miércoles, 24 de junio de 2020

[EL PERIÓDICO ME MUESTRA...], Christian Bobin

   El periódico me muestra su muerte. Sólo me lo encontré una vez, hace mucho, y en diagonal. ¿Por qué entonces esta ligera pena? Quizás porque nadie nos es indiferente y porque cada persona con la que nos cruzamos entra por nuestra espalda a nuestro corazón a hacerse una habitación, aunque sea modesta, en desvanes a los que no solemos subir. Nuestro corazón es más gran señor que nosotros. 

CHRISTIAN BOBIN, Las ruinas del cielo, Sibiriana, Zaragoza, 2012, p. 90.
&
Jim Dine

domingo, 24 de mayo de 2020

[MORIR ES UN SABOR...], Christian Bobin


Morir es un sabor que todos conocemos,  un pan de luz ante el que somos los gorriones asustados.

CHRISTIAN BOBIN, Las ruinas del cielo.

sábado, 8 de febrero de 2020

LENGUAJE ENSAMBLADOR, Raquel Vázquez

RAQUEL VÁZQUEZ, Lenguaje ensamblador, Renacimiento, Sevilla, 2019.



   «Las palabras nunca son «sólo palabras»; importan porque definen los contornos de lo que podemos hacer». Con esta cita de Slavoj Žižek se abre Lenguaje ensamblador, [Renacimiento, Sevilla, 2019], un libro orgánico en el que la mayoría de los poemas reflexionan sobre los límites del lenguaje en la comprensión de lo que todos, convencionalmente, convenimos en llamar mundo. El lenguaje nos permite nombrar las cosas, pero, conviene saber que «Hay cosas que suceden / sin lenguaje siquiera para poder tocarlas».
   La estructura externa del libro está marcada por cuatro secciones que desarrollan las secuencias de las que precisa el lenguaje ensamblador (término de programación informática) al que alude el título del libro: Codificación; Compilación; Ejecución – Salida de errores; y Ejecución – Salida estándar.
   Arranca la sección de Codificación con El banquete, un poema que radiografía la mezquindad de sociedad contemporánea en la que el género humano padece dos tipos de condena. A los insensibles e insensatos les basta con creer que la opulencia les sacia, que el consumo absoluto y tenaz es un síntoma de vitalidad; creer que la reproducción de unas consignas viralmente impuestas sustituyen al pensamiento.
   No menor es la condena de los conscientes: ver «los contornos de lo que podemos hacer», ver la inanidad el mundo y, en consecuencia, morir de hambre de esperanza.
   Gravitando sobre este marco general se suceden también poemas que describen experiencias individuales del hablante lírico en las que se expresa el dolor de vivir: en Scrabble el jugador solo dispone de las letras necesarias para componer las palabras insomne o inmenso, y traslada: en la partida, para el que no ha tenido la suerte de contar en el reparto con una r y una a («tu equipaje es el que te corresponde» leemos más adelante), la ausencia del amor correspondido multiplica la eternidad del insomnio.
   Las palabras verbalizan el mundo que la mirada construye desde el deseo: («persevera una hiedra pixelada / allí donde respira —aunque no la alcancemos— / una planta de luz». Por ello, para aliviar la herida, solo cabe «cerrar fuerte los ojos».
   Las palabras sirven, con sus límites, para aproximarse a decir el mundo. Duele no poder decir tanto como lo que no se dice.



TERCER ARMÓNICO

Otra noche en la que las campanas doblan
por lo que no se dice.

El silencio es un carillón helado.

   Si parafraseásemos el poema ESPEJOS podríamos concluir que el lenguaje, al decir, construye el mundo; también la mirada al congelar encuadres. Pero, lo no dicho y lo no contemplado, lleva al hablante lírico a sentir nostalgia de todas las pinceladas de belleza que no nacieron ni sabrán nacer.
  Todas estas experiencias de vida de las que se nos habla en la secuencia Codificación; se comprimen en Compilación:

TIEMPO DE FIBONACCI

Contrarreloj;
tras el cristal, la lluvia.

Sed infinita.

   Basta ese terceto para calibrar el deseo, la fractura que ocasiona «el sueño de soñar un cielo aparte».
   De este grupo de poemas, destacaría, Fotograma y Ucronía. En Fotograma la escena descrita se tiñe de nostalgia: una persona se aproxima al abismo del pasado contemplando unas fotografías. El dolor de vivir desata la siguiente percepción: hay más vida en la imagen muerta del pasado que en la mano viva del que le ofrece lal nostalgia del pasado al ojo que la contempla.
   Para que Ucronía fuese un sereno y contenidamente exultante poema de amor bastaría con aplicar las siguientes estrategias discursivas: reconvertir el tiempo verbal del condicional al pasado y cambiar tan elocuente título.
   Otra de las citas de las sirve Raquel es de Christian Bobin: «No sabemos nunca lo que llegan a ser las palabras que pronunciamos, las frases que escribimos». También de Bobin: «Los que salvan nuestra vida no saben que nos salvan».
   En las secuencias que siguen al proceso de codificar (comprender el mundo) y comprimir (acumular experiencias: padecer o gozar la vida), les sucede Ejecución – Salida de errores; y Ejecución – Salida estándar.
   Somos fruto del error: somos un error. Leemos en BUG (ERROR DE SOFTWARE): de la constatación de la imperfección surge el deseo encontrar «esa palabra que atraviese todos los muros de palabras». También, cuando no existe el fallo, en la salida estándar, la vida pronto nos recuerda que «existir es [o fue] solo una promesa».
   «Cada ser es un himno destruido», dice E. M. Cioran, pero, a pesar de toda la desolación, es probable que «algún día un silencio nos dirá de memoria».

FRC

viernes, 29 de noviembre de 2019

[EL TIEMPO PASA...], Christian Bobin

El tiempo pasa. A los veinte años, bailamos en el centro del mundo. A los treinta, erramos dentro del círculo. A los cincuenta, caminamos sobre la circunferencia, evitando mirar tanto hacia fuera como hacia dentro. Después, (y sin que sea relevante), nos convertimos en seres invisibles, un privilegio de ancianos y de niños. 

Christian Bobin
&
Chema Madoz

jueves, 7 de noviembre de 2019

INSURRECCIÓN, José Ovejero

JOSÉ OVEJERO, Insurrección, Galaxia Guttenberg, Barcelona, 2019, 288 páginas.

   Uno de los textos que contiene Mundo extraño [Páginas de Espuma, Madrid, 2018], libro que mereció el XV Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España, «Los escritores que me gustan» más que una narración es una nítida exposición sobre la Poética del autor. 
   Ovejero confiesa que admira a los escritores que desatan en él la necesidad de escribir, porque cada parcela de belleza esclarecida por el genio de un escritor, desvela la evidencia de todas las oscuridades que en el mundo merecen ser iluminadas. Los escritores que le gustan a la voz de ese texto que ha escrito José Ovejero, apelan al lector para convertirlo en un ser consciente de que la belleza es efímera; por ello, el cometido del escritor, debería ser, expandir la hermosura por el mundo. Tras este contundente aserto, llega la confesión: la voz de ese texto que ha escrito Ovejero admite que, más que una incompetencia para atender a ese cometido (procurar la belleza), su poética obedece a la pertenencia a la estirpe de los que escriben sobre el dolor y el estremecimiento, la de los que describen la fealdad del mundo para que el lector elija entre desear tener ilusiones o ser simplemente un patético iluso. En suma, un escritor que, condenado a envidiar las frases bellas de los otros (que reproducen fogonazos efímeros de la belleza que nos aferra a los comunes con optimismo al mundo), se resarce revelando las verdades incómodas y terribles que acompañan al ser.

   Insurrección va más allá del análisis de las siempre difíciles relaciones entre padres e hijos, más allá del estudio de la psique de una adolescente idealista o de las paradojas del utopismo del movimiento okupa, para situar al lector bien pensante ante un fresco contemporáneo que dibuja las consecuencias del llamado fin de la historia y la muerte de las ideologías (finales del siglo XX) a manos de un capitalismo dedicado a devorar globalmente el tuétano de cada individuo hasta arrojar sus deshechos al vertedero al que llevan el destierro de la clase obrera a las ciudades dormitorio, el desalojo de los viejos habitantes de los cascos históricos convertidos en parques temáticos para turistas, las injusticias laborales, el paro, los EREs, y algunas irracionales sacudidas de violencia, como la de los atentados que diseña el iluminado Alfon.



FRC

domingo, 3 de noviembre de 2019

[DICEN, LOS QUE HAN ALCANZADO LA FAMA...], José Ovejero



Dicen, los que han alcanzado la fama, que quizá eran más felices antes de obtenerla. La fama, dicen los que la han alcanzado, te convierte en un seductor perpetuo, estás volcado todo el tiempo en el otro, en conseguir que siga mirándote y admirándote, y te acabas olvidando de ti mismo, de vivir para ti, no para otros. Te conviertes en un espectáculo ambulante, en un actor que se representa a sí mismo una y otra vez. La fama te chupa el alma, te vuelve servil, te convierte en una imagen sin cuerpo, en un concepto, en una fórmula. La fama es una servidumbre, dicen. 


JOSÉ OVEJERO, Mundo extraño, Páginas de Espuma, Madrid, 2018.
&
Tetsuya Ishida

martes, 15 de octubre de 2019

LECTURA, Felipe Benítez Reyes

LECTURA

   El encuentro de un lector cualquiera con un libro cualquiera resulta imprevisible: lo mismo le aburre que le cambia la vida. Entre un extremo y otro, caben todos los matices posibles, claro está: la indiferencia, la incomprensión, la repugnancia incluso, el disentimiento, el acuerdo o el espanto. En esa conjugación, el lector aporta la historia de su vida: sus ilusiones morales, sus dudas, sus temores, las reverberaciones insospechadas de su conciencia; el libro, por su parte, actúa como reactivo de todo eso, y el resultado del experimento quién lo sabe, ¿verdad? De ahí que el argentino Ricardo Piglia haya podido suponer que la lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos.
   Abre uno una novela y empiezan a ocurrir cosas: un muchacho amanece transformado en insecto, pongamos por caso, y ya es mala suerte, nos decimos, y sufrimos con él la fantasía de su metamorfosis; o un hombre memorioso e hipocondríaco muerde una magdalena y nota en el paladar toda la esencia del tiempo perdido, la niebla itinerante del pasado, y nos cuenta todo eso a lo largo de miles de páginas repletas de duquesas y de digresiones; o bien alguien se enrola como ballenero y acaba enfrentándose a un monstruo blanco. Abre uno una novela, en fin, y ya está dentro de la barraca de las grandes figuraciones. Y acecha el miedo allí, y el asombro, y las grandes epopeyas, y las pequeñas cosas, y está uno en otro sitio, deambulando por quién sabe dónde, hablando con desconocidos, y padece lo que ellos padecen, y goza lo que ellos gozan, y se desazona con las volutas de la intriga, y oye incluso el mar a través de las páginas que hablan del mar, y todo el ruido del mundo en la descripción de un mercado.
   Abres un libro y estás en el libro. Alguien te habla del alma inmortal para que cuides de ella y alguien procura hacerte reír para aligerarte el peso de las sombras del alma, sea inmortal o no, que eso viene a ser lo de menos mientras anda uno por aquí. Alguien te transporta a un castillo transilvano para mostrarte al vampiro Drácula, sediento de vida y sangre, y alguien te transporta al castillo de If para mostrarte al más triste de los cautivos. Alguien, con una voz que viene desde muy lejos, te narra las tribulaciones de los argonautas y alguien, con una voz de hoy, te cuenta una historia de hoy, y ambas voces te resultan nuevas, porque el tiempo de la ficción es una especie de milagro estático: lo que se contó una vez no deja jamás de suceder.
   Cuando entramos en una gran biblioteca, nos sobrecoge esa inmensidad de papel que soporta una inmensidad de conceptos, esa inmensidad de conceptos soportada por inmensidades de palabras, esas inmensidades de palabras que están hechas de combinaciones casi infinitas de letras, que por sí solas son nada. Y nos decimos: «Un mundo inabarcable», y es cierto, y sentimos la desazón propia del codicioso, pues quisiéramos acceder a la totalidad del secreto. Pero enseguida esa condición de mundo inabarcable se nos revela no sólo como ineludible, sino también como fascinadora: la literatura está obligada a imitar fragmentariamente la inmensidad del mundo para simular el reflejo total del mundo. Y ya todo se explica. (O casi).

FELIPE BENÍTEZ REYES, El intruso honoríficoFundación José Manuel Lara, Sevilla, 2019, pp. 162-164.
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Ekaterina Panikanova