viernes, 29 de noviembre de 2019

[EL TIEMPO PASA...], Christian Bobin

El tiempo pasa. A los veinte años, bailamos en el centro del mundo. A los treinta, erramos dentro del círculo. A los cincuenta, caminamos sobre la circunferencia, evitando mirar tanto hacia fuera como hacia dentro. Después, (y sin que sea relevante), nos convertimos en seres invisibles, un privilegio de ancianos y de niños. 

Christian Bobin
&
Chema Madoz

jueves, 7 de noviembre de 2019

INSURRECCIÓN, José Ovejero

JOSÉ OVEJERO, Insurrección, Galaxia Guttenberg, Barcelona, 2019, 288 páginas.

   Uno de los textos que contiene Mundo extraño [Páginas de Espuma, Madrid, 2018], libro que mereció el XV Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España, «Los escritores que me gustan» más que una narración es una nítida exposición sobre la Poética del autor. 
   Ovejero confiesa que admira a los escritores que desatan en él la necesidad de escribir, porque cada parcela de belleza esclarecida por el genio de un escritor, desvela la evidencia de todas las oscuridades que en el mundo merecen ser iluminadas. Los escritores que le gustan a la voz de ese texto que ha escrito José Ovejero, apelan al lector para convertirlo en un ser consciente de que la belleza es efímera; por ello, el cometido del escritor, debería ser, expandir la hermosura por el mundo. Tras este contundente aserto, llega la confesión: la voz de ese texto que ha escrito Ovejero admite que, más que una incompetencia para atender a ese cometido (procurar la belleza), su poética obedece a la pertenencia a la estirpe de los que escriben sobre el dolor y el estremecimiento, la de los que describen la fealdad del mundo para que el lector elija entre desear tener ilusiones o ser simplemente un patético iluso. En suma, un escritor que, condenado a envidiar las frases bellas de los otros (que reproducen fogonazos efímeros de la belleza que nos aferra a los comunes con optimismo al mundo), se resarce revelando las verdades incómodas y terribles que acompañan al ser.

   Insurrección va más allá del análisis de las siempre difíciles relaciones entre padres e hijos, más allá del estudio de la psique de una adolescente idealista o de las paradojas del utopismo del movimiento okupa, para situar al lector bien pensante ante un fresco contemporáneo que dibuja las consecuencias del llamado fin de la historia y la muerte de las ideologías (finales del siglo XX) a manos de un capitalismo dedicado a devorar globalmente el tuétano de cada individuo hasta arrojar sus deshechos al vertedero al que llevan el destierro de la clase obrera a las ciudades dormitorio, el desalojo de los viejos habitantes de los cascos históricos convertidos en parques temáticos para turistas, las injusticias laborales, el paro, los EREs, y algunas irracionales sacudidas de violencia, como la de los atentados que diseña el iluminado Alfon.



FRC

domingo, 3 de noviembre de 2019

[DICEN, LOS QUE HAN ALCANZADO LA FAMA...], José Ovejero



Dicen, los que han alcanzado la fama, que quizá eran más felices antes de obtenerla. La fama, dicen los que la han alcanzado, te convierte en un seductor perpetuo, estás volcado todo el tiempo en el otro, en conseguir que siga mirándote y admirándote, y te acabas olvidando de ti mismo, de vivir para ti, no para otros. Te conviertes en un espectáculo ambulante, en un actor que se representa a sí mismo una y otra vez. La fama te chupa el alma, te vuelve servil, te convierte en una imagen sin cuerpo, en un concepto, en una fórmula. La fama es una servidumbre, dicen. 


JOSÉ OVEJERO, Mundo extraño, Páginas de Espuma, Madrid, 2018.
&
Tetsuya Ishida

martes, 15 de octubre de 2019

LECTURA, Felipe Benítez Reyes

LECTURA

   El encuentro de un lector cualquiera con un libro cualquiera resulta imprevisible: lo mismo le aburre que le cambia la vida. Entre un extremo y otro, caben todos los matices posibles, claro está: la indiferencia, la incomprensión, la repugnancia incluso, el disentimiento, el acuerdo o el espanto. En esa conjugación, el lector aporta la historia de su vida: sus ilusiones morales, sus dudas, sus temores, las reverberaciones insospechadas de su conciencia; el libro, por su parte, actúa como reactivo de todo eso, y el resultado del experimento quién lo sabe, ¿verdad? De ahí que el argentino Ricardo Piglia haya podido suponer que la lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos.
   Abre uno una novela y empiezan a ocurrir cosas: un muchacho amanece transformado en insecto, pongamos por caso, y ya es mala suerte, nos decimos, y sufrimos con él la fantasía de su metamorfosis; o un hombre memorioso e hipocondríaco muerde una magdalena y nota en el paladar toda la esencia del tiempo perdido, la niebla itinerante del pasado, y nos cuenta todo eso a lo largo de miles de páginas repletas de duquesas y de digresiones; o bien alguien se enrola como ballenero y acaba enfrentándose a un monstruo blanco. Abre uno una novela, en fin, y ya está dentro de la barraca de las grandes figuraciones. Y acecha el miedo allí, y el asombro, y las grandes epopeyas, y las pequeñas cosas, y está uno en otro sitio, deambulando por quién sabe dónde, hablando con desconocidos, y padece lo que ellos padecen, y goza lo que ellos gozan, y se desazona con las volutas de la intriga, y oye incluso el mar a través de las páginas que hablan del mar, y todo el ruido del mundo en la descripción de un mercado.
   Abres un libro y estás en el libro. Alguien te habla del alma inmortal para que cuides de ella y alguien procura hacerte reír para aligerarte el peso de las sombras del alma, sea inmortal o no, que eso viene a ser lo de menos mientras anda uno por aquí. Alguien te transporta a un castillo transilvano para mostrarte al vampiro Drácula, sediento de vida y sangre, y alguien te transporta al castillo de If para mostrarte al más triste de los cautivos. Alguien, con una voz que viene desde muy lejos, te narra las tribulaciones de los argonautas y alguien, con una voz de hoy, te cuenta una historia de hoy, y ambas voces te resultan nuevas, porque el tiempo de la ficción es una especie de milagro estático: lo que se contó una vez no deja jamás de suceder.
   Cuando entramos en una gran biblioteca, nos sobrecoge esa inmensidad de papel que soporta una inmensidad de conceptos, esa inmensidad de conceptos soportada por inmensidades de palabras, esas inmensidades de palabras que están hechas de combinaciones casi infinitas de letras, que por sí solas son nada. Y nos decimos: «Un mundo inabarcable», y es cierto, y sentimos la desazón propia del codicioso, pues quisiéramos acceder a la totalidad del secreto. Pero enseguida esa condición de mundo inabarcable se nos revela no sólo como ineludible, sino también como fascinadora: la literatura está obligada a imitar fragmentariamente la inmensidad del mundo para simular el reflejo total del mundo. Y ya todo se explica. (O casi).

FELIPE BENÍTEZ REYES, El intruso honoríficoFundación José Manuel Lara, Sevilla, 2019, pp. 162-164.
&
Ekaterina Panikanova

lunes, 14 de octubre de 2019

OLVIDO, Billy Collins




OLVIDO

El nombre del autor es lo primero que se va
dócilmente seguido por el título, la trama,
el desenlace desgarrador y, en suma, la novela entera
que, de golpe, se convierte en una que no has leído, de la que ni siquiera has oído hablar,

como si, uno por uno, los recuerdos que albergabas
hubieran decidido retirarse al hemisferio sur del cerebro,
a un pequeño pueblo de pescadores donde no hay teléfono aún.

Hace tiempo que despediste de los nombres de las Nueve Musas
y observaste cómo hacía su maleta la ecuación de segundo grado
e incluso ahora, al querer recordar el orden de los planetas,

más cosas se esfuman, la flor de un estado, tal vez,
las señas de un tío, la capital de Paraguay.

Lo que sea que estés intentando recordar,
no lo tienes en la punta de la lengua;
ni siquiera se te esconde en cualquier oscuro rincón del bazo.

Se ha ido flotando por un tenebroso río mitológico
cuyo nombre comienza por L, si mal no recuerdas,
camino de tu propio olvido, donde te reunirás con aquellos
que incluso se han olvidado de nadar y montar en bicicleta.

No es entonces de extrañar que te levantes a medio noche
para buscar la fecha de una batalla famosa en un libro de Historia.
No es entonces de extrañar que la luna que ves por la ventana parezca haberse escapado
desde un poema de amor que antes te sabías de memoria.


BILLY COLLINS, Poemas, Valparaíso, Granada, 2018, pp. 19-21.

Traducción: Juan José Vélez Otero
&
William Utermohlen

domingo, 9 de junio de 2019

PARALELO 36, Raquel Vázquez

RAQUEL VÁZQUEZ, Paralelo 36, Talentura, Madrid, 2019, 154 páginas.

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   El escultor puede elegir tallar madera o labrar piedra para arrancar de la masa informe, la espiral, el pliegue, el volumen de la figura. También puede elegir pensar el inverso: modelar barro o yeso, para obtener un molde en el que fundir una pieza que solo requeriría pequeños retoques de cincel con los que pulir los detalles.
   Todo parece indicar que Raquel Vázquez ha decidido optar en Paralelo 36, su segundo libro de relatos, por esta última técnica. Una artista común habría utilizado ese molde para, lícitamente —en un ejercicio de variatio—, clonar las figuras, para las que podría haber elegido distintas texturas o acabados. Ella, sin embargo, y tal vez para la perplejidad del lector, opta por hundir su cabeza en el interior de ese hipnótico molde, con la pretensión de escrutar y acariciar ese seno, a fin de analizar todas las aristas, rugosidades y heridas que se ocultan en ese vacío, en el Vacío. A través de estos dieciséis relatos, en los que el lector viaja, entre otros lugares, por Argentina, Chile, China, EE.UU., España, Italia o Japón, se desvelan las distintas formas en las que la mayoría de las personas viven o malviven o, simplemente, pasean su traumática existencia por el planeta Tierra. Ello convierte a Paralelo 36 en un pequeño (aunque ambicioso) tratado sobre el sinsentido de la vida contemporánea en un siglo XXI que parece haber globalizado el dolor del vacío.
   Tras este aserto, se podría suponer que en Paralelo 36 predominará la sátira. Raquel Vázquez renuncia a ridiculizar los comportamientos estereotipados de los que un lector común puede tener noticia en cualquier suplemento dominical. A ella le interesa escalar de la anécdota a la categoría, por eso su afán didáctico se ciñe a señalar que los paralelos no son líneas imaginarias; al contrario, son tan reales como las fronteras que traza la sinrazón de ciertos hombres que permite que se apilen, innúmeros, los cadáveres de hombres desconocidos (Ágnostos ántras). La que podría ser una lección de geografía política o, geografía [y] política, es, en realidad, una indagación sobre la terrible infamia que degrada al ser humano, que lo convierte en un ser vil, desconocido de sí mismo.
   «Es difícil construir una vida sobre oquedades» leemos en El final de los puentes, un relato clave para entender esta radiografía sobre los deseos humanos y su consecuente y permanente frustración: el adolescente protagonista, con un bachillerato bien asentado, filosofa citando a Heráclito o a los matemáticos Fleury y Euler, de los que extrae un aprendizaje vital: los caminos de la vida están interconectados, pero dado el primer paso, ya no es posible retroceder. Son muchos los relatos en los que Raquel Vázquez indaga sobre el arrepentimiento, sobre la impotencia, sobre la imposibilidad de revivir la vida o, algo que, éticamente, podría ser aún más gratificante, desvivirla, como desearía hacer Martina para evitar, sin su metafórica miopía, el abandono de un hogar violento y una madre a la que no supo ayudar.
   Son minoría los relatos protagonizados por parejas estables: El final de los puentes, El sol del membrillo, Esta alfombra no encaja, U.S. Route 69. En ellos, Raquel Vázquez tematiza la convivencia lastimada, la renuncia a los sueños y el consecuente distanciamiento, la desintegración de la pareja (y la persona), la traición amorosa y la autodestrucción. El hilo de Esta alfombra no encaja, deriva de Las torres de Hanói, el juego matemático inventado por Édouard Lucas, por el que sabemos que el éxito de todos proyectos de vida reside en «seguir el algoritmo correcto, encajar las piezas propias en las demás a través del orden adecuado».
   En la mayoría de los relatos se nos presentan más que relaciones truncadas, relaciones no nacidas: proyectos de vida que no concretaron su existencia al no ser correspondidos (Overflow); son muchos los personajes a los que acompaña la sensación de que su nombre nunca figurará en la lista (Durantula), que caminan dando «pasos que no llevan a ninguna parte» (Las torres de Hanói).
   El tiempo real, todos lo sabemos, pasa con firmeza trágica, inevitable; el tiempo de los sueños, pocas veces (tal vez nunca) llega, por eso, el que anhela, lamenta desde la lontananza que esos deseos nunca se aproximen, le duele verlos girar sobre sí como una incansable peonza (El sol del membrillo), alimentando la frustración y la sensación de derrota: la vida no vivida es contemplada así como una agónica y fatal pérdida de tiempo, o mejor aún, una agónica y fatal pérdida de el Tiempo. Vivir —leemos en (El sol del membrillo)— es una pérdida: «perder en forma de derrota, perder en forma de ausencia».
   Este dolor de vivir que atraviesa la médula de la mayoría de los personajes, promueve la consciencia de todos vivimos nuestras vidas, de espaldas unos a otros, o en paralelo. Le resulta difícil obtener provecho y placer en el acto de existir a aquel que piensa, como Bianca en En la pared un pájaro, que «siempre debería haber sido todo de otra forma»; a aquel que no se conforma con las carencias, mezquindades, y secreciones del fango tangible de la cotidianidad, porque tantas veces (¿por qué no decir siempre?) «la realidad es insuficiente» (Ummagumma).
   El lector percibirá, en principio, que los relatos se suceden de modo inorgánico; sin embargo, conforme avanza la lectura, la imagen de la aparente yuxtaposición de las piezas, se desvanecerá en favor de una estructura de líneas paralelas que confluyen en un punto de fuga: el último relato (en el que reaparecen como protagonistas, personajes secundarios de otros cuentos), el homónimo Paralelo 36, que contiene seis relatos de corredores que se ignoran, cada uno en su calle, peleando por una vida para la que no hay una feliz meta.
   Entre relato y relato, el lector podrá cerrar sus ojos y, desde la realidad de la ficción, sentir que «la mirada nos pesa porque éste no es el mundo que soñamos» (El sol del membrillo): al fin y al cabo, ineludiblemente, cuando se disipan los sueños, manchan de óxido las manos esos «cielos que creímos plata» y, casi siempre atraviesa nuestro pecho la saeta que nos envenena recordándonos que acabaremos olvidándonos de nosotros mismos, olvidaremos lo que no somos y, entre las cenizas, puede que permanezca tan sólo el pasado que nunca llegaremos a ser.
   «Termina el partido—leeremos en Bajo la piel—. Lo que no termina nunca es la derrota.»

frc

sábado, 18 de mayo de 2019

[NO SOLO YO...], Christian Bobin

No solo yo te echo en falta, también te extraña todo lo que veo.

CHRISTIAN BOBIN, El hombre alegría, La Cama Sol, Madrid, 2018, p. 46. 
&
Kilian Schönberger