lunes, 4 de junio de 2012

LA INGENIERA, Fernando Beltrán



LA INGENIERA
        
        
   Decía que construía carreteras, canales y puertos, pero era casi imposible construirlos hacia ella.
   Experta en cálculos de estructuras y pesos específicos de la piedra, el acero o el hormigón armado, nuestra charla en aquel cóctel se humanizó tan sólo cuando de pronto hablamos de puentes. Ella había proyectado ya seis o siete y yo sabía el nombre de más de quinientos.
   Ella amaba la matemática resistencia de sus estructuras y yo la milagrosa inutilidad de las palabras. Puente del Alma, Puente del Perdón, Puente del Trigo, Puente de Dos que Volvieron a Verse. ¿Existe de verdad ese puente?
   Nos enamoramos quizá cuando ella bajó al fin la altiva cabeza de su título y posamos ambos los ojos sobre aquel mapa de Camboya.
   Sus argumentos eran siempre contundentes y ajenos por completo a cualquier debilidad sentimental, pero tenía también sus propias armas blancas. Las sábanas más suaves y el íntimo color de la ropa con que rendía finalmente su entrega. Mi eterna debilidad.
   Puente Azul, Puente Frágil, Puente del brazo izquierdo, Puente de la Ingeniera que me Enseñó el Peso Exacto del Amor. Puente Incurable.


FERNANDO BELTRÁN, Mujeres encontradas, Sins entido, Madrid, 2008, pp. 24-25.

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