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miércoles, 28 de junio de 2017

[LA TENDECIA NATURAL...], Roger Wolfe

La tendencia natural de la mente humana es soltar lastre. Por eso se borran los recuerdos; por eso se acaba contando siempre los secretos.

Roger Wolfe

LEÓN MOLINA (selección), Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016), La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, p. 205.
&
Lewis Rogers

miércoles, 4 de mayo de 2016

[HASTA LOS PARANOICOS...], Delmore Schwartz

   Esto no es mío. Es de Delmore Schwartz. Pero es bueno. Y ninguno de vosotros lo habrá podido ni podrá leer en ningún otro sitio, excepto aquí:

   Hasta los paranoicos tienen enemigos.


ROGER WOLFE, Escrito con la lengua, Huacanamo, Barcelona, 2012, p. 26
&
Nikki Park


martes, 1 de diciembre de 2015

[LA VIDA...], Roger Wolfe

La vida, una enfermedad terminal: primero te asustas, luego te re­belas, y finalmente te resignas.


ROGER WOLFE, Escrito con la lengua, Huacanamo, Barcelona, 2012, p.142.
&
André Steiner

domingo, 22 de noviembre de 2015

[LIQUIDO EL DOMINGO...], Roger Wolfe

Liquido el domingo de la única manera posible: trabajando. Lo agarro por el cuello y se lo retuerzo hasta exprimirle la última gota de angustia y escupirle hasta que casi parece que ya es bendito lunes. Tra­bajo, trabajo, trabajo: la fe, el yoga y el mantra de los que no creemos en nada.

ROGER WOLFE, Escrito con la lengua, Huacanamo, Barcelona, 2012, p. 184.
&
Igor B. Glik

miércoles, 21 de octubre de 2015

[LA LITERATURA...], Roger Wolfe

   La literatura: encantadora anfitriona, despótica madre.

ROGER WOLFE, Escrito con la lengua, Huacanamo, Barcelona, 2012, p. 319.
&
Marcel Mariën

sábado, 25 de octubre de 2014

[UN ESCRITOR PUEDE HACER CONCESIONES...], Roger Wolfe

  
   Un escritor puede hacer concesiones en todos los terrenos de su vida menos en uno, el fundamental, su verdadera razón de ser: la escri­tura. El que lo haga, sea en el sentido que sea, no sólo no merece ser lla­mado escritor, sino que —aun en el caso de que siga adelante— puede considerarse destruido antes siquiera de empezar.


ROGER WOLFE, Escrito con la lengua, Huacanamo, Barcelona, 2012, p. 116.
&
Claire Morel

sábado, 9 de agosto de 2014

EL RUIDO DEL TIEMPO, Roger Wolfe

EL RUIDO DEL TIEMPO

Ahí fuera, en la noche,
pasa un camión
con un ruido que de pronto
me hace pensar en los 70:
viejas carreteras,
desangeladas estaciones de servicio, cafeterías cutres...;
España como era.
¿Triste? No lo sé.
El tiempo se nos va. Y eso
es lo más triste de todo.


ROGER WOLFE, Gran esperanza un tiempo, Renacimiento, Sevilla, 2013, p. 45.

martes, 17 de junio de 2014

[MI ESPECIALIDAD SON...], Roger Wolfe

   Mi especialidad son las obras fallidas. Y la más importante de todas ellas es mi propia vida.

&

viernes, 30 de mayo de 2014

LA LLAMADA DE LA ESCRITURA, Roger Wolfe

LA LLAMADA DE LA ESCRITURA

Necesidad de escribir, pero ¿de escribir qué?
Es bueno ser poeta. Pero la poesía
es una espera permanente; una sucesión
de tiempos muertos que de vez en cuando alumbra
la llama más o menos viva de una vela.
El escritor necesita sus cámaras y acción;
una continuidad gozosa de la idea en desarrollo.
Las palabras deben ser el río que nos lleve.
Hace tanto tiempo que no fluye este río
que ya dudo que un día sus aguas me arrastraran.
Dudo de mi nombre. Dudo de mis manos. Dudo
incluso de mi rostro; los espejos me devuelven sobresaltos.
Necesidad de escribir. Necesidad de volcarme
de nuevo en el caudal de la escritura.
Necesidad de escribir. Cualquier cosa. Lo que sea.
Ser pura corriente de caudalosa letra impresa.

ROGER WOLFE, Gran esperanza un tiempo, Renacimiento, Sevilla, 2013, p. 65.
&
Murielle Vanhove

jueves, 17 de octubre de 2013

[EL PROBLEMA...], Roger Wolfe

 


   El problema de declararle la guerra a la vida es que luego te puedes encontrar con que deseas firmar la paz pero la vida no quiere saber nada absolutamente del asunto.

&
 

sábado, 21 de septiembre de 2013

[EL SILENCIO ES COMO LA CERVEZA...], Roger Wolfe



El silencio es como la cerveza o los cigarrillos; las primeras veces que lo probamos nos sabe amargo y nos sienta mal, pero con el tiempo nos resulta increíble que alguna vez hayamos podido prescindir de él.


&
Richard Serra

martes, 2 de abril de 2013

[PEDIRLE AL SER HUMANO...], Roger Wolfe




   Pedirle al ser humano que reniegue del odio, o ya puestos, que reniegue del amor, es tan inútil como pedirle a un gato que deje de perseguir ratones o al fuego que no arda. El fracaso de todas las religiones, y de todos los sistemas políticos, filosóficos y éticos conocidos, se debe a ese choque frontal con la propia naturaleza humana. Estamos condenados a repetir nuestros errores hasta el día en que reventemos, y hasta la total aniquilación de la especie y del planeta, y no hay vuelta de hoja ni pero que valga. Para el ser humano no hay otra paz que la del cementerio.



ROGER WOLFE, Oigo girar los motores de la muerte, DVD, p. 41.

Fotografía: Annie Leibovitz

martes, 31 de enero de 2012

ARQUEOLOGÍA EMOCIONAL, Roger Wolfe



ARQUEOLOGÍA EMOCIONAL

Me dijo:
“Tienes que pararte
y excavar en tu pasado”.


ROGER WOLFE, Máquina de sueños, Gijón, Ateneo Obrero, 1991.

domingo, 21 de agosto de 2011

CON QUE LLEGUEMOS MAÑANA ME CONFORMO, Roger Wolfe


CON QUE LLEGUEMOS A MAÑANA ME CONFORMO

El problema no es
que la meta sea el olvido.
El problema es más bien
que al paso que vamos
no va a haber tiempo
ni para eso.


ROGER WOLFE, Cinco años en cama, Las Tres Sorores, Zaragoza, 1998, p. 49.

domingo, 22 de mayo de 2011

DEMOCRACIA, Roger Wolfe & El Roto


DEMOCRACIA


Otra maldita tarde
de domingo, una de esas
tardes que algún día escogeré
para colgarme
del último clavo ardiendo
de mi angustia.
En la calle
familias con niños,
padres y madres
sonrosadamente satisfechos
de su recién cumplido
deber electoral;
gente encorvada sobre radios
que escupen datos, porcentajes
en los bancos.
Corderos de camino al matadero
dándole a escoger el arma
al matarife.


ROGER WOLFE, Arde Babilonia, Visor, Madrid, 1994, p. 33.

jueves, 13 de mayo de 2010

GAFAS NEGRAS, Roger Wolfe



Gafas negras

Dos días en la cama, leyendo. Estoy más tieso que una tabla de escurrir la loza, como decimos en inglés.
Cuando me entra el bajón me meto en la cama y me pongo a leer literatura de evasión. Mientras tanto, las tareas pendientes se acumulan como cacharros sucios en el fregadero de mi mente enferma. Y no sólo en el fregadero de mi mente, claro; se acumulan de verdad. Uno de estos días me voy a quedar enterrado bajo la basura y ya no voy a poder salir.
Mi mujer me dice: «Tienes un trabajo envidiable. Y una hija maravillosa, que te adora. Y me tienes a mí. No sé qué puedo ha­cer para ayudarte.. Me siento Impotente; incapaz de hacer nada por ti...».
Tiene razón. Pero estos bajones no soy capaz de controlarlos. Hace tan sólo unos días, sentía que subía, y tampoco eso hubiera podido controlarlo.
Un psiquiatra me dio una vez una explicación que atinaba en la diana del asunto: «En esos momentos malos es como si se hubiera puesto usted unas gafas negras. No puede ver nada como es. Y es inútil que nadie se lo diga. Usted mismo se daría cuenta, si pudiera pararse a considerar la situación, de que está siendo víctima de un espejismo; pero no puede ver las cosas desde fuera. Todo lo que ve, lo ve a través de esas gafas negras... Por eso son tan peligrosos esos episodios. Podría usted llegar a cometer una locura...».
Claro. Así es la cosa, exactamente. Una compañera de trabajo, hablando un día conmigo, expresó el fenómeno en términos más gráficos y populares: «Tú te pones la tirita antes de hacerte el corte...». Sí. Básicamente, se trata de lo mismo: la obsesión.
En esos momentos de «gafas negras» es cuando se producen los suicidios. De eso hablan los profesionales cuando se refieren a la famosa «enajenación mental transitoria».
Cuando uno se enamora le pasa algo parecido; sólo que las ga­fas no son negras, sino de color de rosa. Y no hay nada que hacer. No ve nada. Atraviesa, si hace falta, la pared... O mata a alguien. Porque se trata de un rosa que raya muchas veces en el fucsia; y del fucsia al rojo sangre no hay más que un simple paso.
Uno puede sentarse y escribir sobre estas experiencias, y eso puede ayudar. Pero cuando estás metido en estos callejones sin salida no puedes ponerte a escribir. No puedes hacer nada.
Siempre recuerdo la noticia de un suceso que leí en el perió­dico hace muchos años, en Inglaterra: una mujer se quedó en su casa, sentada en un sillón, leyendo un libro tras otro durante días.
A su lado, lloraba desesperadamente en la cuna su bebé de pocos meses, El bebé siguió llorando hasta que murió de inanición. Cuando por fin entró alguien en la casa, se encontró a la mujer allí sentada, leyendo todavía, con el niño muerto al lado.
Son cosas que pasan cuando llevas puestas gafas negras. Son cosas que puedo comprender.

ROGER WOLFE, Tiempos muertos, Huacanamo, Barcelona, 2009, pp. 78-80.

IMAGEN: JAIME PITARCH

sábado, 8 de mayo de 2010

EL TINTERO, Roger Wolfe



EL TINTERO


En todas partes
hay poemas.
Muchas veces
los mejores
son los que dejas
donde están.


ROGER WOLFE, Afuera canta un mirlo, Huacanamo, Barcelona, p.31.


viernes, 15 de agosto de 2008

[EL ODIO DESGASTA...], Roger Wolfe

 

   El odio desgasta a quien lo siente y raras veces consigue objetivos que persigue; en lugar de aniquilar al contra­rio, llega incluso a reafirmar su importancia. La indiferen­cia, sin embargo, no desgasta a quien la practica, sino que le da más fuerza todavía; y devasta total y absolutamente a quien es víctima de ella.


ROGER WOLFE, Hay una guerra, Huerga & Fierro, Madrid, 1997, páginas 139-140.

miércoles, 21 de mayo de 2008

BIKINI VERDE, Roger Wolfe


BIKINI VERDE


La conocí en la recién inaugurada playa de Poniente de Gijón. Era morena y tenía una de esas melenas que te ponen las rodillas flojas: largos cabellos negros y ensortijados que le des­cendían en generosa cascada hasta el trasero.
Llevaba un escueto bikini de color verde, cuya parte infe­rior era menos que un tanga; más bien una especie de breve hoja de parra sujeta por un cordel que desaparecía entre sus glúteos por detrás, dejándole las mejillas de la retaguardia al aire.
En vanguardia, una ofrenda frutal que a duras penas le ca­bía en el sujetador del bikini. Y dos ojazos negros que debe­rían llevar un aviso sobre los efectos potencialmente devastadores de la radiación.
Cuando ves a una chica así tragas saliva para intentar aho­gar las mariposas que empiezan a revolotearte por la boca del estómago y luego miras a otra parte y sigues como puedas con tus asuntos. El maromo no suele andar lejos. El maromo suele ser algún guaperas de pelo engominado con pinta de haberse caído en un barril de bronceador.
Pero no había maromo a la vista.
Y no sé en qué consistió el inevitable intercambio inicial; cuando quise darme cuenta estábamos en el chiringuito de la Bodeguita del Medio, enfrente de la playa, sorbiendo mojitos de ron.
Unos cuantos rones y varios meses de abstinencia carnal pueden hacer cosas raras con la cabeza y el alcantarillado in­terno de un hombre, sobre todo si los dioses le ponen seme­jante hembra delante, y yo no me había terminado de creer lo que estaba ocurriendo.
El alcohol me entraba por un lado y se evaporaba sin dejar rastro por algún otro.
A mi afrodita debían de hacerle bastante gracia las chorradas que le estaba contando, porque se reía sin parar, dejando al descubierto dos hileras de perfectos dientes blancos alineados en una suculenta boca que mi mente se empeñaba en imaginar enfrascada en las prácticas más inconfesables.
Muy pronto me vi obligado a cubrirme el regazo con la toalla y los pantalones enrollados para disimular mi vergonzante astado.
Empezaba a resultar evidente que uno de nosotros iba a te­ner que tomar medidas al respecto, y supuse que tendría que dar yo quien iniciara el abordaje. Las mujeres suelen exigir igual­dad de condiciones en todo menos en lo que se refiere a dar el primer paso en estos casos.
Sin embargo, fue ella la que se adelantó.
—¿Por qué no cogemos un taxi y nos vamos a mi casa? No hay nadie y seguro que allí estamos un poco más tranquilos.
—¿Dónde vives?
—Por ahí por la Providencia.
Qué demonios le iba a decir. Me abotoné la camisa, me metí el bulto de la ropa debajo del brazo y salimos para allá.
Su casa resultó ser un chalé. Estaba en un alto, junto a la carretera de la Providencia, y desde allí arriba se divisaba todo Gijón. A lo lejos, alrededor del Molinón, se distinguían las car­pas blancas de la Semana Negra. Ecos de verbena subían flo­tando en el aire caliente hasta la casa.
—¿Has estado este año por allí?—me preguntó de pronto, saliendo a la terraza con dos copas y señalando con una de ellas al vacío.
—¿Dónde? ¿En la Semana Negra? Pues no. ¿Y tú?
—Me deprimen un poco las verbenas, ¿sabes? Ya desde pe­queña.
—¿Y si tú y yo nos montáramos la nuestra aquí?
—Mmm—dijo, tras relamer el borde de su vaso con la len­gua—. Eso sí que ya me suena mejor...
Entramos dentro.
En el dormitorio se sentó en la cama delante de mí, me en­lazó por la cintura y me bajó el bañador.
—Me parece que esto—me dijo, ayudándome a desen­ganchármelo de los pies—no te va a hacer falta de momento.
Y lo lanzó por la ventana abierta al jardín.
Nos metimos rápidamente en faena. Pero justo cuando em­pezaba lo mejor oímos el motor de un coche afuera, seguido de un ruido de neumáticos sobre gravilla y un chirrido de frenos.
—¡Dios! ¡Deprisa, tienes que largarte de aquí! ¡Ése es Elías!
—¿Elías?
—¡Mi novio! ¡Como nos pille aquí verás!
Agarré las sandalias, los pantalones y la camisa y salí co­rriendo en pelota picada al jardín. No tuve tiempo de poner­me a buscar el bañador. Crucé dando botes entre palmeras y geranios y llegué a la tapia del chalé. Me asomé por los huecos de la celosía que la coronaba y vi a un tipo, sin duda el tal Elías, inclinado con medio cuerpo dentro de un coche, reco­giendo algo del asiento de atrás.
Ahora o nunca, me dije, y salté la pared sin pensármelo dos veces. Caí de pie al otro lado, en un montón de arena moteada de excrementos de perro, y empecé a enfundarme los pantalo­nes. En ese momento Elías se incorporó y se dio la vuelta para entrar en la casa.
Aquello era una bestia. Una pirámide de carne humana puesta del revés. El sol trazaba visos siniestros en su cráneo rapado al cero y los cristales de sus gafas negras.
Tragué saliva por segunda vez aquella tarde.
—Calor, ¿eh? Je je. ¿No sabrás si se va por aquí a la playa nudista, verdad? Me parece que me he perdido.
Elías se llevó la mano al cogote y me miró un momento.
—Pueeees...
—No te preocupes, anda, que ya la encuentro yo.
Lo dejé allí rascándose la chola y me alejé dando brincos por el camino antes de que pudiera reaccionar.
Al llegar a la carretera me puse las sandalias y la camisa y consideré la posibilidad de volver a dedo a Gijón. Luego se me ocurrió que el desvío a Peñarrubia no podía estar tan lejos, y que un chapuzón en la playa nudista quizá me vendría bien para acabar de recuperarme del susto.
Lo peor que me podía pasar era que tuviera que quitarme de encima a algún viejo verde de los que solían pulular con prismáticos por allí. Pero en cualquier caso no iba a necesitar el bañador.

ROGER WOLFE, El arte en la era del consumo, Sial/ Contrapunto, Madrid, 2001, pp. 71-74.

viernes, 9 de noviembre de 2007

HAY GENTE, Roger Wolfe

HAY GENTE


Hay gente que cree que está viva
porque lee la prensa y le hace el amor
a su mujer dos veces al año, al mes
o a la semana,
toma café con los amigos
y sueña con pertenecer a alguna mafia.
Hay gente que cree que está viva
porque se levanta todos los días a las seis
de la mañana para arrastrarse hasta el trabajo,
y fuma un cigarrillo
y comenta la marcha de la liga
o el último escándalo político
con los colegas. Hay gente
que cree que está viva porque tiene un coche,
un piso en propiedad y dos docenas
de camisas y una sólida opinión
sobre quién deber gobernar en el país.
Hay gente que cree que está viva
porque sigue cursillos por correspondencia,
acude a sellar la tarjeta del paro,
se mete un pico o esnifa coca o sale a tomar
copas o por culo los fines de semana,
va al cine, enciende el televisor,
habla por teléfono o abre una cuenta bancaria.
Hay gente que por estas cosas y algunas otras,
- cualquiera, todas las que queráis
añadir a esta lista improvisada-
cree que está viva, y lo que es peor:
que tiene algún derecho a la vida.




ROGER WOLFE, Mensajes en botellas rotas, Renacimiento, Sevilla, 1996.