domingo, 1 de julio de 2012

UN SANDWICH DE ARROZ, Sandra Cisneros


UN SANDWICH DE ARROZ

   Los niños especiales, los que llevan las llaves colgadas del cuello, van a comer a la cantina! ¡La cantina! Hasta el nombre suena importante. Y estos chicos van allí a la hora de comer porque sus madres no están en casa o porque viven demasiado lejos.
   Yo no vivo lejos, pero tampoco cerca, y no sé cómo un día se me metió en la cabeza pedirle a mi madre que me hiciera un sándwich y me escribiera una nota para la directora pidiendo que también yo pudiera comer en la cantina.
   Ah, no, me dijo señalándome con el cuchillo de la mantequilla como si yo me estuviera metiendo en líos, no, señor. En cuanto me despiste, todo el mundo querrá una bolsa con el almuerzo y me pasaré la noche despierta, cortando pan en triangulitos, éste con mahonesa, éste con mostaza, el mío sin pepinillos pero con mostaza en un lado, por favor. Os encanta inventar maneras de darme más trabajo, niños.
   Pero Nenny dice que ella no quiere comer en el colegio, nunca, porque le gusta ir caminando a casa con su mejor amiga, Gloria, que vive enfrente del colegio. La madre de Gloria tiene una televisión en color grande y no paran de ver dibujos animados. Por otra parte Kiki y Carlos son patrulleros. Tampoco quieren comer en el colegio. Les gusta pasar frío en la calle, sobre todo cuando llueve. Consideran que es bueno sufrir desde que vieron la película 300 Spartans.
   Yo no soy espartana y levanto mi bracito anémico para demostrarlo. Ni siquiera puedo inflar un globo sin marearme. Y además, soy capaz de hacerme la comida yo misma. Si comiera en el colegio habría menos platos para lavar. Cada vez me verías menos y te gustaría más. Cada día, a la hora de comer, mi silla estaría vacía. ¿Donde esta mi hija favorita? Llorarías y, cuando por fin llegara a casa a las tres de la tarde, me tendrías un cariño especial.
   De acuerdo, de acuerdo, dice al fin mi madre tras aguantar el mismo rollo durante tres días. Y a la mañana siguiente me voy al colegio con la carta de mi madre y un sándwich de arroz, porque nosotros no podemos permitirnos carne al mediodía.
   Tanto da que sea lunes o viernes, las mañanas siempre pasan despacio y aquel día aún más. Pero al fin llegó el mediodía y me puse en la cola con los niños que se quedan a comer. Todo va muy bien hasta que la monja que se conoce de memoria a todos los niños de la cantina me mira y dice: ¿Y a ti quién te ha enviado aquí? Y como soy tímida no contesto, sólo alargo la mano con la carta. Esto no sirve para nada hasta que la madre superiora diga que vale, me dice. Sube a verla. Arriba me fui.
   Tuve que esperar a que les diera la bronca a dos chicos que había delante de mí: a uno por algo que había hecho en clase y al otro por algo que no había hecho. Cuando me llegó el turno me quedé de pie delante del gran pupitre lleno de estampas debajo del cristal mientras la madre superiora leía mi carta.
         Decía así:
         
   Estimada madre superiora,
   Por favor permita a Esperanza quedarse en el comedor porque vive demasiado lejos y se cansa. Como podrá ver, está muy delgada. Ruego a Dios que  no se desmaye.
   Atentamente,
Sra. E. Cordero.
         
   No vives tan lejos, dijo ella. Vives al otro lado de la avenida. Sólo son cuatro manzanas. Ni siquiera eso. Quizá tres. Apuesto a que desde mi ventana se ve tu casa. ¿Cuál es? Ven aquí. ¿Cuál es tu casa? Y entonces me hizo subir a una caja de libros y señalar. ¿Ésa?, preguntó mientras señalaba un bloque de tres pisos muy feos, de esos en los que incluso a los harapientos les da vergüenza entrar. Sí, asentí, aunque sabía que aquélla no era mi casa, y me puse a llorar. Siempre lloro cuando las monjas me gritan, incluso cuando no gritan.
   Entonces le di pena y dijo que me podía quedar, sólo por hoy: mañana y pasado te vas a casa. Y yo le dije que sí y que si por favor me daba un Kleenex porque tenía que sonarme.
   En la cantina, que no era nada especial, un montón de niños y niñas me miraban mientras lloraba y me comía el sándwich. El pan ya estaba grasiento y el arroz, frío.


SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 67-70.

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