martes, 9 de junio de 2009

GRETA LA LOCA, Geert de Kockere



GRETA LA LOCA

¿Conocéis a Margarita, Margarita a la que llaman Greta? Cuando nació era la dulce Margarita, y realmente era una dulzura: una niña adorable, una preciosidad. Una muñequita encantadora. Hasta que creció lo suficiente para ser traviesa. Entonces quería todo lo que no podía tener. O todo o que no podía hacer: Caminar por el mar, ir hasta Inglaterra andando. Lanzar a gente al vacío desde una torre muy alta, sólo para divertirse. Uno detrás de otro. Y después mirar hacia abajo, para ver qué quedaba de ellos.
—¡No! ——gritaba su padre constantemente.
—¡No! —decía muy a menudo su madre.
—¡No! Margarita, cariño, no puedes hacer eso, no…
Lo decían suavemente y lo gritaban con fuerza. Lo decían uno después de otro y lo decían al unísono. O lo gritaban al límite de sus propias voces. —¡No! ¡No! ¡¡¡¡No!!!! Pero de nada servía: la dulce Margarita no les hacía ni caso. Sacaba la lengua y gritaba, mucho más fuerte de lo que podían gritar su padre y su madre juntos. —¡¡¡Pues sí!!! Y arrancaba todas las flores de la tierra. De raíz.
De este modo fue como la dulce Margarita se convirtió en Margarita, Margarita la traviesa. Y luego se volvió aún más mala. Y Margarita pasó a ser Greta, Greta la loca. Decía palabrotas y chillaba, soltaba patadas y puñetazos. Arramblaba con todo lo que pudiera agarrar y no pesara demasiado, aunque no fuera suyo. Soltaba bufidos y escupitajos, hacía unos ruidos espantosos con la nariz que indicaban inequívocamente que iba a escupir Nadie quería sen­tarse a su lado: en clase. Nadie quería pasear a su lado; en la feria. Nadie quería acariciarla; en la oscuridad. Nadie quería casarse con ella. Nadie. Y eso la ponía furiosa, tanto que empezaba a soltar palabrotas aún peores. Las gri­taba. Las chillaba. —¡Iros al infierno! —solía gritar —¡Vete tú! —le contestaban. Y deseaban que así fuera. Lo deseaban de veras.
Un día desapareció. Greta la loca se había esfumado. Nadie sabía adónde había ido. De hecho tampoco querían saberlo. A nadie le importaba. Sólo su padre y su madre lo lamentaron un poquito. Pero sólo unos días.
Greta se había esfumado y ya no volvería jamás.
—¡Vete tú! —le habían gritado
Y realmente deseaban que así fuera. Y Greta la loca lo había entendido per­fectamente; había recogido cuatro cosas y se había marchado. Directa hacia el infierno, a buscar al diablo. Quería preguntarle algo al diablo. Quería pre­guntarle si la quería con él. Si cuidaría de ella. Si le daría su corazón. Por eso había partido hacia el infierno, aunque no sabía exactamente dónde estaba. O yacía. O colgaba.
Greta la loca simplemente se dejó llevar por su olfato y pronto se encontró cerca del infierno. Al menos, eso pensaba ella. Porque había fuego, muchísimo fuego. Muchísimo fuego ardiente. Y había unos hombrecillos, diablillos con una larga horca. La utilizaban para pinchar carne humana y asarla al fuego. Sólo para divertirse. Por encima de las lla­mas de ese fuego ardiente. ¡Y se reían! Hasta que se quemaba. Se retorcían de risa! Hasta que se chamuscaba. Hasta que apestaba. Ummmm, delicioso, y los hombrecillos olisqueaban, ansiosos por hincarle el diente.
Greta los apartó a patadas. Algunos hombrecillos cayeron sobre sus propias fogatas En llamas. Chillaban. Pedían ayuda a gritos. Pero Greta ni siquiera miró atrás. Simplemente siguió corriendo.
Porque Greta, la que en lugar de querer queretaba, a que en lugar de gritar gretaba, Greta era Greta la loca, la que cada día más loca estaba.
Por el camino encontró a mucha más gente. Gente martirizándose los unos a los otros. De la manera más cruel posible. La más diabólica posible. Muerte y llamas. Y nadie, nadie sabía exactamente por qué hacían todo eso. De vez en cuando sonaba un tañido en alguna parte.
Un tañido con el sonido de la muerte.
Profundo y triste.
Un tañido de muerte.
Greta se abrió paso entre todo aquello.
«Ya casi he llegado», pensó Greta. Porque todo era cada vez más feo y más gris. Y horrible. Horrible para ti y para mí. Nosotros habríamos gritado y chilla­do. Habríamos temblado, habríamos sentido escalofríos. Habríamos mojado los pantalones del miedo. Pero Greta no, Greta la loca no tenía miedo. Le parecía un juego de niños. Le parecía divertido. Se sentía como en casa.
Greta, la que en lugar de querer queretaba, la que en lugar de gritan gretaba, Greta, cada día más loca estaba.
Ya estaba muy cerca. Eso pensaba ella. Porque apenas ya nada era lo que era. Lo que había sido. Locos saltando por todas partes, mitad humanos, mitad animales. Iban dando brincos con la cabeza entre las piernas. Sin cuerpo. O se arrastraban, entrando y saliendo de la tierra. Como si no supieran por dónde se entraba y por dónde se salía. Aquellos eran humanos monstruosos. O monstruos que tenían algo humano. Sólo eso.
Los peces (o lo que quedaba de ellos) se arrastraban por el suelo y devoraban a la gente. Alguien llevaba una barca sobre la espalda. Solamente porque le parecía divertido llevar una barca a cuestas. O quizás no le parecía divertido. Quizás era un castigo. Cargar eternamente con una barca sobre la espalda. Era un castigo cruel.
Hasta que caminara encorvado.
Hasta que se quedara encorvado.
Hasta que muriera encorvado.
El lugar olía a cosas rotas. Apestaba a basura podrida. Y a los pies del árbol cuyas raíces sorbían el mal de la tierra, podía verse una cabeza. Si te fijabas bien. Una cabeza gigante con unos ojos a punto de estallar, ojos de necio. Y esa cabeza tenía una boca. Y esa boca estaba abierta, de par en par. Y dentro de la boca había mucha agitación. Dentro de la boca había una gran irritación. Dentro de la boca el olor era aún más fétido.
¡El Diablo!—exclamó Greta, y sus palabras parecieron una maldición. Pero nadie se giró. Nadie alzó la cabeza. Nadie le hizo caso.
En algún tiempo hubo un muro alrededor de la cabeza, aún podía verse clara­mente. La gente había intentado esconder al diablo, encarcelarlo, apartarlo de la vista. Con la esperanza de poder olvidarlo, olvidar que existía. Pero el muro se había hecho añicos. El muro había caído. Porque la gente caía también.
Por un momento, Greta permaneció quieta Sólo por un momento. Un momento entre el infierno y el purgatorio. Un momento de duda, quizás. Una pequeña duda. Porque Greta vio, porque Greta sabía que la cabeza era el diablo y dentro de ella estaba el infierno. De allí salía puro veneno, O quizás entraba Así pues, por un momen­to Greta dudó. Pero luego se abrió paso hacia dentro a base de patadas y mandobles. A través de la boca del diablo, La boca abierta de par en par La boca que era una puerta, la puerta del infierno!
El lugar apestaba incluso más que afuera. Olía a desechos rancios. A gente mal digerida.
—¡Diablo! —gritó Greta—. ¡Diablo, aquí estoy. Pero el diablo no contestó.
—¡Diablo! —chillaba Greta—. ¡Diablo, aquí estoy! ¿Me quieres tomar?
Pero el diablo no respondía. El diablo nunca responde. No importa o que le preguntes, nunca obtienes una respuesta.
Se adentró aún más en el infierno. Buscaba el corazón del diablo, pero el diablo no tiene corazón. Buscaba el alma del diablo, pero el diablo no tiene alma.
—¡Diablo! —gritaba Greta desde las profundidades del infierno—. ¡Diablo, aquí estoy! ¡Tómame!
Pero el diablo no la tomó. El diablo jamás toma nada él mismo. Uno se entre­ga. Se entrega al diablo. Y el diablo no intervino. El diablo jamás interviene. Greta corrió arriba y abajo con rabia. Greta rugió y chilló. Lanzó patadas y juramentos. Y el diablo no intervino. Porque uno tiene que entregarse.
Llena de rabia, Greta tomó su espada, su larga espada, su espada larga y afilada, su espada larga y afilada y letal, y se atravesó el corazón. Luego estaba muerta. Muerta como una piedra. Muertísima.
Greta, la que en lugar de querer, queretaba, la que en lugar de gritar, gretaba, Greta se había entregado.

Completamente…

GEERT DE KOCKERE & CARLL CNEUT, Greta la loca, Barbara Fiore, Jerez de la Fontera, 2006, 30 páginas.



1 comentarios:

Francisco dijo...

Todos los libros que conozco editados por BARBARA FIORE resultan extremadamente sugerentes.

En este caso, el texto escrito a partir del cuadro de Pieter Brueghel el Viejo es admirable.
Las ilustraciones aproximan, muy adecuadamente, al mundo infantil ese universo infernal.

En el enlace a la editorial se pueden ver fragmentos del libro y reseñas que prestigian una publicación que debiera estar en todas las bibliotecas que busquen acercar amenamente el ARTE a los ojos de la infancia.