domingo, 7 de abril de 2013

CONFESIÓN, Pere Calders

CONFESIÓN
        
   Mi amada me dijo que un pecho sí, pero que el otro no, porque lo tenía apalabrado. Malhumorado y egoísta, perdí el único que quedaba disponible.

PERE CALDERS, Ruleta rusa y otros cuentos, Anagrama, Barcelona, 1984, pp. 290-291.

sábado, 6 de abril de 2013

AGUA QUE LLUEVE, Gertrude Stein


AGUA QUE LLUEVE

   Agua asombrosa y difícil que hace en conjunto el latido y el prado.


GERTRUDE STEIN, Botones blandos, Abada, Madrid, 2011,  página 49.

viernes, 5 de abril de 2013

SIN TESTIGOS, César Aira




SIN TESTIGOS

   Las circunstancias me habían reducido a la mendicidad callejera. Como el pedido directo y sincero no rendía, tuve que recurrir a la estafa, al engaño, siempre en pequeña escala, por ejemplo hacerme pasar por paralítico, ciego, enfermo de alguna terrible enfermedad. No era nada agradable hacerlo. Una vez se me ocurrió que podía hacer algo más ingenioso, más fino, que aunque sirviera para una sola vez y no me diera gran cosa, al menos me dejaría la satisfacción de haber hecho algo pensado, casi artístico según lo veía yo. Necesitaba que un incauto cayera, y preferiblemente que cayera en un sitio donde no hubiera testigos. Caminé un poco, sobre mis pies doloridos (de verdad) por las callejuelas que tan familiares me eran, ya que vivía y dormía en ellas, hasta encontrar un rincón por el que estaba seguro de que no pasaría nadie. Ahí me tiré, al lado de un gran cubo de basura, a esperar a mi presa. Quedé recostado en la pared, a medias oculto por el cubo, en las manos la caja chata que había encontrado tirada y había recogido: era la que me había dado la idea de hacer el truco que me reportaría algún dinero. Debo aclarar que todavía no sabía qué truco sería ése. Lo improvisaría a último momento. De pronto se hizo de noche. Ese rincón estaba muy oscuro, pero acostumbrado como estaba yo a lugares tenebrosos, veía bastante bien. Y tal como lo había previsto, por ahí no pasaba nadie. Era lo que yo necesitaba: un sitio solitario y sin testigos. Pero también necesitaba una víctima, y con el paso de las horas empecé a convencerme de que no caería nadie. Debo de haberme dormido y vuelto a despertar, varias veces. Se había hecho un gran silencio. Sería la medianoche, calculo, cuando oí pasos: venía alguien. No me moví. Era un hombre, fue todo lo que pude decir; no había iluminación suficiente para los detalles. Y antes de que yo pudiera ponerme en movimiento, o llamarlo o chistarlo, vi que se dirigía al cubo y se ponía a hurgar. Era un mendigo, un buscavidas, como yo. Mal podía hacerlo víctima de un truco ingenioso para sacarle dinero. Aun así, lo habría intentado, aunque más no sea para extraerle una moneda y no sentir que había perdido la noche, Pero antes de que yo hiciera el menor movimiento, el desconocido alzaba algo pesado de adentro del cubo y soltaba una exclamación ahogada. Miré, con mi penetrante vista nocturna: era una bolsa llena de monedas de oro. Pasó por mi mente como un relámpago la sensación más amarga de mi vida: era una fortuna, que había estado al alcance de mi mano durante horas, horas perdidas en la espera de un inocente al que sacarme mediante engaños una cantidad ínfima de dinero. Y ahora ese inocente aparecía y se alzaba con mi tesoro, delante de mis narices. Miró para ambos lados, para asegurarse de que nadie lo había visto, y echó a correr. No había advertido mi presencia ahí abajo. Yo no soy de reacciones rápidas, nunca lo fui, pero en esta ocasión, que se me antojó suprema e irrepetible, actué, movido por algo que se parecía a la desesperación. Simplemente estiré una pierna y lo hice tropezar. Él estaba tomando velocidad, su pie se enganchó en mi pierna y cayó cuan largo era; tal como yo había previsto, la bolsa  de monedas cayó con él y las monedas se desparramaron porel piso, por el empedrado desparejo de ese callejón, con gran ruido metálico y brillos prometedores. Yo contaba con que el apuro a él lo llevara a recoger cuantas monedas pudiera y salir corriendo, mientras yo por mi parte también juntaba monedas, que él no me negaría; su caída, el desparramo de las monedas, nos ponía a los dos en la misma situación de apropiadores clandestinos. Pero, para mi sorpresa y horror, no fue así. El hombre se levantó, ágil como un gato, y sin terminar de ponerse de pie, a medio levantar, se arrojó sobre mí al tiempo que sacaba un cuchillo enorme del bolsillo. A pesar de mi vida precaria en la calle, yo no me había endurecido. Seguía siendo un tímido, que escapaba a toda clase de violencia. En esta ocasión no pude soñar siquiera con escapar. Él ya estaba sobre mí y levantó el cuchillo y lo descargó con tremenda fuerza sobre mi pecho. Me penetró casi hasta salir por el otro lado, y debía de ser muy cerca del corazón. Sentí la muerte, con una absoluta convicción. Pero cuál no sería mi sorpresa al ver que al mismo tiempo que me hería, le aparecía a él, en el pecho, una herida igual en el mismo lugar, y empezaba a manar sangre. Su corazón también había sido herido. Él se miró el pecho, perplejo. No entendía, y no era para menos. Me había apuñalado a mí, y la herida aparecía también en él. Extrajo el cuchillo de mi pecho, y, ya con la mirada turbia por la muerte, como la mía, volvió a clavar, al lado, como si quisiera comprobar fehacientemente el hecho extraño. Y en efecto, en su pecho apareció la segunda herida. Empezó a manar sangre. Fue lo último que vi (o vio).


CÉSAR AIRA, Relatos reunidos, Mondadori, Barcelona, 2013, pp.195-197.

jueves, 4 de abril de 2013

ACUERDO, Fernando León de Aranoa



ACUERDO

   Acuérdame de ti,
que yo te acordaré de mí.


FERNANDO LEÓN DE ARANOA, Aquí yacen dragones, Seix Barral, Barcelona, 2013, p. 54.

 Ilustración: David de la Mano
  

miércoles, 3 de abril de 2013

[¡AQUEL ESTÚPIDO CRÍO...], Charles Simic

   ¡Aquel estúpido crío tenía agarrada por la cola a la Bestia del Apocalipsis! Oh barbas en llamas, habíamos firmado nuestra perdición. Los edificios se tambaleaban; las pantallas de los ordenadores estaban tan negras como los armarios de nuestras abuelas. Estábamos demasiado asustados como para suplicar. Otro siglo al garete ¿y para qué? ¡Y todo porque hay gente que no sabe educar a sus hijos!


CHARLES SIMIC, El mundo no se acaba, Vaso Roto, Madrid, 2013, p. 35.

Traductor: Jordi Doce

Ilustración: Rufino Tamayo

martes, 2 de abril de 2013

[PEDIRLE AL SER HUMANO...], Roger Wolfe




   Pedirle al ser humano que reniegue del odio, o ya puestos, que reniegue del amor, es tan inútil como pedirle a un gato que deje de perseguir ratones o al fuego que no arda. El fracaso de todas las religiones, y de todos los sistemas políticos, filosóficos y éticos conocidos, se debe a ese choque frontal con la propia naturaleza humana. Estamos condenados a repetir nuestros errores hasta el día en que reventemos, y hasta la total aniquilación de la especie y del planeta, y no hay vuelta de hoja ni pero que valga. Para el ser humano no hay otra paz que la del cementerio.



ROGER WOLFE, Oigo girar los motores de la muerte, DVD, p. 41.

Fotografía: Annie Leibovitz

lunes, 1 de abril de 2013

EL GORRIÓN, Ivan Turgenev


EL GORRIÓN

   Yo volvía de cazar y caminaba por una avenida del parque. Mi perro corría delante.
   De pronto, se puso al acecho y empezó a avanzar cautelosamente, como si hubiera olfateado una presa.
   Miré adelante y vi a un polluelo de gorrión, de pico amarillo y plumón en la coronilla. Se había caído del nido —un fuerte viento balanceaba los abedules del parque y se había quedado ahí, inmóvil e indefenso, ahuecando sus incipientes y diminutas alas.
   Mi perro se aproximaba a él lentamente cuando, de pronto, de un árbol cercano cayó como una piedra un gorrión adulto, de negra pechera, plantándose ante el mismísimo hocico de mi can y, desencajado, con las plumas hirsutas, piando lastimera y desesperadamente dió un par de saltos en dirección a aquellas fauces abiertas y dentudas.
   Se lanzó a salvar a su criatura, a protegerla con su cuerpo... mientras todo su diminuto ser temblaba de miedo, su vocecilla se quebraba y enronquecía... petrificado de espanto, estaba dispuesto a sacrificar su vida.
   ¡Qué enorme y monstruoso debía parecerle el perro! Y a pesar de ello, fue incapaz de permanecer en su rama, tan alta y tan segura. Una fuerza mucho más poderosa que su propia voluntad, lo había arrojado al suelo.
   Mi Trésor se detuvo y retrocedió... También él reconoció esa fuerza.
   Me apresuré a llamar al avergonzado can y me alejé, lleno de veneración.
   Sí, veneración, no se rían de mí: sentí veneración ante aquel diminuto y heroico pajarillo, ante su arrebato de amor.
   El amor, pensé, es más fuerte que la muerte y que el temor a la muerte. Sólo el amor mantiene e impulsa la vida.

Abril de 1878

IVAN TURGUÉVEV, Poemas en prosa, Rubiños, Madrid, 1994, p. 53.