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sábado, 7 de septiembre de 2013

[¿QUÉ SON LOS NOMBRES EN REALIDAD?...], Cees Nooteboom


   ¿Qué son los nombres en realidad? Un nombre designa un objeto o una persona, sin que la persona «sea» su nombre. Poseemos nombres, pero no somos lo que estos designan. Abandonamos nuestros cuerpos y los nombres no nos acompañan. Estos se quedan atrás como vainas vacías o epitafios. O a la inversa, el cuerpo muere y todo cuanto creíamos que éramos deja de existir sin el cuerpo y se desvanece en esa misma ausencia que precede a nuestro nacimiento.

CEES NOOTEBOOM, Cartas a Poseidón, Siruela, Madrid, 2013, p. 54.
&
Fernando Barata

lunes, 10 de junio de 2013

GUERRA, Cees Nooteboom



GUERRA

   2011. Una mujer en Holanda recibe una carta del comandante de la Marina. En ella se le comunica que han sido hallados los restos del KXVI que en 1941 fue alcanzado en Borneo por un torpedo japonés. Su padre, Wim Blom, fue uno de los oficiales a bordo de la nave. Al fin la mujer sabe con certeza cómo murió su padre. Se llama Katja Boonstra y es miembro de la junta directiva del Comité de familiares de los fallecidos en submarinos 1940-1945. Esa guerra no concluirá hasta que haya dejado de existir la última persona que la vivió. La mujer le comenta la noticia a una amiga cuyo padre perdió la vida en esa misma nave. La amiga cuenta que leyó la carta en voz alta a la fotografía de su padre. Veo la escena: una mujer mayor, en una silenciosa sala de estar holandesa, leyéndole una carta al retrato en blanco y negro de un muerto ataviado con el uniforme de la marina. El mundo como una infinita sucesión de visiones.
   1935. Una nave alargada y estrecha, a todas luces un submarino, se encuentra anclada en aguas tranquilas, cerca del muelle. Se ve que es el trópico por los árboles que asoman detrás de los edificios del puerto y por los uniformes blancos de la tripulación apostada en la cubierta, oficiales y marineros. Es la llegada del KXVI de su Majestad a las Indias Neerlandesas. Seis años después, la nave recibirá la orden de dar caza, frente a la costa de Borneo, a los cruceros y cazas japoneses que tratan de conquistar los campos de petróleo de Borneo. Junto con el KXIV y el KXV vigilan de cerca las naves enemigas que navegan en convoy con diez buques de carga. El conflicto estalla en Nochebuena. El KXVI sigue al cazasubmarinos Sagiri y lo hunde. Luego persigue al Murakamo, que logra escapar. Al día siguiente, Navidad de 1941, un submarino japonés, el 166, descubre un sumergible holandés navegando por encima de él y abre fuego. El KXVI se hunde, nadie se salva. Al cabo de muy poco tiempo, el 166 sufre el mismo destino y es hundido por un submarino inglés. El capitán de esa nave se llama William King. Un barco holandés torpedea un barco japonés.
   Un barco japonés destruye un barco holandés y es hundido por un barco inglés. Guerra.
  2011. Un pescador en Borneo informa a unos buceadores australianos de que ha localizado los restos del submarino a sesenta millas de la costa. Inician la búsqueda y encuentran el KXVI a cuarenta metros de profundidad.
  2003. Un japonés deposita un ramo de flores en el monumento de la Fuerza de Submarinos en el puerto militar holandés de Den Helder. El hombre era hijo de un tripulante del 166 y quiere manifestar su arrepentimiento por lo que su padre se vio obligado a hacer en la guerra. Esa noticia llega a oídos de Katja Boonstra. Ella invita a cenar al japonés y más tarde viajan los dos a Inglaterra, a la finca de William King, el comandante británico del barco que torpedeó al 166, y ahí plantan un árbol. Le echo otro vistazo a la fotografía de 1935, la estrecha nave, los hombres en fila vestidos de blanco. Uno de esos hombres es Wim Blom, pero la distancia en que fue tomada la foto no permite a su hija reconocerle entre el resto de las sombras blancas. Y el mar no tiene ojos ni puede ver nada. Solo la imaginación es capaz de ver. Dos naves a una gran profundidad, el objeto metálico, oblongo y letal, que abandona una nave y penetra la otra. El lento camino hacia el fondo del mar, el lento balanceo, la muerte.


CEES NOOTEBOOM, Cartas a Poseidón, Siruela, Madrid, 2013, pp. 138-139.

jueves, 6 de junio de 2013

BODA CON UN SOMBRERO, Cees Nooteboom



BODA CON UN SOMBRERO

   En un pequeño pueblo del sur de Francia, un francés de 68 años ha contraído matrimonio con una mujer que no tiene edad, porque está muerta. Vivieron juntos durante veinte años y quisieron casarse, pero ella enfermó y falleció. En la boda con la muerta, que requirió el permiso del presidente de Francia, el hombre trajo consigo el sombrero de la finada. En El Golem de Meyrink, el héroe se apropia de los pensamientos de la persona dueña del sombrero que se pone. ¿Qué pensaría el sombrero el día de la boda? ¿Reconocería a la decena de convidados que asistieron a la ceremonia? ¿Y qué le habrá dicho al hombre una vez solos en casa?

CEES NOOTEBOOM, Cartas a Poseidón, Siruela, Madrid, 2013, página 15.

Imagen: Susana Blasco

domingo, 4 de marzo de 2012

EL PUNTO EXTREMO, Cees Nooteboom


EL PUNTO EXTREMO

   «Eso no es cosa de mujeres», dijo mi padre. «Son los hombres los que viajan al punto extremo, nunca las mujeres.» Pero yo me negué a escucharle. En las islas existen muchos  puntos extremos, más que en tierra firme. En esta isla, mi punto extremo favorito es Punta Nati, sobre todo cuando hace mal tiempo. Siempre que la tramontana doblega los árboles, sé que tengo que salir. Me pongo ropa de lluvia y abandono la ciudad. No es una ciudad muy grande, enseguida se llega a los edificios de la zona industrial. Unos hombres  trajinan con carretillas elevadoras, trasladando cajas y baúles. Cada vez que retroceden, los vehículos emiten un sonido alto, monótono y repetitivo. Es como si sufrieran y no pudieran expresar su dolor. Sigo oyendo ese sonido cuando llego al angosto camino que va hacia el norte. El viento empieza a arreciar, me obliga a inclinar la cabeza como un sirviente. Me agita los cabellos. Si quisiera mirar al viento de cara no podría, tengo los ojos bañados en lágrimas. El camino está flanqueado por muros construidos con las piedras que aquí yacen por doquier en la tierra. El resto de la isla es verde, sólo este rincón es una llanura árida. No hay árboles. Los escasos matorrales están duros y resecos, el viento doblega hacia el sur sus formas caprichosas. Los corderos que pastan entre las rocas apenas encuentran alimento. Hay que caminar dos horas, lo sé, pero nunca estoy pendiente del tiempo. «Un minuto o una hora ¿qué más da? ¿Por qué quieres saberlo?», solía preguntar mi padre. El ya murió. Me hubiera gustado explicarle el porqué, pero nunca fui capaz. Sólo lo sé cuando estoy en este lugar, pero después no consigo verbalizarlo. Hay rocas por todas partes. Nubes de tormenta intercaladas con zonas de luz. De repente el paisaje pedregoso se ilumina con un extraño resplandor. Oro muerto. Para librarse de tanta piedra, los campesinos levantaron en su día unas construcciones circulares que carecen de utilidad. Yo fantaseo con la idea de que en ellas vive una gente diferente de nosotros, aunque sé que no es verdad. Nunca se ve ni un alma por ahí y los campos de cultivo fueron abandonados hace ya mucho tiempo, porque no crecía nada en esta tierra. Al final del camino hay un faro con un par de edificios anexos. No hay farero, los edificios están deshabitados. El gran faro giratorio se acciona a distancia y se enciende automáticamente cuando se pone el sol. Antaño naufragaban en esta zona muchas embarcaciones. Yo me sé los nombres de esas embarcaciones. Mientras camino las voy recitando, como una letanía. El acceso al terreno del faro, rodeado de muros, está prohibido, pero sé que puedo entrar. A medida que me acerco, oigo el rumor del mar, furia y júbilo. Yo vengo aquí para bailar, eso no puedo contárselo a mi padre. El viento baila conmigo, me sostiene, me dejo llevar del cuerpo, de un modo brutal e irresistible, y yo me dejo llevar procurando que no me arroje al suelo. Las rocas son muy afiladas aquí, a veces me golpeo contra ellas y me arañan. Antes siempre tenía que ocultar esas heridas. Por aquel entonces había un camino que iba del faro hasta la ensenada, donde el mar, muy al fondo, se agita con furia. El camino es hoy una pista borrosa porque ya no viene nadie por aquí. Las rocas traicioneras apenas te dejan transitar. No hay nada a que agarrarse, pero yo quiero llegar al borde, quiero adentrarme en esa furia extática. Marejada, eso es lo que es, guerra, peligro. Grandes extensiones grises que se elevan y se precipitan contra las rocas. Se alzan con una ondulación gigantesca y luego se ahuecan por dentro como si quisieran emprender el vuelo. El gris contiene toda suerte de matices, desde el gris azulado con el falso brillo del petróleo hasta el negro apagado como un sudario. La furia del mar. La espuma que azota las rocas parece detenerse un instante en vertical contra el cielo gris, hasta que se desmorona de nuevo y se retira para embestir con más ímpetu. Latigazos, gritos de titanes. Esta es la razón por la que acudo a este lugar, por los gritos. En un primer momento me siento cohibida, a pesar de que no hay nadie que pueda yerme u oírme. Pero enseguida empiezo a reaccionar y respondo al mar con mis gritos. Unos gritos al principio contenidos,  aún no me oigo a mí misma, y luego cada vez más fuertes. Contesto a los gritos con mis gritos, con chillidos más fuertes que los de cien gaviotas, les grito a los náufragos que perecieron en este lugar, les llamo y ellos me llaman a mí. Quisiera desaparecer en las profundidades de este mar, perderme en el vaivén de las olas, y sé que no es posible, que el baile se ha acabado, que regresaré por el largo camino, perseguida por los latigazos del viento, flagelada por haber sido de nuevo demasiado débil. Tocada por la tramontana, dice la gente de por aquí, queriendo decir que has perdido la chaveta. Pero no, no es eso, yo sé exactamente qué me pasa. Fui feliz pero ya no hay nadie a quien pueda contárselo. Debo esperar a que la tormenta y el mar me convoquen de nuevo al punto extremo. Así lo hemos acordado.


        
CEES NOOTEBOOM, Los zorros vienen de noche, Siruela, Madrid, 2011, pp.135-138.