lunes, 6 de mayo de 2013

PERMANENCIA, Miguel D'Ors

 
PERMANENCIA

Se fue, pero qué forma de quedarse.

MIGUEL D'ORS, Átomos y galaxias, Renacimiento, 2013, p. 102.

domingo, 5 de mayo de 2013

[PUEDES ODIAR Y PERDERTE...], Guido Ceronetti



   «Puedes odiar y perderte» (Manzoni). Esto no es bíblico ni cristiano, es más profundo, profundo manzonismo, y en la pausa señalada por la coma después de odiar Manzoni es más que nunca el Manzoni de las honduras. Pero el odio como camino absoluto de perdición es acaso tan poco verdadero como llamar camino absoluto de salvación al amor. Más cierto es que el hombre, haga lo que haga, está siempre perdido, cuando no es un perdedor.



GUIDO CERONETTI, Los pensamientos del té, Muchnik, Barcelona, 1994, pp. 31-32.


sábado, 4 de mayo de 2013

ORIENTE Y OCCIDENTE, Lord Dunsany

ORIENTE Y OCCIDENTE

 
   Era una cerrada noche invernal. Un horrible viento traía aguanieve del Este y hacía ulular las aftas hierbas secas. Dos minúsculos puntos de luz aparecieron en medio de la llanura desolada: era un hombre a bordo de un cabriolé que viajaba en solitario por el norte de China, sin más compañía que la de su conductor y el exhausto caballo.
   El conductor vestía una buena capa impermeable y, por supuesto ­sombrero de seda engrasado, pero el pasajero del carruaje, en cambio, tan sólo llevaba un traje de noche. No llevaba cerrada la ventanilla a causa de las frecuentes caídas del caballo, el aguanieve le había apagado el cigarro y hacía demasiado frío para dormir. Las dos lámparas destellaban mecidas por el viento. Gracias a la luz vacilante que parpadeaba en el interior del carruaje, un pastor manchú, que vio pasar el vehículo mientras vigilaba sus ovejas en la llanura por temor a los lobos, pudo tener ante su vista por vez primera un traje de noche. Aunque sólo lo vislumbró vagamente y empapado de agua, fue como si contemplara un pasado a mil años de distancia, pues siendo su civilización mucho más antigua que la nuestra, ellos probablemente habían dejado ya atrás toda esa clase de cosas.
   Lo miró estoicamente, no maravillado ante algo nuevo, si es que en realidad era algo nuevo en China. Meditó sobre ello un momento de un modo que a nosotros nos es desconocido, y cuan­do hubo añadido a su filosofía lo muy poco que podía extraerse de la visión de aquel hermoso carruaje, volvió a su vigilancia de las oportunidades que la noche brindaba a los lobos ya aquellos pen­samientos sacados de las leyendas de China, que a tales fines habían sido preservadas, a los que de vez en cuando se entregaba como entretenimiento Pues ni que decir tiene que en una noche como aquella el entretenimiento era no poco necesario. Pensó entonces en la leyenda de la doncella-dragón que era aún más hermosa que las flores y carecía de igual entre las hijas de los hombres. A pesar de su hermosura humana, era sin embargo, la hija de un dragón des­cendiente de los dioses antiguos, y por ello también completamente divina al igual que los primeros miembros de su estirpe, aún más divinos que el propio emperador.
   Cierto día, la hermosa doncella abandonó su pequeña tierra, un verde valle escondido entre montañas. Descendió por escarpados desfiladeros mientras las rocas, para complacerla, resonaban como campanillas de plata a su alrededor al paso de sus pies desnudos, y aquel sonido era como el de los dromedarios de un príncipe que regresa a su palacio a la caída de la tarde, cuando suenan sus cam­panillas de plata para regocijo de los aldeanos.
   Había ido a coger la amapola encantada, que solía crecer y sigue creciendo hasta hoy —como los hombres podrían comprobar si fuesen capaces de dar con ella—, en un prado al pie de las montañas. Si alguien, alguna vez, consiguiera la amapola, con ella llevaría al hombre amarillo la felicidad, la victoria sin lucha, las buenas cose­chas y la paz infinita. La doncella descendía de las montañas con toda su hermosura. Y mientras se entretenía recordando la leyen­da en la hora más difícil de la noche, la misma que precede al alba, aparecieron dos nuevas luces y el pastor vio pasar otro cabriolé.
   El hombre del segundo carruaje iba vestido del mismo modo que el primero, aunque aún más empapado que el anterior, pues no había cesado el aguanieve; pero un traje de noche sigue siendo un traje de noche en cualquier lugar del mundo. El conductor también llevaba el mismo sombrero engrasado y la misma capa impermeable que el primero. Cuando el carruaje hubo pasado, la oscuridad engulló las dos lámparas, la nieve cubrió el rastro de las ruedas, y lo quedaron más que las especulaciones del pastor acerca de cómo un cabriolé había podido ir a parar hasta aquel lugar de China. No obstante pronto también éstas se desvanecieron, y el pastor volvió a sus leyendas antiguas y a la contemplación de cosas más serenas.
   La tormenta, el frío y la oscuridad hicieron un último esfuerzo lograron hacer que temblaran los huesos del pastor, que castañetearan los dientes de aquella cabeza que divagaba entre fábulas de flores. De repente, había amanecido. Podían ya distinguirse las siluetas de las ovejas, y el pastor las contó. Ningún lobo parecía haberse acercado, No faltaba ninguna. En ese momento apareció tercer cabriolé con sus lámparas aún encendidas y un aspecto ridículo a la pálida luz de la mañana. Todos venían del Este con aguanieve; todos se dirigían al Oeste. Y el ocupante del tercer carruaje también vestía un traje de noche.
   Entonces el pastor manchú, tranquilamente, sin ninguna curio­sidad y aún menos asombro, sino como alguien acostumbrado a ver cualquier cosa que la vida tenga que mostrarle, aguardó allí durante cuatro horas para comprobar si pasaba alguno más. El aguanieve y el viento del Este persistían. Y al fin, al cabo de las cuatro horas, pasó un nuevo carruaje. El cochero iba tan rápido como podía, como si quisiera aprovechar al máximo la luz diurna. Su capa de cochero ondeaba al viento, y en el interior del carruaje un hombre vestido con traje de noche era sacudido de un lado a otro por las irregularidades del camino.
   Se trataba, por supuesto, de la célebre carrera de Pittsburg a Pic­cadilly por el camino más largo. Ésta había comenzado una noche, después de cenar, en casa de Mr. Flagdrop. Y había vencido Mr. Kagg con el  honorable Alfred Fortescue; hijo, como todo el mun­do podrá recordar, de Hagar Dermstein, quien llegó a convertirse (mediante Carta de Patente) en Sir Edgard Fortescue y, finalmente, en Lord St. George.
   El pastor manchú siguió esperando hasta la noche y, cuando comprendió que ya no pasaría ningún otro carruaje, volvió a su casa para cenar. El arroz que le habían preparado estaba caliente y sabía bien, aún mejor, si cabe, después del horrible frío que ha­bía traído el aguanieve. Cuando hubo terminado de comer, repasó concienzudamente su experiencia recreando en su interior cada de­talle de los carruajes que había visto, pero desde allí su pensamiento se fue deslizando serenamente hacia la gloriosa historia de China, regresando a los tiempos innobles anteriores a la llegada de la calma y, aún más allá, a los días felices del mundo en que dioses y drago­nes habitaban la tierra y China era joven. Luego, encendiendo su pipa de opio y dejando fluir sus pensamientos, contempló la futura edad en que ha de producirse el regreso de los dragones.
   Durante un largo espacio de tiempo su mente descansó en tan profunda serenidad que ningún otro pensamiento logró apartarla de ella, de modo que al levantarse abandonó su letargo como el hombre que emerge de un baño, renovado, limpio y satisfecho. Así, pues, de sus reflexiones concluyó que todo cuanto había visto en llanura eran elementos maléficos de la misma naturaleza de los sueños o vanas ilusiones producidas por la acción, la gran enemiga la calma. Entonces su pensamiento se dirigió a la forma de Dios, Único, el Inefable, el que se sienta junto al loto blanco negando acción, y le dio las gracias por haber eliminado de China todas malas costumbres y enviarlas a Occidente igual que la mujer que arroja la suciedad de su hogar a los jardines vecinos.
   Después de aquella gratitud, el pastor volvió a entregarse a la calma, y tras la calma, al sueño.


LORD DUNSANY, Cuentos de los tres hemisferios, Espuela de Plata, Sevilla, 2011.

Ilustración: Abraao Batista

viernes, 3 de mayo de 2013

SENSACIONES, Jesús Esnaola



SENSACIONES

   El paciente de la 103 se queja de que le pica la pierna izquierda. A veces, cuando entro a cambiarle la sonda, o el suero, me pide que le rasque, me implora con los ojos. Yo me hago la despistada, no sé cómo decirle que la ha o perdido, que ya no estaba ahí cuando subió del quirófano. No es mi mayor preocupación, en todo caso. Porque tampoco sé cómo decirle que lleva un día entero hablando con un sillón vacío, como si también le picara su mujer.

JESÚS ESNAOLA, Los años de la lluvia, Paréntesis, Alcalá de Guadaira, 2012, página 35.


jueves, 2 de mayo de 2013

[LOS NIÑOS...], Ramón Gómez de la Serna



   Los niños, al tirar el trompo en movimiento, es como si hubiesen soltado su corazón de madera en medio de la vida.

Ramón Gómez de la Serna

miércoles, 1 de mayo de 2013

[LOS CHICOS DE INSTITUTO...], José Jiménez Lozano




   Los chicos de instituto que me escuchaban han quedado bastante desconcertados, cuando les he mostrado lo que significa esa especie de refrán «una mente sana en un cuerpo sano», que estaba escrita en un cartel puesto en una pared de la clase, y acerca de lo cual se me ocurrió comentar que, por lo que veía, en aquella casa todavía quedaban rastros latinos, aunque ya no se estudiara latín.
   Les leí entonces simplemente el pasaje de Juvenal al que la frase pertenece y que está al final de la Sátira X, y es bien hermoso: «Hay que rogar por una mente sana en un cuerpo sano. Pide un ánimo vigoroso que no se espante ante la muerte, y que tenga el último tramo de la vida como un regalo de la naturaleza, que sepa soy portar cualquier trabajo, que sepa no enfurecerse, que no desee nada, y que crea preferibles los duros trabajos de Hércules, al amor, a los festines y a las plumas de Sardanápalos».
   Les resulta increíble que la frasecita no tenga nada que ver con el deporte, que es en torno al cual la ven en ese cartel y la han oído miles de veces; y trato de explicarles que cosas así suceden a diario, y de la necesidad por lo tanto de conocer para que no se nos dé gato por liebre. Y, al final, me hacen repetir la lectura, porque les ha parecido algo hermosísimo. Naturalmente.

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Advenimientos, Pre-Textos, Valencia, 2006, p. 147.

martes, 30 de abril de 2013

[Y DE PRONTO...], Clara Janés







Y de pronto caíste como un copo de nieve en mi
brazo. Y con inmensa alegría desperté.




CLARA JANÉS, Vilanos, Adamar Ediciones, Madrid, 2004, p. 26.