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viernes, 16 de diciembre de 2016

[EL AMOR ES...], Jesús Zomeño


El amor es un extraño relojero que recoge piezas de la basura y las ordena para que todo funcione en hora.

JESÚS ZOMEÑO, Querido miedo, Sloper, Palma, 2016, p. 150.
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Roy Lichtenstein

miércoles, 20 de agosto de 2014

DESPUÉS DEL ATAQUE, Jesús Zomeño


DESPUÉS DEL ATAQUE

Aparto con el pie la cabeza de Claude y sigo pensando en cómo abrir esta lata de conserva. No tengo abrelatas. Nadie hubiera imaginado que en la guerra ocurrirían estas cosas, que la mayor preocupación fuese un abrelatas, pero ahora me doy cuenta de que está plagada de cosas insignificantes y absurdas. El capitán me pidió que me abrochara la guerrera antes del asalto. El capitán ha muerto, apenas llegó a las alambradas, ahora puedo desabrocharme otra vez. No es por faltarle al respeto a los muertos, lo que pasa es que me aprieta el cuello de la camisa. Maldita lata, además no tiene etiqueta. Puede que sea de melocotones en almíbar o de jamón cocido. Es lo mismo, no puedo abrirla. Esta lata empieza a no tener importancia como todo lo que no es posible en esta guerra. Nadie pregunta ya por el horario de los trenes, nadie mira en el mapa a dónde quiere ir.
Me duele el estómago. Tengo hambre, aprieto fuerte el puño sobre esta lata pero no cede. Somos dos mundos irreconciliables. Acepto la fatalidad como los soldados cuando suena el silbato y saltan fuera de la trinchera. La muerte no es nueva para mí, de niño me gustaba mirar a los gusanos comiéndose los perros muertos. Los gusanos no engordaban, lo que engordaba era el perro, que se hinchaba. Nadie se quejaba, los perros no tenían dueño ni los gusanos tenían nombre. Son recuerdos extraños. De todas formas no se puede sacar enseñanza de un campo de batalla, los cadáveres no son palabras, ni tienen significado.
Julie me advirtió que yo no lo soportaría, puede que tuviera razón. Aquel estudiante con corbata a rayas no lo soportó, por eso mudé la piel y me quedé a un lado del camino, en esta zanja. Julie siempre tenía razón, bastaba con pensar en ella para evitar el fuego cuando éramos niños. La niña paralítica no se manchaba los pies de barro y eso le preservaba limpio el cerebro. A los dieciséis años me pidió que le hiciera el amor, pero yo no supe qué hacer con su cuerpo quebrado cuando lo sostuve en brazos, el peso me hacía caer. La conciencia se manifiesta de muchas formas. Volví a dejarla sobre la cama mientras ella sonreía como si estuviéramos de acuerdo con el fracaso. Hacía frío aquella tarde, su padre no estaba en casa. Julie sonreía cuando la dejé sobre la cama y entonces fue cuando me dijo que yo no soportaría la guerra.
Odio la humedad que me pudre los pies dentro de las botas. Le llaman mal de la trinchera, pero hay cosas peores dentro de la trinchera. Esta lata cerrada, por ejemplo, que se burla de todo el hambre que tengo. El resto de mi patrulla yace ahí fuera, junto a las alambradas. Maxance Barre se mantiene de pie, enganchado en las púas, como si él mismo fuese el árbol donde contaba haber grabado su nombre, dejando espacio para ir escribiendo debajo los nombres de sus hijos según nacieran estos y creciera el árbol. Aquel tronco que dejó en el jardín de su casa en Bretaña ahora debe estar calentando la chimenea de su esposa, ardiendo en un vientre sin hijos. Maxance estaba obsesionado con aquel roble porque explicaba que lo plantó su padre el día que él nació. Maldigo la llovizna que ahora empieza a caer, el agua con la que nos lavamos la cara para borrarnos la memoria.
No me importa morir de frío, tampoco evitar un resfriado. Puedo recitar el nombre de todos los ríos de Francia y sin embargo sigo aquí, sin moverme. Todo el agua de mi infancia se ha diluido ya en el océano. Es mejor olvidarlo todo, como hace ahora Alban Garnier echando al suelo el agua de su cantimplora porque sabe que no ha de beberla nunca más, porque tiene un tiro en el costado y parte de su hígado en la mano. Lo saludo porque siempre ha sido amigo mío, le pediría un abrelatas pero no quiero distraerle en la solemnidad de su muerte.
Ahora me acuerdo de mi madre, haciendo ovillos con la ropa vieja de lana para volver a tejerla. Lo mismo quisiera hacer el teniente con los restos de las patrullas, formar otras nuevas y lanzarlas al ataque. Pero es tarde, no ya vamos a ningún sitio. Mi padre era cartero y por la noche marcaba en un mapamundi los lugares desde donde habían mandado las cartas que al día siguiente iba a repartir. Una vejez entrañable la de mis padres, de no ser porque la semana pasada mataron a mi hermano Célestin en Vauquois. Mi padre habrá puesto una cruz en Vauquois, en su mapa de papel. Mi madre, por su parte, hará muchos ovillos de lana con todos los jerséis que ha dejado mi hermano en el armario. En unos días se habrá disuelto en colchas para el invierno la memoria de mi hermano.
Me levanto. Alban Garnier acaba de caer al suelo, se retuerce pero pronto acabará todo. Los camilleros están ocupados con su propia muerte. Tropiezo con la cabeza de Claude, la aparto de nuevo con el pie. Dios existe, pero aquí a nadie le importa. Recuerdo las palabras del capitán antes del ataque:
-Adelante, adelante –Eso fue lo que dijo
Supongo que dios se encogió de hombros y el capitán hizo el resto muriendo al pie de las alambradas. Me duele la barriga, tengo hambre. Veo al sargento dándole órdenes a un recluta para que retire a los muertos. No quedan escobas con que barrer tanto espanto como hay en los ojos del recluta, un niño de Lyón al que su padre convenció para que se alistase porque en la notaría donde el padre trabajaba le preguntaron por qué su hijo seguía en casa. Son cosas que ocurren cuando la patria importa más a los que sobreviven que a los que mueren. Pobre muchacho, él hubiera sido muy tierno con Julie haciéndole el amor.
Sigue lloviendo. Cojo mi fusil y me acerco a Garnier. Le pregunto si prefiere que le pegue un tiro, pero levanta la mano para pedirme que espere. Me vuelvo a mi sitio para pensar en otra cosa porque no soporto a los que agonizan. Tengo sucias las uñas de las manos, Garnier ha dejado de gemir. El sargento manda al chico a que retire el cadáver.
Charles Lecompte regresa del cuartel general y nos advierte que las órdenes que trae para el coronel son las de repetir el ataque al día siguiente. Uno le da una patada a un muerto para que coja su arma y se levante. No tiene gracia, pero nos reímos porque nada tiene sentido.
Sostengo la lata como quien sostiene en la mano un corazón que late. Lo estrello contra la pared como estrellé a Julie cuando la dejé caer virgen sobre la cama. No debiera haberla levantado, bastaba con echarme encima, aceptarla como era. El amor es un misterio cuando no revienta y muestra su interior. Intento pensar en otra cosa. Jules Binoche se acerca a pedirme una bufanda. Le recuerdo que J en la guerra, pero él tiene la mirada ausente. Es su cumpleaños, tiene la cabeza ocupada en otro lugar, recordando que lo llevaron al zoo el día de su último cumpleaños y que se dañó la garganta por tanto como le gritó a los monos. Ahora le duele cuando traga saliva, puede que sea solo añoranza y en eso el corazón no se puede liar con una bufanda. Carraspea por simplificar los síntomas. Le digo que en el ejército no hay bufandas, pero él me mira asombrado como si estuviera ante el estanque de los hipopótamos. Se levanta y se marcha. Parece haber enloquecido, aunque antes ya he dicho que ahora todos nosotros somos animales.
Sigo con lo mío. Me faltan cartuchos. Cuento los que me quedan, doce. De paso hago una lista de lo que me gustaría hacer en un día de permiso: Dormir, eso es todo, dormir. Soy un hombre simple, sin muchas aspiraciones. Me gusta dormir, no me gusta aparentar que sería capaz de hacer cosas importantes. Aún llueve. Después iré a pedir más cartuchos, ahora no tengo ganas. Estiro las piernas, necesito dormir. Jules Binoche pasa por delante de mí con una venda alrededor del cuello. Parece que le hayan gastado una broma. Ya tiene su bufanda.
Recibí una carta de Julie la semana pasada, me dice que aún me ama. Es extraño sentir lo que ella siente, darle tanta importancia a los deseos como hace ella. Aquí los deseos son una pérdida de tiempo, a mí me basta con comer algo. Un abrelatas es lo más importante, Julie no puede comprenderlo porque en su vida ella almacena las conservas en un armario de la cocina, les pega etiquetas con el nombre y la fecha, las guarda para el invierno. Un abrelatas no puede tener importancia en su vida, es algo que sólo aquí alcanza significado. De todas formas ni siquiera eso importa ya porque hace un momento que he tirado la lata.
El capitán, antes de morir, nos había gritado:
-¡Adelante! ¡Adelante!
Supongo que tenía razón, aunque dios se encoja de hombros, hay que seguir adelante.

Jesús Zomeño


miércoles, 16 de abril de 2014

[EL POETA NUNCA SABRÍA...], Jesús Zomeño



   El poeta nunca sabría que el anciano caballero odiaba la poesía y armaba sólo el café caliente con galletas al que lo invitaban. Por su parte, el anciano sí sabía que el joven escribía por soberbia y porque creía que la palabra dominaba al mundo. El caballero  sorbía café y comía galletas y pensaba, sin embargo, que las palabras se limitan sólo a formar parte del mundo.


JESÚS ZOMEÑO, Lengua azul, Sloper, Palma de Mallorca, 2008, p. 32.
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Antoni Tapies

domingo, 6 de abril de 2014

1916, PUNTOS DE UNA MAPA. DUBLÍN, Jesús Zomeño



1916, PUNTOS DE UNA MAPA. DUBLÍN


   He traído conmigo el plato de las propinas. Yo trabajaba en el urinario de la calle Sackville, el más limpio y concurrido de Dublín, cerca de la columna de Nelson. He mantenido conversaciones de todo tipo con hombres de pie que me daban la espalda mientras orinaban y aún así les he reconocido en esta guerra.
   El coronel Brannagh, por ejemplo, problema de próstata y piernas curvadas. Todo un reloj a las cinco y cuarto porque antes de entrar en casa pasaba por el urinario en prevención de que hubiera visitas esperándole.
   —Un caballero no es un conejo asustado entrando a la madriguera —decía—. No podemos pasar de largo por delante de las damas o de un caballero distinguido. El mayordomo recoge el abrigo y el sombrero, nos despoja de la excusa de decir que vamos al guardarropa cuando lo que queremos es ir corriendo al baño. Por otro lado, reconocer una urgencia de ese tipo sería una grosería...
   Son confidencias que desata la vejiga mientras se vacía, acaso por la complicidad del momento. Disculpo sus gases, simulo no darme cuenta y a la larga ellos se relajan y cuentan cosas.
   —Odio a mi mujer —contaba el Señor Bloom— pero no puedo decírselo porque no soy feliz con ella y me fastidia hacerle esa confidencia de mis sentimientos a persona tan ajena...
   Las personas cuidamos nuestra intimidad con demasiado esfuerzo. Soy indiferente a los que se orinan fuera o a los que huelen mal después de vaciar la tripa, aunque ellos se oculten. La mala conciencia y la vergüenza dejan malas propinas. Me gusta ganarme su confianza, dejarles ver que soy discreto y que todo lo que ocurra en el urinario es normal y conveniente.
   El carnicero de Talbot Street, Seamus Hickey, cuando estábamos solos solía gastarme siempre la misma broma:
   —Sujeta el plato que ahí va la propina...
   Y se tiraba dos pedos sonoros. Cada día festejaba su ocurrencia como si fuese la primera vez.
   —Es normal, es normal... —le contestaba, agradeciendo su confianza.
   Hay que pasar bien el cepillo a los clientes habituales. Era un buen hombre el señor Hickey. El otro día me entere de que habían matado a dos hijos suyos en Passendale, cosa de la mala suerte que muriesen los dos el mismo día. La vida da malas propinas.
   Tampoco el urinario es cuestión de frivolidad. Hay historias terribles en la gente que se moja el pantalón o los zapatos. A un señor bajito que trabajaba con sus gafas de concha detrás de un mostrador de correos acostumbré a pasarle una bayeta por los zapatos. Nunca me dijo nada, ni siquiera buenos días. Se quitaba primero el abrigo, uno gris de calidad mediocre, y después por más que se arrimase ni el tamaño ni el impulso permitían que llegase a la pared del urinario. Por supuesto que se trataba de una cuestión de torpeza, pero él era incapaz de encontrar una solución. Al terminar, se ponía delante del espejo y mientras aparentaba ajustarse el nudo de la corbata yo me acercaba a pasarle un trapo por los pies. Nunca hizo ningún comentario y a eso nunca repliqué. El otro día lo vi pasar camino del frente, creo que me reconoció porque bajó la mirada. No creo que sea capaz de disparar un arma.
   Había que mantener el suelo muy limpio, la cerámica brillante, pasar el paño por las piezas de bronce varias veces al día, renovar el alcanfor para que diluyese el olor de los orines... son detalles importantes. La gente entraba y miraba alrededor, se sentía a gusto. El trabajo era constante pero nunca descuidé los detalles con mis clientes.  A Cillian O’Sullivan, un maldito veterano de la guerra de los ingleses contra los boers, le dolía tanto al orinar que echaba gotas de sangre y por eso lo hacía despacio. Se tomaba todo el tiempo del mundo y entre tanto hablaba, hablaba mucho. Se distraía hablándome de caballos y de perros, también de las ventajas de las cercas de madera por encima de los antiguos vallados de piedra. A veces me hacía bostezar y se callaba, pero al poco comenzaba otro tema como el de un carretero de Galway que secaba y se fumaba la piel de las patatas y añadía que él lo había probado y que no estaba nada mal. El horario de tarde era el más aburrido y Cillian O’Sullivan lo sabía. Encendía mi pipa cuando lo veía entrar porque estaba claro que aquello llevaría su tiempo y yo debía aparentar que escuchaba. Durante aquellos años oriné con él varias veces sus piedras del riñón.
   Donovan Flynn el borracho manco de la fábrica de cerveza, solía escupir al suelo cuando entraba y alarmaba a los clientes con sus gritos y estupideces. Lo cierto es que algunos como él consideran que un urinario es sórdido y que dentro quedan excusados de toda regla de educación, que orinar o hacer de vientre son actos que embrutecen y concilian con cualquier obscenidad. Sin embargo, por el contrario, bajarse los pantalones o abrirse la bragueta en público son actos vergonzosos que requieren mucho respeto. Respeto y discreción como el que tenía un inglés que trabajaba en la policía, a pesar de no vestir uniforme, y que durante varios años estuvo yendo a diario y que al salir siempre daba a entender que no había hecho nada.
   —Hay que ajustarse la camisa dentro del pantalón para que no arrugue... —comentaba al irse, sin olvidar la propina.
   Lo mataron unos pistoleros, pero esa es otra historia.
   —Esto es una biblioteca —le decía yo a Donovan Flynn cuando lo empujaba para echarlo.
   El pobre borracho terminaba orinándose en el pantalón mientras subía a trompicones las escaleras a la calle, pero lo que ocurriese fuera no me importaba.
   Niall Mullany tarareaba canciones en el urinario cuando se ponía cara a la pared y así lo recuerdo desde que supe que lo fusilaron los ingleses en Dublín la semana pasada. Cosas de ser héroes en patrias cada vez más pequeñas para morir más cerca del corazón, donde quiera que esté.
   Cada uno tiene su patria y la mía era aquel urinario pequeño y estrecho, cerca de la columna de Nelson. Puede que haya sido un hombre humilde y que ahora no pretenda mejorar mi condición, pero estoy conforme con lo que me hace feliz. Por eso me he traído el plato de las propinas, porque siempre espero de la vida recoger algo por lo que estar agradecido.

Jesús Zomeño

miércoles, 26 de marzo de 2014

[HAY LLAVES QUE...], Jesús Zomeño



Hay llaves que sólo cierran puertas.


JESÚS ZOMEÑO, Piedras negras, Lengua de Trapo, Madrid, 2013, p. 134.
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Francis Jalain

miércoles, 19 de marzo de 2014

[ALGUIEN DIRIGE UN BAILE...], Jesús Zomeño



   Alguien dirige un baile del que solo somos los zapatos.


JESÚS ZOMEÑO, Piedras negras, Lengua de Trapo, Madrid, 2013, p. 19.
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