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martes, 7 de febrero de 2012

HALTEROFILIA, Pedro Caridad Cauti



HALTEROFILIA
        
yo tengo un tambor donde oculto la belleza
        
del mismo modo que los odres hospedan el buen vino
así también el cuero da aposento a la sal de la tierra
        
tensaré mi arco para que el dardo vuele
mis muslos son demasiados hermosos
como para sentir tal fuerza yo
que veo como huye herido el ciervo de plata
que esculpiera el orfebre
        
tú que lo eres todo
deja que mis humildes manos tañan eternamente
porque sin ti, mi señor,
yo tan sólo soy yo mismo
y el único don que otorga el silencio es mi vacío

viernes, 22 de abril de 2011

LISTA DE ESPERA, Pedro Caridad Cauti

LISTA DE ESPERA


Compartieron el trayecto del taxi, como compartían los gastos del apartamento chic (vistas a la ría, próximo al hospital) que a él tanto le costaba pagar. Esta carrera nocturna, sin embargo, no sería ya otra más: ninguno de los dos había previsto encontrarse así, encontrase allí.
—Laura, ¿Eras la única que no sabía que Insua explica la luxación de cóxis a todas las residentes?
Unas horas antes, al ritmo del vino tinto y el jazz, los platos bromeaban en la mesa. El carpaccio del Doctor (llámame Carlos) le buscaba las cosquillas al solomillo rochefort de la MIR (claro que quiero consolidarme en cirugía). Tras los postres (tarta de castañas y un oporto, por favor), el desvío a la residencia de verano. El portalón, extrañamente abierto. Los mastines, confiados. Las luces, apagadas. La sorpresa.
—Cristóbal, ¡Eras tú el que estaba desnudo! ¿Te pregunto yo en qué técnicas de sedación te estaba iniciando? ¡Ni siquiera me habías dicho que te ponía la mujer de mi jefe de servicio!
A su pesar, no compartían más. Ese silencio espeso se lo recordaba.
—Mañana, en quirófano, nos tocará saber el final de qué acto hemos protagonizado hoy.
—¿De qué estás hablando?
—Cristóbal, ¡despierta! Le sobran tipos con los que aliviarse: Ella te ha elegido a ti, porque vivimos juntos... ¡Piensan que somos novios! Sabía perfectamente a quién estaba esperando, qué efecto iba a causar... Y usted, ¿no podría volver a encender la radio?
La penumbra, rota por los espasmos de las farolas, ocultaba los ojos de Laura. A él le bastaba cerrar los suyos para imaginarse braceando en su inmensidad azul. La locutora permitía que un muchacho confesara el desamparo de su soledad.
—Mañana es dentro de tres horas.
En el hospital, la rutina se dispone en cadena: varias artroscopias, un ligamento cruzado y dos prótesis de rodilla. De todos los pacientes que esperan, más de uno ha dormido bien.

Pedro Caridad Cauti


lunes, 4 de abril de 2011

CARDS ONLY, Pedro Caridad Cauti


CARDS ONLY

Cuando le asalta la mano mugrienta de un mendigo, el cincel del asco labra una sonrisa artificial en su rostro.
Tan artificial como los árboles de plástico que flanquean las puertas del hotel, al que acude en busca del solaz de mujeres de plástico, a las que abona sus servicios con tarjeta.
Él, que no tiene hueco, en las elegantes entretelas de sus bolsillos, para unas míseras monedas. 
Pedro Caridad Cauti

ORIGEN DE LA FOTOGRAFÍA: WILFREDO MACHADO

viernes, 1 de abril de 2011

TOMÁS O MARÍA, Pedro Caridad Cauti



TOMÁS O MARÍA

Aunque sé que entonces me dolerá verte ante mí, en el suelo, me alegra pensar que me acercaré y te levantaré.
Sacudiendo la tierra de tus lastimadas manos, encontrarás alivio, tal vez en alguno de mis besos de mamá boba, tal vez en la promesa de otro caramelo, que sustituya al caído de tu boca para festín de las hormigas.
Aunque sé que entonces me dolerá, qué júbilo ahora, vislumbrar en tus mofletes dos lagrimones de caballito de mar, cuando pronuncie tu nombre.

Pedro Caridad Cauti

domingo, 30 de enero de 2011

DERIVA, Pedro Caridad Cauti

DERIVA


Cansada de observar desde el ventanal las entradas y salidas de los barcos, se dedicó a contemplar la gigantesca maqueta del velero. La primera vez que reparó en ella estaba en el despacho contiguo a recepción.
—Sí. Mejor así. No se recibe duelo—respondió todavía aturdida.
Podría seguir escrutando la disposición de las velas, la fidelidad al modelo, si no fuese porque el gentío que ha salido de la capilla ciega completamente el vestíbulo. Un corro rodea a una mujer que acepta abrazos y besos. Hay en ella una elegancia serena que desciende desde su rostro, oculto tras unas gafas negras, hasta sus zapatos de piel entrelazada.
—No. No habrá funeral. Tampoco esquelas. Ni flores. Es lo que hubiera querido ella— había balbuceado por la mañana sin convencimiento.
Un año atrás, cuando velaban a su padre, no había necesitado vigilar el atraque de los barcos para comprender que soltaba amarras con esa pérdida. Mientras espera la hora de la cremación, repasa las circunstancias del día. ¿Por qué había renunciado al protocolo del consuelo? ¿Buscaba intimidad o temía descubrirse sola? No halla respuestas. Ya no le basta para distraerse calcular las dimensiones del tanatorio, contar el número de personas que entran y salen de las salas, constatar la disolución de la seriedad en el rostro de los visitantes una vez franqueada la puerta. Necesita escapar, pero su mente refluye: orea la casa, apila las ropas, resuelve engorrosos trámites... Lo intenta de nuevo. Piensa en comprarse unos elegantes zapatos como esos, un modelo sin un tacón tan pronunciado y, aunque sea caro, elegirá también un bolso a juego.
Abre escotillas a cualquier idea que le permita amordazar una evidencia: ahora sí ya ha comenzado su deriva.

Pedro Caridad Cauti