martes, 9 de noviembre de 2010

LA CENA, Herman Koch

—¿Es cierto que usted en la noche de autos estaba sirviendo las mesas?
—Sirviendo, no. Yo era una simple auxiliar del maître.
—¿Por qué fijó su atención en la mesa de los Logman?
—El señor Serge Logman era un cliente habitual. A mi jefe siempre le gustaba dar trato preferente a los famosos. Logman era el candidato a primer ministro. No necesitaba reservar mesa con antelación. De todos modos, yo esa noche no me fijé en él, sino en su hermano. Paul Logman había sido mi profesor de historia.
—¿Eso fue lo que motivó que no fuese tan discreta como se le exigía en su trabajo?
—Tal vez. Su conducta no sólo motivó mi curiosidad. Hasta en la cocina mis compañeras también se percataron de las discusiones. Otros comensales desatendieron sus platos para mirarlos.
—En su declaración dice haber oído al encausado Paul Logman mencionar ciertas opiniones acerca de la pena de muerte. ¿Podría ser más precisa?
—Hablaban del suceso del cajero automático. En aquellos días cualquier persona hablaba de la mendiga a la que habían quemado. Todo el país había visto el vídeo en televisión. Eso no me sorprendió. Fue el modo de argumentar, igual de demagógico que en sus clases. Eso es algo que yo no podré olvidar.

HERMAN KOCH, La cena, Salamandra, Barcelona, 2010.

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