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viernes, 29 de julio de 2011

LO QUE NO HEMOS COMIDO, Sergi Pàmies


LO QUE NO HEMOS COMIDO

Para contar esta historia necesitaremos la sala de espera de la consulta de una dietista diplomada. En su interior, deberemos poder colocar, sin estrecheces, una docena de sillas y una mesita. A continuación, cogeremos un hombre y una mujer heterosexuales, de unos cuarenta años, y los sentaremos procurando que mantengan cierta distancia entre sí. Conviene que no se conozcan y que, al verse, se saluden con la indiferencia propia de este tipo de espacios. No les añadiremos ni sal ni pimienta. Para que todo salga a pedir de boca, la mujer debe pesar noventa kilos y el hombre ciento quince, y ambos deben tener una vida matrimonial moderadamente infeliz. En la medida de lo posible, la dietista debería tardar un poco en llamarlos: así podrán estudiarse mutuamente en silencio –comprobarán que sudan más de la cuenta y que la ropa que llevan intenta hacerlos parecer menos gordos de lo que son– y, en función de las circunstancias, romper el hielo y empezar a hablar. Este contacto inicial deberá ser intenso y breve. Las primeras palabras, de apariencia banal, deben salpicar una simpatía más visual que verbal. Ellos tienen que ser los primeros en sorprenderse de que, sin haberlo imaginado antes, puedan sentir interés el uno por el otro, precisamente allí, en la consulta de una dietista que debería hacerles perder, como mínimo, quince kilos. Cuando la enfermera haya llamado a uno de los dos (no importa a cuál) y se hayan despedido con un sonriente «hasta pronto», al que se quede solo debería notársele cierta excitación. A continuación, los dejaremos macerar, cada uno en su casa, para que, una vez reblandecidos, el recuerdo les proporcione el aroma que nos permitirá pasar a la siguiente fase.
La maceración no será fácil. Tanto la mujer como el hombre intentarán disminuir la aportación calórica y ceñirse a una conducta lo bastante estricta para perder, la primera semana, tres generosos kilos. Les admirará su propia voluntad (ignoraban que fueran capaces de beber tanta agua), lograr respetar el horario de las comidas, pesar los ingredientes y aliñarlos con poco aceite, sin sal, intimidados por los niveles de colesterol certificados por los análisis y por la hipertensión detectada. Tampoco cometerán el error de pesarse prematuramente. Por eso, cuando siete días más tarde vuelvan a coincidir en la consulta, parecerá que tienen mejor color. En realidad, lo tendrán, ya que la maceración habrá hecho su efecto y las ganas de verse les habrán especiado el humor (si los pincháis con un tenedor notaréis que la grasa se ha esponjado). Llegados a este punto, es importante que la dietista tarde un poco más en atenderlos que la vez anterior. Así podrán hablar del tratamiento, mirarse sin prevenciones y verbalizar las renuncias a sus platos predilectos (el de ella: pato con nabos; el de él: parmentier de bogavante). Justo entonces –ni antes ni después–, avivaremos un poco el fuego para tostarlos y darles textura crujiente. Los ingredientes harán el resto: la complicidad mutua propiciará que él se atreva a invitarla a tomar un café. «Con sacarina», especificará, para que ella comprenda que, en apariencia, sólo se trata de un encuentro inocente, de compañeros de fatigas. Mientras dure la visita, la dietista notará que la mujer tiene la presión más compensada y que, al igual que el paciente anterior, ha perdido tres kilos. Aunque no dirá nada, también detectará en ella cierta prisa por acabar la visita y percibirá que sus andares son más animosos (se acabó arrastrar los pies, como hacía antes). El hombre y la mujer cruzarán la calle y, en el momento de entrar en la cafetería, él le abrirá la puerta. La sacarina será el elemento común de una infusión y de un café tomados para justificar este primer encuentro fuera de la consulta.
En algunas gastronomías se entendería que ya están a punto. Nosotros, en cambio, optaremos por una cocción más lenta y lo pospondremos todo una semana. Por separado, el hombre y la mujer prepararán las anécdotas y reflexiones que, más que nunca, necesitarán compartir. El tiempo les pasará deprisa porque tendrán que atender la agenda familiar y unas obligaciones profesionales que no les parecerán ni tan importantes ni tan esclavas. Desde un punto de vista dietético, la semana será productiva: perderán más toxinas y eliminarán buena parte de grasa y agua. De modo que, cuando regresen a la consulta, los tres kilos se habrán transformado en cuatro y medio y la dietista les felicitará con un entusiasmo que les llevará de nuevo a la cafetería. Esta vez las miradas serán más explícitas y el azúcar menos sacarina. Es el momento de apagar el fuego y servirlos. No utilizaremos una vajilla solemne. Mejor recurrir a enseres clásicos; en este caso, la cama de un meublé con sábanas impersonales pero limpias. La primera cata contendrá la información necesaria para entender la receta entera. Los dos cerrarán los ojos y, con muecas de gastrónomo, intentarán definir por separado un torrente de sensaciones que sólo tienen sentido si se analizan globalmente. Recuperar sabores después de tanto tiempo, identificarlos, apreciar su combinación y su preparación les proporcionará la energía para empezar de cero. Con la luz encendida, sin el pánico a dejarse ver, abandonarán los años de inactividad sexual a los que, acomplejadamente, se habían resignado. Ahora, en cambio, desprenderán un fulgor de aceituna. Agradecerán la falta de espinas, que el calor reconforte tanto como el de los caldos o que la cremosidad de los besos sea una mezcla, sin tropezones, de salsa y de helado (placeres que, si no tuvieran las manos ocupadas, les gustaría tomar con cuchara, pensando en el vino más adecuado para acompañar). No habrá ninguna extravagancia experimental. A partir de aquí, todo serán sobras. A veces, para aprovechar demasiado se acaba alimentando más la gula que el apetito. Aplicado a la mujer y al hombre, este criterio nos permite observar que, mientras dura la dieta, vuelven a encontrarse, siempre en el mismo meublé, e intentan repetir, con una determinación paramilitar, las sensaciones de su primera vez. Nada volverá a ser lo mismo: los gestos se han ablandado y la energía se ha resecado hasta el punto de que tienen que recurrir al engaño de las especias, en este caso conversaciones cada vez más domésticas, y más adelante, a la decadencia de los disfraces (colegiala-maestro, enfermera-paciente, sirvienta-señor). Más delgados, con la autoestima recuperada –les gustará sentirse halagados por miradas inéditas–, se las apañarán para no coincidir. A primera vista podrá parecer que la historia ha terminado. Pero, si tenemos paciencia y esperamos, veremos llegar a la consulta, procedentes de otros pastos, alimentados con piensos distintos, destinados a otros mataderos, nuevas parejas potenciales que, en el momento de descubrirse el uno al otro, disfrutarán con la oportunidad de vivir y dar lo mejor de sí mismos.


SERGI PÀMIES, La bicicleta estática, Anagrama, Barcelona, 2011, pp. 35-40.

martes, 26 de abril de 2011

SUPERVIVENCIA, Sergi Pàmies


SUPERVIVENCIA
 

Le han recomendado tantas veces que busque las respuestas dentro de sí mismo que, un día, organiza una expedición. Equipado con un casco de espeleólogo, un machete, un piolet y cuerdas de alpinista, inicia la travesía. El primer paso es el más difícil. Tiene que concentrarse mucho para encontrar la rendija adecuada y, a presión, meterse dentro de su propia piel. El tránsito del exterior al interior le hace sudar y maldecir pero, con la ayuda de una maniobra de contorsionista y el ímpetu artificial que le proporcionan los antidepresivos, lo consigue (admirado por la eficacia del machete a la hora de abrirse paso y eliminar resistencias). El espacio que lo acoge no tiene nada que ver con el que había imaginado. Le habían hablado de un territorio casi ilimitado y, por si acaso, llevaba consigo un kit de supervivencia. Ahora, en cambio, mueve la cabeza para iluminar un espacio cerrado, oscuro, en forma de armario. Gracias a la disciplina aprendida en multitud de terapias, evita sacar conclusiones. Sabe que no le conviene precipitarse y se agarra a la posibilidad de encontrar, más allá de esta claustrofobia inicial, otros espacios. Para poder moverse con más facilidad, descarga la mochila y las cuerdas. Comprueba la consistencia de los límites que le rodean con la punta del piolet: toc, toc. Lo que ve —capas superpuestas de penumbra rodeando siluetas de estantes vacíos y de perchas sin ropa— no lo tranquiliza. Si éste es el armario en el que debía encontrar respuestas, piensa, mal asunto. Como siempre que se angustia, le entra hambre. Saca de la mochila dos barras proteínicas y las devora con la avidez de un náufrago. Lo que le pasa por la cabeza le satisface tan poco como lo que ve. No sabe qué esperaba encontrar pero la expectativa que le ha traído hasta aquí no incluía un mueble vacío. No necesita esforzarse para reconocer los síntomas de la decepción. Siente la tentación de disparar una bengala, a ver si, más allá del techo, hay algo aparte de este espacio, que, además, le parece que se está estrechando. Sólo es una impresión pero le basta para entender que, pese a que recuerda haber venido a buscar respuestas, ya no sabe a qué preguntas correspondían. Cuando, con asepsia o paternalismo, le hablaban del concepto «dentro de ti», nunca imaginó un espacio como éste. Ahora se da cuenta del error de haber creído que todo sería amplio, extenso, inabarcable. Que todo haya resultado tan oscuro e irrelevante quizá sea, especula, una respuesta. Si cuando inició este viaje no estaba dispuesto a admitir según qué cosas, ahora tampoco. Por eso, impulsado por el efecto proteínico de las barritas, se levanta y empieza a golpear violentamente el fondo del armario. Además de rabia, el impacto del piolet le transmite motivaciones más íntimas. Lentamente, consigue abrir un boquete y, al otro lado, entrevé el mundo de siempre. Animado, sigue golpeando. El furor recaudatorio de los policías poniendo multas le produce cierta ternura y el mar, colapsado por surfistas y motos acuáticas, le transmite una vitalidad tan reconfortante como el olor mezcla de sal, sardinas carbonizadas y crema de protección solar. Cuando consigue que el boquete sea lo bastante grande para salir de sí mismo, sin preocuparse de la mochila, las cuerdas, el machete, el piolet y las preguntas sin respuestas que deja atrás.


SERGI PÀMIES, La bicicleta estática, Anagrama, Barcelona, 2011, pp. 85-87.

lunes, 3 de enero de 2011

EL DESENLACE, Sergi Pàmies


EL DESENLACE


1

Mi madre siempre dormía con la ventana abierta. Quizá por eso la muerte se la llevó mientras dormía. Aquella noche oí un ruido que sonaba como un presagio y me levanté. Cuando abrí la puerta de su habitación, me sorprendió la cama deshecha y vacía. La cortina, aspirada por la corriente de aire, me absorbió la mirada hasta un paisaje iluminado por una luna llena, a punto de reventar. Enseguida las vi. Mi madre detrás, siguiendo a duras penas los enérgicos pasos de una muerte convencional: con guadaña afilada y capa negra. Me calcé las botas, cogí la escopeta, la cargue y, en pijama, salí a buscarlas. «¡Alto!», grité desde el porche mientras procuraba contener el frío y el miedo. Se dieron la vuelta. Mi madre ponía cara de resignación, una expresión que no cuadraba en absoluto con su carácter, habitualmente optimista. «¡Suéltala o disparo!», amenace. La muerte sonrío (lo recuerdo porque me sorprendió que tuviera dientes). Mi madre, en cambio, no reaccionó como yo esperaba. Se llevó un dedo a los labios para pedirme que callara y, en un tono autoritario, me ordenó: «Vuelve a casa, que cogerás frío.» Bajé el cañón de la escopeta y las vi alejarse cada vez más. Los primeros metros, a mi madre le costaba un poco seguirle el paso. Al cabo de un rato, sin embargo, las dos corrían, casi bailaban, como dos niñas ajenas a los peligros del bosque. Un bosque en el que, todavía hoy, a menudo veo sombras, escucho voces de pesadilla, presencias que no puedo llamar fantasmas porque mi madre me enseñó a no creer en fantasmas. Aunque, a veces, sobre todo cuando bebo demasiado, no solo los veo sino que los persigo, los insulto y les disparo para que se marchen.

2

La enfermera que cuida a mi padre me llama por teléfono para decirme que debería acudir enseguida. «Es urgente», añade. Veinte minutos mas tarde estoy junto a mi padre. Le cojo la mano. Me impresionan la frialdad de sus dedos y la textura de su piel, puro papel de lija. Respira agitadamente y tiene una mirada de espanto enmarcada por unas ojeras de vampiro y unas cejas despeinadas. La enfermera recomienda avisar a una ambulancia. Por la manera como él me aprieta la mano, deduzco que prefiere que no lo haga. Le pregunto si le duele algo y responde con un movimiento de cabeza de negación rotunda, como si, por ahora, el dolor fuera lo que menos le preocupara. Hace tiempo que el médico nos dice que el desenlace puede producirse en cualquier momento y que ingresarlo de manera preventiva podría empeorar la situación en lugar de mejorarla. «Desenlace» es el eufemismo que utilizamos para referirnos a la muerte y, como llevamos tanto tiempo hablando así, ya no me resulta tan ridículo como al principio. Con las pocas fuerzas que le quedan, mi padre me tira hacia él y, al oído —y con una voz que parece salirle del fondo de los pulmones—, me susurra que tiene que decirme algo importante y que, por favor, cierre la puerta. Le pido a la enfermera que nos deje solos. Mi padre se incorpora un poco y me pide agua. Me doy cuenta de que tiene unos pelos enormes en las fosas nasales y en las orejas, y el pijama manchado, probablemente de sopa.
—¿Qué se ha dicho siempre de los icebergs? —me pregunta.
Suspiro. Creía que quería hablarme de la muerte, o darme un ultimo consejo, o confesarme algún secreto relacionado con mi madre, algún hijo ilegítimo o el testamento. No esperaba una nueva elucubraci6n sobre la materia, el espacio o cualquiera de las obsesiones que, desde que dejó el trabajo, le han mantenido ocupado. Le miro con compasión, sonrío, pero él sigue alterado y espera, impaciente, mi respuesta:
—¿Que los icebergs sólo muestran una parte de lo que son? —le digo con un tono de alumno aplicado.
—Exacto —responde.
—Que esconden nueve décimas partes de su volumen —continúo.
—Eso mismo —dice.
Ignoro adónde quiere ir a parar.
—¿Y? —le pregunto.
Es una pregunta retórica, una referencia de complicidad, un homenaje a la manera como, desde siempre, me ha enseñado a pensar. Durante años, cuando le contaba cualquier cosa —de niño, con entusiasmo o inquietud; de adolescente, con pesadumbre o prudencia; de adulto, con indignación o arrogancia—, él solía mirarme fijamente a los ojos y preguntarme:
—¿Y?
En función de la circunstancia, aquel «¿Y?» rebozado de autoridad pedagógica resolvía casi todas las dudas. Si la pregunta era temerosa, relativizaba los peligros y me indicaba que debía perseverar y no amedrentarme ante los obstáculos. Si la pregunta era presuntuosa, me hacía volver a la realidad y darme cuenta de que sólo había descubierto una ínfima parte de una respuesta global que requería mucho tiempo, esfuerzo y reflexión. El «¿Y?», pues, era una clave privada y, ahora, pronunciada por mí en esta habitación que huele a cerrado, suena como una impertinencia. Mi padre no capta la referencia a nuestro pasado y eso me preocupa. La dificultad para respirar y la angustia que transmite su mirada me obligan a tomarme seriamente el diálogo que él intenta llevar a cabo hacia un objetivo que desconozco.
—Creo que muchos icebergs no esconden nueve décimas partes y que ésta es una premisa falsa, que hemos dado por buena por pereza, porque nunca nos hemos tomado la molestia de comprobar si, efectivamente, todos los icebergs siempre esconden nueve décimas partes de su materia —dice finalmente.
Sonrío. Por un lado para intentar tranquilizarlo; por otro, para tranquilizarme yo. No sé qué decirle. Gano tiempo cogiéndole la mano mientras busco palabras que, estoy seguro, no estarán a la altura de su inquietud. Cuando empiezo a encontrarlas, siento que se crispa, que la respiración se apaga y que, de repente, toda la fuerza que procuraba acumular desemboca en una larga inspiración. No aviso a la enfermera. Sé que está muerto, aunque actúo como si todavía fuera un enfermo. Sigo acariciándole la mano y puedo sentir cómo sus dedos, que ya estaban fríos, se enfrían aún más. Lo peino un poco. El dolor que siento no tiene nada que ver con ningún dolor anterior. No me puedo mover. Me gustaría avisar a la enfermera pero me temo que, si abro la boca, vomitaré. Me da la impresión de que le debo a mi padre una reacción tan serena como la que tuvo él cuando murió mi madre. Espanto los recuerdos de aquel momento porque sospecho que no seré capaz de resistirlos y que, aquí y ahora, me conviene acumular fuerzas y no debilitarme. Cuando intento moverlas, las piernas no me responden. A pesar de todo, me incorporo un poco y, con la ayuda del respaldo de la silla, consigo ponerme en pie. El dolor continúa, pero, por ahora, no se manifiesta exteriormente. Miro a mi padre. Los músculos faciales parecen haberse liberado de la tensión que los corroía cuando he llegado. Coincidiendo con el primer sollozo —una exhalación de tristeza que me explota en la boca por sorpresa—, empiezo a pensar que he llegado a tiempo, y este pensamiento inicia una larga caravana de razonamientos que intentan aplacar la parte más dura del duelo. Mientras lloro —ahora sin control ni contención, con una intensidad que me hace sentir una vergüenza infinita—, pienso que soy un iceberg a la deriva y que ojala tuviera nueve décimas partes de materia debajo de mí.


SERGI PÀMIES, Si te comes un limón sin hacer muecas, Anagrama, Barcelona, 2007, pp. 119- 124.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

SANGRE DE NUESTRA SANGRE, Sergi Pàmies

SANGRE DE NUESTRA SANGRE

Después de muchos años sin fumar, el padre enciende un cigarrillo. Lo dejó cuando nació su hija y, desde entonces, ha estado demasiado ocupado para echarlo de menos. El humo le abrasa los pulmones con una niebla áspera que, en lugar de combatir, él reactiva con caladas compulsivas. Hace un rato, su hija le ha explicado las razones de tanto tiempo de silencio, mal humor, problemas, insomnio y discusiones: no soporta ser la única chica del instituto con padres no separados y les ha pedido, por favor, que se separen. “Quiero ser normal”, les ha dicho poco antes de salir de la habitación con lágrimas en los ojos.

El padre y la madre no dan crédito a lo que acaba de ocurrir. Sentados en el sofá, y pese a que ya ha transcurrido un cuarto de hora desde que su hija se ha marchado, siguen sin reaccionar. Sus pensamientos respectivos se han unido a través de un silencio que contiene los recuerdos que la memoria común les permite compartir. Ninguno de los dos quiso delegar en el otro la misión de educarla y le hicieron frente con una firmeza y entusiasmo del que todavía se sienten orgullosos. De la infancia de la niña sólo recuerdan cosas buenas. Una hija única y con salud en una familia emocionalmente estable y económicamente situada era la combinación perfecta para no fracasar.

Tanto el padre como la madre pertenecen a la generación que aprendió a proyectar este tipo de cosas, con una previsión que tuvo en cuenta los días fértiles y una fecha de nacimiento adecuada para, una vez agotado el permiso por maternidad, empalmar con las vacaciones. Nada interrumpió un crecimiento convencional, con las incidencias previstas por los pediatras y ningún episodio de alarma o accidente. Previsores como eran, no se dejaron sorprender por el
anunciado distanciamiento posparto de la pareja. Fueron capaces de reservar el tiempo necesario para no aburrirse y no renunciaron al sexo ni a las aficiones, ni a las salidas con amigos.

La niña lo vivía con una colección de sonrisas inmortalizadas en veintitrés cintas de vídeo y diecisiete álbumes de fotografías. Ni la guardería ni los primeros años de escuela fueron conflictivos. Aunque no lo decían en voz alta, compadecían a los padres con hijos psicológicamente problemáticos o con retrasos académicos. Precisamente por eso, estuvieron muy atentos a la hora de evitar los excesos de protección y lo resolvieron con frecuentes visitas a casa de los primos y un trato continuado con los vecinos y compañeros de escuela. Con semejantes precedentes, nada hacía presagiar los dos últimos años que les ha tocado vivir.

La pilosidad de las axilas y en el pubis, cuando la niña tenía diez años, les hizo temer una precocidad aguda. De entrada, incluso llegaron a considerarlo una virtud. Ahora, en cambio, si pudieran articular palabra, tendrían que admitir que, ante la evidencia de una adolescencia prematura, reaccionaron como debían. Consultaron con el médico, que, como siempre, les dijo: “Tranquilos.” Igual que otras veces, observaron el fenómeno sin obsesionarse, como el síntoma de otras transformaciones inminentes. Las hubo, y muchas: la niña empezó a oler de otra forma, le salieron granos en la cara y, en poco tiempo, cambió de amigas y de vestuario.

Ninguno de los dos sabría decir en qué momento dejó de ser la niña y les provocó el dilema de si debían continuar llamándola así o por la versión abreviada de su nombre. Delante de ella, resultaba imposible llamarla niña, porque eso agravaba sus cambios de humor, cada vez más frecuentes. El padre no se conformó con lo que la madre repetía como una oración: paciencia, atención y amor. Él era paciente, le dedicaba toda la atención del mundo y la quería como nunca había querido a nadie, pero no soportaba no entender nada de la actitud de su hija. Habló con tutores, con profesores, con el director del instituto, que lo remitió a un especialista. La conversación, que tuvo lugar en un consultorio tétrico, resultó enriquecedora. La mutación de la niña, afirmó el especialista, era perfectamente lógica y estaba documentada por una experiencia ancestral y toda clase de diagnósticos y estudios científicos. Así pues, ningún motivo para preocuparse.

El padre no se quedó tranquilo. En casa, la niña era cada vez más insolente, de una rebeldía arbitraria, a menudo estúpida, y cualquier intento de castigo o de diálogo resultaba simétricamente estéril. A través de un socio de su empresa, contactó con un reputado neurólogo que le dio una conferencia sobre los últimos avances en materia de evolución mental de los adolescentes. Mientras el especialista hablaba, el padre tenía la impresión de que cada palabra, cada precisión avalada por la investigación, le alejaba más de su hija. El neurólogo le habló de saturación hormonal, de vulnerabilidad, de efervescencia, de evolución de los lóbulos y de un combate entre dopamina y melatonina, estrógenos y testosterona.

“Es la pubertad”, decían otros padres, y se encogían de hombros, como si, con un grado de inmadurez que lo sacaba de quicio, dieran la batalla por perdida. Ellos, en cambio, perseveraron. Cuando convenía dar un paso atrás, lo daban. Cuando convenía marcarla más de cerca, la marcaban. Al padre le dolía tener que admitir que había fracasado en una primera fase. Mejor dicho: estaba dispuesto a admitir la posibilidad del fracaso siempre y cuando tuviera una explicación. Ni la tensión de los peores momentos les desunió. Juntos como en el momento de concebirla y traerla al mundo, abortaron todas las tentaciones propias de esta fase de la existencia: el gusto por el riesgo, las malas compañías, la espiral de la droga, la anorexia, la bulimia, la huida sectaria.

En este largo proceso también tuvieron que ceder en algunas cosas, pero se trataba de cesiones irrelevantes: la decoración de su cuarto, un curso de inglés en Irlanda o un piercing, largamente negociado hasta lograr que no fuera ni en la boca ni en el ombligo. No podían prever que, después de tantos esfuerzos, el problema fuera que nunca habían pensado en separarse. Ahora tienen la mirada fija en la nube de humo que, procedente de los pulmones y de los cigarrillos del padre, ocupa la habitación. Sin decírselo, son conscientes de que ya no les quedan fuerzas. Se quieren. Tanto que ya no les hace falta decírselo. Por eso, cuando el padre termina el último cigarrillo del paquete, se levanta y se abrazan, todavía sin decir nada. “Hoy empezaré a buscar un piso para mí y hablaré con el abogado para que inicie los trámites”, dice él finalmente. Y ella, conmovida, le dice: “Voy a llamar a la niña para darle la noticia. Se va a poner muy contenta.”


SERGI PÀMIES, Si te comes un limón sin hacer muecas, Anagrama, Barcelona, 2007, pp. 43-48.