lunes, 2 de abril de 2012

ARMAS, Sandra Petrignani



ARMAS

   Que una niña le pidiese a Papá Noel una pistola o un fusil era algo impensable. Podía jugar con los de sus hermanos o amigos, cuando se lo permitían. Sucedían estos intercambios. Los chicos a veces manipulaban las muñecas y las chicas disparaban. Se entraba en el territorio del otro con prudente impericia o fanfarrona superioridad. Los chicos pretendían lavar las muñecas, las hundían en el agua entre salpicaduras y protestas de las pequeñas madres, las zamarreaban cabeza abajo. Torpemente, las chicas imitaban el gesto ceñudo de los niños al gritar: «¡Estás muerto!», o se lanzaban a la carrera agitando las pistolas sobre sus cabezas, o se sentaban a caballo sobre el brazo de un sillón fingiendo que galopaban y apuntando a los indios. Pero preferían limitarse a observar el objeto extraño, hacer girar mil veces el tambor, repetir, fascinadas, el clic del gatillo, que se correspondía con la reacción del perro. A ellas les gustaba calentar la madera o el plástico de la empuñadura en la palma de la mano, sentir los dedos perfectamente adheridos a los surcos que facilitaban el agarre. El fusil era otra cosa, una cuestión de habilidad y de ojo donde prevalecían los grandes sin distinción de sexo. Como en el tiro al blanco del Ital Park, en casa se organizaban partidas: un blanco con círculos concéntricos, uno verde, uno blanco, uno rojo, con la puntuación: 50, 75, 100 se dibujaba en la panza de un piel roja de ojos feroces. Se cargaba el fusil con balines de goma, círculo número 100. El esfuerzo mayor consistía en mantener quieto el cañón mientras el índice oprimía el gatillo. La tensión aumentaba con la participación de los otros que, alrededor de quien estaba disparando, gritaban sus consejos, intervenían corrigiendo la mira, diciendo: «Así», «¡No!», «¡Más a la derecha!» ¡Más a la izquierda!». A menudo la partida terminaba en pelea.
   Las chicas temían el estallido y el olor a azufre de ciertos balines especiales, esos que se compraban por pocas liras en el quiosco contra la voluntad de los padres, que los hermanos disfrutaban haciéndolos estallar cerca de sus orejas, entre los pies, a la salida de la escuela. En cambio, se volvían locas por las carabinas con tapón, que teman un pequeño pedazo de corcho atado a un cordel que a su vez estaba atado a la abrazadera del gatillo. Se tapaba el cañón con el tapón. Cuando se disparaba, el tapón saltaba con un ruido seco que parecía el estallido de un beso.
   Pero las armas que a los chicos y las chicas les gustaban más eran los fusiles prohibidos, porque eran de verdad. Ni siquiera descargados debían ser inocuos si la prohibición de tocarlos era tan perentoria. Estaban encapuchados con envoltorios de tela, como los instrumentos musicales, arriba del armario. El abuelo pesaba la pólvora en una pequeña balanza de dos platillos, un objeto que aun sobrevive solo en el laboratorio del farmacéutico. Rellenaba con ella los cartuchos de cartón vacíos con el fondo metálico que después tendrían su lugar en los compartimientos cilíndricos del cinturón o del morral. A los niños les estaba concedido solamente tocar los cartuchos usados. Los hombres se iban de caza al alba y raramente llevaban a los niños. Casi nunca a las niñas, porque se impresionaban y trataban de impedir la matanza de las perdices negras y de los gordos cuajares. De caza, el fusil de verdad entraba en acción. Primero venía abierto y plegado, dos cartuchos resbalaban dentro del cañón doble. Se cerraba con un gesto preciso y un chasquido limpio. Después partía el disparo, insoportable y ensordecedor. El niño, a quien se le había permitido probar, empuñaba el fusil, emocionado, con la ayuda de un adulto. El pequeño dedo bajo el índice mayor quedaba aplastado y dolorido por la presión. El culatazo lo hacía trastabillar. Finalmente, el cuerpo del adulto —que con su estorbo incontrolado  había abrazado y apretado, obligado y sofocado en un tirar de cabellos enredados, orejas pellizcadas, mejillas enrojecidas por los pelos punzantes de la barba— se apartaba del cuerpo del niño. Él, como un animal demasiado tiempo retenido, escapaba para seguir saltando, lejos.
   Con más garra, en casa, se volvía a las armas de juguete. Conscientes de su crueldad se las manipulaba con más consideración. Y, entretanto, un racimo de  pajaritos muertos arrojado negligentemente sobre la mesa horrorizaba a las mujeres, a las que se les pedía que los cocinaran.


SANDRA PETRIGNANI, Catálogo de juguetes, La Compañía, Buenos Aires, 2009, pp. 22-23.

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