martes, 26 de septiembre de 2023

DEFINICIÓN DE LITERATURA

 


DEFINICIÓN DE LITERATURA

   Si a una persona se le encomienda la tarea de buscar literatura, lo esperable es que no pierda mucho tiempo en dirigirse a una librería.

   Es frecuente pensar que la literatura sólo está contenida en los libros, cuando, la literatura conoce, en la actualidad (y siempre ha conocido), múltiples soportes: los muros pintados desde 1996 por Acción Poética, las paredes o los contendores de basura sobre los que escribe Neorrabioso, los guiones radiofónicos, de películas o series de Televisión, canciones (rap, hip hop, rock...), periódicos, discursos o, incluso, algunas conversaciones en las que los interlocutores privilegien la belleza del lenguaje.

   Además, conviene recordar que la literatura es anterior a la aparición de la imprenta e incluso a la escritura, como evidencia el hecho de que los pueblos ágrafos atesoren —también nuestros antepasados analfabetos— repertorios de canciones, relatos, leyendas u oraciones.

   En suma, podemos afirmar que la literatura existe desde tiempos inmemoriales, desde el momento en el uso del lenguaje, —tal vez litúrgico (recitar y rezar proceden de recitāre citar de nuevo)—, pesó más que el contenido del mensaje, la forma, bella y memorable, que adoptaban las palabras.

   ¿Qué define a la literatura?
   La literatura es un arte, por lo tanto procura la belleza.
   Ante una obra literaria (como ante cualquier obra de arte) el espectador disfruta, en primer lugar, una «experiencia estética» y, en segundo lugar, es posible que llegue la «experiencia intelectual».
Aristóteles y Platón denominan estética (griego «aisthētikē», latín «aesthetica») a la capacidad de percibir la belleza. El lector, durante la lectura o escucha, podrá mostrarse bien indiferente o bien percibirá la fealdad o la belleza del texto en sí.
   Posteriormente podrá llegar la fase intelectual en la que el lector manifestará su comprensión parcial o total de la obra en sí.
   Es probable que en nuestras lecturas, escuchas o visionados de obras literarias disfrutemos con obras que lleguen a decepcionarnos cuando intentemos racionalizar lo contemplado y, por supuesto, habrá grandes obras literarias que nos resulte costoso gozar durante la lectura, pero que aporten mucho valor a nuestra comprensión de mundo.
 
   Todas las manifestaciones artísticas, también la literatura, están condicionadas por un mutante canon de belleza.
   Esta medida varía por diversos motivos: el tiempo, el espacio y el factor social (individuo frente a sociedad).
 
a) el factor «tiempo»
 
   Si reparamos en el paso del tiempo, es fácil advertir que antaño merecían la consideración de literatura formas como las hagiografías (biografías de santos) o libros de oraciones, que no gozarán ahora de esa sanción en un mundo que, aunque judeocristiano, propende al agnosticismo y al ateísmo.
   También es evidente que ahora consideramos literatura, manifestaciones estéticas que no existían en el pasado (cine, videoclip, novela gráfica, videojuego...) o que no merecían esa consideración cultural.
   Siempre existieron formas narrativas hiperbreves, pero será a principios del siglo XXI cuando el microrrelato adquiera estatuto de cuarto género narrativo. También siempre la literatura ha abierto la puerta al erotismo, pero solo a partir de los años 60 del siglo XX (Henry Miller, Anaïs Nin, D.H. Lawrence...) obtiene el respeto del que goza en la actualidad la novela erótica, que, junto a la novela negra, ya no son consideradas manifestaciones degradadas de cultura popular, pues, desde la posmodernidad —principios de los años 80 del siglo XX— ya no existe semejante frontera entre cultura de élite y cultura popular, como demuestran las producciones cinematográficas de Quentin Tarantino, Umberto Eco, o la elevadísima calidad literaria de las series de televisión como la shakespeariana Breaking Bad, Chernobil o La casa de papel. Las buenas series de televisión son tal vez otra gran aportación del siglo XXI a un canon que ya se había visto ampliado cuando una de las entidades prescriptoras de mayor prestigio internacional, la sueca Fundación Nobel, concedió en 2015 el Nobel de Literatura a la periodista bielorrusa  Svetlana Alexiévich y un año después al cantante Bob Dylan.
Ambos autores no habían publicado libros.
 
b) el factor «espacio»
   
   No debe costar mucho imaginar cuántas podrían ser las divergencias en el gusto literario de sociedades alejadas en el espacio, puesto que, incluso en un mundo globalizado como el nuestro, todavía sobran los ejemplos.
   En una dictadura comunista como la de China, la censura limita el acceso a determinadas obras, por lo tanto, en su concepto de belleza literaria es difícil imaginar que acepten la literatura erótica. Además, su potentísima y milenaria tradición literaria y sus limitadas comunicaciones con la cultura norteamericana y europea, permiten suponer que estén más alejados de, por ejemplo, las fórmulas novelísticas occidentales, que otros países también asiáticos como Japón.
   Todos los países presentan singularidades en su producción literaria. Japón, por ejemplo, exportó al resto del mundo el haiku y, más recientemente, el manga. En Francia existe un mayor consumo de ensayo literario que, por ejemplo, en España, donde ciertos géneros hiperbreves como el aforismo cuentan con menos seguidores que en Italia. Algo parecido podría decirse sobre el teatro, un subgénero literario cuasi moribundo en nuestro país.
   El éxito editorial mundial del japonés Haruki Murakami no lo ha convertido aún en un autor mayúsculo en su país, algo que no puede sorprender, puesto que los referentes más evidentes de su literatura son más universales que locales.
   Un cineasta como el norteamericano Woody Allen tiene dificultades para producir y estrenar en su país sus películas, y, sin embargo, goza de todo el respeto —y éxito de público— en Europa.
   Los culebrones, producciones de bajo presupuesto nacidas en Sudamérica, tardaron en penetrar en España, donde merecen la consideración de productos estéticos de la cultura popular destinados a un público mínimamente exigente.
   En otro aspecto, recuérdese que los productores de la exitosa serie La casa de papel tuvieron que modificar su metraje para optar al éxito internacional.
 
c) el factor social: Ortodoxia y heterodoxia. El gusto de la sociedad frente al gusto del individuo. Cultura de élite y cultura popular.
 
   En todas las sociedades existe un consenso sobre los valores que sirven para cohesionar a la sociedad. Esos valores, que condicionan nuestra percepción de las cosas, determinan el «imaginario colectivo».
   En la actualidad solo a una minoría extremadamente retrógrada le parecen aberrantes las relaciones amorosas homosexuales. En esos usos sociales, el dogma es la tolerancia. Lo ortodoxo (el uso común) consiste en el respeto de la libre elección personal de cada individuo, mientras que lo heterodoxo sería despreciar, como sucedía antaño, lo que hoy simplemente consideramos «parafilias».
   Sirva este preámbulo para señalar que la consideración social de la literatura afecta a su valoración.
   Actualmente (aunque es una tendencia que arranca desde finales del siglo XX), los hábitos de consumo y producción literaria pueden hacer pensar que bajo el término «literatura» solo caben las novelas (uno de los cuatro subgéneros narrativos: novela, novela corta, cuento y microrrelato), puesto que la mayoría de los libros vendidos en España son novelas, hasta el punto de que, en el imaginario colectivo actual «novelista» equivalga a «escritor». Una de las preguntas que más frecuentemente padecen poetas y dramaturgos es «cuándo publicarán una novela».
   Que el consumo literario mayoritario sea de novela, no impedirá a un lector de poesía, aforismos, microrrelatos o bestiarios considerarse lector de literatura.
   En todas las sociedades existen diferencias sociales que explican el distinto acceso a la formación intelectual, por ello, incluso en una época como la actual, que presume de democratización de la cultura, sigue existiendo una cultura de la élite y una cultura popular, aunque, desde finales de los ochenta del siglo XX, es muy frecuente que esa frontera haya dejado de ser abismal, puesto que muchos creadores posmodernos han volcado su erudición en moldes de cultura popular para llegar a un número mayor de público.
   Al fin y al cabo, todos los productos culturales están sometidos a la dictadura del mercado, que solo permite existir a aquellas manifestaciones artísticas de las que obtiene réditos.