jueves, 29 de mayo de 2008

CICLO, Juan Bonilla

Ciclo


En una habitación de un hotel en las afueras. Las luces de los coches reptan por el techo como serpientes sorprendidas, y el foco policial de la luna perfo­ra el aire sombrío con una franja de luz coagulada que se estrella contra un montón de ropa sucia. En un rincón, sobre baldosas desgastadas, una mujer, a la que las pústulas y la desnutrición no han logrado disimularle enteramente la belle­za, se acaba de inyectar heroína en un tobillo. La droga no tarda en difundir sosiego por su cuerpo diezmado, colgando piedras de sus párpados, disecando fantasmas en su cerebro, obturando de flema sus intestinos, borrando alrededor todas las cosas con una gasa negra.
El viento le arranca a los árboles una canción antigua que en el interior de la mujer se transforma en la nana con la que su madre la acunaba. Débilmente sus labios la tararean, mientras va hundiéndose en un abismo de sueño o inconsciencia. La noche transcurre con la lentitud de una guerra perdida y humillante.
A alguna hora de la madrugada alguien empuja la puerta entreabierta y entra en la habitación y enciende la luz que en la embaucada percepción de la mujer es el sol matinal que incendiaba el aire de su cuarto en la infancia. Un hombre, con voz que ha renunciado a cualquier énfasis, pronuncia el nombre de la mujer, y esa voz es la de su hermano que la rescata de la duermevela porque es hora de ir al colegio.
El hombre agita a la mujer. Trata de ponerla en pie. Va a por un vaso de agua en el que moja su pañuelo para rociarle las sienes y la frente. Escruta con sus dedos el pulso. Avisa por teléfono a una ambulancia mientras de la frente de la mujer resba­lan lentas gotas que la ubican en la tarde húmeda, hematomas amenazantes nave­gando por el cielo, en la que murió su madre.
La asistencia médica no demora mucho. Unos minutos en los que el hombre se ha dedicado a adecentar un poco el cuarto al que hacía meses que no iba, sin mirar siquiera a la mujer que un par de horas antes dejó en su contestador un mensaje con el que se despedía para siempre.
El estrépito de la ambulancia enciende luces en la fachada del hotel y asoma a las puertas de las habitaciones a parejas cubiertas con sábanas y viajantes de comercio que se retiran las legañas y se preguntan unos a otros qué coño está ocurriendo.
En tanto tratan de asistir a la mujer, ésta ha emprendido viaje hacia la recóndita aldea en la que residirá junto a su hermano pequeño y a su padre, un hombre ente­co, pelo híspido sobre el bozo, piel rugosa. No deja de oír el sonido que hace el cuerpo de su madre al descomponerse bajo tierra. Un sonido extraño, abismal, de planeta que se mueve, de gigante que regurgita o montaña que se quiebra. Huele a hierba fresca a la que alienta la recién estrenada primavera. Contempla un horizonte de sierras canas, un cielo alto al que sólo lastima de vez en cuando la estría de humo que deja un avión. Pero ese sonido...
La ingresan en la ambulancia. En la fachada del hotel se apagan las luces. No tar­darán en renovarse los gemidos y los ronquidos. En el interior del vehículo los enfermeros se intercambien gestos de deses­peranza. Resulta inútil todo esfuerzo. Ha muerto, pronuncia una doctora con una voz lúgubre que se corresponde con la de la maestra de la aldea que oía sus desolados proyectos de huida con los ojos anegados y los labios sellados por una sonrisa compren­siva.
La ambulancia se precipita por calles anestesiadas que conducen a un Hospital que fulge entre edificios en construcción. Antes de que la introduzcan en una sala congelada en la que se alinean otros cuerpos yertos a la espera de ser amortajados, el hombre, en cuyo contestador automático dejó grabadas sus palabras postreras, deposita un beso en su boca aterida, le acaricia la frente y las mejillas y esa boca y esa mano son las de Ernesto, un muchacho de ojos violetas y pelo rizado que inauguró su cuerpo, y le confesó que la amaba, y le propuso fugarse lejos, donde no pudieran encontrarlo.
Ahora la obscuridad y el frío de la sala son los mismos que los de su habitación adolescente, en las tajantes noches de invier­no, en las que sentía cómo el cuerpo de su madre degeneraba hacia el esqueleto, cómo se marchitaba ella misma consumida por los anhelos de una huida imposible. Tiene miedo. Las persianas echadas, los postigos clausurados, no filtran un solo renglón de luna. Oye pasos que crujen la madera del suelo y se acercan a su alcoba. Pero ese sonido lo produce el celador que se ha inter­nado en la sala congelada de manera furtiva tal y como cada madrugada se metía un repugnante olor a anís en su habitación.
El celador, un hombre enteco, pelo híspido sobre el bozo, piel rugosa, coloca sus manos hirvientes sobre el muslo de la mujer y las pasea arriba y abajo por su cuerpo acri­billado de pinchazos. La mujer quiere gritar pero ahoga ese deseo, porque sabe que será peor: ha de dejar que el visitante se meta en la cama, la acaricie, le diga cuánto le recuer­da a su madre, y la penetre al fin, como la penetra el celador que antes de derramarse en su vientre estéril, antes de que el mundo se apague al fin y cese ese sonido que corrompe al cadáver de su madre para comenzar a corromper el suyo, le susurra con la astillada voz de su padre: «vamos, putita, vamos, a ti ya te da lo mismo».





JUAN BONILLA



Ciclo, en Sin embargo, Revista de creación, Huelva—Sevilla, núm. 6 y 7, Febrero de 1997, pp. 30-31.