sábado, 26 de junio de 2010

EL BESO, Elia Barceló

El viento sacudía con fuerza las copas de los árboles apenas entrevistos en la oscuridad, y la linterna saltaba entre las frondas iluminando retazos de jardín que desaparecían tras el paso de las siluetas como tragados por las tinieblas, como si nunca hubieran existido.
Caminaban deprisa y en silencio, adentrándose furtivamente en los terrenos vallados, rodean el edificio blanco y sobrio, frente a cuya fachada aparcaban una docena de coches recién lavados.
—Lo siento, de verdad —volvió a decir Joshua en voz baja—, pero ya estaba todo claro cuando de repente los Viejos decidieron que no se iban; así que en casa no os podéis quedar. Ya explicado en el chat cómo es mi padre. Se presentó ese puñetero accidente y anularon el viaje y las reservas del hotel, así que no me queda más remedio que meteros ahí. Si no queréis, lo comprendo, claro; pero no tengo otra cosa.
Dago lo miró un segundo, en silencio, y Joshua calló de inmediato. Desde que se había encontrado con él en persona, media hora atrás, una simple mirada suya bastaba para hacerlo callar. Más que eso: para hacerlo sentirse como un idiota, como si pertenecieran a dos castas, a dos especies distintas. Después de varios meses de leer sus mensajes sabía que el que firmaba como Dago era algo especial, pero no se había imaginado que alguien pudiera responder de modo tan exacto a la imagen de un gótico: alto, flaco, pálido, vestido de cuero y terciopelo negros, tremendamente aristocrático, con unos ojos oscuros que parecían arder en un fuego eterno.
Desvió la mirada y siguió caminando con la linterna apuntando hacia el suelo, al asfalto húmedo. Detrás de ellos, otras dos figuras de pelo largo, también vestidas de negro, cargadas de mochilas y sacos de dormir, caminaban con la cabeza gacha, hurtando el rostro al viento que, a pesar de que era mayo, venía frío y preñado de tormenta.
—Por aquí —dijo, abriendo una puerta metálica en la parte trasera del edificio—. Rápido, que no nos oigan.
Los cuatro se colaron por la puertecilla que Joshua volvió a cerrar con doble vuelta de llave y se encontraron en la más completa oscuridad en un lugar que olía fuertemente a algo químico, a desinfectante o a formol. Pensó por un instante que estaba cometiendo una locura y que si su padre llegaba a enterarse de lo que estaba haciendo iba a tener graves problemas, pero alejó los pensamientos negativos, conectó las veladoras, que bañaron el pasillo en una tenue luz amarillenta, y se concentró en el susurro del abrigo de cuero de Dago, que sonaba como el siseo de una serpiente en el repentino silencio que había seguido al ulular del viento entre los árboles.
En el largo pasillo, revelado a la tenue luz de las lámparas, abrió una puerta a su derecha, los hizo pasar y cerró tras ellos. El haz de la linterna iluminó tres paredes blancas y lisas y una frontal cuadriculada por lo que parecían cajones de un metro de ancho. Sobre la puerta por la que habían entrado, una lamparilla protegida por un plástico traslúcido indicaba «Salida». Joshua apagó la linterna y los miró uno a uno, como a la espera de su reacción:
—Aquí estaréis bien. Nunca viene nadie, sobre todo por la noche. Podéis extender los sacos donde queráis y al menos estaréis secos y calientes. En Umbría llueve mucho, incluso en mayo, ya lo habéis visto; seguro que hay tormenta. Lo importante es que no se os ocurra subir al piso de arriba; mañana hay tres funerales, uno muy importante, y habrá gente velando toda la noche, así que lo mejor es que os tumbéis a dormir lo antes posible para que no le llaméis la atención a nadie y que antes de las siete estéis fuera de aquí; por la noche podéis volver, yo os acompañaré otra vez, ¿vale? Hay un lavabo de personal antes de llegar a las escaleras, saliendo a la derecha. Vendré a buscaros mañana, ¿vale?
Dago lo vio pasarse la lengua por los labios resecos y sonrió. El pobre chaval estaba aterrorizado ante lo que pudiera decir su viejo, pero había cumplido su palabra y les había buscado un lugar donde dormir. Y ellos estaban tan agotados después del viaje que hubieran podido abrir el saco debajo de un puente. Le palmeó el hombro:
—Gracias, compañero. Hasta mañana.
—Joshua —preguntó Neko antes de que su anfitrión se escabullera—, esto es una funeraria, ¿no?
—Un tanatorio —se apresuró a contestar Joshua, como si la diferencia fuera fundamental—. Arriba están las salas, la capilla, el crematorio y la cafetería.
— ¿Y aquí? —la voz de Max sonaba displicente, como si estuviera acostumbrado a pasar los fines de semana en un tanatorio.
—Almacén, muestrario de féretros, laboratorio..., nada importante.
—Esto es una morgue, ¿verdad? —Dago miraba los amplios cajones de la pared entre divertido y curioso.
—Bueno..., sí —contestó Joshua chupándose los labios—. Pero siempre está vacía.
Soltó una risa seca y, haciendo un gesto de despedida con los pulgares, los dejó solos. Unos momentos después, extendían los sacos sobre el piso y, con el cansancio de un viaje de más de dieciocho horas en autobús, en autostop y a pie el último tramo, se fueron acostando entre suspiros de alivio.
El silencio era casi completo. Solo se oía el ligero zumbido de la lamparilla que había sobre la puerta y el silbido del viento que intentaba colarse por las estrechas ventanas alargadas, casi la altura del techo del semisótano en el que se encontraban.
Al cabo de un rato, Dago empezó a oír también la respiración profunda de sus dos compañeros, que, a pesar del ambiente, se habían quedado dormidos nada más apoyar la cabeza en el suelo. Sin embargo él no conseguía dormir. Su cuerpo estaba cansado, pero su mente se hallaba en estado de agradable excitación estimulada por la tensión eléctrica que había en el aire aunque la tormenta aún no hubiera descargado. Habían venido desde Madrid para asistir al único concierto que Black Gothic iba a dar en España, y los textos de sus canciones, que se sabía letra por letra, que habían dejado cicatrices en su alma, le acudían a la cabeza sin que pudiera hacer nada por evitarlo. ¡Y el lugar era tan perfecto para esas letras! Un lugar consagrado a la muerte, a los muertos, a la degeneración de la carne que libera el espíritu. No habría podido soñar nada mejor.
De pronto sonó un trueno: un poderoso estampido apenas precedido de un fogonazo de luz violeta que lo dejó ciego durante unos segundos. Poco después, el relámpago volvía a iluminar la habitación y el trueno rodaba, poderoso, por las montañas que encerraban la antigua ciudad de Montecaín.
Neko y Max dormían relajados, sin registrar el aparato eléctrico que se estaba desencadenando a su alrededor.
Dago se levantó, silencioso y flexible, y decidió subir al piso de arriba a contemplar la tormenta, a estirar las piernas y tal vez a fumarse un canuto en el exterior para poder dormir a su vuelta. A nadie le extrañaría su presencia, vestido de negro como iba, en un velatorio. Joshua les había prohibido subir, pero el pobre chaval era un pusilánime, a pesar de los mensajes rebeldes que enviaba de vez en cuando al chat, seguramente cada vez que se peleaba con sus viejos.
Ya había abierto la puerta cuando, de repente, se le ocurrió otra idea que le hizo olvidar por el momento sus planes de subir. La luz violeta de un relámpago iluminó la sala, se giró hacia la pared frontera con una sonrisa en los labios y, con una oscura esperanza brillando en sus ojos negros, volvió a cerrar.

Al día siguiente, cuando Joshua llegó a recogerlos poco después de las siete, los tres lo esperaban ya con sus cosas junto a la puerta metálica que daba al exterior. La tormenta había pasado pero seguía lloviendo empecinadamente, una cortina plateada que caía en vertical limitando la vista a los alrededores inmediatos: el asfalto brillante, las flores de los arriates ahogadas en charcos de barro, los paraguas abiertos de los que acudían al funeral, las torres grises del casco antiguo...
Bajaron en silencio la cuesta que llevaba a la ciudad medieval y se internaron por estrechas callejuelas adoquinadas que parecían retorcerse sobre sí mismas. De vez en cuando, al alzar los ojos del suelo, su vista se topaba con una aldaba en la que un león pulido por el uso de siglos les sonreía misteriosamente, con una gárgola en forma de demonio que escupía un chorro de agua oscura, con las arquivoltas de un portal románico tras el cual se adivinaba un patio oscuro de hortensias azules, con un farol de hierro en una esquina, sobre un diminuto altar donde un Cristo enflaquecido se retorcía de dolor.
Joshua los guió hasta un café que parecía no haber cerrado en toda la noche porque aún olía fuerte a tabaco y a alcohol. El suelo era de serrín, las mesas de mármol, las sillas, de palo. Las paredes, revestidas de madera ennegrecida, estaban cubiertas de carteles de la Semana Santa umbrilitana. En la mesa del fondo se reunieron con un grupo de gente que conocían del chat y a quienes no habían visto en persona hasta ese momento. Todos habían acudido a escuchar el concierto y, de paso, a conocerse cara a cara. Unos acababan de llegar de madrugada, otros habían pasado ya la noche en Montecaín en fondas o en casas de amigos. La palidez de los rostros, los piercings, las joyas de plata y las ropas negras y moradas les conferían un vago aspecto de familia y los integraban en el marco del local, entre nazarenos, cofradías e imágenes macabras.
Pidieron café, té y bollería y se concentraron en el desayuno hasta que, poco a poco, fueron presentándose, para acabar hablando de su música predilecta hasta que consiguieron romper el hielo y empezaron a contarse dónde habían pasado la noche.
—No hay nadie que nos supere —dijo Dago con una leve sonrisa al cabo de un rato, después de haber escuchado historias de pensiones infames y de estaciones de tren sacudidas por la tormenta—. Neko, Max y yo hemos pasado la noche en un tanatorio.
Joshua se removió, inquieto, pero no dijo nada.
—Entonces habrá sido una noche tranquila. No hay nada más pacífico que un cadáver —comentó Lena con una sonrisa pálida.
—Ellos han dormido bien —dijo, señalando a sus compañeros—. Yo me he pasado la noche en blanco.
— ¿Tenías miedo?
La pregunta había sido formulada en tono ligero, pero todos se miraron a los ojos, evitando los de Dago.
— ¿Miedo? —Dago no había dejado de sonreír con displicencia—. Estaba en un estado de excitación desconocido, porque esta noche he encontrado a la mujer que llevo toda la vida buscando.
— ¿Subiste a las salas de arriba? —preguntó Joshua, palideciendo.
Dago negó con la cabeza calmosamente mientras se encendía un cigarrillo largo y negro que olía a algo exótico, oriental.
—Cuéntanos de esa mujer, anda —lo animó Toth.
—Es lo más bello y lo más perfecto que hayáis visto nunca. Pálida, suave, con largo pelo rizado del color de la sangre, joven, silenciosa, fría, llena de misterio. ¿Recordáis «Crimson Lady»: cream cind blood, death wid desire?
—¿Y qué hacía allí? ¿Quién se le había muerto?
—Nadie. La muerta era ella.
Todos soltaron una carcajada incómoda.
—Tiene gracia el chiste —dijo Ness.
—No es ningún chiste.
—Pero te acabas de inventar la historia —Joshua estaba más relajado—. No hay ninguna mujer joven en el tanatorio.
—Claro que la hay. Abajo, en la morgue. En uno de esos cajones frigoríficos deslizantes, como los que salen en las películas de forenses. Y en el otro, a su lado, un tío joven, de pelo largo, con pinta de motorista, ya sabéis: barba oscura, músculos, tatuajes por todas partes.
—¿Cómo murieron? —preguntó Lena manoseando los amuletos de plata que colgaban de su cuello entre encajes morados.
Dago miró a Joshua esperando también una explicación.
El chico se acabó el té que le quedaba en el vaso, suspiró y los miró a todos.
—Que conste que no debería decíroslo. Mi padre me ha hecho prometer que no diría una palabra hasta que la policía los identifique.
Todos se inclinaron hacia él.
—Los encontraron ayer por la mañana, muertos, en una antigua casa de indiano en ruinas que van a derribar para hacer adosados. Habían quemado su ropa y sus papeles, así que no se sabe quiénes son ni cómo se llaman.
—¿Un accidente? —preguntó Max.
Joshua sacudió la cabeza.
—Se habían cortado las venas; por lo demás estaban intactos. Suponen que ha sido un pacto de suicidio. Quizá por amor. La policía está investigando y mientras tanto mi padre tiene allí los cadáveres, pero aún es secreto.
—Tenemos que ir a verlos —dijo Lena.
—Ni se os ocurra. Si el viejo se entera de que os he llevado allí, me mata.
—Os invito esta noche a una fiesta especial. A las diez —dijo Dago poniéndose de pie—. Vosotros traéis las velas; yo compraré champán francés.
—¿Champán francés? —Ness tenía los ojos muy abiertos—. ¿Tú estás loco? Si aquí nadie tiene pasta.
—No puede uno conocer a la mujer de su vida y racanear en la fiesta de presentación a los amigos.
—¿Y el concierto?
—Black Gothic actúa a las doce; los demás son teloneros sin importancia.
—No contéis conmigo para que os abra la puerta —Joshua sonaba desesperado.
—Entonces entraremos por arriba, desde las capillas. La escalera del fondo, la que baja al sótano —dijo Dago a los demás. Y a Joshua—: Tú no tienes que venir, si no te atreves.
Se subió las solapas del abrigo de cuero negro y salió a la lluvia helada, al laberinto de callejas medievales de Montecaín.

Cuando llegaron, a las diez en punto, cargados con velas y palitos de incienso, y vestidos con sus mejores galas para el concierto, Dago los esperaba en la sala.
En las esquinas ardían varios velones rojos y en el centro, cubiertas por unas sábanas, dos camillas ocupaban la mayor parte del espacio. Dago estaba de pie detrás de ellas, abriendo los brazos en un gesto de bienvenida teatral. Llevaba una camisa blanca con chorreras, abierta sobre el pecho hasta el cinturón de hebilla de plata, una chaqueta negra de terciopelo de corte antiguo y el abrigo de cuero con el cuello subido. Un maquillaje pálido destacaba los ojos brillantes, sombreados de negro, y prestaba a su aspecto el peligroso atractivo del filo de una cuchilla.
Joshua sintió que un escalofrío le recorría la espalda, pero vio en la minada de los otros una admiración tan rendida que prefirió callar.
—Amigos, hermanos del lado oscuro —comenzó Dago con su voz grave, modulada como la de un actor—, hoy es un día importante, una noche importante. Os presento a la elegida de mi corazón, la mujer más exquisita de la tierra. —Agarró la punta de la sábana y, con un floreo, la levantó y la dejó caer al suelo con la elegancia de un matador—. Os presento a Minna.
Entre exclamaciones de admiración, todos se acercaron a contemplar a la muchacha que yacía desnuda frente a ellos. Su largo pelo rojo y rizado se abría como una nube en torno a su rostro pulido y afilado por la muerte, donde, sin embargo aún flotaba el rastro de una sonrisa; sus pechos eran suaves y redondos, de pezones rosados; su pubis, una llamarada.
—¿No es perfecta? —preguntó en voz baja, rendida.
—Aparte de que está muerta, sí —comentó Toth, pasando el brazo por los hombros de Ness.
—¡La muerte, bah! ¿Qué es la muerte? ¿Qué importancia tiene que esté viva o muerta? ¿Que no habla? ¿Que no se mueve? No hay nada más hermoso que el silencio y la inmovilidad en una mujer. La muerte borra los defectos, la vulgaridad, la estupidez, dejando solo la belleza. Venid! Brindemos por ella!
—¿Y por él? —propuso Neko—. ¿No nos lo vas a presentar?
—Por supuesto —dijo Dago. Aquí lo tenéis.
Retiró la sábana y, mientras abría la primera botella, los dejó mirar el cuefp° yacente en la camilla: un hombre joven, mtSC¿050, extrañamente indefenso sin id ropa de motorista, sin las muñequeras de cuero, vestido solo con su pelo largo, su barba y sus anillos de acero en las orejas, la nariz, los pezones.
—Era guapo —susurró Lefla acariciándole la frente.
Los dos cadáveres tenían las muñecas cortadas a lo largo de las venas, la piel abierta y como de cera revelando el interior de unos brazos que ya nunca volverían a moverse.
Max se acercó a Lena por detrás y la besó en el cuello. Ella se dejó hacer mientras miraba el cuerpo y los tatuajes que lo adornaban en los brazos, en las piernas, en el vientre.
Dago empezó a repartir copas de champán y, cuando todos tuvieron una en la mano, sacó del bolsillo un puñado de pastillas de colores y se las ofreció con una sonrisa invitadora:
—Para estar a tono ahora y en el concierto.
Chocaron las copas y bebieron, tragándose cada uno la pastilla que había elegido, mirándose a los ojos relucientes a la luz de las velas que olían a incienso y a canela y proyectaban sus sombras, agigantadas, sobre las paredes de la morgue.
—No creas que me he olvidado de ti, compañero —dijo Dago mirando el cadáver del hombre—. Brinda con nosotros.
Sonaron unas risas incómodas sobre la música de Black Gothic que alguien había puesto en un pequeño aparato.
Dago cogió su copa y lenta, deliberadamente, la vertió sobre la cara del cadáver. Luego se inclinó sobre la muchacha muerta y empezó a besarle el rostro mientras sus manos acariciaban sus pechos.
—Estás fría, Minna. Suave. Eres un sueño hecho realidad. Mi sueño.
Su voz profunda sonaba arrulladora, desligada de lo que le rodeaba. Los demás empezaron a bailar cadenciosamente, moviéndose entre el humo de los cigarrillos y las velas, disfrutando de la sensación que empezaba a insinuarse en sus cuerpos a medida que las pastillas y el alcohol iban haciendo su efecto.
Dago seguía acariciando a Minna, olvidado de todo. De pronto se enderezó y, con un gesto brusco, se quitó el abrigo de cuero y se soltó el cinturón. Joshua, con los ojos ya turbios, pero cada vez más asustado, lo detuvo por el brazo.
—¿Qué haces, Dago? ¿Qué vas a hacer?
Se miraron unos instantes y Joshua bajó la vista, confuso.
Dago separó las dos camillas, tomó a Minna por las caderas y la atrajo hacia sí, haciéndola resbalar. Se inclinó para besarle los pechos y entonces se bajó el pantalón y, abriendo las piernas de la muchacha, se dispuso a penetrarla ante los ojos atónitos de sus compañeros.
—Minna —decía con voz estrangulada—, ahora serás mía. Nunca una mujer viva fue digna de mí. Su sudor y su saliva me daban asco; su calor me parecía repugnante. Solo tú eres perfecta: blanca, fría, inmóvil. Mía.
Nadie pudo contar después cómo había sucedido. Dago estaba inclinado sobre ella y, un segundo después, el cadáver del hombre se había incorporado.
De un brutal cabezazo, le partió el cráneo, que se rajó como una fruta madura estallando en sangre, esquirlas de hueso y trozos de masa encefálica que salpicaron a todos los que estaban cerca y salieron, aullando, de la sala.
Cuando, poco más tarde, llegó la policía, encontraron tres cadáveres. Inmóviles, desnudos y fríos, dos de ellos. El tercero, inmóvil, semidesnudo y aún caliente.


Leyendas de Bécquer, 451 Editores, Madrid, 2007.

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