domingo, 12 de mayo de 2013

ADJETIVOS, Fernando León de Aranoa



ADJETIVOS

   Era un orador experto, divertido, brillante, perspicaz, hábil, profundo y cautivador, pero le sobraban adjetivos.



FERNANDO LEÓN DE ARANOA, Aquí yacen dragones, Seix Barral, Barcelona, 2013, p. 35.

sábado, 11 de mayo de 2013

NIEMEIER, Julio de la Rosa



NIEMEIER

El señor Niemeier pinta cuadros.
Pinta cuadros que no va a ver nadie, nunca.
En la arena. Hace surcos en la arena de la playa.
Con una sombrilla. Con el palo de una sombrilla.
Dice que su trabajo consiste en no olvidar.
Y una vez que recuerda, ¡qué más da que el cuadro desaparezca!
El señor Niemeier lo denomina ‘pintura efímera’.
Y dice que todo lo demás es vanidad.
Que el público es el cáncer del arte.
El señor Niemeier abandonó su casa en la ciudad.
Ahora vive en una caravana, en la playa.
En cualquier caso, nadie iba a visitarlo.
El señor Niemeier pinta cuadros.
Pinta cuadros que no va a ver nadie, nunca.

JULIO DE LA ROSA, Tanto rojo bajo los párpados, Estación del silencio.

viernes, 10 de mayo de 2013

[EL DIRECTOR DEL COLEGIO...], Thomas Bernhard


   El director del colegio hace venir al maestro y lo acusa de haber abusado de uno de sus alumnos. Dice que no sabe qué decir, pero que el traslado del maestro a otro pueblo resulta inevitable. Que probablemente, sin embargo, el maestro tendrá que renunciar incluso a su profesión. Que, en cualquier caso, él tendrá que informar al director de la zona y todo el asunto tendrá consecuencias aún más graves que las que acaba de mencionar. El maestro no trata de justificarse y dice sólo que no ha abusado del alumno, y que ni se le hubiera ocurrido la idea de realizar actos como los que el director describe sin cesar con todo detalle. Sin embargo, aunque el maestro se defienda, no le sirve de nada. Queda suspendido inmediatamente en sus funciones, le dice el director, que deja que se vaya sin darle la mano como solía hacer siempre. Como el maestro no se siente culpable de nada, piensa que, con el tiempo, se demostrará su inocencia y que, sencillamente, aprovechará la suspensión para tomarse unas vacaciones. Que el rumor ni siquiera saldrá del colegio. Pero se equivoca. El rumor se extiende con la velocidad del viento, y hasta el periódico local de la ciudad lo recoge. Dice que un hombre como el maestro tendría que ser puesto a buen recaudo. Que ninguna pena sería demasiado severa para él. Que hay que proteger de él a la juventud, y especialmente a los niños, por todos los medios. Como el maestro está recién casado, el asunto le resulta doblemente desagradable. Su mujer no le cree y lo abandona al enterarse de la acusación. Sólo cuatro días después de ser suspendido, el maestro recibe ya una citación para comparecer ante la audiencia territorial. Nadie sabe qué hace antes del juicio, pero en cualquier caso deja de mostrarse en público. Entretanto, nadie ignora ya su historia. La dueña de su casa le exige que se vaya y le devuelve el alquiler pagado por anticipado. Un día antes del juicio encuentran su cadáver en un río que va crecido, a diecisiete kilómetros del lugar de su residencia. Según se averigua, no se ha suicidado en absoluto, sino que se ha caído accidentalmente al río y se ha ahogado. Entonces el colegial se presenta y dice que toda la historia es falsa y que se la inventó para vengarse del joven maestro.


THOMAS BERNHARD, Acontecimientos y relatos, Alianza, Madrid, 1997, pp. 57-58.

jueves, 9 de mayo de 2013

NACIÓ PARA ENCONTRARLO, Eduardo Galeano


Mayo
9
NACIÓ PARA ENCONTRARLO
        
   Howard Carter nació en la mañana de hoy de 1874, y medio siglo después supo para qué había llegado al mundo.
   Esa revelación ocurrió cuando encontró la tumba de Tutankamón.
  Carter la descubrió de puro porfiado, al cabo de años de mucho trajinar peleando  contra el desaliento y los malos augurios de los expertos egiptólogos.
  El día del gran hallazgo, se sentó al pie de ese faraón de vida fugaz, ese muchacho  rodeado de mil maravillas, y pasó horas y horas en silencio.
  Y regresó muchas veces.
  En una de esas veces, vio lo que antes no había visto: había unas semillas caídas en el suelo. Las semillas llevaban tres mil doscientos años esperando la mano que las plantara.
        
        
        
         EDUARDO GALEANO, Los hijos de los días, Siglo XXI, Madrid, 2012,  p. 155.
        
        
        

miércoles, 8 de mayo de 2013

LOS OJOS ROBADOS , Mahi Binebine


LOS OJOS ROBADOS

   Partir, pero ¿por qué?
   Morad inspeccionó sus babuchas y me respondió:
   —Porque ya no veo mi ciudad.
   —¿Cómo es eso?
   —Los extranjeros me robaron los ojos.
   Después me miró fijamente, como para mostrar que su mirada estaba vacía de verdad. Sin un brillo de esperanza. Sin la menor ambición. Una mirada desengañada y vieja, privada de todo proyecto, de toda perspectiva.
   La escena tenía lugar en un café delante del consulado de Francia. La noche no había caído por completo y la calle estaba llena de un gentío compacto y agitado. Morad esperaba la hora en que se pondría ante el portal tachonado para hacer cola. Era su trabajo: cada noche se apostaba ante el hermoso edificio de arquitectura colonial y pasaba allí la noche; al día siguiente vendía su sitio a los solicitantes de visado. Los precios variaban según la longitud de la cola y las condiciones meteorológicas: los días de lluvia subían sensiblemente. Pero los negocios florecían sobre todo cuando se acercaban las vacaciones escolares. Si además estallaba una bomba, por pequeña que fuera, en algún lugar de Europa, entonces las plazas a la puerta del paraíso llegaban al máximo.
    Con sus ojos de vaca, Morad bebió un sorbo de té chasqueando la lengua y puso el vaso sobre la mesa pringosa y coja.
    —¿Cómo hicieron los extranjeros para robarte los ojos?
    —Desde que tenemos la parabólica en el tejado, sólo tenemos ojos para el otro mundo. Estamos, como quien dice, atrapados por la luz; cegados hasta el punto de que la medina nos parece ahora un gigantesco vertedero, un desecho de miseria y desolación.
    —Lo que se ve en la televisión no tiene por qué ser verdad.
    —Sin duda, pero no puede ser peor que esto.
    —¿,Y tú qué sabes?
    —Sólo pido ver.
    —Yo he vivido veinte años en París, y ya ves, estoy de vuelta. No me siento entero más que en casa.
    —¿Con qué derecho te permites entonces dar consejos? Tú bien que te has ido, ¿no? En tu lugar, yo no habría vuelto.
    Morad sonrió. Era bastante buen mozo. Facciones regulares, un poco negroides, y pelo negro cuidadosamente engominado.
    —¿Por qué haces cola para los demás?
    —Es mi manera de ganarme la vida.
    —Sí, pero podrías trabajar por tu cuenta.
    —Me han rechazado el visado tres veces. Estoy quemado. En cambio, he encontrado un trabajo. Y me va bastante bien. Puedo contarte en detalle la lista de documentos que hacen falta para el visado. Más aun, vendo toda clase de confidencias para obtener los papeles, contactos útiles para falsificarlos, en fin, el negocio...
    —Si eres tan eficiente, ¿por qué no te aprovechas tú mismo de ello?
    —¡Estoy quemado, ya te digo! Y además aquí me conoce todo el mundo. Así que he acabado por renunciar a irme. Ahora tengo la parabólica. Y vivir cerca del precioso documento me sienta bien. Quién sabe, quizás un día...
    —Es el suplicio de Tántalo.
    —¿Y eso qué es, una enfermedad?
    —No, una frustración.
    —Pero yo ya no sufro. Durante el día estoy en Europa o en América..., y por la noche mis sueños prolongan mis viajes. ¿Sabes que soy capaz de dormir de pie?
    —¿De pie?
    —Sí, incluso caminando. Dormir es un arte típico de este país. Desde la cuna nos insuflan una especie de letargo que, de adultos, nos permite proezas insensatas en cuestión de sueños.
    Al verme fruncir las cejas, Morad siguió con un tono más tranquilo:
    —El extranjero cree que estamos despiertos, pero es una engañifa. La mayoría de la gente está adormecida por un torpor raro. Están como separados del mundo.
    —¡Espera!, le digo, yo no me he caído de un guindo. He nacido aquí. Quizás haya pasado veinte años fuera del país, pero sigo siendo marroquí.
    —¡Veinte años! ¿Y por qué has vuelto?
    —Para recomponer los pedazos...
    Tras una pausa, soltó:
    —Al venir a sentarte a mi mesa, enseguida adiviné que estabas loco. Sobre todo no repitas lo que acabas de confiarme: te arriesgas a que te linchen.
     —¿Por qué crimen?, exclamé.
    —Todos los jóvenes que ves a nuestro alrededor sólo sueñan con una cosa: tomar el consulado al asalto. Algunos lo han intentado ya. Sólo Dios sabe dónde vegetan ahora. No podrían comprender un estropicio así.
    Morad enrolló un pitillo, lo encendió y me ofreció una calada. Lo acepté para no romper el diálogo. El seguía sonriendo al yerme aspirar el humo.
    Ahora que estás aquí sin que nadie te haya obligado, te va a hacer falta volver a aprender a dormir. Sobre todo te hace falta un par de babuchas para excluir cualquier tentación de velocidad; y una chilaba gruesa y cálida como la mía. ¡Mira qué confortable 1 Mi madre la tejió con sus manos. Con un invento así, ¡el sueño puede surgir en cualquier momento y en cualquier lugar! Hace falta imperativamente que te pongas al ritmo del país. Los suizos inventaron el reloj, y nosotros tenemos el tiempo. Y, sobre todo, tómatelo con calma, amigo. Los que tienen prisa están muertos. Hemos conseguido desarmar ala muerte. La hemos domesticado, diluyéndola en la apatía de nuestras pobres existencias. La consumimos en pequeñas dosis. Ya ves, estamos en un inmenso cementerio en el que cada cual transporta su propia tumba..., somos auténticas tortugas.
    Mientras que Morad hablaba, entreví como una luz en su mirada. Luego nada.
   Estaba avergonzado de haberme dormido en el café. Al abrir los ojos, vía lo lejos su chilaba amaranto; habría jurado que no había nadie dentro. Sin ninguna duda, era la suya, adosada al portal tachonado del consulado francés. Detrás se extendía una larga fila de aspirantes al paraíso; o al infierno, según se mire.

MAHI BINEBINE, Historias de Marrakech, Abada, Madrid, 2005, pp. 93-97.

Fotografía: Luis Asín

martes, 7 de mayo de 2013

[SILUETAS DE PECES...], Tangan



Siluetas de peces
bajo el hielo.
Cormoranes mortificados.

Tangan

TOM LOWENSTEIN, Haiku (Poemas y meditaciones sobre la naturaleza y la belleza), Blume, Barcelona, 2007, página 93.

PRECOGNICIÓN, Woody Allen


PRECOGNICIÓN

   El señor Fenton Allentuck describe el siguiente sueño precognoscitivo: «Me fui a dormir a medianoche y soñé que estaba jugando al whist con una bandeja de cebollinos. De repente el sueño cambió, y vi a mi abuelo a punto de ser arrollado por un camión de la calle, donde estaba bailando un vals con un maniquí. Traté de gritar, pero cuando abrí la boca el único sonido que salió de ella fueron unas campanadas, y mi abuelo había sido ya atropellado.
   «Me desperté bañado en sudor y corrí a casa de mi abuelo para preguntarle si tenía planes de bailar un vals con un maniquí. Me dijo que no, por supuesto, aunque había considerado la posibilidad de posar vestido de pastor para darle un chasco a sus enemigos. Aliviado, regresé a casa, pero supe más tarde que el viejo había resbalado en un sandwich de pollo y ensalada y se había caído del Edificio Chrysler.»
   Los sueños, precognoscitivos resultan tan comunes que difícilmente pueden considerarse como simple coincidencia. En este caso concreto, un hombre sueña con la muerte de un pariente, y ésta se produce. No todos tienen tanta suerte. J. Martínez, de Kennebunkport, Mainne, soñó que hacía saltar la banca en Las Vegas. Cuando despertó, su cama se hallaba flotando en el mar.

WOODY ALLEN, Sin plumas, Tusquets, Barcelona, 1979 (1976).