Mostrando entradas con la etiqueta JUAN SALMERÓN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JUAN SALMERÓN. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de mayo de 2013

GIN TONIC, Juan Salmerón


GIN TONIC

   Un dedo con una uña rota.
   Dos dedos elevando el nivel de ginebra en la copa.
   Tres dedos sosteniendo una botella: en su cristal grabado el mapa de Islandia.
   Cuatro dedos pulsando la sien de quien se dejaría desvanecer en el cráter del volcán, de quien querría estallar como un pétalo arrastrado por el tallo del géiser.
   Cinco dedos tamborileando a ritmo de jazz.

   Ninguna palabra. Nada que verbalice la fuga. Nada que pigmente la desolación. Un silencio aferrado al vacío multicolor de los tentáculos.

   Una mano a la que salvaría la delicadeza de una caricia y, sin embargo, se demora, alineando sobre la mesa, como reblandecidos perdigones, varias bayas de enebro.

sábado, 12 de enero de 2013

VELOCIDAD, Juan Salmerón

VELOCIDAD

   Antes de que él llegase al peaje de la autopista, ya se conocieron los resultados de su autopsia.

JUAN SALMERÓN

domingo, 2 de diciembre de 2012

PISCIFACTORÍA, Juan Salmerón


PISCIFACTORÍA


   A esta hora somos los de siempre en la playa: las parejas que sueltan a los perros, los jubilados que no se conforman con mojar los pies, varios surfistas tempraneros, yo misma. A pesar de que sobra arenal para ni siquiera vernos, hay carriles trazados por huellas que no borra la marea, que nos llevan a entrechocarnos. Poco sé de los surfistas, aunque al padre que siempre acompaña a uno de los más chicos tuve que arrearle unos cuantos coscorrones, tiempo ha, en la escuela; de la rubia del bóxer, puedo decir que se mostró amable, un día, al preguntar el porqué de mi muleta; de los viejos bañistas, me bastaría contemplar el reportaje anual que emiten sobre sus valentías en televisión, pero, aunque escueza, he de reconocer que, de Gerardo y Toño, querría saber bastante menos.
   A los nuevos, la primera vez los vi en lontananza: dos calvos cogidos por la cintura, salpicando de besos en la boca cada uno de sus pasos. En ese primer momento pensé, con repugnancia, en todos los extravíos que traía al pueblo el demonio de la piscifactoría. Luego, cuando los raíles nos situaron en andenes paralelos, el asco se transformó en sorpresa, la sorpresa en vergüenza. Ninguno de los dos tenía pelo: ni él, ni ella. Unos pendientes de perla, la blusa entallada, las uñas de los pies y los labios pintados, restauraban una feminidad que le había hurtado la quimioterapia.
   A partir de esa mañana, observarlos se convirtió en un entretenimiento para soportar el hastío de mis paseos cojos. El devenir de los días me permitió examinar la delicadeza con la que él la iba alojando en sus brazos, el mimo con el que se apresuraba a levantarla de la arena cuando se cansaban de estar sentados. No me contenté con sentir envidia y desviar la mirada. Fui inventando una biografía para cada uno de ellos: novios ya en la facultad (él estudiaba farmacia, ella lo esperaba a las puertas de Magisterio), los vi aturdidos y felices en su pronto matrimonio, dichosos en el nacimiento de la hija que ahora los telefoneaba, diariamente, para preguntar por ese otro salitre que corroe las entrañas.
  Desaparecieron del arenal cuando las nubes se encapotaron para anunciar la primera tormenta de verano. No me conformó la obviedad: decirme que nada se puede hacer en un pueblo como éste con los pies mojados. Imaginé un agravamiento, un regreso precipitado al hospital, una evolución clínica tripulada por la metástasis. Por eso, ahora cierro los ojos, entro en la habitación sin llamar y ocupo su cama. Elijo su piel: es mejor la vida aquí, tomada de la mano del hombre que siempre te quiso, de la hija a la que has parido, que no allí, en la orilla, arrastrando estas piernas que a ningún lado me llevan, sola, desamparada, asustada como el alevín de rodaballo que, ante el ruido de mis pasos, huye de la libertad en busca del abrigo de su jaula.
JUAN SALMERÓN

martes, 17 de abril de 2012

LA AURORA EN LA LUNA DEL ESCAPARATE, Juan Salmerón



LA  AURORA EN LA LUNA DEL ESCAPARATE

la lluvia reúne el agua en la calzada
        
un brillo azul ilumina los baldosines mojados
y un ciego olor a lilas surge de la herrumbre
        
la luz opalina viste tu torso desnudo
burlando las oblicuas fajas de luz las persianas metálicas
        
a veces digo
hundiendo la nariz en el cristal,
acércate reina
        
y el aluminio como un halo de niebla
huyendo de los bosques del hielo
        
¿y qué sordo suspiro espera tras el tamiz del relámpago?
        
quizás sea tarde y no esperes, reina
        
el acero se roma al golpear la madera
estrujo en mi mano el soldado de plomo
hasta que su conjuro se confunda
entre los vidrios rotos, o tal vez el rocío, reina
        
el azafrán enrojece la comisura de tus labios
        
y la reina permanezca inmóvil, maniquí, azucenas

jueves, 1 de diciembre de 2011

CICATRIZ, Juan Salmerón & Chema Madoz


CICATRIZ
¿Por qué yo sólo tengo un ombligo?


Juan Salmerón
FOTOGRAFÍA: Chema Madoz

sábado, 4 de junio de 2011

AZAFRÁN, Juan Salmerón


AZAFRÁN

Sentadas alrededor de la mesa, las mujeres enhebran historias para olvidarse del esfuerzo de mondar la flor.
Las contracciones adelantan del corro a la primeriza. Es casi una niña. La estoy viendo: lleva el pelo recogido en el recato de un moño, el mismo que luce en la foto de su boda: su único retrato de juventud.
Ella piensa (yo lo sé, me lo ha dicho tantas veces) que, en nada, tendrá que destetar a la criatura para ir a la rebusca de la aceituna; que como el tiempo pasa pronto, pronto llegará el tiempo en que la niña (le palpó el vientre una partera) pueda ir a la escuela a aprender las cuatro reglas; y si no ella, piensa contrayéndose ante un dolor violeta y granate, tal vez la hija que su hija tenga sabrá elegir las palabras con las que poner en papel la historia que las mujeres no cuentan: esa de esta vida mísera que tiñe los dedos del azafrán con el que otros condimentarán su arroz.

Juan Salmerón

viernes, 27 de agosto de 2010

CONVENCIMIENTO, Juan Salmerón


CONVENCIMIENTO


Huyeron por una portezuela oculta tras el patíbulo.
Por su encallecido magisterio, el verdugo había tensado sogas alrededor de cuellos de mujeres infinitamente más bellas.
Ninguna, no obstante, dueña de la oratoria de esta damisela que, sin necesidad de conocer las facciones de su rostro, le había prometido amor eterno.

lunes, 29 de marzo de 2010

EL ODIO, Juan Salmerón

El odio



El odio desgasta a quien lo siente y raras veces consigue objetivos que persigue; en lugar de aniquilar al contrario, llega incluso a reafirmar su importancia. La indiferencia, sin embargo, no desgasta a quien la practica, sino que le da más fuerza todavía; y devasta total y absolutamente a quien es víctima de ella.

Roger Wolfe


Yo siempre he sido un buen enfermo. He tragado sin rechistar todo lo que me han recetado: hasta supositorios. Por eso, ahora, parece que me he ido a vivir a la papelería. La pringada de la cajera, no cabe duda, piensa que lo mío con los cuadernos, es una excusa tonta que me traigo para ir a visitarla. A mí no me toca desilusionarla: ¡Si supiera que los cuadernos forman parte de mi tratamiento, a buenas horas se maquillaba el escote!

-Cambiamos el cóctel de ansiolíticos y antidepresivos por un cuaderno ̶dijo el Dr. Matesanz ya en su primera consulta.

¡Menudo apostol de la antisiquiatría, Matesanz! Cuando empieza a largar, hipnotiza.

Y en éstas estoy. Cada vez que me asalta un brote de ira, ¡al cuaderno!, a poner por escrito mis malos pensamientos, o en su defecto, a escribir diez, veinte o treinta copias de la frase esa del odio devasta, la indiferencia desgasta y otras plastas.

Un buen día, el Matesanz más solemne me dice:

-Su caso clínico es la prueba irrefutable de la conveniencia de la desmedicalización en pacientes crónicos.

Así mismo, de un tirón y sin dejar de respirar. Ante tal portento, ¿quién puede negarse a pasear por las revistas médicas su mejoría deslumbrante?. Yo sólo noto que me he ido olvidando de por qué siento odio.

Como lo mío es ciclotímico, días hay en que me muero por filosofar con el Mahatma Wolfe de la frasecita, tomándonos unos daikiris en el afteragüers de la ONU; en cambio, otros, ganas tengo de tener a ese panoli delante, y meterle en el jeto una somanta de indiferencias.

Por alfa o por beta, la mayoría de las tardes me las paso escribiendo en pauta, como un parvulito. Cualquier día que el Dr. Picodeoro vuelva a afearme la caligrafía, echo el autocontrol a dormir la siesta y lo estrangulo. Como que ya me estoy viendo.

lunes, 11 de enero de 2010

ME ACUERDO, Juan Salmerón


-->

ME ACUERDO

“Me acuerdo de las vidas que no hubiera sabido vivir.”
A mí me cuesta citar literalmente, por eso lo llevo anotado aquí. Lo leí en un libro cuyos fragmentos comienzan siempre así: Me acuerdo. Ya no puedo precisar si lo leí en el tomito de Brainard, en el de Perec o en el de Bonilla. Y es que no hay un Me acuerdo, sino tres. Bonilla, antes de escribir Je me souviens, coleccionó obsesivamente ejemplares usados del libro de Perec, quien a su vez, iluminado por Brainard, quiso replicar su I remember.

“Ese galimatías, ¿qué es: una espiral o un pincho moruno”.
Tal cual dijo su compañero, el del bigotillo, muchísimo más indiscreto que usted. No dijo brocheta, no. Dijo pincho moruno. En fin, no me desvíe. Que ese mismo virus debió de atacar al lector que anotó, en lápiz, con letra apretadita, esta rememoración en el margen de alguno de los títulos que retiré de la biblioteca. Por eso no sé decirle quién lo escribió. Aunque, bien mirado, tampoco sé decirle por qué, en lugar del retrato de mi mujer, llevo en la cartera, una tarjeta con una frase que no entiendo muy bien.


-->
¿Usted añoraría lo que no fue?
Pues eso mismo pienso yo. Venga otro ron. Tal vez esta penúltima ya me devuelva a la amnesia.

domingo, 23 de agosto de 2009

CAZANDO GRILLOS, Juan Salmerón



CAZANDO GRILLOS



Ustedes ya lo habrán oído y leído una y mil veces: hay poetas que esperan la llegada de la inspiración trabajando, y otros que esperan que la inspiración los aleje de su trabajo. De mi compañero Emilio, se podría decir que pertenecería al segundo grupo, si cumpliese la condición de ser poeta.

Es innegable que él lo intenta. Incluso con cierta insolencia. Esta mañana mismo, abandonó el listado de beneficiarios del paro de Jardinería Orto, reiterando una salmodia:

-¡Cazando grillos en la moqueta, cazando grillos en la moqueta...!

-¡Buena paradoja, Milito!-le dije, fingiendo un entusiasmo contenido.

Lo que vino después todavía no sé de qué es ejemplo.

Prolongó, hasta el peligro del despido, su tiempo de café, visitando una rotonda en la que el Ayuntamiento sustituyó el césped, por esa hierba sintética que sirve para recortar gastos de mantenimiento, a tan largo plazo.

-¡Para inspirarme, Carmen!: un verso no hace un poema. ¡Para inspirarme!

Echado en el césped artificial, a modo de oráculo, con la pretensión de derivar la paradoja por algún lado, lo vio: pequeño, negro, igual de perdido.

-Un grillo grillo. ¡Total, que como él no me ayudó a mí, decidí ayudarle yo! Con el bolígrafo que llevaba perforé el tapiz y esperé. Por el hueco que había abierto en la superficie plástica se introdujo lentamente hasta ser un punto sobre el linóleo verde.

Un punto final para un poema nonato, cuyo verso más rotundo sería “cazando grillos en el tapiz” (o en la moqueta o en la hierba artificial); o tal vez, el punto final de un relato de esa escritora que hay en mí, a la que yo sí persigo denodadamente.




ILUSTRACIÓN: Cazando grillos, de ALEJANDRO TINOCO

sábado, 27 de junio de 2009

STREEP TEASE, Juan Salmerón


STREEP TEASE


   Donde digo “El cielo se está desnudando”, otros dirían simplemente: “El viento comienza a arrastrar las nubes”. No todos ven el guante de gasa que se desliza vendando los ojos del sol, aunque, sin duda, aprecien en la piel el tenue cambio de temperatura. En fin, metáforas: eslabones de una cadena que me sirve, ahora, para dejar amarrada a Gilda en la entrada de la Biblioteca.
   Tal vez convenga decir: “Gilda, mi perra”. La compré para rellenar el vacío que dejó en mí la muerte de Churchill, el bóxer con el que compartí buena parte de mis lecturas. Gilda no es el fracaso. El fracasado soy yo por pensar que todos los huecos se cubren con cualquier argamasa.
   A Churchill le gustaban las metáforas. A mi perro, no al premio Nobel de literatura. A Gilda, en cambio, la cultura, en general, le produce indiferencia. Por eso he apresurarme a la hora de retirar los libros. Churchill me dejaba demorarme en la contemplación de los largos brazos de la joven bibliotecaria. Gilda, no. Bien, ya que lo he dicho, ya que salió el tema, lo admito: es probable que yo esté enamorado de ella, de la bibliotecaria. Muy enamorado, ya no. Si estuviera enamoradísimo, sería capaz de preguntarle su nombre, o pedirle que me permitiera invitarla a charlar tomando un café. Churchill me animaba. Gilda sólo gruñe.
   Unos investigadores de la Universidad de Pavía van y dicen que las moléculas de la pasión sólo duran un año. A esos pichas frías italianos quería verlos yo ante esa mirada lánguida cuando me dice, un suponer:
   —Hasta el día dieciséis.
   Durante los cinco primeros años creí comunicarme con ella enviándole mensajes mediante los títulos de los libros que retiraba. Venga Una pasión prohibida, vaya El corazón enamorado, ahí me llevo Qué poca prisa se da el amor, sube y baja las completas de Alberoni… ¡Ingenuidad la mía! Si reparó en mí, enseguida hubo de dejar de considerarme semiólogo melodramático, para retratarme como un simple panoli. Lo que era. Digo bien: era.
   Un arrebato de lucidez me empujó a cambiar de estrategia: ahora retiro libros de todo tipo para proyectar la imagen de un hombre de curiosidad intelectual insaciable: una simbiosis de Leonardo da Vinci y Diderot con una pizca de Stephen Hawking. Éstos que devuelvo hoy son de psicología evolutiva, termodinámica, lingüística, poesía japonesa y táctica militar. Ayer le leía a Gilda que en español existe una palabra para referirse al hecho de estar sin ropa, pero ninguna para nombrar el proceso de desvestirse artísticamente. Gilda, a lo suyo: indiferente. También es cierto que estamos comenzando a conocernos. Aprendo mucho de los libros, pero ella, la bibliotecaria, es el único libro que quisiera leer: mi vademecum.
   Cualquiera, a esto mío, lo llamaría obsesión. Gilda, también. Ya está ladrando. Le repele el azufre con el que rocían las esquinas de la puerta.


ILUSTRACIÓN: El perro, GOYA

jueves, 14 de mayo de 2009

FÚTIL RESPIRACIÓN, ALIENTO EN VANO, Juan Salmerón



FÚTIL RESPIRACIÓN, ALIENTO EN VANO

los años por venir, fútil respiración, aliento en vano

Willian B. Yeats

Hay dos tipos de náufrago: los que sólo dejan de bracear por cansancio y los que consienten ser arrastrados sin brega.

A mí el amor, bien lo sabes, siempre me llevó boyando contra los acantilados.

No hablo de virtud: la abulia suele confundirse con la serenidad cuando se enfunda la máscara de la abnegación.

Ahora que enarbolas ante mí ese cuchillo, no cabe duda: no te bastará esta vez pasar página. Ni tan siquiera te conformará cerrar capítulo.

jueves, 18 de septiembre de 2008

ESCARCHA, Juan Salmerón


ESCARCHA

Te pongas como te pongas, tú eso no puedes recordarlo.
Abríamos la puerta del frigorífico y nos quedábamos, embobadas, mirando su interior, como quien se asoma a una ventana que muestra un precipicio o un valle alumbrado por cerezos en flor. Esa era nuestra rutina. Todo para acabar eligiendo, sin más, una tarrina de yogur o, en muy pocas ocasiones, para servirse un tazón de leche fría.
El hielo agradecía nuestras demoradas visitas: trepaba desde la bandeja de las verduras al estante en que mamá acomodaba los huevos, hasta que, papá, enojado, tras afear con varias voces mal dadas nuestra conducta, procedía a retirar las piedras de hielo que atenazaban los conductos.
Eras demasiado pequeña: esas imágenes las has tomado prestadas de las fotografías o de nuestros relatos. Ni yo misma sé quién dejó completamente abierta la puerta. No te mortifiques. Tampoco puedes asegurar que ese fuera el comienzo. Con el mismo esmero y paciencia con que, por la mañana, había retirado un hilo de seda de mi corrector dental, desmontó las bandejas de cristal, también el embellecedor que ocultaba la parrilla trasera. Envases, bolsas, verduras… todo ocupaba la encimera. Digo esmero y paciencia donde mamá diría simplemente obstinación. Llamó a mamá y le enseño el papelillo. Tú llorabas en el baño: no querías lavarte el pelo. Yo limpiaba de arena los cubos de la playa. Allí, en el suelo encharcado de la cocina mamá señaló el absurdo:
—¡Tu madre no sabía escribir!
Es normal que no recuerdes a la abuela. Tenías tres años. Puedes intentarlo tú. A mí ni entonces ni después mamá quiso decirme qué ponía esa nota que papá consideró escrita por un fantasma. No puedes asegurar que ahí empezara todo. No sabemos cuándo comenzó ni cuándo podrá acabar. Sí conocemos el intermedio: perderse, huir de espejos, confundirse, confundirnos, desleírse como un azucarillo en el agua.
No te mortifiques. No es eso, Elena. Vivir no es esto. Acéptalo. Sencillamente, no puede ser. Mamá, sola, ya no es capaz. Un cuerpo sin voluntad, no vive: solo existe. Aquí lo cuidarán muy bien.

Juan Salmerón