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sábado, 27 de junio de 2015

SOBRE CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA, Juan Tallón

   ¿A quién no le golpea duramente García Márquez? A mí me noqueó con su texto más realista, Tal vez estaba desprevenido. Fue una tarde, en un sofá, en el pueblo, caído de bruces en el filo de la felicidad, con leve resaca. Crónica de una muerte  anunciada parecía —qué tontería voy a decir— esa clase de texto que lo tiene todo para defraudarte cuando lees el primer párrafo y se te revelan los misterios. Nada nuevo, cierto. En Romeo y Julieta, Shakespeare revela la trama en los primeros catorce versos del prólogo. Instan­tes después de que se abra el telón, la audiencia sabe que hay dos amantes destinados a enamorarse, que se matan, y después las dos familias no luchan más. Sin embargo, cada página del autor colom­biano, con sus suelos de arena movediza, te succiona más y más. Es la constatación más brutal de que la literatura, ante todo, es una cierta forma que das al mundo, un estilo de encarar su relato. Y luego su relato. Pronto descubres que te importa una higa saber que el narrador relatará el asesinato de Santiago Nasar el día que se preparaba para recibir al obispo, y que la noche anterior había participado en la fiesta de bodas de Ángela Vicario y Bayardo San Román. Te trae sin cuidado saber que en la noche de bodas el novio descubre que Ángela no es virgen y la devuelve a casa con sus pa­dres, y que allí se hallan sus hermanos, que exigen saber quién es el culpable de la deshonra, y ella responde: Santiago Nasar. Carece de relevancia tener noticias tempranas de que los hermanos preparan la venganza, cogen los cuchillos y salen en busca de Santiago para matarlo.
   «Lo que sucede —admitió en su día García Márquez— es que yo no quise que el lector empezara por el final para ver si se cometía el crimen o no, así que decidí ponerlo en la frase inicial del libro. De este modo la gente descansa de la intriga y puede dedicarse a leer con calma qué fue lo que pasó». Para ello, el autor combinó dos tipos de textos muy difíciles de combinar. Por un lado, el relato policial, que te exige esconder, y por otro el periodístico, que te demanda revelar. La dificultad es obvia, pero él consigue que el texto avance en el presente al mismo tiempo que retrocede veintisiete años atrás, al día de la matanza. García Márquez sostenía en 1981 que Crónica de una muerte anunciada era su mejor novela, «en el sentido de que es una novela en la que yo he logrado hacer exactamente lo que quería. Las novelas en el camino quieren escaparse a los escritores de las manos, los personajes toman vida propia y terminan por hacer lo que les da la gana. En ninguna había tenido yo un control absoluto como en esta. Probablemente por el tema y por la extensión. Es un tema muy riguroso, estructurado casi como una novela policiaca, y un libro muy corto. Yo creo que mi mejor novela anterior era El coronel no tiene quien le escriba, no Cien años de soledad, y esto lo he dicho muchas veces».
   La prosa efervescente avanza a veces hacia adelante, a veces hacia atrás, y te somete sucesivamente al vértigo, la violencia, la emoción, el amargor, la desolación. Hay frases que se te impregnan, igual que un olor, y ya toda la vida vas oliendo a ellas. A mí me pasa con las dos primeras y las dos últimas, «El día en que lo iban a ma­tar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un ins­tante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado por cagadas de pájaros». Estas cagadas son tremendas, sin­ceramente. Arrastras su efecto dramático durante párrafos enteros. No puedes olvidarlas. Ocurre lo mismo con las frases finales, que se te aparecen por las noches, cuando te levantas al baño. Así hasta que te ves obligado a releer la novela otra vez. «[Santiago] tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. “Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tri­pas”, me dijo mi tía Wene. Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina». Esas arenas que se te quedan pegadas a las tripas, en realidad, se adhieren también a la ropa. No trates de sacudírtelas. Vano propósito. Estarán ahí siempre, como el olor de las cagadas de pájaro.
   La muerte de Santiago Nasar se plantea no como un crimen sino como un asunto de honor. Algo que está por encima de la vida y la muerte, como en las tragedias clásicas. Es en ese escenario donde cobra sentido —y se te pega a las tripas— el pretexto que esgrimen los hermanos Vicario ante el juez para exculparse de su responsabi­lidad en el crimen, pese a su participación. Su abogado había sus­tentado la tesis del homicidio en legítima defensa del honor, y los hermanos declararon en el juicio que lo hubieran vuelto a hacer mil veces por los mismos motivos. Después de acabar con la vida de Nasar, irrumpieron en la iglesia, y se confesaron al párroco. «Lo ma­tamos a conciencia —dijo Pedro Vicario—, pero somos inocentes». La muerte es aceptable, el deshonor, jamás. La muerte, de hecho, es inevitable, un presagio que se cumple, que nadie puede evitar. La fatalidad. «Nunca hubo una muerte tan anunciada», escribe el narrador. Todos los habitantes conocían las intenciones de los hermanos Vicario, pero nadie hace nada. Como si nada hubiese que hacer. Iba a ser un buen día cuando Santiago Nasar salió de casa, por la puerta que no era habitual que cruzase, y de pronto, por cierto concepto del determinismo, el caos se introdu­jo en el orden.

Crónica de una muerte anunciada
Gabriel García Márquez (1927-2014)
1ª edición: Oveja negra, 1981
Género: narrativa

JUAN TALLÓN, Libros peligrosos, Larousse, Barcelona, 2015, pp. 252-253.

viernes, 15 de mayo de 2015

SOBRE EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO, Juan Tallón


   No obstante, caer por sorpresa en El guardián entre centeno, sin haber «nadado» antes entre la prosa de Bandini, es una de las puestas de sol más hermosas que existen. Parecido a verla por primera vez, tumbado, tal vez con algo de beber entre las manos, observando las palpitaciones del tiempo. Te pasas los veintiséis capítulos haciendo gárgaras con champagne, acariciando cada giro, ironía, contradicción. La felicidad también es cuestión de unas cuantas frases que, cuando están bien dispuestas, consigues tocar con las manos, y en la caricia, una corriente eléctrica te recorre el cuerpo descubriéndote pasiones que no conocías.
   El guardián entre el centeno sintetiza un proceso de observación de la humanidad a través de un joven atrapado entre la adolescen­cia y la vida adulta, a la que repudia por falsa. Dicho así, parece un enunciado de la ley de la termodinámica, así que, por favor, denle ustedes una vuelta. Esa falsedad que Holden aborrece no evita que sea un mentiroso. El muchacho no siempre es coherente. Y en eso se parece aún mucho más a todos nosotros. «Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. Es terrible. Si voy camino del quiosco para comprar una revista y alguien me pregunta adónde voy, soy capaz de decir que voy a la ópera. Es una cosa seria», con­fiesa. Estas son, precisamente, las inconsistencias de la adolescen­cia, y las que vuelven más real —casi un espejo— al personaje. La contradicción es inevitable. Todo lo que rodea al joven le produce un gran malestar. El mundo es un lugar frío y desértico, e inde­seable por ello. No puede sentirse en ningún lugar peor que en este mundo. «No hay forma —dice— de dar con un sitio tranquilo porque no existe. Cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un “joder” en la pared). Bajo esa percepción, en realidad, laten las angustias de un personaje al que, en apariencia, nada le importa bastante, según cierta fe en el nihilismo. «Claro que me importa el futuro. Naturalmente que me preocupa. Pero no mucho, supongo». La muerte de su hermano Allie, al que idolatra, se halla bajo las decepciones de la edad adulta. Ese día, la noche que Allie murió, Holden perdió la inocencia. «La realidad siente un deseo absurdo de irrealidad», sostenía Musil, y el narrador tiende siempre hacia esta: para ponerse a salvo de las cosas que pasan en aquella.
   Lamentablemente para él, el mundo que repudia, y que com­bate a base de frases que funcionan a modo de artillería de defensa, es justo aquel en el que está a punto de entrar. El todavía no lo sabe. A la expulsión de la Escuela Pencey (Pensilvania), con la que en la primera página comprendemos que Holden es un joven inquieto, rebelde y casi marginal, le suceden tres días de huida por Nueva York. Acaso las vivencias del narrador en la ciudad son su último ejercicio de libertad adolescente, curiosamente a través de experien­cias adultas, antes de asumir al fin compromisos. Pese a valorar la inocencia, Holden siente fascinación por las situaciones adultas: le atraen los bares, el alcohol, la prostitución, los automóviles. Todos somos Holden.
   El mocoso que cree saberlo todo de la vida se aproxima len­tamente al hombre que no quiere ser. Afirmaba Fogwill que «la ética de una vida no es hacer o no hacer, sino decidir», y Holden se aproxima peligrosamente a ese último minuto. La visita al hogar paterno, en mitad de la noche, para ver a su hermana Phoebe, y despedirse de ella antes de huir en dirección a Colorado, marca la transición hacia el compromiso adulto. Holden le relata a su hermana pequeña cómo a veces sueña con ser «el guardián entre el centeno», el único adulto entre niños pequeños que juegan en un campo de centeno crecido, y que oculta tras él un acantilado peligroso. Todo cambia aquí, pues Phoebe, para evitar el error de que su hermano huya, en un movimiento de desesperación para no seguir creciendo y mantener vivo el recuerdo del hermano muerto, se empeña en acompañarlo. Es una locura infantil y absurda, pero sirve para situar a Holden ante la encrucijada de actuar a semejanza de un adulto, y quedarse en Nueva York con su hermana, o huir juntos, separándola de sus padres, sin un rumbo cierto. Finalmen­te, Holden realiza un acto de amor, responsable. La decisión de Holden es, en el fondo, un acto de alivio para Salinger, que como soldado superviviente de la II Guerra Mundial había vivido con el peso de los compañeros muertos. El hundimiento de la fe del escritor, amenazada por las horribles circunstancias de la contien­da, se reflejaba en la pérdida de fe de Holden tras la muerte de su hermano Allie (término, por cierto, con el que se denominaba a los soldados de las potencias Aliadas en la II Guerra Mundial). Pero la necesidad de proteger a su hermana lo rescató.
   Escribir El guardián entre el centeno fue reparador, aunque también infernal. Después de publicar en The New Yorker su rela­to «Para Esmé, con amor y sordidez», en abril de 1950, Salinger se consagró a terminar su querida novela sobre Holden Caulfield. La revista Time contaba que la había completado aislándose «en un cuchitril cerca del metro elevado de la Tercera Avenida», Allí encerrado, «pedía sándwiches y habas mientras iba sacando el libro de su interior». Aunque el proceso de escritura final incluyó otros lugares tan dispares como los despachos de The New Yorker o su retiro de Westport, en Connecticut, acompañado por su perro Benny. El material con el que se encerró era una maraña de re­stos sin ensamblar escritos, en algunos casos, desde 1941, según cuenta Kenneth Slawenski, uno de sus biógrafos. Al ritmo que aumentaba el manuscrito, variaban también las posiciones de Sa­linger, que cuando llegó la década de los cincuenta se enfrentaba al reto de poner orden y unidad en un material disparado en direcciones opuestas. En el otoño de 1950, la novela estaba acabada. Supongo que tiene que haber algo de magia en esto de escribir, aunque por otro lado, como decía Chandler, «ocurre sim­plemente, como el pelo rojizo». «Había escrito una conexión, una expiación, una oración y una iluminación, contenidas en una voz tan única que iba a alterar la cultura estadounidense», dice Slawenski. El proceso había sido un paseo errante y largo, con un tesoro a cuestas, pesado y brillante. Las primeras páginas, de hecho, las había llevado con él durante toda la guerra. «Necesita­ba llevarlas encima, para que me prestaran apoyo e inspiración», llegó a confesar, Cuando era apenas un conjunto de apuntes, El guardián entre el centeno había saltado a la playa de Normandía, había desfilado por las avenidas de París, había sido testigo de la muerte de infinidad de soldados, y había recorrido los campos de exterminio del nazismo, en unas particularísimas vacaciones. La única vez que yo llevé algo mu­cho tiempo encima fue un cro­mo de Arconada,

El guardián entre el centeno
J.D. Salinger (1919-2010)
1ª edición: Little, Brown & Co., 1951
Género: narrativa

JUAN TALLÓN, Libros peligrosos, Larousse, Barcelona, 2015, pp. 107-110.