martes, 17 de junio de 2008

[Sobre la acera...]




Guillermo
Espinosa
Río
Sobre la acera
descubres la rayuela.
No pases, juega.



Aldea poética III, Haiku, Ópera prima, Madrid, 2005.

domingo, 15 de junio de 2008

LA VIEJA PÁLIDA, José María Merino

LA VIEJA PÁLIDA




Me llamo Juan Macael y soy descuidero. El Chato Mori­llas, que tanto me enseñé, decía que es una profesión tan antigua y tan importante que hasta hubo un dios dedicado a proteger a nuestros antepasados. Vista aguda, manos seguras y rápidas, ánimo sereno, capacidad de improvisar. «Ante todo, sangre fría», repetía el Chato Morillas, «como te aturdas estás perdido». No hace mucho que, en uno de los trayectos de la Periferia norte, un paciente al que yo acababa de extirpar la cartera se dio cuenta de la pérdida y empezó a gritar: «¡Conductor, que me acaban de robar! ¡No abra las puertas!». El autobús iba repleto, el conductor lo detuvo junto a una parada y se escuchó su voz: «Aquí nos quedamos hasta que llegue la policía». Pasaron unos minutos, comprendí que estaba en un trance peligroso, pero recordé las enseñanzas de mi maestro. Me agaché simulando que recogía algo del suelo y alcé la cartera en la mano, mientras daba grandes voces: «¡Aquí hay una carte­ra!». El propietario la abrió y comprobó que no faltaba nada. Estaba tan aliviado que no pensó en nada más. «¿Es que vamos a quedarnos encerrados toda la mañana?», volví a gritar yo, «¡abra las puertas, conductor! ¡Hay gente que tiene cosas que hacer!». En cuanto se abrieron las puertas, salí con rapidez. Pero los años han pasado y aunque no pierdo los nervios venga lo que venga, ya mi vista no tiene la finura de antaño. Mis dedos siguen siendo precisos, así haga la pinza con el índice y el corazón, la tenaza con el pulgar y cualquiera de los otros o utilice la palma entera para el resbalón, arrastrando lo que deba arrastrar, pero ya noto los huesos de las piernas y no puedo doblar demasia­do la cintura sin peligro de algún tirón. A veces, la ciática me ha tenido de baja durante una temporada y si no me he retirado todavía es porque, pese a mi edad, no puedo vivir sin trabajar. De manera que sigo haciendo lo mío día tras día, cambiando de línea, como es natural, y aprovechando las horas punta y las jornadas en que hay más turistas. En verano me voy a la playa y es cuando más recaudo, por la facilidad de la poca ropa y esa alegría de las vacaciones que tan descuidada pone a la gente. Yo no soy de aquí y me siento un poco agobiado en esta ciudad, pues las líneas de autobús no son demasiadas, ni demasiados los conductores y los inspectores, de modo que corro el peligro de que pronto acaben descubriendo los motivos de mis frecuentes viajes. Cuando eso empieza a ocurrir, tengo que irme a otra ciudad. Lo he hecho tres veces y cada vez me ha resultado menos agradable cambiar de lugar de trabajo, pues con los años uno se acostumbra a ciertas rutinas, le acaba cogien­do gusto al barrio en el que vive, a su casa, y hasta a la gente del bar donde ve el fútbol por la tele o juega la partida de dominó. Al fin y al cabo, tuve que dejar la gran ciudad, con sus infinitas líneas de autobús, y el metro, y los ferrocarri­les de cercanías, porque los de una banda me dieron aviso de que tenía que pagar una cuota. «No le doy nada a Hacienda, que al fin y al cabo es el Estado y paga con ello a los maestros y a los sanitarios, como para pagaros a vosotros». Me marché de allí antes de que intentaran conven­cerme a palos. Así fue como me vine a trabajar a provin­cias, pero lo cierto es que ya no estoy en edad para una labor tan delicada. Si fuese más joven no me habría suce­dido esto que me ha pasado, no habría cometido un error tan grave. Fue la tarde del viernes, cuando la mayoría de la gente trabajadora regresa a su casa con la ilusión de la liber­tad y el descanso del fin de semana. El autobús era uno de la ruta del río. Estaba yo estudiando a los pasajeros cuando subió, con bastante esfuerzo, una vieja flaca, vestida de negro de los pies a la cabeza como las ancianas de mi infan­cia, que llevaba un gran bolso colgado del brazo. La vieja fue avanzando entre los pasajeros y pude advertir que el bolso no estaba cerrado con cremallera y que relucía den­tro la esquina de un sobre. Le cedí el asiento y permanecí de pie a su lado. Era una vieja muy pálida y arrugada. El pañuelo que cubría su cabeza dejaba asomar las canas ralas y amarillentas. Su aspecto era de algo pasado sin remedio y desprendía un tufillo rancio, a pan viejo y orines. Puso el bolso sobre sus piernas huesudas y pude observar mejor su contenido, bolsas de plástico que dejaban adivinar la forma de alguna verdura, envoltorios de periódico. El sobre esta­ba colocado encima de todo. Por las fechas, imaginé que contenía su pensión. Me engañó la vista, pues hace años hubiera descubierto enseguida las pequeñas arrugas que denotan si un sobre lleva dinero dentro. Una pensión es siempre algo suculento para un descuidero. Además, en esta profesión no puede haber sentimentalismos, la prime­ra regla es apropiarse de todo lo que valga, y en el caso de que se ofrezcan diversas alternativas elegir la menos dificul­tosa, siempre que parezca rentable. Entre un niño y un adulto, ante la misma cantidad, se opera al niño. Y en esto no hay pobres ni ricos, sino gente que lleva o que no lleva. Si fuésemos a considerar la edad o la condición social de los pacientes, nuestro trabajo sería muy complicado. Además, quitarle a una vieja su pensión no es fastidiarla para toda la vida. Un mes pasa enseguida y la gente acaba arreglándo­selas, bien o mal. El caso es que, aprovechando un frenazo, hice la pinza, escamoteé el sobre con toda limpieza y me bajé en la siguiente parada. Pero el sobre no contenía dine­ro, ni un talón, que es lo que pensé desde el momento de tocarlo. Lo abrí al llegar a casa y dentro había un papel doblado. En letras mayúsculas, estaban impresas cuatro palabras: TE QUEDAN TRES DÍAS. Al principio pensé que era una broma, pero yo a aquella vieja no la conocía de nada. Por la tarde, en el bar, se lo enseñé a los de la parti­da por si veían alguna explicación, pero para todos era solo un papel en blanco, aunque yo veía claramente las cuatro palabras impresas: TE QUEDAN TRES DÍAS. Ni me acorda­ba del dichoso papel al día siguiente, ayer, cuando me levanté de la cama, pero me llevé una sorpresa al ver que el mensaje del papel había cambiado ligeramente: TE QUE­DAN DOS DÍAS, ponía, con unas letras gordas y bien negras. Creo que cualquiera se hubiera asustado y yo lo hice. Me quedé un rato sentado con el papel en la mano y por fin decidí buscar a la vieja pálida, devolverle el sobre con el papel y darle treinta euros, para que me perdonase las molestias. Así que me pasé la mañana y la tarde cam­biando de línea de autobús, hasta recorrérmelas todas, pero no fui capaz de dar con ella. En ese afán descuidé mi tra­bajo, cuando acabó la jornada no había recaudado ni un euro, estaba muy cansado, apenas había comido y ni siquiera me quedaban ganas de ir al bar. Hoy, en ese papel que sólo yo puedo leer dice TE QUEDA UN DÍA. Se puede suponer que leerlo no me ha mejorado el humor. Además, he echado una mirada por la ventana para ver cómo está el tiempo y he descubierto a la vieja pálida en la acera, el ros­tro vuelto hacia aquí. Vamos a ver qué pasa con este día último que me anuncia el papel. Para empezar, he resuelto no salir a la calle y luego me he puesto a escribir esto en el cuaderno de las cuentas, como una especie de memoria o testimonio de la aventura tan rara que estoy viviendo, A veces me asomo a la ventana y veo que la vieja pálida sigue ahí, plantada en la acera y mirando en mi dirección. He comido un poco, me he echado la siesta, he soñado que extirpaba a un hombre gordo una cartera hinchada de billetes delante de la catedral, pero el despertar me ha devuelto la desazón del día y la figura de esa vieja pálida plantada debajo de mi casa. Cuando se acerca la medianoche alguien llama a la puerta del piso dando golpes sucesi­vos: suena como si golpeasen con algo de madera, o de hueso. He echado un vistazo por la mirilla y he percibido la cabeza de la vieja pálida al otro lado de la puerta. A la luz pobre del descansillo su rostro es una mancha blanca en que las órbitas de los ojos forman dos oquedades oscuras. Ya no deja de golpear la puerta y comprendo que tengo que abrir. Aquí termina esta historia.



JOSÉ MARÍA MERINO, La vieja pálida, Relatos para leer en el autobús, Cuentos del vigía, Granada, 2006.

viernes, 6 de junio de 2008

UN PÁJARO EN EL ALAMBRE, Leonard Cohen

Bird on the Wire

Like a bird on the wire
Like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be free

Like a worm on a hook
Like a knight from some old fashioned book
I have saved all my ribbons for thee

If I, if I have been unkind
I hope that you can just let it go by
If I, if I have been untrue
I hope you know it was never to you

Like a baby, stillborn
Like a beast with his horn
I have torn everyone who reached out for me

But I swear by this song
And by all that I have done wrong
I will make it all up to thee

I saw a beggar leaning on his wooden crutch
He said to me, "You must not ask for so much."
And a pretty woman leaning in her darkened door
She cried to me, "Hey, why not ask for more?"

Oh like a bird on the wire
Like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be free











En el alambre

Como un gorrión en el alambre,
o un borracho en el coro esta noche,
a mi modo
ser libre intenté.

Como un gusano en el anzuelo,
un caballero de tiempos pasados,
para ti mil detalles salvé.

Y si no te supe complacer
seguro que puedes dejarlo correr.
Y si nunca jamás dije la verdad,
espero que nunca pienses que te mentí.

Como un recién nacido,
como un animal asesino...
he mordido la mano que me da de comer.

Y prometo por mis muertos,
por todo lo que hice mucho peor,
desenredarlo todo para ti.

Y un hombre envuelto en papel de fumar
me dijo "no preguntes de más"
y una babe maybe esperándome en el burdel
rogándome, suplicándome
¿no quieres un poquito más?

Como un gorrión en el alambre,
o un borracho en el coro esta noche,
a mi modo
ser libre intenté.

martes, 3 de junio de 2008

SEÑOR SILICOSO

-¿Quién puede mostrar interés por este mísero enlace? -dijo irritante la señora interrogación.
-Cualquiera -respondieron al unísono las siamesas comillas.
-Tengo mis dudas -replicó la interrogación con el enojo del que es siempre comparado, en la apoteosis más cursi, con un cisne.
-¡Nos visita gente muy rara!-dijo con esfuerzo por hacerse oír la primera de las siamesas.
-Alejandro, Diego, Raquel, Andrés, Lucía, Ángela...
-¡Calla, calla!, que te olvidarás a alguien...-replicó con diplomático afán su benjamina.
-Sabela, Uxía, Noela, Zeltía, María, Fátima, Cristina, Goretti...
-¿Por qué no os calláis? Oídme bien: esto no puede interesarle a nadie. ¿Dónde está una ilustración mínimamente atractiva? -dijo la relamida hueca.
-Sandra, Mónica, Nerea, Vanessa...
-Cállate, pesada: ¡Agotarás el santoral!, pero no podréis convencerme. Éste esfuerzo es en vano. ¿Qué etiqueta se le pone a esto? ¿Cómo lo llamarías tú?
-Soledad... -dijo en carrerilla la primogénita.
-¡Soledad! Ése es un buen nombre para describir nuestro estado -dijo vencida y meditabunda, sin ganas de ser retórica, la interrogación-. Tal vez merezcamos perder la libertad, que nos vuelvan a encerrar otros engreídos paréntesis.


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domingo, 1 de junio de 2008

REAL EMOTIONAL GIRL, Patricia O'Callaghan




PATRICIA O'CALLAGHAN, Real emotional girl, Teldec, 2000.


   Me interesó el repertorio de Real emotional girl: Leonard Cohen (Hallelujah es una de mis canciones favoritas), Bob Dylan, Kurt Weill...
   Después de Real emotional girl me interesa Patricia O'Callaghan.
   Lástima que los discos de esta canadiense sean aquí inconseguibles.


jueves, 29 de mayo de 2008

LA RAYUELA, Antonio Ventura & Leticia Ruifernández

LA RAYUELA



Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo.
Julio Cortázar.







Pablo lanzó la piedra con cuidado de no sobrepasar la raya de la siguiente casilla.











Siempre que sentía que iba a ganar la partida pensaba en el mismo deseo: que me quiera Marta.









Marta iba a la clase que estaba en el mismo pasillo, enfrente de la de Pablo.



Cuando a Pablo le quedaban sólo dos casillas para llegar al cielo, la piedra salió fuera, y Laura, otra compañera, ganó la partida.












Pablo y Marta en la clase de dibujo compartían una mesa grande, redonda, en la que podían colocar las cartulinas y en el centro las cajas de lápices o los botes de témpera y los pinceles.






Cuando llegaban, se ponían una bata blanca y, antes de comenzar a pintar, Marta se quitaba un anillo de plata que llevaba en el dedo corazón de la mano izquierda y, junto con el reloj, lo dejaba en una pequeña caja de latón al lado del bote de los pinceles.



















Cuando Marta jugaba la rayuela, también se quitaba el anillo y el reloj y los dejaba envueltos en un pañuelo, en el suelo, al lado de su mochila.






Laura, Sergio, Marta, Inés y Pablo comenzaron una nueva rayuela. Esta vez, pensaba el muchacho, ganaré la partida, pediré mi deseo y ...




















En clase, cuando Marta se acercaba a la maestra a enseñarle su dibujo, Pablo acariciaba aquel anillo plateado como si se tratara de un tesoro, incluso una vez lo besó.














Marta sabía que Pablo cogía su anillo cuando ella se ausentaba de la mesa. Cuando volvía, le miraba con una leve sonrisa hasta que Pablo sentía los ojos de ella sobre él, entonces levantaba la cabeza en busca de su mirada y Marta volvía a su trabajo como si no pasara nada.



























Era Marta la que ahora lanzaba la piedra y saltaba a la pata coja, una casilla tras otra, hasta... Sólo le quedaba el cielo; entonces, lanzó la piedra demasiado fuerte y ésta rodó lejos del dibujo que marcaba el juego de los niños.






Salió corriendo a por ella y se la pasó a Pablo, que iba a continuación. Él tiró la piedra sobre la primera casilla, levantó un pie y saltó, la lanzó a continuación sobre la segunda, volvió a saltar. Así, una y otra vez, sin que la piedra se saliera en ningún momento de las líneas que definían los sucesivos cuadrados, hasta alcanzar el último espacio: una casilla semicircular que simbolizaba el cielo y permitía, al primero que llegara, pedir un deseo.














Pablo sonrió pidiendo el deseo de que Marta le quisiera, mientras se agachaba a coger la piedra. En ese momento sintió que tenía algo en su mano, al abrirla descubrió el anillo de plata de la niña. Cuando levantó la vista, marta le estaba mirando con la sonrisa con la que siempre soñó.



ANTONIO VENTURA & LETICIA RUIFERNÁNDEZ, La Rayuela, KóKINOS, Madrid, 2006.

CICLO, Juan Bonilla

Ciclo


En una habitación de un hotel en las afueras. Las luces de los coches reptan por el techo como serpientes sorprendidas, y el foco policial de la luna perfo­ra el aire sombrío con una franja de luz coagulada que se estrella contra un montón de ropa sucia. En un rincón, sobre baldosas desgastadas, una mujer, a la que las pústulas y la desnutrición no han logrado disimularle enteramente la belle­za, se acaba de inyectar heroína en un tobillo. La droga no tarda en difundir sosiego por su cuerpo diezmado, colgando piedras de sus párpados, disecando fantasmas en su cerebro, obturando de flema sus intestinos, borrando alrededor todas las cosas con una gasa negra.
El viento le arranca a los árboles una canción antigua que en el interior de la mujer se transforma en la nana con la que su madre la acunaba. Débilmente sus labios la tararean, mientras va hundiéndose en un abismo de sueño o inconsciencia. La noche transcurre con la lentitud de una guerra perdida y humillante.
A alguna hora de la madrugada alguien empuja la puerta entreabierta y entra en la habitación y enciende la luz que en la embaucada percepción de la mujer es el sol matinal que incendiaba el aire de su cuarto en la infancia. Un hombre, con voz que ha renunciado a cualquier énfasis, pronuncia el nombre de la mujer, y esa voz es la de su hermano que la rescata de la duermevela porque es hora de ir al colegio.
El hombre agita a la mujer. Trata de ponerla en pie. Va a por un vaso de agua en el que moja su pañuelo para rociarle las sienes y la frente. Escruta con sus dedos el pulso. Avisa por teléfono a una ambulancia mientras de la frente de la mujer resba­lan lentas gotas que la ubican en la tarde húmeda, hematomas amenazantes nave­gando por el cielo, en la que murió su madre.
La asistencia médica no demora mucho. Unos minutos en los que el hombre se ha dedicado a adecentar un poco el cuarto al que hacía meses que no iba, sin mirar siquiera a la mujer que un par de horas antes dejó en su contestador un mensaje con el que se despedía para siempre.
El estrépito de la ambulancia enciende luces en la fachada del hotel y asoma a las puertas de las habitaciones a parejas cubiertas con sábanas y viajantes de comercio que se retiran las legañas y se preguntan unos a otros qué coño está ocurriendo.
En tanto tratan de asistir a la mujer, ésta ha emprendido viaje hacia la recóndita aldea en la que residirá junto a su hermano pequeño y a su padre, un hombre ente­co, pelo híspido sobre el bozo, piel rugosa. No deja de oír el sonido que hace el cuerpo de su madre al descomponerse bajo tierra. Un sonido extraño, abismal, de planeta que se mueve, de gigante que regurgita o montaña que se quiebra. Huele a hierba fresca a la que alienta la recién estrenada primavera. Contempla un horizonte de sierras canas, un cielo alto al que sólo lastima de vez en cuando la estría de humo que deja un avión. Pero ese sonido...
La ingresan en la ambulancia. En la fachada del hotel se apagan las luces. No tar­darán en renovarse los gemidos y los ronquidos. En el interior del vehículo los enfermeros se intercambien gestos de deses­peranza. Resulta inútil todo esfuerzo. Ha muerto, pronuncia una doctora con una voz lúgubre que se corresponde con la de la maestra de la aldea que oía sus desolados proyectos de huida con los ojos anegados y los labios sellados por una sonrisa compren­siva.
La ambulancia se precipita por calles anestesiadas que conducen a un Hospital que fulge entre edificios en construcción. Antes de que la introduzcan en una sala congelada en la que se alinean otros cuerpos yertos a la espera de ser amortajados, el hombre, en cuyo contestador automático dejó grabadas sus palabras postreras, deposita un beso en su boca aterida, le acaricia la frente y las mejillas y esa boca y esa mano son las de Ernesto, un muchacho de ojos violetas y pelo rizado que inauguró su cuerpo, y le confesó que la amaba, y le propuso fugarse lejos, donde no pudieran encontrarlo.
Ahora la obscuridad y el frío de la sala son los mismos que los de su habitación adolescente, en las tajantes noches de invier­no, en las que sentía cómo el cuerpo de su madre degeneraba hacia el esqueleto, cómo se marchitaba ella misma consumida por los anhelos de una huida imposible. Tiene miedo. Las persianas echadas, los postigos clausurados, no filtran un solo renglón de luna. Oye pasos que crujen la madera del suelo y se acercan a su alcoba. Pero ese sonido lo produce el celador que se ha inter­nado en la sala congelada de manera furtiva tal y como cada madrugada se metía un repugnante olor a anís en su habitación.
El celador, un hombre enteco, pelo híspido sobre el bozo, piel rugosa, coloca sus manos hirvientes sobre el muslo de la mujer y las pasea arriba y abajo por su cuerpo acri­billado de pinchazos. La mujer quiere gritar pero ahoga ese deseo, porque sabe que será peor: ha de dejar que el visitante se meta en la cama, la acaricie, le diga cuánto le recuer­da a su madre, y la penetre al fin, como la penetra el celador que antes de derramarse en su vientre estéril, antes de que el mundo se apague al fin y cese ese sonido que corrompe al cadáver de su madre para comenzar a corromper el suyo, le susurra con la astillada voz de su padre: «vamos, putita, vamos, a ti ya te da lo mismo».





JUAN BONILLA



Ciclo, en Sin embargo, Revista de creación, Huelva—Sevilla, núm. 6 y 7, Febrero de 1997, pp. 30-31.