domingo, 7 de octubre de 2012

VOLAR, Raúl Brasca


VOLAR

   La mariposa enamorada del fuego se consumió entre llamas. El fuego remontó vuelo.

sábado, 6 de octubre de 2012

OJOS AZULES, Marcial Fernández


OJOS AZULES

   Me miro al espejo y no me reconozco. Sé entonces que ya soy el reflejo de otro.

MARCIAL FERNÁNDEZ, Andy Watson, contador de historias, Ficticia, México, 2005, p.115.

viernes, 5 de octubre de 2012

[LO PEOR DE LOS OFICIOS...], José Luis Moreno Ruiz



   Lo peor de los oficios, como lo peor de las ideologías políticas, es que siempre aparece alguien que te llama compañero.


JOSÉ LUIZ MORENO RUIZ, Ángeles en mis cojones, Moreno Ávila, Madrid, 1989, p. 54.

jueves, 4 de octubre de 2012

ISPAHAN, JOSÉ EMILIO PACHECO


ISPAHAN

   En Ispahan hay tres jardines. Uno dedicado a los jóvenes, otro a los viejos y el tercero a los que aún no nacen. Los jóvenes juegan al amor, los viejos los observan a distancia. Éstos son torturados por la memoria de su propia juventud; aquéllos por la certeza de lo que les espera. El significado del tercer jardín es un enigma. Resolverlo es tarea del viajero: el lector.

José Emilio Pacheco

Grandes minicuentos fantásticos, Alfaguara, Madrid, 2004, página 188.

miércoles, 3 de octubre de 2012

ÉRASE UN HOMBRE, ERASE UNA MUJER, Sandra Cisneros




ÉRASE UN HOMBRE, ERASE UNA MUJER
       
   Érase un hombre y érase una mujer. Cada día de pago, un viernes de cada dos, el hombre iba al Friendly Spot Bar a beber y a gastarse el dinero. Cada día de pago, un viernes de cada dos, la mujer iba al Friendly Spot Bar a beber y a gastar su dinero. El hombre cobraba el primer y el cuarto viernes de cada mes. La mujer cobraba el primer y el tercer viernes de cada mes. Por esa razón, el hombre y la mujer no se conocían.
   El hombre bebía y bebía con sus amigos y creía que seguía bebiendo le saldrían con más facilidad las palabras para expresar lo que sentía, pero normalmente bebía y no decía nada. La mujer bebía y bebía con sus amigas y creía que si seguía bebiendo le saldrían con más facilidad las palabras para expresar lo que sentía, pero normalmente bebía y no decía nada. Un viernes de cada dos, el hombre bebía su cerveza y reía a carcajadas. Un viernes cada dos, la mujer bebía su cerveza y reía a carcajadas.  
   En casa, cuando caía la noche y salía la luna, la mujer alzaba sus ojos claros a la luna y lloraba. El hombre, en su cama, contemplaba la misma luna y pensaba en los millones que habrían mirado la luna antes que él, los que habrían adorado o amado o muerto ante aquella misma luna, muda y amorosa. Entonces la luz azul fluía por su ventana y se entrelazaba con la claridad de las sábanas. La luna, la misma O redonda. El hombre miraba y tragaba.
         

SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 193-194.

martes, 2 de octubre de 2012

LA LECTURA, Enrique Baltanás




LA LECTURA

Quien crea que al leerme está leyéndome,
se equivoca.
Sólo oye al lector que lee en el libro
de una vida
con ronca voz y mala entonación,
que confunde
palabras, giros, frases, argumentos,
y se inventa,
con su torpe lectura de incierto
deletreo,
la misma historia que contamos todos.
 
ENRIQUE BALTANÁS, El argumento inacabado, Esquío, Ferrol, 2005, p. 46.

lunes, 1 de octubre de 2012

EL ARPA SIN CUERDAS, Jean-Claude Carrière


EL ARPA SIN CUERDAS
         
   En la tradición sufí, a menudo sutil e incluso secreta, se cuenta la historia de un ermitaño de gran reputación e incomparables poderes que vivía retirado en el desierto.
   Un día, mientras permanecía inmóvil como siempre en el mismo sitio, vio aparecer en el horizonte una especie de bola de polvo. Aquella bola se hizo más y más grande y el ermitaño pronto reconoció a un hombre que se le acercaba corriendo y levantando aquella polvareda.
   El hombre, que era joven, llegó hasta el ermitaño y se postró  ante él. Jadeaba. El ermitaño lo dejó que se recuperara y luego le  preguntó:
  —¿Qué quieres?
  —Maestro—le contestó el joven—, he venido a oírte tocar el arpa sin cuerdas.
  —Como quieras—le dijo el ermitaño.
  El santo hombre no varió su postura lo más mínimo. No cogió ningún instrumento, no hizo nada. El ermitaño y el ferviente discípulo permanecieron inmóviles el uno frente al otro durante «un  cierto tiempo» y, ese cierto tiempo, dependiendo del humor o de la formación de los narradores, duró algunas horas, algunos días o algunos años. De hecho, tiene poca importancia.
  Tras ese «cierto tiempo», el joven dejó percibir, quizá por un gesto, una inclinación, por un carraspeo, un incipiente cansancio.
  —¿Qué te pasa?—le preguntó el ermitaño.
  El joven dudó un poco. Farfulló. No se entendía demasiado bien lo que quería decir. Para ayudarlo el ermitaño le preguntó, inclinándose hacia él:
  —¿No has oído nada?
  —No—contestó el joven con voz culpable.
  —Entonces—le preguntó el ermitaño—, ¿por qué no me has pedido que tocase más fuerte?
         
  JEAN-CLAUDE CARRIÈRE, El círculo de los mentirosos, Lumen, Barcelona, 2008, pp.63-64.