domingo, 2 de mayo de 2010

DAPHNE, Manuel Villena


DAPHNE

Yo nunca he tenido una pareja rumana, a la que poder explicar qué significa en español “deshojar la margarita”.
La soledad te arroja, sin piedad, a la observación sociológica.
A mi lado una niña le pregunta a su madre:
-¿Qué le dice un perro mojado a un perro empapado?
La madre desconoce la respuesta. Si la cosa fuese conmigo, yo también debería ladear la cabeza.
-¡Hace una tarde de humanos!
Ante esa candidez, me doy cuenta de que tampoco he tenido una pareja inglesa, ni una pareja canadiense (más difícil una australiana) a la que pudiera ofrecer una equivalencia:
-It's raining cats and dogs!
Antes de hablar de perros en esta tarde primaveral, la niña le dijo a su madre:
-¡Mamá, mamá! ¡Mira: las nubes aquí se mueven!
Es una niña preciosa, de ojos levemente rasgados. Lleva la melena recogida por un prendedor de nácar, que acentúa el color azabache de su pelo. Todas las miradas, no obstante, se las lleva su risa.
Cuando se cansa de arrancar las primeras margaritas del año, su madre le tiende la mano y se la lleva del parque con la promesa de un helado. Oigo su nombre: Daphne.
Puestos a elucubrar, imagino que Dafne proviene de un país de horizontes eternamente despejados, donde, de vez en cuando, nubes de algodón permanecen ancladas en el cielo, como las notas que dejo en el corcho de mi estudio, con las obligaciones que me impongo: Hoy “Recoger antihistamínicos” en mala vecindad con “Procurar ser feliz sin rémoras”.
De camino a la farmacia, cuido no pisar las rayas de las baldosas: salto de una a otra (como en un tablero de frases hechas) mientras calculo las diferencias entre la vida que le supongo a Daphne y la mía.
Mi vida no es gris. Tal vez marrón: del color de ese papel de estraza que utilizan para ocultar los escaparates de las tiendas.
Yo espero que algo suceda y que alguien retire el papel para que, ante mí, aparezca un despliegue de blusas rosas, faldas floreadas y otros complementos. Aunque también sé, que más fácil es que los pliegos vayan amarilleando, bajo un cartel que anuncia, indefinidamente, un traspaso.
En la farmacia la rinitis me recuerda que también he de comprar pañuelos. De papel. Blancos. Un paquete igual al que pronto sacará del bolso esa madre feliz, para limpiar de chocolate la comisura de los labios de Daphne.

1 comentarios:

xiztoria dijo...

No soy experto en esta lides... pero me impresiona como este autor nos lleva, con imágenes de una fuerza poética muy evocadora, a pasar de la observación sociológica inducida por la soledad, a la observación de la fauna de pensamientos y sentimientos que nos pueblan por dentro(¿"sociología" después de todo?).
Finalmente, uno queda deseando que esta Dafne que acaba de descubrir un cielo de nubes siempre cambiantes, encuentre algún día un Apolo que le ayude a ser feliz sin rémoras ( que, después de todo, es lo que deberíamos desearnos todos)

En fin, enhorabuena al administrador que incluye esta entrada porque he disfrutado realmente con ella. Solo me pregunto ¿donde se pueden encontrar obras de este autor? Me gustaría leer más.