Desaparecerás poco a poco. De la barbilla a los ojos esa arruga que formaban tus labios al sonreír se desdibujará hasta tomar el aspecto de una máscara. Tus ojos se velarán con una pátina semitransparente, y aunque eran verdes, aunque fueron siempre verdes, al borde de tu salto un extraño juego de la luz sobre la enfermedad los volverá azuies. Dirán tu lado: “Tienes los ojos azules, pero no sabrás que hablan de ti. Tus piernas y tus brazos se volverán pesados y lentos, se conformarán a un nuevo movimiento, contenido en el de ahora, que aún no percibes. No sabrán qué hacer contigo aunque te quieran. Buscarán ocupaciones que te entretengan y, si te agradan, responderán con alivio: "qué contento está”, antes de dejarte solo, y la mentira de ese pensamiento les hará leves durante días enteros, el tiempo que tarden en volver a ti. La lentitud de tus manos te provocará irritación al principio, igual que tu torpeza, pero también a eso terminarás por acostumbrarte. Una noche tendrás tanto miedo que te orinarás en la cama y esperarás sentado el resto de la noche en la butaca a que alguien limpie las sábanas. Otra noche te caerás sin querer y desde entonces tendrás pánico a esos seres minúsculos; las escaleras. Y todo parecerá tan estúpido, tan obvio, tan innecesario.
Mostrando entradas con la etiqueta PABLO ANGULO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PABLO ANGULO. Mostrar todas las entradas
miércoles, 6 de abril de 2011
jueves, 31 de marzo de 2011
[YA NO TIENES PADRE, NI MADRE, NI MEMORIA.], Andrés Barba & Pablo Angulo
Ya no tienes padre, ni madre, ni memoria. Nadie te ha mentido. No han pasado por ti las largas horas del aburrimiento infantil, ni el rencor, ni la cebada de las vísperas, ni el poder. No ha habido juez, ni mujer que haya amanecido a tu lado oliendo a sueño. No has estado allí, donde creíste sufrir. Esas cosas tuyas que con tanto afán has alimentado y vestido no las reconoces ya, ni esas cosechas. No te ha requerido nadie para ser consolado ni has buscado tú a nadie ya nunca. No percibes la alegría de los cuerpos, ni su tristeza. Ni la enfermedad. Ni la carga. Ni el ansia. Ni los cráneos minúsculos de los pájaros, ni los fluidos. La cucaracha murió al borde del fregadero encogida de veneno en polvo. Murieron las hormigas y el perro. ¿Lo recuerdas? Di. ¿Lo recuerdas? Murió la tarde y la pequeña de los vecinos de una pena redonda en el estómago amarilla y risueña de sedantes, como el amanecer de un teatro, y tu hermano murió, y las manchas de la servilleta murieron y el placer de la arena caliente de la playa y las cerillas murieron también. Ya nunca has estado allí donde se echan al fuego los excrementos olorosos de las vacas, ni has acariciado más nada. Tampoco eso es cierto: ni siquiera has dudado. Aquella tarde no te sentaste en aquella puerta. Aquel sol no era verdad. Aquellos labios no eran verdad. No te has detenido a despedirte, no has buscado arbitrar el frescor del mundo en las manos de otro, no has aprendido, no has admirado, no has visto, no has danzado, no has hablado, no has alabado en ningún templo, no has reído. Recuerda. Ya no tienes padre, ni madre, ni memoria.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

