viernes, 8 de agosto de 2008

LA OFENSA, Ricardo Menéndez Salmón


XII


El hombre convive con su cuerpo, pero no lo conoce. Al menos no de un modo exhaustivo. Un hombre y su cuerpo son realidades distintas. Segu­ramente eso es lo que permite comprender la esen­cia última del dolor, que no es otra que el desgarro que produce la indiferencia del cuerpo hacia uno mismo. Un dolor de muelas, obstinado y sordo a nuestro deseo, basta para advertir semejante drama. Y seguramente también eso es lo que permite a un ser humano conservar su nombre, su dignidad, aquello que más íntimamente posee, cuando su cuerpo, en la enfermedad, la mutilación o la vejez, ya no le pertenece.
Para entender lo que es un hombre no basta con tomar nota de las partes que lo conforman. No basta con escribir: «Kurt Crüwell es la suma de sus dos piernas, su sistema límbico, su intestino, su pituitaria y sus gónadas.» Hay algo en el todo del hombre que se resiste a ser contemplado a través de la mera adición de partes que lo componen. Supo­ner que esas partes mantienen una vida indepen­diente del hombre que las reúne, implica algo más que una metáfora. En el sexo, cuando el cuerpo se impone y el hombre se ve desbordado por su pro­pia materialidad, o en el esfuerzo físico extremo, cuando los pulmones no responden a la exigencia que de ellos se espera y, por ejemplo, un corredor se derrumba antes de alcanzar la meta, tal evidencia resulta incuestionable.
De ese modo, el cuerpo lleva, hasta cierto punto, una vida independiente de la inteligencia que lo ha­bita, y por eso filósofos y escritores, sin por ello ape­lar a instancias míticas o refugiarse en el oscurantis­mo de la religión, pueden seguir pronunciando pa­labras como alma o autoconciencia. Un hombre sin cuerpo puede saberse a sí mismo. Un hombre que ve su cuerpo desmembrarse, quemarse, empodrecerse, no por ello deja de ser hombre.

No es menos obvio, sin embargo, que el cuerpo, en la vida práctica, es la frontera que se levanta en­tre cualquier hombre y sus iguales, o entre cual­quier hombre y el lugar donde su tiempo transcu­rre: el inundo. Porque el hombre siente y conoce el mundo, fundamentalmente, a través de su cuerpo.

Ante las agresiones del mundo, el cuerpo se protege. Un bacilo activa sus defensas; un chapa­rrón eriza el vello en brazos, nuca y piernas; un ali­mento envenenado afloja los esfínteres. Pero ¿y el horror? ¿Cómo reacciona el cuerpo de un hombre ante la presencia del horror? Grita, sí. Y hace que el corazón bombee más sangre, sí. O, por el contrario, paraliza sus músculos para no ser agredido. El es­pectro de respuestas que el horror genera en el cuerpo es amplísimo. El cuerpo sorprende entonces por su plasticidad. Hay cuerpos que se atenazan y cuerpos que se liberan; hay cuerpos que se arras­tran y cuerpos que se elevan; hay cuerpos que inte­rrogan y cuerpos que responden. ¿Pero puede un cuerpo dimitir de la realidad? ¿Puede un cuerpo, ante la agresión del mundo, ante la fealdad del mundo, ante el horror del mundo, sustraerse a sus funciones, negarse a seguir siendo cuerpo, suspen­der sus razones, abdicar de ser lo que es; esto es, ab­dicar de ser una máquina sensible? ¿Puede un cuer­po decir: «Basta, no quiero ir más allá, esto es de­masiado para mí»? ¿Puede un cuerpo olvidarse de sí mismo?

El 2 de enero de 1941, en la aldea de Mieux, en la Bretaña francesa, no muy lejos del mar, a la vista de noventa y un civiles ardiendo en el holocaus­to de una iglesia de piedra, un cuerpo respondió a todas esas preguntas con un rotundo «sí».

Aquel día, un hombre llamado Kurt Crüwell perdió la sensibilidad.


Ricardo Menéndez Melón, La ofensa, Seix Barral, Barcelona, 2007, pp. 55-58.

1 comentarios:

Unknown dijo...

Me encanta esta parte de Hamlet,y quería compartirla:

"¡Vete a un convento!. ¿Quieres engendrar pecadores?. Yo mismo soy razonablemente virtuoso, y asi y todo, me podrían acusar de tales cosas que mejor sería que mi madre no me hubiese engendrado. Soy muy soberbio,vengativo,ambicioso,con mayor repertorio de maldades que pensamientos para concebirlas,imaginación para planearlas y tiempo para ejecutarlas. ¿Para qué se necesitan individuos como yo arrastrándose entre cielo y tierra?. Somos todos unos bribones redomados,no confíes en nadie...¡Vete a un convento!"