viernes, 30 de septiembre de 2011

LA SALSA PORTUGUESA, Ana María Shua



LA SALSA PORTUGUESA

   Un matrimonio mal avenido recibe invitados. Hay pollo con salsa portuguesa. La esposa le sirve la parte blanca al invitado y le ofrece salsa. El marido sospecha de su mujer. Con ridícula cortesía le ofrece salsa a la invitada. La esposa sospecha de su marido. Insiste en agregar salsa al plato del invitado. Los invitados sospechan fuertemente del pollo.
 

jueves, 29 de septiembre de 2011

[HISTORIAS DE FANTASMAS...], Charles Simic

   Historias de fantasmas escritas en ecuaciones algebraicas. Ante la pizarra, la pequeña Emily está aterrorizada. Las X parecen un cementerio de noche. El maestro quiere que hurgue entre ellas con un trozo de tiza. Todos los niños aguantan la respiración. La tiza blanca chirría una vez entre los signos de más y menos, y luego se calla de nuevo.


CHARLES SIMIC, El mundo no se acaba y otros poemas, DVD, Barcelona, 1999, p. 31.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

[EL EMPERADOR CARLOMAGNO...], Italo Calvino



   El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los dignatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El Emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas.
ITALO CALVINO

EDUARDO BERTI (Editor), Historias encontradas, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2009, p. 83.

martes, 27 de septiembre de 2011

EL TIEMPO VUELA, Federico Fuertes Guzmán


EL TIEMPO VUELA

   Lidia, su anciana madre y yo estamos sentadas en una cafetería y hablamos del tiempo: del tiempo con mayúsculas, del tiempo que nos lleva y nos trae, del tiempo imperial del cosmos. Está hermosa hoy mi princesa Lidia. Da un sorbo de su taza de té y gira la cabeza. Algo atrae su mirada tras el gran ventanal junto al que merendamos. «¡Mirad allí arriba!» dice de pronto. La madre y yo miramos al cielo. Como un grupo de flechas de oro, impecables y obedientes, diez años pasan volando sobre nuestras cabezas.
   Me vuelvo hacia Lidia. Ahora tiene gafas y el pulso le tiembla ligeramente, como a su difunta madre.

FEDERICO FUERTES GUZMÁN, Los 400 golpes, e.d.a., Benalmádena, 2008, p. 76.
Ilustración: Kathy Hare

lunes, 26 de septiembre de 2011

GRACIAS, SEÑORA, Langston Hugues


GRACIAS, SEÑORA
         

   Era una mujer grande, con un bolso grande en el que había de todo, menos martillo y clavos. Tenía una correa larga, y lo llevaba colgado del hombro. Serían las once de la noche, estaba oscuro, e iba andando sola, cuando un muchacho pasó corriendo detrás de ella y trató de arrancarle el bolso. La correa se rompió con el súbito tirón que el muchacho le dio desde atrás. El peso del propio muchacho y el peso del bolso, al juntarse, le hicieron perder el equilibrio. En lugar de salir a todo correr como había planeado, lo que hizo fue caerse de espaldas en la acera, con las piernas al aire. La mujer grande se limitó a volverse y darle una patada en pleno trasero enfundado en vaqueros.
   Luego se inclinó, cogió al muchacho por la pechera de la camisa y le sacudió hasta que le castañetearon los dientes.
   Entonces la mujer le dijo:
   —Recoge mi cartera, muchacho, y dámela.
   Seguía teniéndole bien cogido. Pero se inclinó lo suficiente para permitirle a él agacharse y coger el bolso. Luego dijo: 
   —Bueno, ¿y qué? ¿Es que no te da vergüenza?
   Firmemente asido por la pechera de la camisa, el muchacho dijo:
   —Sí, señora.
   La mujer dijo:
   —¿Para qué querías hacer eso?
   El muchacho dijo:
   —No tenía intención de hacerlo.
   Ella dijo:
   —¡Mientes!
   Dos o tres transeúntes se pararon, se volvieron a mirar, y algunos se quedaron mirando:
   —¿Echarás a correr si te suelto? —preguntó la mujer.
   —Sí, señora —dijo el muchacho.
   —Entonces no te suelto —dijo la mujer, y no le soltó.
   —Lo siento mucho, señora —murmuró el muchacho.
   —Vaya, vaya. Tienes la cara sucia. Tentada estoy de lavártela. ¿Es que en tu casa no hay nadie que te diga que te laves la cara?
   —No, señora.
   —Pues esta noche te la lavo yo —dijo la mujerona, poniéndose en marcha calle adelante, arrastrando al muchacho consigo.
   Tendría catorce o quince años, era frágil y silvestre como un sauce, llevaba zapatos de tenis y vaqueros.
   La mujer dijo:
   —Si fueras hijo mío te enseñaría lo que está bien y lo que está mal. Lo menos que puedo hacer ahora es lavarte la cara. ¿Tienes hambre?
   —No, señora —dijo el muchacho, mientras era arrastrado—, lo que quiero es que me suelte.
   —¿Me metí yo contigo cuando di la vuelta a la esquina? —preguntó la mujer.
   —No, señora.
   —Fuiste tú quien se puso. en contacto conmigo —dijo la mujer—. Si piensas que ese contacto no va a durar un buen rato te equivocas de medio a medio. Cuando acabe con usted, caballerete, le aseguro que  se acordará de Mrs. Luella Bates Washington Jones.
   El muchacho tenía el rostro cubierto de sudor y comenzó a forcejear. Mrs. Jones se paró, lo puso delante de ella de un tirón, le hizo una llave y le atenazó el cuello con la mano; así le fue arrastrando calle adelante. Al llegar a la puerta de su casa, la mujer hizo entrar al muchacho, primero a un recibidor, y luego, en la parte trasera de la casa, a una estancia grande amueblada como cocina—cuarto de estar. La mujer encendió la luz y dejó la puerta abierta. El muchacho oía a otros pupilos que reían y hablaban por la amplia casa. Algunas de las puertas, además, estaban abiertas, de modo que era evidente que no se encontraba a solas con la mujer. La mujer le tenía todavía cogido por el cuello, aunque estaban en medio de su habitación.
   Le preguntó:
   —¿Cómo te llamas?
   —Roger —respondió el muchacho.
   —Bueno, Roger, pues vas a la pila esa y te lavas la cara —dijo la mujer, soltándole... por fin. Roger miró a la puerta; miró a la mujer; miró a la puerta; y fue hacia la pila.
   —Deja correr el agua hasta que salga caliente —dijo ella—, aquí tienes toalla limpia.
   —¿Me va a meter en la cárcel? —preguntó el muchacho, inclinándose sobre la pila.
   —Desde luego con esa cara no se te puede llevar a ningún sitio —dijo la mujer—. ¡Y yo que venía a casa a hacerme algo de cenar, y vas tú y me robas el bolso! A lo mejor tampoco tú has cenado, con lo tarde que es. ¿O sí?
   —No hay nadie en mi casa —dijo el muchacho.
   —Pues entonces vamos a cenar —dijo la mujer—, me da la impresión de que tienes hambre, o la has tenido, porque si no no me habrías intentado robar el bolso.
   —Lo que quiero es un par de zapatos de ante azul—dijo el muchacho.
   —Pues la verdad es que no tenías necesidad de robarme el bolso para comprarte un par de zapatos de ante azul —dijo Mrs. Luella Bates Washington Jones—, me los podías haber pedido a mí.
   —¿Sí, señora?
   Con la cara goteando agua el muchacho se la quedó mirando. Se produjo una pausa muy larga. Después de secarse la cara, y no sabiendo qué otra cosa hacer, el muchacho se la secó de nuevo y se volvió hacia ella, sin saber lo que le iría a decir ahora La puerta estaba abierta. Podía intentar salir corriendo pasillo adelante. ¡Podía correr, correr, correr, correr!
   La mujer estaba sentada en el sofá cama. Al cabo de un rato, dijo:
   —También yo he sido joven y he querido cosas que no podía tener.
   Se produjo otra larga pausa. El muchacho abrió la boca, luego frunció el ceño, sin saber por qué, pero el caso es que lo frunció.
   La mujer dijo:
   —¿A que pensabas que iba a añadir, pero...? ¿A que pensabas que iba a decir, pero no iba por ahí robándole el bolso a la gente? Bueno, pues te equivocas, porque no lo iba a decir.
   Pausa. Silencio.
   —Yo también he hecho cosas que no te las contaría a ti, muchacho, ni tampoco a Dios si no fuese porque El ya las sabe. Todos tenemos algo en común. De modo que siéntate mientras te preparo algo de comer. Podrías pasarte este peine por el pelo, y estarías más presentable.
   En otro rincón de la estancia, detrás de un biombo, había un infiernillo de gas y una nevera. Mrs. Jones se levantó y fue al biombo. La mujer no se paró a pensar en si el muchacho echaría a correr ahora, ni tampoco vigiló su bolso, que se había dejado sobre el sofá cama. Pero el muchacho puso buen cuidado en sentarse en el otro extremo de la estancia, lejos del bolso, donde pensó que ella podría verle fácilmente por el rabillo del ojo si quería. No estaba seguro de si la mujer se fiaría de él, y ahora lo que quería era que no desconfiaran de él. 
   —¿Quiere que vaya a la tienda? —preguntó el muchacho—, ¿que le compre leche o algo parecido?
   —Pues me parece que no —dijo la mujer—, a menos que quieras tú leche condensada. Iba a hacer cacao con esta leche en polvo que tengo aquí.
   —Muy bien —dijo el muchacho.
   La mujer puso a calentar unas habas con jamón que tenía en la nevera, preparó el cacao y puso la mesa. No le preguntó al muchacho dónde vivía, ni quiénes eran sus padres, ni nada que pudiera cohibirle. 
   En lugar de eso, mientras comían le habló de su trabajo en el salón de belleza de un hotel que cerraba muy tarde, y de lo que hacía allí, que lo frecuentaban toda clase de mujeres, rubias, pelirrojas, e hispanas. Luego le dio la mitad de un pastelillo barato que tenía.
   —Anda, muchacho, come más —le dijo.
   Cuando terminaron de comer, ella se levantó y le dijo:
   —Bueno, vamos a ver, aquí tienes un billete de diez dólares para que te compres zapatos de ante. Y la próxima vez no hagas la tontería de tirar de mi bolso, ni del bolso de nadie, porque los zapatos comprados con dinero del diablo te quemarán los pies. Ahora tengo que descansar. Pero a partir de ahora, muchacho, espero que te portes como es debido.
   Le llevó por el pasillo hasta la puerta de la calle y se la abrió. 
   —¡Buenas noches, muchacho, y a portarte bien! —le dijo, mirando cómo bajaba los escalones.
   El muchacho quiso decir algo más que «gracias, señora» a Mrs. Luella Bates Washington Jones, pero aunque sus labios se movieron, no consiguió decir ni eso siquiera cuando se volvió al llegar al pie de la escalinata   para mirar a la mujer grande que estaba en el vano de la puerta. Y entonces ella se volvió y cerró la puerta.

LANGSTON HUGUES


ROBERT SHAPARD & JAMES THOMAS, Ficción súbita, Anagrama, Barcelona, 1989 (1986), pp. 79-85.

domingo, 25 de septiembre de 2011

EN LA SILLA DE RUEDAS, Ana María Shua


EN LA SILLA DE RUEDAS
        
   Tía Petra se finge paralítica para vivir en su silla de ruedas, tapada con una manta escocesa que oculta sus patas de cabra, su cola de pez, su mitad serpiente. Los sobrinos le quitamos la manta mientras dormía y vimos las dos piernas de niño, pequeñas y delgadas, que siempre se pone para dormir.



sábado, 24 de septiembre de 2011

NIÑO CIEGO, Juan Bonilla



NIÑO CIEGO

Hay un charco de sol sobre la cama
y en la ventana el día
recita el infinito en que se inscribe.

Nos ganamos la vida mendigando
momentos como éste, contra
la insolvencia que nos dicta el pasado
que es la estación que queda
entre el presente y el futuro,
y en la que el tren nunca se para
por mucho que se fugue el pensamiento
a sus andenes inalcanzables.

Y la vida perdemos en banales
negocios con los que nos construimos
un yo insignificante, el mismo yo
que se ahoga en ese charco de sol sobre la cama,
mientras susurra el día
la evidencia radiante de que somos
una porción de nada
hecha de pura cháchara,
perdida en espejismos
por darse la importancia
que no le dan las cosas.

La muerte trabajando en los espejos
susurra esa alegría
de dar con un secreto
que nos hace más fuertes
a cambio de anularnos:
que la vida no va en serio,
lo empezarás a comprender muy tarde.

Toda tu biografía derretida
en esa luz de sol, en el rumor del día,
en este darse cuenta de que el yo
es sólo un niño ciego
que no sabe callarse.

JUAN BONILLA, Cháchara, Renacimiento, Sevilla, pp. 18-19.