martes, 17 de enero de 2017

   —Fíjese sobre todo en los más jóvenes —dijo el inspector—. El que buscamos no debe de tener más de veinticinco años.
    —Hijo de mala madre —Susana Grey aparto los ojos del álbum y miro la foto de Fátima que el inspector seguía teniendo clavada en la pared—. Como hay que ser para hacerle eso a una niña. —Probablemente no es capaz de hacerlo con una mujer adulta. —No me diga que están enfermos —dijo la maestra, con un acceso de dignidad y de rabia—. Que no pueden evitarlo. Es como decir que esos militares serbios de Bosnia no pueden vencer el impulso de matar y violar mujeres. —No pensaba decirlo. «No se corrió», había dicho Ferreras, «el muy carbón ni siquiera tuvo una erección completa». Pero usó los dedos, que eran muy fuertes y tenían las uñas mal cortadas, o con el filo muy áspero, por las señales que habían dejado en la piel de Fátima. Así que seguramente se dedica a un trabajo manual: al inspector le extrañó no haber pensado antes en eso, las uñas de filos rotos de quien trabaja con sus manos, miró las uñas sin pintar en las manos de Susana, deslizándose sobre las[…]

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, hallándose su madre falta de medios e incapacitada por enfermedad y su padre cumpliendo fa arriba señalada condena, al leer eso sintió que enrojecía y que el padre Orduña iba a darse cuenta. El niño de la foto no era él y la noche en la que lo hicieron viajar en el vagón de tercera de un tren helado y lentísimo sin decirle a dónde había sucedido en otra época del mundo, pero la vergüenza, y el remordimiento de sentirla, si eran plenamente suyos, los atributos íntimos de su identidad personal. — Teníamos que enderezaros, que cristianizaros —dijo el padre Orduña—. Nos decían que os enviaban aquí para que os arrancáramos la mala simiente que vuestros padres os habrían inculcado en el alma. Éramos como misioneros, como evangelizadores. —¿Usted creía entonces en eso? —Por supuesto que lo creía —ahora fue el padre Orduña quien bajó la cabeza: cada cual lleva consigo su propio remordimiento, su variedad personal de vergüenza—. Yo tenía mis ideas sobre la caridad y los pobres, pero era un cura integrista. Había estado en la guerra en el lado de los que ganaron. —¿Como capellán? —No, hombre, ojalá —el padre Orduña fingía ordenar[…] 
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—Mira quien eras —el padre Orduña había volcado y desordenado sobre la mesa todo el contenido de la caja de cartón, buscando entre fajos de papeles y entre carpetas de un azul polvoriento con sus manos impacientes y torpes, inclinándose mucho para ver de cerca las caras de las fotografías, las listas mecanografiadas de nombres: Le mostró una hoja que tenía una foto grapada en un ángulo superior, junto al membrete con el yugo y las flechas—. ¿Te acordabas? Pero no podía acordarse, y no por falta de memoria, sino porque jamás había visto un foto suya de niño. La gente no se hacía tantas fotos entonces, no tenían cámaras, ni álbumes donde guardarlas, ni dinero para pagar a un fotógrafo. En casa de Fátima había visto docenas de fotos de la niña muerta, tomadas casi desde el mismo momento en que nació, una cara roja, el pelo tieso y aplastado, los ojos cerrados, una mueca de llanto en la boca. En la penumbra agobiante del piso donde ahora el televisor permanecía funerariamente apagado el padre y la madre de Fátima le mostraron como un copioso tesoro los videos y las fotos en color de la niña, fotos de[…]
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Había sido en una de las conversaciones de la sala de profesores que el inspector prácticamente acababa de llegar, y alguien bajo el tono de voz y dijo saber, de buena tinta, que lo habían trasladado con urgencia desde el País Vasco, y que su destino en una ciudad tan pequeña era tal vez un castigo por algo. Pero ella se resistía a participar en aquellas conversaciones, en parte porque el horror y el sufrimiento por el asesinato de la niña eran demasiado íntimos como para aceptar la degradación morbosa de los rumores y los chismes, en parte también porque sentía un impulso muy fuerte de desprenderse de todos los lazos cotidianos con la escuela y con la ciudad, una urgencia de ir preparando la partida, de solicitar un traslado y concederse a sí misma el privilegio de huir antes de marcharse, aquel estado de espíritu que en otros tiempos se apoderaba jovialmente de ella en vísperas de los viajes, en el principio de aquella vida que había comenzado a los veintidós años, con su título de maestra y su anillo de recién casada, con su hijo todavía embrionario y secreto creciendo como un organismo primitivo en su vientre. 
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—¿Sabe lo que me hace desvelarme muchas veces? —dijo la maestra, Susana Grey, de pie junto a la mesa de Fátima, la cara vuelta hacia el patio donde unos niños de los últimos cursos jugaban al fútbol, como para eludir la mirada del inspector—. Me pongo a pensar que si no les hubiera encargado ese trabajo manual ella no estaría muerta.

    Si no hubiera tenido que ir a la papelería a comprar la cartulina azul y los lápices de colores, si su padre no la hubiese dejado, si su madre, que al irse de compras le había preguntado si quería acompañarla, hubiera insistido un poco más cuando Fátima le dijo que no podía salir, que aún le faltaba terminar los deberes y hacer el trabajo manual, si ella, su madre, no se hubiera marchado, si algún azar mínimo hubiera interrumpido el curso atroz de los hechos idénticos, si no hubiera sido una niña tan seria en su enérgica vitalidad infantil, si no hubiera disfrutado tanto con las cartulinas y las pequeñas tijeras, con las reglas y los lápices de colores y las grandes letras mayúsculas que coloreaba y recortaba luego y pegaba con una exacta pulcritud sobre la cartulina[…]

domingo, 15 de enero de 2017

UNA CABEZA ROTA QUE SE INCENDIA, Augusto Rodríguez

UNA CABEZA ROTA QUE SE INCENDIA

El hombre es una cabeza rota que se incendia por dentro y por fuera. Es una calavera que no tiene salvación ni bandera. Es un pecho que late y que deja de latir sin mayor esfuerzo. El hombre es una cabeza que late y que sueña, aunque sean pesadillas esporádicas. Es una cabeza rota donde se emanan decenas de ideas para sobrevivir, para gozar, para seguir viviendo, aunque todo sea inútil y banal. El hombre es una cabeza que se incendia y que no puede apagar el infierno que lleva dentro.

AUGUSTO RODRÍGUEZ, El libro blanco, Chamán, Albacete, 2016, p. 102.
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Josef Sudek

sábado, 14 de enero de 2017

[JUGAMOS CONTRA TODA LEY...], Carla Badillo Coronado

Jugamos contra toda ley y todo orden
sólo el viento está de nuestro lado
Somos semillas esparcidas en la arena
la noche nos fecundará

CARLA BADILLO CORONADO, El color de la granada, Visor, Madrid, 2016, p. 83.
&
Margarita Georgiadis

viernes, 13 de enero de 2017

[EL PASADO ES...], Agustín Villar

El pasado es un espejo que siempre nos coge de espaldas.

Agustín Villar

MANUEL NEILA (editor), Aforismos contantes y sonantes (Antología consultada), Letras Cascabeleras, Cáceres, 2016, p. 83.
&
Erwin Blumenfeld

jueves, 12 de enero de 2017

[VIVIR ES...], Fernando Menéndez

Vivir es un largo recorrido al punto de partida.

FERNANDO MENÉNDEZ, Los sueños de las sombras, Trea, Gijón, 2016, p. 52.
&
Gernot Schwarz

miércoles, 11 de enero de 2017

[NO ME ACUERDO...], Yago Ferreiro

No me acuerdo de haber seducido a alguien empezando desde cero, esto es, desde el desconocimiento absoluto de su nombre. Desear a alguien es saber nombrarlo.

YAGO FERREIRO, No me acuerdo, Mr. Griffin, León, 2016, p. 44.
&
Lu Cong  [Kelsie]

martes, 10 de enero de 2017

[NI TARTAMUDEOS...], Manuel Villena

Ni tartamudeos ni balbuceos:
sólo
sollozos.
El frío solidifica
mi mudo aliento.

Huyen las palabras.

Manuel Villena
&
Josephine Cardin