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lunes, 27 de febrero de 2017

ÉRASE UN HOMBRE, ÉRASE UNA MUJER, Sandra Cisneros

Título original: Women Hollering Creek
Traducción: Enrique de Hériz
Colección Tiempos Modernos
Ediciones B
Barcelona
1992

jueves, 31 de octubre de 2013

PAPÁ SE DESPIERTA CANSADO EN LA OSCURIDAD, Sandra Cisneros



PAPÁ SE DESPIERTA CANSADO EN LA OSCURIDAD

   Se murió tu abuelito, dice Papá una mañana temprano en mi cuarto. Está muerto, y como si en ese momento él acabara de escuchar la noticia, mi valiente Papá se apachurra como abrigo, y llora, y no sé qué hacer.
   Yo sé que tendrá que irse, que tomará un avión a México, allá estarán todos los tíos y tías y se tomarán una foto en blanco y negro frente a la tumba con flores en forma de lanzas en un florero blanco porque así despiden a los muertos en ese país.
   Como soy la mayor, Papá me ha avisado primero y ahora me toca dar la noticia a los demás. Tengo que decirles por qué no podemos jugar. Les tendré que pedir que hoy se estén quietos.
   Papá, sus gruesas manos y sus gruesos zapatos, que se despierta cansado en la oscuridad, que se peina el pelo con agua, bebe su café y antes de que despertemos ya se ha ido, hoy está sentado en mi cama.
   Y yo pienso qué haría si mi Papá muriera. Rodeo a mi padre con mis brazos, y lo abrazo, lo abrazo, lo abrazo.


SANDRA CISNEROS, La casa de Mango Street, Seix Barral, Barcelona, 2004.
&
Makoto Saito

miércoles, 23 de octubre de 2013

BARBIE-COA, Sandra Cisneros


BARBIE-COA

para Licha



   La tuya es la de ojos malignos y cola de caballo. Bañador listado, tacones de aguja, gafas de sol y pendientes de aros de oro. La mía es la del cabello en borbolla. Bañador rojo, tacones de aguja, pendientes de perlas y un armazón de alambre. Pero es todo lo que podemos tener, además de un ajuar extra cada una. El tuyo, «Red Flair», un refinado traje chaqueta línea A con un sombrero estilo Jackie Kennedy, pequeño, redondo y sin alas, guantes blancos, bolso y zapatos de tacón incluidos. El mío, «Solo in the Spotlight», noche de gala, corpiño negro reluciente, sin tirantes, y falda que se ensancha por abajo como una cola de sirena, largos guantes de ceremonia, chal de gasa color rosa y micrófono incluido. De tanto vestir y desnudar, el corpiño negro se ha gastado por la parte donde apuntan las tetitas. Esto y un vestido que inventamos con un calcetín viejo abriéndole agujeros aquí y aquí y aquí y arrollándole el puño para darle un aire sexy y atrevido, de hombros desnudos.
   La historia siempre es la misma. Tu Barbie es compañera de cuarto de mi Barbie, y el novio de mi Barbie viene y tu Barbie se lo birla, ¿correcto? Besos besos besos. Luego las dos Barbies se pelean. ¡Tonta, estúpida, es mío! ¡Vamos, apestosa, qué va a ser tuyo! Sólo que Ken es invisible, ¿entendido? Porque no tenemos dinero para ese muñeco que es un chico con cara de imbécil y las dos preferiremos pedir un ajuar nuevo para Barbie cuando llegue Navidad. Así que salimos del paso con tu Barbie de ojos malignos y mi Barbie de cabello en borbolla y nuestro único ajuar cada una, aparte el vestido-calcetín.
   Hasta el domingo siguiente, cuando paseamos por el mercadillo de cosas de segunda mano que ponen en Maxwell Street, y de pronto, ¡allí!, expuestas en la calle cerca de unas herramientas viejas, unos zapatos de plataforma con los tacones completamente chafados y una papelera de color verde fluorescente y unas hojas de papel de aluminio, unos tapacubos de automóvil, una esterilla de borra violácea, unas gomas de limpiaparabrisas y un sucio capazo de albañil y una lata de café llena de clavos oxidados. ¡Allí! ¿Dónde? Dos estuches de Mattel. Uno con el conjunto «Ejecutiva», enérgico traje de oficina en blanco y negro, chaqueta tres cuartos y falda plisada, chaleco rojo, guantes, zapatos y sombrero a juego incluidos. El otro, «Sweet Dreams», una camisa de dormir de ensueño, plisada, rosa y blanca, con un salto de cama entonado, zapatillas bordeadas de encaje, cepillo del cabello y espejo de mano incluidos. ¿Cuánto valen? Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, hasta que dicen está bien.
   Tú y yo, por fuera, canturreamos y damos saltitos, pero por dentro lo que damos son aullidos y saltos mortales. Hasta que en el siguiente puesto de venta, junto a cajas de bizcochos y cepillos de baño de color naranja brillante, y guantes de goma y un juego de llaves inglesas, y ramilletes de flores hechas de plumas, y anaqueles de vidrio para las toallas, y estropajos de acero, y discos de Alvin y los Chipmunks, ¡allí! ¡Y allí! ¡Y allí! ¡Y allí! ¡y allí! ¡y allí! ¡y allí! La Barbie Que Dobla Las Rodillas con su nuevo corte de pelo a lo paje. Midge, la mejor amiga de Barbie. Ken, el novio de Barbie. Skipper, la hermana pequeña de Barbie. Tutti y Todd, los gemelitos, hermano y hermana de Barbie y Skipper. Scooter y Ricky, los amigos de Skipper. Alan, el compañero de Ken. Y Francie, la prima MODerna de Barbie.
   Todo el mundo vende hoy juguetes, todos ellos juguetes estropeados por el agua y que huelen a humo. Porque un gran almacén de juguetes de Haisted Street se incendió precisamente ayer (¿lo ves allí?) y todavía sale humo, que se desvanece hacia la autopista de Dan Ryan. Y ahora hay en Maxwell Street una gran liquidación de artículos dañados, hoy, único día.
   Así que nada importa que no consiguiéramos nuestra nueva Barbie Que Dobla Las Rodillas y nuestros Midge y Ken y Skipper y Tutti y Todd y Scooter y Ricky y Alan y Francie en lindos estuches limpios y tuviéramos que comprarlos en Maxwell Street mojados y tiznados. Nada importa que nuestras Barbies huelan a humo cuando te las acercas a la nariz, incluso después de haberlas lavado y lavado y lavado. Y si la muñeca más guapa de todas, Francie, la prima MODerna de Barbie, la de pestañas auténticas, cepillito de pestañas incluido, tiene el pie izquierdo un poco derretido, ¿qué pasa? La vistes su nuevo ajuar «Prom Pinks», de satén espléndido, manto a juego, cinturón dorado, bolso y diadema para el cabello incluidos, y mientras tú no le levantes la falda, ¿entiendes?, nadie se va a enterar.


SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp.
35-37.
&

lunes, 13 de mayo de 2013

MI TOCAYA, Sandra Cisneros


MI TOCAYA

   ¿Has visto a esta chica? La tienes que haber visto en los periódicos. O si no en el Father 85 Son’s Taco Palace Nº 2, en Nogalitos. Patricia Bernadette Benavídez, mi tocaya, metro y medio, cincuenta y dos kilos, trece años.
   No es que fuéramos amigas, ni nada parecido. Claro que hablábamos. Pero eso era antes de que se muriera y luego volviera del reino de los muertos. Quizá lo leíste o la viste en la tele. Salió en los noticiarios de todos los canales. Entrevistaron a cuantos la conocían. Incluso la profesora de  educación física tuvo que decir cosas bonitas: Tenía mucha energía, una buena chiquilla, dulce. Tan dulce como podía serlo, teniendo en cuenta que era un monstruo. Bueno, ¿y por que nadie me preguntó a mí?
   Patricia Benavídez. La parte «Son» del Father & Son’s Taco Palace Nº 2, incluso antes de que el hijo (el son) se largara. Así fue como la tal Trish heredó el gorro de papel y el delantal blanco, después de las horas del colegio y todos los fines de semana, aburrida, algo triste, detrás de los altos mostradores donde los clientes comen de pie corno los caballos.
   Sin embargo, eso no bastaba para que yo sintiera pena por ella, por muy malvado que fuera su padre. Pero ¿qué culpa tenía él? Una chica que iba a la escuela con pendientes de pasta y zapatos brillantes de tacón alto estaba predestinada a tener problemas que nadie, ni Dios ni los reformatorios, podía arreglar.
   Creo que alguien la promocionó injustamente en algún sitio y así fue como llegó hasta la escuela superior antes de que le tocara. Sí, ese tipo de chicas siempre se esfuerzan demasiado por encajar. Mira mi tocaya. Se llama como yo, ¿no? Pero ¿se hace llamar la Patee, o Patty, o algo normal? No, ella tiene que ser distinta. Dice que se llama Tri-ish. Incluso se inventó un falso acento británico jadeante y sexy como una Marilyn Monroe inglesa. Ridículo. Quiero decir: ¿quién ha oído alguna vez a una mexicana hablar con acento británico? ¿Sabes a qué me refiero? La chica tenía problemas.
   Pero si la pillabas a solas y le decías Pa-tri-cia (yo siempre procuraba pronunciar su nombre en castellano), Patricia, corta el rollo y sé auténtica. Si la pillabas sin audiencia, supongo que no estaba mal.

    Así me las apañé para llevarme bien con ella cuando la conocí, justo antes de que se largara. Escapó de la sentencia a cadena perpetua en aquella tasca. Se hartó de llegar a casa apestando a tacos tostados. Bueno, no me extraña que se largara. A mí tampoco me gustaría apestar a tacos tostados.
   Quién sabe lo que tuvo que aguantar. A lo mejor su padre le pegaba. Pegaba al hermano. Eso lo sé. O al menos el padre y el hermano se pegaban. Fue en una de esas peleas cuando al fin pasó, cuando el chico desapareció para siempre, aunque probablemente también estaría harto de apestar a tacos. Eso es lo que yo creo.
   Luego, unas semanas después de que se marchara el hermano, salió la foto de mi tocaya en los periódicos, como la de los niños en las cajas de leche:

¿HA VISTO A ESTA CHICA?

   Patricia Bernadette Benavidez, de trece años, desapareció el martes, once de noviembre, y su familia se halla gravemente preocupada. Se cree que la muchacha, que estudia en la Escuela Superior Virgen de los Dolores ha huido. Fue vista por última vez camino del colegio, en las proximidades de Dolorosa y Soledad. Patricia mide un metro cincuenta, pesa cincuenta y dos kilos y en el momento de la desaparición llevaba una chaqueta tejana, falda plisada azul de uniforme, blusa blanca y zapatos de tacón alto [probablemente con lentejuelas]. Su madre, Delfina Benavídez, le envía el siguiente mensaje: «Honey, llama a mamá. Te quiero mucho.»

   Hay gente que...
   ¿A mi qué me importaba que Benavídez hubiera desaparecido? No me hubiese importado en absoluto. De no ser por Max Lucas Luna Luna, que estudiaba el último curso en Holy Cross, la escuela hermana de la nuestra. A veces hacíamos intercambio con ellos. Era una tomadura de pelo. Nosotros lo llamábamos Blablablá Sexual, pero las hermanas lo llamaban de otra manera: Intercambios Juveniles. Como cuando invitaban a unos tipos de Holy Cross para que vinieran a Teología, y unas cuantas chicas de Dolores íbamos a su colegio. Y fingíamos que de verdad nos interesaba el tema: «La Santa Virgen: Un ejemplo modélico para la joven de hoy», «El flirteo: demasiado, demasiado aprisa, demasiado tarde», «Heavy Metal y el diablo». Mierdas así.
   No era cada día. Sólo de vez en cuando, como una especie de experimento. La escuela católica temía juntarnos demasiado, por aquello de las hormonas. Eso decía la hermana Virginella. Si no sois capaces de comportaros como verdaderas señoritas cuando lleguen nuestros invitados, tendremos que suspender indefinidamente los Intercambios juveniles. En adelante, nada de silbidos, agarrones y pataleos, ¿está claro?
   Sólo sé que tiene unas caderitas del mismo tamaño, probablemente, que cuando tenía doce años. La cintura estrecha y el culo pequeño, prieto y dulce como una barra de caramelo. ¡Maldita sea! Eso es lo que recuerdo de él.
   Resulta que Max Lucas Luna Luna es vecino de la monstruo. Quiero decir que antes ni siquiera me había molestado en hablar con Patricia Benavídez, aunque estábamos en la misma sección de Cultura General. Pero un día se acerca a mi en la cafetería mientras yo esperaba mis patatas fritas y me dice:
   —Eh, tocaya, sé de alguien que va por ti.
  —Ah, bueno —digo yo, intentando quitármela de encima, porque no quiero que me vean hablando con una chiflada.
   —¿Conoces a un chico del Holy Cross que se llama Luna? El que vino al intercambio de Teología, ese tan cuco que lleva coleta de caballo.
   —¿Y?
   —Bueno, pues es carne y uña con mi hermano Ralphie, y le dijo a Ralphie que no se lo dijera a nadie pero que le parece que Patricia Chávez está muy bien.
   —Tú mientes, niña.
   —Te lo juro por Dios. Si no te lo crees, llama a mi hermano Ralphie.
   ¡Mierda! Aquello bastaba para convertirme en amiga íntima de Trish Benavídez para toda la vida, lo juro. Después, siempre me aseguré de llegar pronto a clase de Cultura General. Ella solía tener algo que decirme. Y si no, yo me encargaba de darle algo para que lo hiciera llegar a Max Lucas Luna Luna. Pero resultaba dolorosamente lento porque aquella chica trabajaba mucho y no tenía una vida social que mereciese la pena.

   Así fue como Patricia Bernadette se convirtió en nuestra celestina durante un tiempo, aunque Max Lucas Luna Luna y yo no habíamos pasado de la etapa del me gustas/¿te gusto? En realidad, ni siquiera nos habíamos visto desde el Blablablá, pero yo seguía trabajando el asunto.
   Sabía que ellos vivían en algún lugar de la zona de Monte Vista. Por eso paseaba con mi bici arriba y abajo por las calles —Magnolia, Mulberry, Huisache, Mistletoe— jugando al caliente/frío. Sólo el saber que Max Lucas Luna Luna podía aparecer me entonaba la sangre.
   La semana en que empecé a aparecer por el Father 85 Son’s Taco Palace Nº 2 fue cuando ella decidió largarse. Primero recibimos un mensaje de la hermana Virginella por los altavoces: Lamento tener que anunciaros que una de nuestras más jóvenes y más queridas estudiantes se ha marchado de casa. Tengámosla, presente en nuestros corazones y en nuestros rezos hasta que regrese sana y salva. 
   Aquélla fue la primera  vez que apareció su foto en el periódico con el lacrimógeno mensaje de su madre.
   A mí, personalmente, ni me alegró ni me apenó que se largara tan de repente. Eso seguro. Pero resulta que me debía algo. Ya era bastante malo que se marchase y tuviera a todo el colegio hablando de ella. Al menos entonces yo mantenía la esperanza de que cumpliría su promesa de arreglarme el ligue con Max Lucas Luna Luna. Pero justo cuando ya podía volver a pronunciar su nombre sin escupir, va y se muere. Unos niños que jugaban en una zanja de drenaje encuentran un cadáver y, si, es ella. Cuando llegan las cámaras de televisión al colegio salen todas las dramáticas de mierda llorando de verdad, incluso las que no la conocían. Qué asco.
   Bueno, no pude evitar compadecer a aquella farsante ahora que estaba muerta, ¿no? Quiero decir, cuando se me pasó la rabia. Hasta que al tercer día ella se levantó de entre los muertos.
   Cuando ya han presentado a su madre llorando con un pañuelo arrugado y a su padre diciendo: «Era mi princesita», y los estudiantes hemos comprado una corona de gladiolos blancos con dinero de nuestro fondo para el viaje Padre Island, en la que se lee VIRGENCITA, CUÍDALA, y toda la maldita escuela ha tenido que ir a una misa en su honor, mi tocaya se echa atrás. Aparece en la comisaría del centro y dice: No estoy muerta.
   ¿Te lo puedes creer? Sus padres habían identificado el cadáver en el Depósito y todo. «Supongo que estábamos demasiado afectados para examinar el cadáver como es debido.» ¡Ja!
   Nunca llegué a conocer a Max Lucas Luna Luna, y por otra parte qué más da, ¿no? Sólo digo que mi tocaya ni siquiera fue capaz de morirse bien. Pero ¿de quién es ese rostro famoso que está en la primera plana del San Antonio Light, del San Antonio Express News y del Southside Reporters? Chica, lo que yo te diga...



SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp.65-70.

domingo, 18 de noviembre de 2012

LA FABULOSA: UNA OPERETA TEJANA, Sandra Cisneros



LA FABULOSA: UNA OPERETA TEJANA
        
   Le gusta decir que es «española», pero es de Laredo como todas las demás, o de Lardo, como lo llamamos nosotras. Se llama Berriozábal. Carmen. Trabaja de secretaria en un bufete de abogados en San Antonio.
   Tenía chichis grandes. Grandes de verdad. Los hombres no podían quitarles los ojos de encima, ni ella podía hacer nada por evitarlo.
   Ellos, cuando le hablaban, nunca la miraban a los ojos. Era un poco triste.
   Tenía a su cabo en el Fuerte Sam Houston. Joven. Guapo. José Arrambide. En su tierra él tenía a una monada de estudiante que vendía nachos en una galería comercial y seguía esperando que volviera a Harlingen, que se casara con ella y que comprara un apartamento de tres habitaciones a plazos. También se vive de sueños, ¿no?
   Bueno, pues este José no fue el amor de la vida de Carmen. Sólo un ligue de San Antonio, por decirlo de alguna manera.
   Pero ya sabes cómo son los hombres. Sólo caen si les lavas los pies y se los secas con tu propio cabello. Lo digo en serio. Y Carmen era una mujer del tipo lo tomas o lo dejas. Si no te gusta, ahí está la puerta. Así era. Algo especial.
   Lista, eso no. Quiero decir, no era capaz de cuidar bien de sí misma y de sus propios intereses. Pero el cabo estaba enganchado. Su esclavo del amor, genuino y garantizado.
   No sé por qué, pero a los hombres les encanta que los trates mal.
   Sí, claro, fue su medio novio durante un tiempo, pero ¿qué significa eso para una mujer que tiene veinte años y que ha agarrado el mundo por las pelotas? A la primera de cambio se lió con un famoso senador de Tejas que estaba abriéndose camino hacia la casa grande. La instaló en una urbanización al norte de Austin. Camilo Escamilla. Puede que hayas oído hablar de él.
   Cuando José se enteró hubo un gran escándalo. Intentó matarla. Intentó matarse. Pero ese Camilo se encargó de que no saliera en los periódicos. Era tan importante como eso. Y además, tenía mujer e hijos que posaban con el cada ano para la foto del calendario que regalaba por Navidad. No iba a tirar su carrera por la ventana por una fulanita.
   Según con quién hables te cuentan cosas distintas. Los amigos de José dicen que grabó sus iniciales en los famosos chichis con un cuchillo, pero eso suena a chulería, ¿no?
   Yo he oído contar que desertó. Se hizo torero en Matamoros para poder morir como un hombre. Otros dijeron que es ella la que quiere morir.
   No lo creas. Ella se largó con King Kong Cárdenas, un luchador profesional de Crystal City, una dulzura. Yo conozco a su prima Lerma y la vimos la semana pasada en el Floore Country Store en Helotes. Joder, nos invitó a una cerveza, dando unos pasos de baile y unas vueltas al compás de Hey Baby qué pasó.
        
SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 97-99.

martes, 30 de octubre de 2012

ANGUIANO ARTICULOS RELIGIOSOS ROSARIOS ESTATUAS MEDALLAS INCIENSO VELAS TALISMANES PERFUMES ACEITES HIERBAS, Sandra Cisneros


ANGUIANO ARTICULOS RELIGIOSOS ROSARIOS ESTATUAS MEDALLAS INCIENSO VELAS TALISMANES PERFUMES ACEITES HIERBAS
         
         
   ¿Conoces esa tienda de artículos religiosos de Soledad, enfrente del Sanitary Tortillas? Al lado del Salón El Divorcio. No vayas. El dueño es un incordiante. Y no soy la única que lo dice. Es famoso por ser un incordiante.
   Lo sé todo sobre él, pero aún así entré. Porque necesitaba una Virgen de Guadalupe y las hermanas Preciado, de South Laredo, no tenían ninguna que no pareciera hecha con los pies.
   Yo pensaba en una estatua, o quizás en uno de esos lindos dibujos en tres dimensiones, esos hechos de tiras de cartón, que si miras de lado ves al Santo Niño de Atocha y si miras de frente es la Virgen y si miras del otro lado es Santa Lucía con los ojos en una bandeja, o a veces San Martín Caballero cortando en dos su capa romana con una espada para dársela a un mendigo, aunque me gustaría saber por qué no le dio al mendigo la capa entera si tan santo era, ¿no?
   Bueno, eso buscaba. Una de esas estampas enmarcadas con una tira plateada de papel de aluminio arriba y abajo y el marco de madera pintado de una rosa alegre o un turquesa. Son más baratos en el otro lado, pero no tenía tiempo de ir a Nuevo Laredo porque de lo de Tencha me enteré sólo el jueves. La llevaron directamente al hospital de Santa Rosa. Tuve, que tomarme media jornada de trabajo y coger el autobús, bueno, ¿qué iba a hacer? O en Anguiano Artículos Religiosos, o en Hermanas Preciado Botánica.
   Y entonces, después de caminar con aquel calor desde Santa Rosa, a que no adivinas que ocurre. Anguiano ha cerrado, y eso que se le ve sentado dentro, a oscuras. Y yo venga llamar y llamar, llamar y llamar picando el vidrio con una moneda. ¿Y sabes qué hace antes de abrir? Me mira de arriba a abajo como si fuera una de esas señoras del hotel Cactus, o de la casa de empeños El Tribunal o de la Western Wear y fuera a robarle.
   Yo pensaba en una de aquellas estampas brillantes enmarcadas que había en el escaparate. Pero entonces vi unas estatuillas de la Virgen de Guadalupe con pestañas de verdad. Bueno, no con pelo de verdad, pero con una cosa negra tiesa como si fueran cepillitos, aunque no me gustaba el aspecto de la Virgen con las pestañas de pelo, bien maliciosa, como los amores de la calle. Eso no está bien. Miré todas las Vírgenes de Guadalupe que él tenía. Las imágenes, los dibujos enmarcados, las estampillas y las candelas. Porque sólo tenía diez pesos. Y mientras tanto había entrado más gente. Pero ¿sabes lo que me dijo? No te lo vas a creer. Me dijo Ya veo que no vas a comprar nada. Bien claro y en castellano. Ya veo que no vas a comprar nada.
   Oh, por supuesto que sí, pero necesito más tiempo para pensar.
   Bueno, si lo que quieres es pensar, vete a pensar ahí delante, a la iglesia; mientras te dedicas a pensar aquí estás malgastando tu tiempo y el mío.
   Te lo juro por Dios. La forma en que me habló era fea en serio. Bueno, si quieres pensar cruza la calle hasta San Fernando, aquí estás perdiendo tu tiempo y el mío.
   Tenía que habérselo dicho. Váyase al infierno. Pero ¿para qué? Irá igualmente.
         
      SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 187—189.

Fotografía: Won-Tolla

viernes, 26 de octubre de 2012

PAN, Sandra Cisneros







PAN
        
   Teníamos hambre. Fuimos a una panadería de Grand Avenue y compramos pan. Llenamos todo el asiento de atrás. Todo el coche olía a pan. Grandes hogazas con forma de culo gordo. Pan de culo gordo. Lo dije en castellano. Pan de nalgona. Y él dijo culo gordo en italiano, pero ya no me acuerdo de como lo dijo.
   Arrancábamos pedazos grandes con las manos y nos lo comíamos. El coche era azul nacarado como mi corazón aquella tarde. Olía a pan caliente, pan a manos llenas, un tango en el casete con el volumen alto, alto, alto porque él y yo éramos los únicos que podíamos aguantarlo así, como si el bandoneón, el violín, el piano, la guitarra, el bajo estuvieran dentro de nosotros, como cuando él no se había casado, como antes de que tuviera hijos, como si todo aquel dolor no hubiera pasado entre los dos.
   Recorrimos calles cuyos edificios le recuerdan, dice, lo encantadora que es esta ciudad. Y yo me acuerdo de cuando era pequeña y una primita mía murió porque había tragado matarratas en un edificio como aquéllos.
   Así son las cosas. Y así circulábamos. Con todos los recuerdos de su nueva ciudad, de mi vieja ciudad, besándome entre grandes bocados de pan.
        
         SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 131-132.

sábado, 13 de octubre de 2012

LOS CALZONCILLOS, Sandra Cisneros



LOS CALZONCILLOS
        
        
   ¡Gluuups! Ahí va tu gaseosa. ¿Ves? Mira. Mamá, ven y coge a tu pequeñita. Vigílala, va descalza y podría cortarse. Supongo que hay que fregarlo, ¿no? Yo hace mucho tiempo que no tiro nada. Desde que era un crío, supongo. No recuerdo la última vez que tiré un vaso de gaseosa. Y mira que la Big Red es pegajosa, ¿eh? Se pega a la ropa y no se va, y a los niños les deja la boca pintada como los payasos, ¿verdad? Mira qué guapa es. Lo que yo te diga.
   Ah, los niños son muy guapos cuando son pequeñitos, y cuando empiezan a volverse feos ya es demasiado tarde, entonces ya los quieres.
   He de vigilar y no comprarles gaseosa en botellas de cristal la próxima vez. Sobre todo Big Red. Pero es la que más piden, ¿no? Claro que puedes coger mi cesta. Lo mío aún no está listo.
   Cuando murió mi mujer, solía ir a un sitio en Calaveras mucho más grande que éste. Este no es nada. En aquel sitio había el doble de máquinas. Y tenían secadoras en las que pagabas un cuarto por quince minutos, y así te ahorrabas otro cuarto extra con el poliéster, por ejemplo, que se seca muy rápido. Pero sólo había dos, tenías que ser un galgo y pillarlas en cuanto quedaban libres.
   Aquí todo va a cincuenta céntimos los treinta minutos. Resulta caro cuando tienes que estar echando cuartos y cuartos y cuartos. A veces, si hay suerte, se puede conseguir una máquina en la que quede tiempo pagado, fíjate. Le metes cosas ligeras que se secan como si nada. Calcetines, trapos, las camisas de mezcla, quizá para que no se arruguen, ¿no?
   En cambio, mis jeans podrían estar más de treinta minutos. Con treinta minutos no basta, pero prefiero llevármelos a casa húmedos y colgarlos en el alféizar antes que echar otros cincuenta céntimos, Es porque los seco a baja temperatura, fíjate. Antes los secaba con aire muy caliente y luego siempre me iban estrechos. La señora del K mart me dijo: Tienes que lavarlos en frío porque si no se te encogen puestos. Tiene razón. Mira, ahora siempre los seco en frío, aunque se tarda más y quedan húmedos después de los treinta minutos, Por lo menos luego me caben. Todo eso he aprendido.
   ¿Y sabes otra cosa? Cuando lavas, no basta con separar la ropa según la temperatura. También hay que separarla según el peso. Las toallas con las toallas. Los jeans con los jeans. Las sábanas con las sábanas. Y asegúrate siempre de que usas mucha agua. Ahí esta el secreto. Aunque sólo metas unas cuantas cosas en la máquina. Mucha agua, ¿lo entiendes? Así toda la ropa se lava mejor y no se raja ni se desgasta luego al llevarla, mira, y dura más. Ese es otro truco que he aprendido.
   Ahora asegúrate de que no se te quede la ropa en la secadora... De nada. Tienes que vigilarla, ¿entiendes? En cuanto para de girar, la sacas. Si no, luego te da aún más trabajo.
   Las camisetas se me arrugan aunque las seque durante quince minutos, tanto en frío como en caliente. Siempre pasa con las camisetas. Hagas lo que hagas, siempre se arrugan un poco. Son curiosas, las camisetas.
   ¿Sabes cómo hacer para que se te vayan las manchas? Adivínalo. Cubitos de hielo. Que sí. Eso me lo enseñó mi mujer. Yo pensaba que estaba loca. Cada vez que derramaba algo en el mantel, salía corriendo a por la cubitera. Si manchaba de sangre una toalla, cubitos de hielo. Si se derramaba cerveza en la alfombra de la salita, eso es, cubitos de hielo.
   Ah, mujer, qué limpia era. En casa todo parecía nuevo, por viejo que fuera. Toallas, sábanas, almohadones bordados y aquellos tapetes, los que llaman caminos de mesa, y esos que se ponen en las. butacas para la cabeza, ésos, siempre los tenía blancos y almidonados como cuello de monja. Lo que yo te diga. Todo lo almidonaba y planchaba. Mis calcetines, mis camisetas. Incluso planchaba los calzoncillos. Que sí, me volvía loco con sus cubitos. Pero ahora que está muerta..., bueno, así es la vida.
        
    SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 187—189.
        

miércoles, 3 de octubre de 2012

ÉRASE UN HOMBRE, ERASE UNA MUJER, Sandra Cisneros




ÉRASE UN HOMBRE, ERASE UNA MUJER
       
   Érase un hombre y érase una mujer. Cada día de pago, un viernes de cada dos, el hombre iba al Friendly Spot Bar a beber y a gastarse el dinero. Cada día de pago, un viernes de cada dos, la mujer iba al Friendly Spot Bar a beber y a gastar su dinero. El hombre cobraba el primer y el cuarto viernes de cada mes. La mujer cobraba el primer y el tercer viernes de cada mes. Por esa razón, el hombre y la mujer no se conocían.
   El hombre bebía y bebía con sus amigos y creía que seguía bebiendo le saldrían con más facilidad las palabras para expresar lo que sentía, pero normalmente bebía y no decía nada. La mujer bebía y bebía con sus amigas y creía que si seguía bebiendo le saldrían con más facilidad las palabras para expresar lo que sentía, pero normalmente bebía y no decía nada. Un viernes de cada dos, el hombre bebía su cerveza y reía a carcajadas. Un viernes cada dos, la mujer bebía su cerveza y reía a carcajadas.  
   En casa, cuando caía la noche y salía la luna, la mujer alzaba sus ojos claros a la luna y lloraba. El hombre, en su cama, contemplaba la misma luna y pensaba en los millones que habrían mirado la luna antes que él, los que habrían adorado o amado o muerto ante aquella misma luna, muda y amorosa. Entonces la luz azul fluía por su ventana y se entrelazaba con la claridad de las sábanas. La luna, la misma O redonda. El hombre miraba y tragaba.
         

SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 193-194.

jueves, 13 de septiembre de 2012

SALVADOR TARDE O TEMPRANO, Sandra Cisneros


SALVADOR TARDE O TEMPRANO
        
        
   Salvador, con ojos de color de oruga; Salvador, con el pelo torcido y los dientes torcidos; Salvador, de cuyo nombre la profesora no se acuerda, es un chico que no es amigo de nadie, que corre en esa vaga dirección donde las casas son del color del mal tiempo, vive detrás de una puerta de contrachapado, achucha a sus hermanos dormidos para que despierten, les abrocha los zapatos, los peina con agua, les da leche y cereales en una taza de latón, en la turbia oscuridad de la mañana.
   Salvador, tarde o temprano, llega antes o después con la hilera de sus hermanos menores ya listos. Ayuda a su madre, que está ocupada con el trabajo que le da el bebé. Tira de los brazos de Cecilio, de Arturito, los apremia porque hoy, como ayer, Arturito ha tirado la caja de puros llena de lápices y ha soltado centenares de deditos rojos, verdes, amarillos, azules y un pedazo de dedito negro, palitos que rebotan y se derraman por encima y más allá de los charcos del asfalto, hasta que la mujer policía que vigila el cruce interrumpe la corriente de tráfico para que Salvador los vuelva a recoger.
    Salvador, dentro de aquella camisa arrugada, dentro de aquella garganta que necesita carraspear y pedir perdón cada vez que habla, dentro de aquel cuerpo de chico de veinte kilos con su geografía de cicatrices, su historia de dolor, sus miembros rellenos de plumas y andrajos; en alguna parte de los ojos, en alguna parte del corazón, en aquella jaula del pecho donde algo pulsa con ambos puños y sabe sólo lo que Salvador sabe, dentro de aquel cuerpo demasiado pequeño. Para contener los centenares de globos de la alegría y la guitarra solitaria de la pena, hay un chico como cualquier otro de los que desaparecen por la puerta, junto a la entrada principal del colegio, donde ha dicho a sus hermanos que esperen. Toma las manos de Cecilio y Arturito, se escabulle esquivando los muchos colores del patio esco1ar, los codos y las muñecas que se entrecruzan, los muchos zapatos que corren. Se hace más y más pequeño en la distancia, se disuelve en el luminoso horizonte, flamea en el aire antes de desaparecer como una remembranza de cometas.

SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 27.28.

viernes, 3 de agosto de 2012

CADERAS, Sandra Cisneros


CADERAS        
        
Me gusta el café, me gusta el té.
Me gustan los chicos y yo les gustaré.
Sí, no, quizá sí. Si, no, quizá no...
        
   Un buen día te despiertas y ahí están. Listas y esperándote, como un Buick nuevo con las llaves puestas. Listas para llevarte... ¿adónde?
   Sirven para sostener a un crío mientras cocinas, dice Rache!, y le da vueltas un poco más deprisa a la comba. No tiene imaginacion.
   Hacen fa!ta para bailar, dice Lucy.
   Si no las tienes te puedes convertir en un hombre. Lo dice Nenny, y se lo cree. Es así por su edad.
   Es verdad, añado antes de que Lucy o Rachel se burlen de ella. De acuerdo, es tonta, pero es mi hermana.
   Aunque lo más importante es que las caderas son científicas, digo, repitiendo lo que me ha contado Alicia. Por los huesos se sabe qué esqueleto era de hombre cuando era un hombre, y cuál era de mujer.
   Florecen como las rosas, continúo, porque es obvio que soy la única que puede hablar con autoridad; la ciencia está de mi lado. De repente, un buen día se abren los huesos. Así de simple. Si un día decidieras tener niños, ¿dónde los meterías? Has de tener espacio. Los huesos tienen que ceder.
   Pero que no sean muy grandes, o se te ensanchará el trasero. Eso suele ocurrir, dice Rachel, cuya mamá es ancha como una barca. Y nos reímos.
   Mi pregunta es: ¿quién de nosotras está preparada? Hay que saber que haras con las caderas cuando aparezcan, digo improvisando a medida que hablo. Tienes que saber andar con caderas, o sea, practicar: como si la mitad de tu cuerpo quisiera caminar hacia un lado y la otra mitad hacia el otro.
   Eso es para acunarlo, dice Nenny, para que duerma el niño que llevas dentro. Y luego se pone a cantar caracolas, campanillas, seca, saca, se acabó.
   Estoy a punto de decirle que es lo más estúpido que he oído en mi vida, pero cuanto más lo pienso...
   Has de coger el ritmo, y Lucy empieza a bailar. Lo sabe hacer, aunque le cuesta mantener tenso el extremo de la comba.
   Tiene que ser así, digo. Ni demasiado deprisa ni demasiado despacio. Ni demasiado deprisa ni demasiado despacio.
   Hacemos los círculos dobles más despacio para que Rachel, que acaba de entrar de un salto, pueda coger la práctica de las vueltas.
   Yo quiero sacudirme como huchi-cuchi, dice Lucy. Está loca.
   Yo quiero moverme como hibi-jibi, digo yo, porque es mi turno.
   Yo quiero que sea Tahiti. O merengue. O electricidad.
   ¡O tembleque!
   Sí, tembleque. Ésa es buena.
   Y entonces empieza Rachel:
Fuera, fuera,
mueve la cadera.
Date la vuelta
y toca madera.
        
   Lucy espera un rato hasta que le toque. Está pensando. Luego empieza:
        
Una camarera tenía tan anchas las caderas
que alquiló un piso sin escaleras
y dice que nadie la besa dé veras
porque...
¡porque se parece a Cristóbal Colón!
Sí, no, quizá sí. Sí, no, quizá no.

   Al llegar a quizá no, tropieza. Yo espero un poco antes de empezar, tomo aire y me lanzo:
         A veces las caderas son pequeñitas.
A veces se hinchan como las tiritas
cuando sales de la bañera.
A mí me da lo mismo como sean
siempre que tenga caderas.
        
   Ahora seguimos el rollo todas menos Nenny, que aún murmura yo no soy bonita ni lo quiero ser. Es así.
   Cuando los dos arcos de la cuerda se abren como mandíbulas, Nenny salta desde mi lado, con la comba haciendo tiqui tiqui y con los pendientitos de oro que mamá le regaló por su primera comunión balanceandose. Tiene el mismo color que el jabon de fregadero, es como la pequeña pieza marróli que queda después de lavar, el hueso duro de mi hermana. Abre la boca. Empieza:
        
El cocherito leré
me dijo anoche leré
que si quería leré
montar en coche leré.
        
   Esa Canción tan vieja no, le digo. Tiene que ser una cancion tuya. Inventatela, ¿entiendes? Pero no lo entiende, o no lo quiere entender. No sé cuál de las dos Cosas. La cuerda da vueltas y vueltas y vueltas...
        
Al pasar la barca
me dijo el barquero
las runas bonitas
no pagan dinero.
Yo no soy bonita
ni lo quiero ser...
        
   Se nota que Lucy y Rachel están enfadadas, pero no dicen nada porque es mi hermana.        
Sí, no, quizá sí. Sí, no, quizá no...
        
   Nenny, la llamo, pero no me oye. Está a demasiados años luz. Está en un mundo al que las demás ya no pertenecemos. Nenny. Se va. Se va.
        
¡Pim pon fuera!

SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 75-79.

miércoles, 4 de julio de 2012

CHANCLAS, Sandra Cisneros



CHANCLAS
        
   Soy yo, mamá, dijo mamá. Abrí y ahí estaba, cargada de bolsas y cajas grandes, la ropa nueva. Y, sí, había conseguido los calcetines y una braguita nueva con una rosita y un vestido de rayas rosas y blancas. ¿Y los zapatos? Me he olvidado. Ya es demasiado tarde. Estoy cansada. ¡Uf!
   Ya son las seis y media y el bautizo de mi primito se ha acabado. Todo el día esperando con la puerta cerrada, no abras a nadie, y yo sin abrir hasta que vuelva mamá y lo haya comprado todo menos los zapatos.
   Ahora vendrá el tío Nacho con su coche y tendremos que darnos prisa para llegar pronto a la iglesia de la Preciosa Sangre porque la fiesta del bautizo es allí, en el sótano que han alquilado para que podamos bailar y comer tamales y los críos corran por todas partes.
   Mamá baila, se ríe, baila. De repente, mamá está mareada. Le doy viento con una bandeja de papel. Demasiados tamales, pero el tío Nacho dice que demasiado de esto, y se lleva el pulgar a los labios.
   Todo el mundo se ríe menos yo, porque llevo el vestido nuevo, a rayas rosas y blancas, y ropa interior nueva y calcetines nuevos y los viejos zapatos Oxford que uso para el colegio, marrones con una tira blanca, los que me compran cada año en septiembre porque son muy resistentes, y es verdad que Io son. Mis zapatos gastados y redondos y los tacones destrozados resultan estúpidos con este vestido, así que me siento.
   Mientras tanto, ese niño que es mi primo por primera comunión, o algo así, me saca a bailar y yo no puedo. Meto los pies debajo de la silla metalica plegable que tiene escrito Preciosa Sangre y rasco un bulto marrón de chicle que hay enganchado debajo del asiento. Digo que no con la cabeza. Mis pies crecen y crecen.
   Entonces el tío Nacho tira y tira de mi brazo y da lo mismo cómo sea el vestido nuevo que me ha comprado mamá porque mis pies son feos hasta que mi tío, que es un mentiroso, dice: Eres la chica más guapa que hay por aquí, ¿quieres bailar?, y yo le creo y, sí, estamos bailando, el tio Nacho y yo, solo que al principio yo no quiero. Me cuelgan los pies, grandes y pesados como granadas, pero los arrastro sobre el suelo de linóleo hasta el mismo centro, donde el tío quiere que todo el mundo vea el nuevo baile que hemos aprendido. Y el tío me hace dar vueltas y mis brazos huesudos se doblan tal como él me enseñó y ese niño que es mi primo por primera comunion esta mirando y todo el mundo dice uau, quiénes son esos dos que bailan como en las películas, hasta que me olvido de que llevo mis zapatos normales, marrones y blancos, esos que compra mi madre cada año para ir al colegio.
   Y sólo oigo aplausos cuando acaba la música. Mi tío y yo hacemos una reverencia y voy con él andando con mis zapatones hasta donde se sienta mi madre, que está orgullosa de ser mi madre. Durante toda la noche, el chico que ya es un hombre me mira mientras bailo. Sí, me miraba.
        
SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 72-73.

domingo, 1 de julio de 2012

UN SANDWICH DE ARROZ, Sandra Cisneros


UN SANDWICH DE ARROZ

   Los niños especiales, los que llevan las llaves colgadas del cuello, van a comer a la cantina! ¡La cantina! Hasta el nombre suena importante. Y estos chicos van allí a la hora de comer porque sus madres no están en casa o porque viven demasiado lejos.
   Yo no vivo lejos, pero tampoco cerca, y no sé cómo un día se me metió en la cabeza pedirle a mi madre que me hiciera un sándwich y me escribiera una nota para la directora pidiendo que también yo pudiera comer en la cantina.
   Ah, no, me dijo señalándome con el cuchillo de la mantequilla como si yo me estuviera metiendo en líos, no, señor. En cuanto me despiste, todo el mundo querrá una bolsa con el almuerzo y me pasaré la noche despierta, cortando pan en triangulitos, éste con mahonesa, éste con mostaza, el mío sin pepinillos pero con mostaza en un lado, por favor. Os encanta inventar maneras de darme más trabajo, niños.
   Pero Nenny dice que ella no quiere comer en el colegio, nunca, porque le gusta ir caminando a casa con su mejor amiga, Gloria, que vive enfrente del colegio. La madre de Gloria tiene una televisión en color grande y no paran de ver dibujos animados. Por otra parte Kiki y Carlos son patrulleros. Tampoco quieren comer en el colegio. Les gusta pasar frío en la calle, sobre todo cuando llueve. Consideran que es bueno sufrir desde que vieron la película 300 Spartans.
   Yo no soy espartana y levanto mi bracito anémico para demostrarlo. Ni siquiera puedo inflar un globo sin marearme. Y además, soy capaz de hacerme la comida yo misma. Si comiera en el colegio habría menos platos para lavar. Cada vez me verías menos y te gustaría más. Cada día, a la hora de comer, mi silla estaría vacía. ¿Donde esta mi hija favorita? Llorarías y, cuando por fin llegara a casa a las tres de la tarde, me tendrías un cariño especial.
   De acuerdo, de acuerdo, dice al fin mi madre tras aguantar el mismo rollo durante tres días. Y a la mañana siguiente me voy al colegio con la carta de mi madre y un sándwich de arroz, porque nosotros no podemos permitirnos carne al mediodía.
   Tanto da que sea lunes o viernes, las mañanas siempre pasan despacio y aquel día aún más. Pero al fin llegó el mediodía y me puse en la cola con los niños que se quedan a comer. Todo va muy bien hasta que la monja que se conoce de memoria a todos los niños de la cantina me mira y dice: ¿Y a ti quién te ha enviado aquí? Y como soy tímida no contesto, sólo alargo la mano con la carta. Esto no sirve para nada hasta que la madre superiora diga que vale, me dice. Sube a verla. Arriba me fui.
   Tuve que esperar a que les diera la bronca a dos chicos que había delante de mí: a uno por algo que había hecho en clase y al otro por algo que no había hecho. Cuando me llegó el turno me quedé de pie delante del gran pupitre lleno de estampas debajo del cristal mientras la madre superiora leía mi carta.
         Decía así:
         
   Estimada madre superiora,
   Por favor permita a Esperanza quedarse en el comedor porque vive demasiado lejos y se cansa. Como podrá ver, está muy delgada. Ruego a Dios que  no se desmaye.
   Atentamente,
Sra. E. Cordero.
         
   No vives tan lejos, dijo ella. Vives al otro lado de la avenida. Sólo son cuatro manzanas. Ni siquiera eso. Quizá tres. Apuesto a que desde mi ventana se ve tu casa. ¿Cuál es? Ven aquí. ¿Cuál es tu casa? Y entonces me hizo subir a una caja de libros y señalar. ¿Ésa?, preguntó mientras señalaba un bloque de tres pisos muy feos, de esos en los que incluso a los harapientos les da vergüenza entrar. Sí, asentí, aunque sabía que aquélla no era mi casa, y me puse a llorar. Siempre lloro cuando las monjas me gritan, incluso cuando no gritan.
   Entonces le di pena y dijo que me podía quedar, sólo por hoy: mañana y pasado te vas a casa. Y yo le dije que sí y que si por favor me daba un Kleenex porque tenía que sonarme.
   En la cantina, que no era nada especial, un montón de niños y niñas me miraban mientras lloraba y me comía el sándwich. El pan ya estaba grasiento y el arroz, frío.


SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 67-70.

miércoles, 23 de mayo de 2012

ALICIA, QUE VE RATONES, Sandra Cisneros

ALICIA, QUE VE RATONES
        
   Cierra los ojos y se irán, dice su padre; y si no, es porque los estás imaginando. Además, lo que tiene que hacer una mujer es dormir para despertarse pronto con su estrella-tortilla, esa que sale pronto, justo a tiempo para subir y sorprender por el rabillo del ojo las patas traseras que desaparecen detrás del fregadero, o debajo de la tina de cuatro pies, o entre las tablas sueltas del suelo que nadie ha reparado.
   Alicia, cuya mamá murió, lamenta que no haya nadie mayor que ella para levantarse y preparar las tortillas de la fiambrera del almuerzo. Alicia, que heredó el rodillo de amasar y el carácter somnoliento de su madre, es joven y lista y acaba de empezar sus estudios en la universidad. Dos trenes y un autobús, porque no quiere pasar toda la vida en una fábrica o detrás del rodillo. Es una, buena chica, mi amiga. Estudia toda la noche y ve ratones, los mismos que según su padre no existen. Nada le da miedo, salvo aquella piel con cuatro patas. Y el padre.



SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp.49-50.

domingo, 20 de mayo de 2012

LA FAMILIA DE LOS PIES PEQUEÑOS, Sandra Cisneros

LA FAMILIA DE LOS PIES PEQUEÑOS
        
   Érase una familia. Eran todos pequeños. Tenían los brazos cortos, las manos pequeñas, ninguno era alto y tenían los pies muy canijos.
   El abuelo dormía en el sofá del cuarto de estar y roncaba entre dientes. Tenía los pies regordetes e hinchados como tamales y se los empolvaba y los embutía en calcetines blancos y zapatos marrones de piel.
   Los pies de la abuela eran adorables, como perlas rosadas, y llevaba zapatos de terciopelo de tacón alto que la hacían caminar como un tentetieso, pero nunca se los quitaba porque eran preciosos.

SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, p. 61.

lunes, 14 de mayo de 2012

Y ALGO MÁS, Sandra Cisneros



Y ALGO MÁS
        
   Los esquimales tienen treinta nombres diferentes para la nieve, digo. Lo he leído en un libro.
   Yo tengo una prima, dice Rachel, que tiene tres nombres distintos.
   No hay treinta clases de nieve, dice Lucy. Sólo hay dos. La limpia y la sucia; limpia y sucia.
   Hay un millón de trillones de clases, dice Nenny, todas distintas. Pero ¿cómo te puedes acordar de cuál es cuál?
   Ella tiene tres apellidos y..., a ver, dos nombres. Uno en inglés y otro en castellano...
   Y las nubes tienen por lo menos diez nombres distintos, digo yo.
   ¿Nombres de nubes?, pregunta Nenny. ¿Nombres como el tuyo y el mío?
   Esa de ahi arriba es un cumulo, y todos miran hacia arriba.
   Son cucos los cúmulos, dice Rachel. Muy propio de ella decir algo así.
   ¿Y esa como se llama?, pregunta Nenny, señalando con un dedo.
   Ésa también es un cúmulo. Hoy todo son cúmulos. Cúmulos, cúmulos, cúmulos.
   No, dice ella. Esa es Nancy, tambien llamada Ojo de Cerdo. Y allá están su prima Mildred, y el pequeño Joey, Marco, Nereida y Sue.
   Hay muchos tipos diferentes de nubes. ¿Cuántos tipos diferentes de nubes se te ocurren?
   Bueno, ahí mismo hay una que parece como espuma de afeitar...
   ¿Y las que parecen como si las hubieran peinado? Sí, eso también son nubes.
   Phyllis, Ted, Alfredo y Julie...
   Hay nubes que parecen grandes campos de ovejas, dice Rachel. Son mis favoritas.
   Y no os olvidéis de los nimbos, las nubes de la lluvia, añado. Esas son algo especial.
   José y Dagoberto, Alicia, Raúl, Edna, Alma y Rickey...
   Hay una nube ancha y fofa que parece como tu cara cuando despiertas después de haberte quedado dormida con la ropa puesta.
   Reynaldo, Angelo, Albert, Armando, Mario...
   Mi cara no. Parece tu cara de gorda.
   Rita, Margie, Ernie...
   ¿La cara de gorda de quién?
   La cara de gorda de Esperanza, la suya. Parece la cara fea de Esperanza cuando llega al colegio por la mañana.
   Anita, Stelia, Dennis y Lolo...
   ¿A quién llamas fea tú, fea?
   Richie, Yolanda, Héctor, Stevie, Vincent...
   Tú no. Tu madre, ésa sí.
   ¿Mi madre? Mejor que no digas eso, Lucy Guerrero. Más te vale no hablar así... Y, si no, despídete de ser mi amiga para toda la vida.
   Digo que tu madre es fea como..., mmmmm... ¡Como los pies descalzos en septiembre!
   ¡Se acabó! Salid las dos de mi jardín antes de que llame a mis hermanos.
   Oh, si sólo estamos jugando.
   Se me ocurren treinta insultos esquimales para ti, Rachel. Treinta palabras que explican cómo eres.
   ¿Ah, sí? Bueno, a mí se me ocurren algunos más. Oh, oh, Nenny. Será mejor que cojamos la escoba. Hoy veo mucha basura en nuestro patio.
   Frankie, Licha, María, Pee Wee...
   Nenny, será mejor que le digas a tu hermana que está loca de veras, porque Lucy y yo nunca volveremos aquí. Jamás.
   Reggie, Elizabeth, Lisa, Louie...
   Haz lo que te dé la gana, Nenny, pero será mejor que no hables con Lucy ni con Rachel si quieres ser mi hermana.
   ¿Sabes lo que eres, Esperanza? Eres como una sopa de crema. Como los grumos.
   Sí, pues tú como un piojo, eso eres tú.
   Boca de pollo.
   Rosemary, Dalia, Lily...
   Mermelada de cucarachas.
   Jean, Geranium y Joe...
   Judías frías.
   Mimi, Michael, Moe...
   Las judías de tu madre.
   Qué tonta.
   Bebe, Blanca, Benny...
   ¿Quién es tonta?
   Rachel, Lucy, Esperanza y Nenny.

        
SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 57-59

sábado, 12 de mayo de 2012

DARIUS Y LAS NUBES, Sandra Cisneros




DARIUS Y LAS NUBES
        
   Nunca sobra cielo. Te puedes dormir y despertar borracha de cielo, y el cielo te puede reconfortar cuando estás triste. Aquí sobra tristeza y falta cielo. Faltan mariposas y también flores y casi todas las cosas bonitas. Sin embargo, nos arreglamos con lo que podemos e intentamos sacarle provecho.
   Darius, a quien no le gusta el colegio y que a veces es estúpido y casi siempre tontorrón, ha dicho hoy algo sensato, aunque la mayoría de los días no dice nada. Darius, que persigue a las  niñas con petardos o con un palo que ha tocado una rata, y que se cree muy duro, ha señalado hoy hacia arriba porque el mundo estaba lleno de nubes, de esas que parecen almohadas.
   ¿Veis todos esa nube, la gorda?, ha dicho Darius. ¿La veis? ¿Dónde? La que está al lado de esa que parece una palomita de maíz. Ésa de ahí. Miradia. Ésa es Dios, ha dicho Darius. ¿Dios?, ha preguntado algún canijo. Dios, ha contestado él; así de simple.
        
   SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 53-54.


martes, 8 de mayo de 2012

HABÍA UNA MUJER QUE TENÍA TANTOS NIÑOS QUE NO SABÍA QUÉ HACER, Sandra Cisneros


HABÍA UNA MUJER QUE TENÍA TANTOS NIÑOS QUE NO SABÍA QUÉ HACER
        
   Los niños de Rosa Vargas son demasiados, una pasada. Bueno, no es culpa suya, lo que ocurre es que ella es su madre y es una contra muchos.
   Son malos, los Vargas, y cómo no lo van a ser si sólo tienen una madre que está siempre cansada de abrocharles los botones y darles el biberón y acunarlos y que cada día, llora por el hombre que se largó sin dejar ni un dolar para salchichón ni una nota explicando por qué.
   Estos niños se cargan los árboles y saltan entre los coches y se cuelgan cabeza abajo por las rodillas y siempre están a punto de romperse como esos jarrones de los museos que no se pueden reponer. Les parece divertido. No respetan bicho viviente, ni siquiera a sí mismos.
   Pero con el tiempo te hartas de preocuparte por unas criaturas que ni siquiera son tuyas. Un día juegan a hacer el pollo en el techo del señor Benny. El señor Benny les dice: Niños, ¿no tenéis nada mejor que hacer que pasear por ahí arriba? Bajad, bajad ahora mismo. Y ellos se limitan a escupir.
   ¿Lo ves? A eso me refiero. No me extraña que todo el mundo se haya hartado. Ni siquiera miramos cuando el pequeño Efren se partió el diente contra un parquímetro, y nadie, intentó evitar que Refugia metiera la cabeza entre dos tablones de la puerta trasera y se quedara allí atrapada, ni nadie levantó la mirada el día que Ángel Vargas aprendía a volar y cayó del cielo como un buñuelo, como una estrella fugaz, y estalló al llegar a tierra sin ni siquiera un «Oh».
        
SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 47-48.
Ilustración: Skizze

jueves, 15 de marzo de 2012

GATHY, LA REINA DE LOS GATOS




GATHY, LA REINA DE LOS GATOS

   Ella dice: soy la tatara tatara sobrina nieta de la reina de Francia. Vive arriba, justo encima, en el piso de al lado de Joe, el ladrón de niños. Apartaos de él, dice. Es muy peligroso. Benny y Blanca son los dueños de la tienda de la esquina. Todo está bien, mientras no te apoyes en el mostrador de los caramelos. En la otra acera viven dos niñas harapientas como ratas. No te gustaría conocerlas. Edna es la Dueña del edificio contiguo al tuyo. Antes tenía una casa grande como una ballena, pero su hermano la vendió. La madre les decía que no, no, no la vendáis nunca. No la venderé. Y, en cuanto cerró los ojos, él la vendió. Alicia se ha vuelto antipatica desde que se fue al colegio. Antes yo le gustaba, pero ahora no. Cathy, que es la reina de los gatos, tiene gatos y gatos y gatos. Cachorros de gato; gatos grandes, gatos huesudos, gatos enfermos. Gatos dormidos como pequeñas rosquillas. Gatos encima de la nevera. Gatos que se pasean por la mesa. Su casa es como un paraíso de gatos.
   O sea que quieres una amiga, me dice. Vale. Seré tu amiga, pero sólo hasta el martes que viene. Ese día nos mudaremos. No hay más remedio. Y luego, como si se olvidara de que yo acabo de llegar, me dice que este barrio está cada vez peor.
   El padre de Cathy tendrá que viajar a Francia y encontrar al tatara tatara tío abuelo lejano por parte de padre para heredar la casa de la familia. ¿Que cómo lo sé? Me lo dijo ella. Mientras tanto, se tendrán que mudar un poquito más al norte de Mango Street, un poquito más allá cada vez que la gente como nosotros venga más acá.


SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, páginas 21-22.

martes, 6 de marzo de 2012

RUTHIE, LA DE EDNA, Sandra Cisneros



RUTHIE, LA DE EDNA

   Ruthie, dama alta y delgaducha con carmín en los labios y pañolón azul en la cabeza, un calcetín azul y el otro verde porque se despisto, es la única adulta de las que conocemos a quien le gusta jugar. Saca a pasear a su perro Bobo y se ríe sola, esa Ruthie. No necesita reírse con nadie, simplemente se ríe. 
   Es la hija de Edna, la dueña del edificio grande de al lado, tres apartamentos, delante y detrás. Cada semana, Edna le grita a alguien y cada semana alguien tiene que mudarse. Una vez echó a una embarazada sólo porque tenía un pato, y encima era un pato bonito. Pero Ruthie vive allí y Edna no puede echarla porque Ruthie es su hija.
   Parece que Ruthie vino un día de ninguna parte. Ángel Vargas intentaba enseñarnos a silbar. Entonces oímos silbar a alguien, un silbido bonito, como el del ruiseñor del emperador, nos dimos la vuelta y allí estaba Ruthie.
   A veces vamos de compras y nos llevamos a Ruthie, pero nunca entra en las tiendas, y cuando entra se queda mirando alrededor suyo como un animal salvaje encerrado en una casa por primera vez.
   Le gustan los caramelos. Cuando vamos al colmado del señor Benny nos da dinero para que le compremos unos cuantos. Dice que nos aseguremos de que son de los, blandos porque le duelen las muelas. Luego promete que irá al dentista la semana que viene, pero cuando llega la semana que viene no va.
   Ruthie ve cosas adorables por todas partes. A veces le estoy contando un chiste y ella me interrumpe y dice: La Luna es bonita como un globo. O alguien está cantando y ella señala hacia unas nubes: Mira, Marlon Brando. O una esfinge que guiña un ojo. O mi zapato izquierdo.    
   Una vez vinieron de visita unos amigos de Edna y le preguntaron a Ruthie si quería ir con ellos a jugar al bingo. El coche tenia el motor en marcha y Ruthie estaba en la escalera pensando si iría. ¿Debo ir, mamá?, preguntó a la sombra gris que vigilaba detrás de la puerta-lámpara del segundo piso. Tanto me da, dice la puerta-mampara, ve si quieres. Ruthie miró al suelo. ¿Tú que piensas, mamá? Haz lo que quieras, ¿qué sé yo? Ruthie siguió mirando al suelo un rato. El coche espero quince minutos con el motor aún en marcha y luego se fueron. Aquella noche, cuando sacamos el mazo de cartas, dejamos que Ruthie repartiera.
   Ruthie podría haber sido muchas cosas si hubiese querido. No sólo sabe silbar bien, sino que también sabe cantar y bailar. Cuando era joven le ofrecían muchos trabajos, pero nunca los aceptó. En vez de eso, se casó y se mudó a una bonita casa fuera de la ciudad. Lo único que no entiendo es por que Ruthie vive en Mango Street si no le hace falta, por qué duerme en un sofá en el cuarto de estar de su madre cuando tiene una casa de verdad toda para ella; dice que sólo está de visita y que el próximo fin de semana volverá su marido para llevarla a casa. Pero los fines de semana vienen y se van y Ruthie se queda. No importa. Nos encanta porque es nuestra amiga.
   Me gusta enseñarle los libros que saco de la biblioteca. Los libros son maravillosos, dice Ruthie, y luego les pasa la mano por encima como si pudiera leerlos en Braille. Son maravillosos, maravillosos, pero yo ya no puedo leer. Me da dolor de cabeza. Tendré que ir al oculista la semana que viene. Yo antes escribía libros para niños, ¿nunca te lo he dicho?
   Un día me aprendí de memoria La morsa y el carpintero porque quería que Ruthie me escuchara. «El sol brillaba sobre el mar, brillaba con toda su intensidad...» Ruthie miraba al cielo y a ratos se le humedecían los ojos. Por fin llegué a las últimas lineas: «Pero no obtuvo respuesta, lo cual no era extraño porque se los habían comido a todos...» Ella estuvo mucho rato mirándome antes de abrir la boca y entonces, dijo: Tienes los dientes más bonitos que jamás he visto, y se fue para dentro.
         
         
SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, páginas 101-104.