jueves, 11 de abril de 2013

UN MENDIGO EN EL QUIRÓFANO, Luis PImentel

 

UN MENDIGO EN EL QUIRÓFANO
   
Se va sumiendo la carretera en tus ojos.
Horas encendidas de grava
viven aún en tu humilde reloj de níquel…
Los ángeles azules del telégrafo
dieron sus alas para tus pobres zapatos.
Rezan por ti de rodillas
los marcos de los kilómetros.
En la camilla,
está tibio de paisaje tu cayado;
y sobre el quirófano
ha caído una lluvia de campanas y pájaros.
Níquel y cristal
se han inundado de campo.


LUIS PIMENTEL, Barco sin luces, Linteo, Ourense, 2001 (1960), p. 61.

miércoles, 10 de abril de 2013

MODERNOS Y ELEGANTES, Julio Llamazares

MODERNOS Y ELEGANTES


   Desde que las insignias se llaman pins; los homosexuales, gays; las comidas frías, lunchs, y los repartos de cine, castings, este país no es el mismo. Ahora es mucho más moderno.Durante muchos años, los españoles estuvimos hablando en prosa sin enteramos. Y, lo que es todavía peor, sin damos cuenta. siquiera de lo atrasados que estábamos. Los niños leían tebeos en vez de comics, los jóvenes hacían fiestas en vez de parties, los estudiantes pegaban posters creyendo que eran carteles, los empresarios hacían negocios en vez de business, las secretarias usaban medias en vez de panties, y los obreros, tan ordinarios, sacaban la fiambrera al mediodía en vez del catering. Yo mismo, en el colegio, hice aerobic muchas veces, pero como no lo sabía -ni usaba, por supuesto, las mallas adecuadas-, no me sirvió de nada. En mi ignorancia, creía que hacía gimnasia.
   Afortunadamente, todo esto ya ha cambiado. Hoy, España es un país rico a punto de entrar en Maastricht, y a los españoles se nos nota el cambio simplemente cuando hablamos, lo cual es muy importante. El lenguaje, ya se sabe, es como la prueba del algodón: no engaña. No es lo mismo decir bacon que tocino -aunque tenga igual de grasa-, ni vestíbulo que hall, ni inconveniente que handicap. Las cosas, en otro idioma, mejoran mucho y tienen mayor prestancia. Sobre todo en inglés, que es el idioma que manda.
   Desde que Nueva York es la capital del mundo, nadie es realmente moderno mientras no diga en inglés un mínimo de cien palabras. Desde ese punto de vista, los españoles estamos ya completamente modernizados. Es más, creo que hoy en el mundo no hay nadie que nos iguale. Porque, mientras en otros países toman sólo del inglés las palabras que no tienen -bien porque sus idiomas son pobres, cosa que no es nuestro caso, o bien porque pertenecen a lenguajes de reciente creación, como el de la economía o el de la informática- nosotros más generosos, hemos ido más allá y hemos adoptado incluso las que no nos hacían falta. Lo cual demuestra nuestra apertura y nuestra capacidad para superarnos.
   Así, ahora, por ejemplo, ya no decimos bizcocho, sino plum-cake, que queda mucho más fino, ni tenemos sentimientos, sino feelings, que es mucho más elegante. Y de la misma manera, sacamos tickets, compramos compacts, usamos kleenex, comemos sandwichs, vamos al pub, quedamos groggies, hacemos rappel y, los domingos, cuando salimos al campo -que algunos, los más modernos, lo llaman country-, en lugar de acampar como hasta ahora, vivaqueamos o hacemos camping. Y todo ello, ya digo, con la mayor naturalidad y sin damos apenas importancia.
   Obviamente, esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han cambiado nuestro aspecto, que ahora es mucho más moderno y elegante. Por ejemplo, los españoles ya no usamos calzoncillos, sino slips, lo que nos permite marcar paquete con más soltura que a nuestros padres; ya no nos ponemos ropa, sino marcas; ya no tomamos café, sino coffee, que es infinitamente mejor, sobre todo si va mojado, en lugar de ton galletas, que es una vulgaridad, con cereales tostados. Y cuando nos afeitamos, nos ponemos after-shave, que aunque parezca lo mismo, deja más fresca la cara.
   En el plano colectivo ocurre exactamente lo mismo que pasa a nivel privado: todo ha evolucionado. En España, por ejemplo, hoy la gente ya no corre: hace jogging o footing (depende mucho del chándal y de la impedimenta que se le añada); ya no anda, ahora hace senderismo; ya no estudia: hace masters; ya no aparca: deja el coche en el parking, que es muchísimo más práctico. Hasta los suicidas, cuando se tiran de un puente, ya no se tiran. Hacen puenting, que es más in, aunque, si falla la cuerda, se matan igual que antes.Entre los profesionales, la cosa ya es exagerada. No es que seamos modernos; es que estamos ya a anos luz de los mismísimos americanos. En la oficina, por ejemplo, el jefe ya no es el jefe; es el boss, y está siempre reunido con la public-relations y el asesor de imagen o va a hacer business a Holland junto con su secretaria. En su maletín de mano, al revés que los de antes, que lo llevaban repleto de papeles y de latas de fabada, lleva tan sólo un teléfono y un faxmodem por si acaso. La secretaria tampoco, le va a la zaga. Aunque seguramente es de Cuenca, ahora ya no lleva agenda ni confecciona listados. Ahora hace mailings y trainings -y press-books para la prensa-, y cuando acaba el trabajo va al gimnasio a hacer gim-Jazz o a la academia de baile para bailar sevillanas. Allí se encuentra con todas las de la jet, que vienen de hacerse liffings, y con alguna top-model amante del body-fitness y del yogourt desnatado. Todas toman, por supuesto, cosas light, y ya no fuman tabaco, que ahora es una cosa out, y cuando acuden a un cocktail toman bitter y roastbeef, que, aunque parezca lo mismo, es mucho más digestivo y engorda menos que la carne asada.
   En la televisión, entre tanto, ya nadie hace entrevistas ni presenta, como antes, un programa. Ahora hacen interviews y presentan magazines, que dan mucha más prestancia, aunque aparezcan siempre los mismos y con los mismos collares. Si el presentador dice mucho O. K. y se mueve todo el rato, al magazine se le llama show -que es distinto que espectáculo-, y si éste es un show heavy, es decir, tiene carnaza, se le adjetiva de reality para quitarle la cosa cutre que tendría en castellano. Entre medias, por supuesto, ya no nos ponen anuncios, sitio spots, que, aparte de ser mejores, nos permiten hacer zapping. En el deporte del basket -que antes era el baloncesto-, los clubs ya no se eliminan, sino que juegan play-offs, que son más emocionantes, y a los patrocinadores se les llama sponsors, que para eso son los que pagan. El mercado ahora es el marketing; el autoservicio, el self-service; el escalafón, el ranking; el solomillo, el steak (incluso aunque no sea tártaro); la gente guapa, la beautiful, y el representante, el manager. Y desde hace algún tiempo, también, los importantes son vips; los auriculares, walk-man; los puestos de venta, stands; los ejecutivos, yuppies; las niñeras, baby-sitters, y los derechos de autor, royalties. Hasta los pobres ya no son pobres. Ahora los llamamos homeless, como en América, lo que indica hasta qué punto hemos evolucionado.
   Para ser ricos del todo y quitarnos el complejo de país tercermundista que tuvimos algún tiempo y que tanto nos avergonzaba, sólo nos queda ya decir siesta -la única palabra que el español ha exportado al mundo, lo que dice mucho en favor nuestro- con acento americano...
Julio Llamazares, El País, 13/05/1993

Fotografía: Xurxo Lobato



martes, 9 de abril de 2013

COSTURERO, Manuel Villena & Ferrer García

COSTURERO  

   Mientras se desovilla la vida, dejarse enhebrar por la persona amada.

Manuel Villena

lunes, 8 de abril de 2013

VOY A QUEDARME CIEGO, Carlos Casares





VOY A QUEDARME CIEGO



   Le pregunté a mamá: «¿Voy a quedarme ciego?». Me respondió: «No». Pero no le creo. Hoy por la mañana, cuando me llevaron para el corredor del patio, al sentir el sol sobre la piel, pensé: «A ver». Metí este dedo por la esquina de un ojo, levantando la venda por ver si veía algo, pero no vi nada. Ni siquiera una poca de claridad. Nada. Yo ya tenía la cosa medio tragada, pues por Santa Lucía mi mamá me llevó a Paredes de ofrecido. Aunque me quisieron engañar, bien se veía que la peregrinación era por mí, porque no me dejaban jugar ni cantar. En cambio, mi hermana iba jugando por el camino, cogiendo digitales y hablando con la gente. Y yo callado y mi mamá diciéndome: «Rézale una salve a la santa». Y yo rezando sin ganas porque el sol calentaba y el camino era largo y malo. Yo me acuerdo de cuando llevaron a la niña a la ermita de San Benito, que tampoco la dejaban en paz y la obligaban a rezar como me obligaban a mí ahora. Ella quería jugar conmigo, pero no la dejaban. En cambio, yo hacía lo que quería y nadie me reñía. Y también se ve que hoy en la casa hago lo que quiero y mi mamá no me dice nada y siempre me pregunta: «¿Quieres un poco de miel, querido? ¿Quieres un poco de vino con azúcar? He de comprarte pan blanco en la ciudad». Ya se ve que me voy a quedar ciego. Ayer me riñeron porque dije que a Camilo ya no le quiero por haberme tirado las piedras, pero solo me riñeron ayer. Y mi mamá, siempre que habla de Camilo, dice que es bueno y que no lo hizo adrede, que eso le pasa a cualquiera. Mi mamá habla así porque sabe que me quedo ciego y para que no le guarde rencor a Camilo para toda la vida. Ahora voy a ser como Nicolás, que anda con un bastón de la casa para la era o de la casa para la iglesia. Y de ahí no sale. Y mi papá se ve que anda triste porque habla poco y anteayer, cuando me quedé dormido a la hora de comer, me despertó y me dijo: «¿Dormiste de noche?». Le respondí que sí, pero no era cierto. Llevo más de una semana sin pegar ojo. Cuando me meto en la cama me entra una pena negra en el corazón y se me pone toda la sangre llena de hormigas y me acurruco muy abajo y me tapo la cabeza y rezo. Pero al rezar no se me pasa. Y sigo rezando para dormir, pero debo ser muy malo, que ya tengo tragado para mí que lo de la ceguera debe ser un castigo por mis pecados. Ahora no, pero antes mi mamá ya me decía: «Eres un pecador y has de ir al infierno». Y bien se ve que voy a ir, porque rezo y Dios no me hace caso y no duermo... El verano que viene tengo que volver a Santa Lucía de ofrecido y sin ganas de jugar ni de estallar los digitales. Y si hace sol, aguanto, que así también hago penitencia por mis pecados. En este momento hace sol. Meto el dedo por aquí, por una esquinita, y no veo nada. Me llama mi mamá: «¿Ramón!». Yo le respondo: «¡Mande usted!». Entonces ella me pregunta: «¿Estás bien?». Y yo le respondo de nuevo: «Sí, estoy muy bien». Y ella vuelve a preguntar: «¿Necesitas algo?». El sol debió meterse detrás del monte del Picouto. Ya no calienta. Dentro de poco vendrá la noche. Después cenaremos y luego iremos todos a dormir. Solo de pensarlo se me llena la sangre de agujas y una pena grande y negrísima se me mete dentro del corazón.

 CARLOS CASARES, Narrativa breve completa, Libros del silencio, Barcelona, 2012, pp. 43-45.

Fotografía: Silvia Miau

domingo, 7 de abril de 2013

CONFESIÓN, Pere Calders

CONFESIÓN
        
   Mi amada me dijo que un pecho sí, pero que el otro no, porque lo tenía apalabrado. Malhumorado y egoísta, perdí el único que quedaba disponible.

PERE CALDERS, Ruleta rusa y otros cuentos, Anagrama, Barcelona, 1984, pp. 290-291.

sábado, 6 de abril de 2013

AGUA QUE LLUEVE, Gertrude Stein


AGUA QUE LLUEVE

   Agua asombrosa y difícil que hace en conjunto el latido y el prado.


GERTRUDE STEIN, Botones blandos, Abada, Madrid, 2011,  página 49.

viernes, 5 de abril de 2013

SIN TESTIGOS, César Aira




SIN TESTIGOS

   Las circunstancias me habían reducido a la mendicidad callejera. Como el pedido directo y sincero no rendía, tuve que recurrir a la estafa, al engaño, siempre en pequeña escala, por ejemplo hacerme pasar por paralítico, ciego, enfermo de alguna terrible enfermedad. No era nada agradable hacerlo. Una vez se me ocurrió que podía hacer algo más ingenioso, más fino, que aunque sirviera para una sola vez y no me diera gran cosa, al menos me dejaría la satisfacción de haber hecho algo pensado, casi artístico según lo veía yo. Necesitaba que un incauto cayera, y preferiblemente que cayera en un sitio donde no hubiera testigos. Caminé un poco, sobre mis pies doloridos (de verdad) por las callejuelas que tan familiares me eran, ya que vivía y dormía en ellas, hasta encontrar un rincón por el que estaba seguro de que no pasaría nadie. Ahí me tiré, al lado de un gran cubo de basura, a esperar a mi presa. Quedé recostado en la pared, a medias oculto por el cubo, en las manos la caja chata que había encontrado tirada y había recogido: era la que me había dado la idea de hacer el truco que me reportaría algún dinero. Debo aclarar que todavía no sabía qué truco sería ése. Lo improvisaría a último momento. De pronto se hizo de noche. Ese rincón estaba muy oscuro, pero acostumbrado como estaba yo a lugares tenebrosos, veía bastante bien. Y tal como lo había previsto, por ahí no pasaba nadie. Era lo que yo necesitaba: un sitio solitario y sin testigos. Pero también necesitaba una víctima, y con el paso de las horas empecé a convencerme de que no caería nadie. Debo de haberme dormido y vuelto a despertar, varias veces. Se había hecho un gran silencio. Sería la medianoche, calculo, cuando oí pasos: venía alguien. No me moví. Era un hombre, fue todo lo que pude decir; no había iluminación suficiente para los detalles. Y antes de que yo pudiera ponerme en movimiento, o llamarlo o chistarlo, vi que se dirigía al cubo y se ponía a hurgar. Era un mendigo, un buscavidas, como yo. Mal podía hacerlo víctima de un truco ingenioso para sacarle dinero. Aun así, lo habría intentado, aunque más no sea para extraerle una moneda y no sentir que había perdido la noche, Pero antes de que yo hiciera el menor movimiento, el desconocido alzaba algo pesado de adentro del cubo y soltaba una exclamación ahogada. Miré, con mi penetrante vista nocturna: era una bolsa llena de monedas de oro. Pasó por mi mente como un relámpago la sensación más amarga de mi vida: era una fortuna, que había estado al alcance de mi mano durante horas, horas perdidas en la espera de un inocente al que sacarme mediante engaños una cantidad ínfima de dinero. Y ahora ese inocente aparecía y se alzaba con mi tesoro, delante de mis narices. Miró para ambos lados, para asegurarse de que nadie lo había visto, y echó a correr. No había advertido mi presencia ahí abajo. Yo no soy de reacciones rápidas, nunca lo fui, pero en esta ocasión, que se me antojó suprema e irrepetible, actué, movido por algo que se parecía a la desesperación. Simplemente estiré una pierna y lo hice tropezar. Él estaba tomando velocidad, su pie se enganchó en mi pierna y cayó cuan largo era; tal como yo había previsto, la bolsa  de monedas cayó con él y las monedas se desparramaron porel piso, por el empedrado desparejo de ese callejón, con gran ruido metálico y brillos prometedores. Yo contaba con que el apuro a él lo llevara a recoger cuantas monedas pudiera y salir corriendo, mientras yo por mi parte también juntaba monedas, que él no me negaría; su caída, el desparramo de las monedas, nos ponía a los dos en la misma situación de apropiadores clandestinos. Pero, para mi sorpresa y horror, no fue así. El hombre se levantó, ágil como un gato, y sin terminar de ponerse de pie, a medio levantar, se arrojó sobre mí al tiempo que sacaba un cuchillo enorme del bolsillo. A pesar de mi vida precaria en la calle, yo no me había endurecido. Seguía siendo un tímido, que escapaba a toda clase de violencia. En esta ocasión no pude soñar siquiera con escapar. Él ya estaba sobre mí y levantó el cuchillo y lo descargó con tremenda fuerza sobre mi pecho. Me penetró casi hasta salir por el otro lado, y debía de ser muy cerca del corazón. Sentí la muerte, con una absoluta convicción. Pero cuál no sería mi sorpresa al ver que al mismo tiempo que me hería, le aparecía a él, en el pecho, una herida igual en el mismo lugar, y empezaba a manar sangre. Su corazón también había sido herido. Él se miró el pecho, perplejo. No entendía, y no era para menos. Me había apuñalado a mí, y la herida aparecía también en él. Extrajo el cuchillo de mi pecho, y, ya con la mirada turbia por la muerte, como la mía, volvió a clavar, al lado, como si quisiera comprobar fehacientemente el hecho extraño. Y en efecto, en su pecho apareció la segunda herida. Empezó a manar sangre. Fue lo último que vi (o vio).


CÉSAR AIRA, Relatos reunidos, Mondadori, Barcelona, 2013, pp.195-197.