del gato
Y las nubes maullaban sobre los tejados
Celebrando la lluvia de estrellas y la cosecha de arroz
Demonios, al salir tiraste sin querer el buda de escayola
Y todos los buenos presagios se hicieron añicos
Nena, ya nada ha vuelto a ser como entonces
Cuando sabías a las bolitas de helado Familia Feliz
Y yo te acariciaba con palillos de bambú los brotes de primavera



Juan Carlos Mestre, La casa roja, Calambur, Madrid, 2008.

FOTOGRAFÍA: CHEMA MADOZ

lunes, 5 de abril de 2010

CARPE DIEM, Juan Carlos Mestre


CARPE DIEM


Cuando el amor se termina no queda nadie que traiga flores los sábados
Las botellas de Lambrusco dejan de hacer ¡plop!
Las deliciosas películas de arte y ensayo se vuelven aburridas
Nadie te regala calcetines por Pascua, nadie te pone el termómetro
Cuando un amor se termina dan las diez un cuarto de hora antes
Las estrellas comienzan a acumular un retraso considerable
Las gatas dejan plantado al párroco en los tejados
Las luces indirectas enfocan directamente los portarretratos
Cambias los muebles de sitio, ordenas la biblioteca
Aparece la lupa, encuentras los comprobantes de la tintorería
Las cajeras del supermercado te empiezan a sonreír de otra manera
Los cuervos marinos se vuelven palomas mensajeras
Se acabó el azúcar, echas mano del edulcorante
Te paran todos los taxis, vas derecho al motel de las metáforas
Tocan e1 timbre, el cartero te deja un certificado para la vecina
Llaman por teléfono, otra vez la noche se ha equivocado de número




Juan Carlos Mestre, La casa roja, Calambur, Madrid, 2008, pp. 95.

lunes, 29 de marzo de 2010

RÉQUIEM, Juan Carlos Mestre




RÉQUIEM

Viste arañas
donde siempre hubo música.

CLAUDIO RODRÍGUEZ



Quién va a creerte ahora, aristocracia de las supersticiones. Quién
a ti, tabas de la hechicera. Qué dador en lo subterráneo colgará
su exclamación de los inservibles alambres del telégrafo. Quién
sino el mendicante que respira en las cánulas, el que ha cerrado
su negocio con las estrellas y ya sólo lo impacienta la muerte.

Quién en las substancias encanecidas por el olvido, qué soli-
tario orfebre entre los inventores de las fraguas del hielo. Cuál
de ellos será hoy un habitante anciano entre los desaparecidos,
qué comprador de bujías de aceite vendrá a velarte ante esta
urna de estaño.

Quién a tu cebo entre los escombros donde pules horquillas
de hueso. Acaso el que repite tu yerta palabra en la improbabi-
lidad, tal vez los tatuados por el destino sin sufrimiento en la
culpa sin materia del ángel.

Quién al tazón de agua le agradecerá su blancura. Quién sino
Aquel cuyo estigma conservó la videncia, trajo a la ciudad una
piedra imantada en la que existió el contemplante, hubo voces
y lluvia.

Quién va a reconocerte ahora bajo la armadura de los dur-
mientes. Quien con júbilo habría de entrar en los caparazones,
quiénes con mazas de sílex al taller del vidriero. Quién se atre-
verá a nombrar al que restituye, quién al que roba alivio de lo
indescifrable.

Quién dará aire de silbar al pájaro, meteoro a los astrónomos,
quién a la muchacha de tímido triángulo y al agonizante que
contempla la nieve ha de restituir su pulcritud ante el pútrido
esmalte de otros ojos azules.

Qué sonrisa inmaculada de los muertos a los andenes donde
hubo discordia, maletas con manuscritos, vagones a la infeli-
cidad. Quién caligrafía a los que establecieron su vínculo alre-
dedor de los pozos, agua de la quietud al pebetero volcado
sobre las tumbas anónimas.

Acaso el que tiende la mano a los acróbatas, el que tuvo grandes
sueños en las riberas de la simplicidad y escuchó el enjambre de
párpados en las necrópolis. El hijo de otro pueblo cansado, el
portador cuya ausencia ilumina la noche con la escritura de los
analfabetos.

Dirán los abismos, dirán las nodrizas a la íntima tierra: Requiem
in aeternam dona eis, domine, et lux perpetua luceat eis.




Juan Carlos Mestre, La casa roja, Calambur, Madrid, 2008, pp. 17-18.