domingo, 19 de julio de 2015

UN CHARLATÁN COMPULSIVO EN UN ENTIERRO

UN CHARLATÁN COMPULSIVO EN UN ENTIERRO

   La mayoría de las veces, un libro es un solo libro. En contadas ocasiones, un libro es el afortunado abismo al que se asoma el lector para contemplar su verdadero rostro. Simic, en El monstruo ama su laberinto, conforma un muestrario de pinzas, espéculos, agujas, jeringas y bisturís que llagan las manos ensangrentadas de los que se atreven a pasar página.
   En la sección IV del libro (que traduce el poeta -y aforista- Jordi Doce) leemos: “Cioran escribe: “Dios tiene miedo del hombre... El hombre es un monstruo, y la historia lo ha demostrado”. Esa es la clave: diseccionar la monstruosa fragilidad del hombre, eviscerar, sin piedad ni espanto, el tumor de todas sus contradicciones. Es cierto que, Simic, cirujano y paciente, obtiene de esa autoexploración especular, unas reflexiones que abren la puerta a la sátira: “Los sirvientes de los ricos y poderosos están convencidos de que nosotros les envidiamos su servidumbre”. Pero Simic no se conforma con regodearse señalando los vicios que llevaron a la podredumbre del presente. “El ojo atento empieza a oír”, escribe con áspera lucidez.
   Ese es el tono embriagador que le permite saltar del análisis de su poética a las reflexiones acerca de la naturaleza del arte o el sentido de la vida. A veces, dice (“Toda defensa de la poesía es una defensa de la locura”); otras, sentencia (“La belleza de un momento fugaz es eterna”); en muchas ocasiones, alecciona (“Todo el mundo quiere parafrasear el contenido del poema, salvo el poeta”); frecuentemente, escupe (“ Esa clase de barrio donde es muy probable que una rata tenga a un niño de mascota”).
   Cierra este libro el Epílogo de Seamus Heaney, Abreviando que es Simic, un perfecto escalpelo con el que el lector podría incidir sobre esa línea de puntos discontinua que ha ido trazando la lectura sobre su vientre. Lo abre la sección primera, un conjunto de (micro)relatos, probablemente autobiográficos con los que deslumbra al lector este visionario que explica, con la brillantez de la que carecen otros, el verdadero sentido de su oficio: “El poeta es un charlatán compulsivo en un entierro. La gente le da codazos y le ordena callar, él se disculpa, reconoce que sí, que no es el sitio adecuado, etcétera, pero es incapaz de cerrar el pico”.


CHARLES SIMIC, El monstruo ama su laberinto, Vaso Roto, Madrid, 2015. 163 páginas.

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