lunes, 11 de agosto de 2014

[ESCRIBIR SOBRE EL AMOR...], Juan Gómez Bárcena


   Escribir sobre el amor, claro. Pero, ¿qué sabe él sobre eso?
   Tal vez Carlos sea más inseguro de lo que parecía y aún haya que atribuirle un segundo miedo. El temor de que la novela de Juan Ramón y Georgina acabe revelando lo poco que vale su propia vida. Porque al fin y al cabo toda buena ficción hunde sus raíces en una emoción auténtica, son palabras del licenciado, lo que significa que para escribir sobre el amor un novelista debe echar mano a sus experiencias; aprovecharse de todo cuanto ha aprendido en los brazos de una mujer.
   ¿Y qué es lo que ha aprendido él? ¿Qué sabe sobre mujeres de carne y hueso?
   En realidad, apenas nada. Es cierto que a pesar de su juven­tud tiene ya una discreta experiencia, pero hasta ahora siempre se ha enamorado de fantasmas. Una mujer bonita que vio pasear por la calle tan sólo un instante. El cuerpo mínimo de una ninfa en un grabado de Gustave Doré. El personaje de una novela. Lo más cercano que ha estado de enamorarse de alguien real fue cuando conoció a aquella prostituta polaca. Si es que puede lla­marse amor a eso y, sobre todo, si es que puede llamarse prosti­tuta a una mujer que todavía es virgen.
   Ocurrió la víspera de cumplir trece años. Al día siguiente sería un hombre. Al menos eso era lo que le iba diciendo su padre mientras lo acompañaba en el coche de caballos, rumbo a su re­galo de cumpleaños. Ser un hombre conlleva muchos deberes y responsabilidades, decía, pero también ciertos privilegios. Carlos no sabía si quería o no quería. Ni convertirse en un hombre, ni ese privilegio que su padre estaba a punto de ofrecerle. Hacía poco había descubierto en un doble fondo de su biblioteca un librito maravilloso y al mismo tiempo repulsivo, lleno de estam­pas de hombres y mujeres entrelazados, haciendo cosas que no, de ningún modo. Dedicó todo el verano a pasar sus páginas a escondidas, y su conclusión al cabo de cada examen era siempre la misma: qué asco, las viñetas. Algunas noches se encerraba en el aseo y contemplaba su cuerpo desnudo en el panel del es­pejo. Comparaba su figura escuálida, su torso sin vello, con las imágenes que veía en el libro. Otras veces, en ese mismo cuarto de baño, las viñetas por un instante dejaban de darle asco, pero entonces le producían remordimientos.
   Al principio Carlos creyó que se dirigían al centro de Iqui­tos, a los prostíbulos donde debutaban los jóvenes de la ciu­dad. Pero su padre le tenía reservada una sorpresa. No hay que olvidar que era uno de los hombres más ricos del país. Y que el dinero, al igual que hacerse un hombre, no sólo comporta privilegios: también ciertos compromisos. La responsabilidad, a veces penosa, de despilfarrarlo para demostrar que se posee. Todo esto sucedía además al calor de la fiebre del caucho, cuan­do las ciudades del Brasil y del Perú comenzaron a llenarse de magnates como él, que sufrían por no saber en qué emplear sus fortunas. Los menos espléndidos se contentaban con calmar la sed de sus caballerías con champaña francesa. Otros enviaban a lavar su ropa sucia en barco hasta Lisboa; dos meses de espera para prevenir sus vestuarios importados del contacto impuro de las aguas americanas. En algunos clubs incluso era costumbre encender los puros con billetes de cien dólares, y si no se fumaba, pedir con ellos deseos en las fuentes públicas. Deseos efímeros con el busto del presidente Washington, que en un instante se reblandecían y naufragaban ante la mirada impotente de los transeúntes.
   Pero a don Augusto no le interesaban demasiado los caballos ni los puros. Tampoco le importaba que el servicio lavara sus fracs con el agua del Amazonas. A él lo que de verdad le gustaba eran las mujeres, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para que Carlos compartiera su parecer. Para que olvidara las tentaciones antinaturales que creía se escondían detrás de todos los versos, incluso de los que parecían más inocentes. Así que para su cum­pleaños sólo podía regalarle lo mejor, es decir, una noche en el burdel de lujo de los empresarios caucheros.
   Era un palacete construido en el límite de la selva, que Carlos miró desde el coche con una mezcla de temor y fascinación. Sabía por su padre que hasta allí llegaban vírgenes traídas desde todos los rincones del mundo, con certificados de pureza que venían rubricados en hasta cuatro o cinco idiomas. Porque los caucheros sólo podían consentir en su lecho mujeres honradas, prostitutas que aún no habían tenido tiempo de serlo, aunque mucho antes de su primer período ya hubieran sido tasadas, ven­didas, transportadas. Putas potenciales que serían remitidas a los burdeles comunes después de una sola noche de trabajo, tras perder su virtud por un precio desorbitado.
   La elección se extendió durante un tiempo que a Carlos le pareció inmenso. Frente a ellos desfilaron húngaras, rusas, chinas, negras africanas, francesas, hindúes. Había otomanas todavía con el velo puesto e inglesas para que los magnates británicos se sintieran como en casa. Portuguesas y españolas con las que los mestizos podían saldar viejas cuentas coloniales. Eran casi niñas. Eran también casi hermosas, pero esa belleza de alguna forma dolía. Carlos rehuía sus ojos. Miraba el aire que había entre ellas, y señalaba a ésta o aquélla al azar cuando su padre lo apremiaba. Cada vez que preguntaba un precio, un criado con una bandeja de plata y un mazo de tarjetas les tendía la cartulina correspondiente. No contenían nombres ni apodos: sólo la nacionalidad y la tarifa. Trescientos dólares americanos por las japonesas. Doscientos cincuenta por las egipcias. Apenas doscientos por mulatas de las Antillas. Pero don Augusto negaba con la cabeza al examinar las tarjetas. Esta es sólo una brasileña, podemos encontrar brasileñas en cualquier parte, y además sólo cuesta cien dólares. No seas tímido, puedes escoger lo mejor: yo invito. Lo mejor, por supuesto, quería decir también lo más caro. Y al final eso fue precisamente lo que don Augusto le rega­laría: una niña asustada de trece o catorce años, que no era más hermosa que las demás, pero sí tenía la tarjeta adecuada.
   Polonia. Cuatrocientos dólares.
   Mientras preparaban su pedido, don Augusto tomó a Carlos por el hombro. Son cuatrocientos, le dijo, así que más te vale de­cirme si sangra o si no sangra. Andate con mucho ojo, que con estas putas nunca se sabe. A algunas les da por adelantar trabajo y comienzan a consolar marineros en el Atlántico, y entonces ya no valen ni las ropas que visten.
   Carlos se estremeció. La mención de la sangre le recordó el primer día que su padre lo llevó de caza y no se atrevió a apre­tar el gatillo contra ninguno de los animales que le señalaba. Durante todo el día monos y cerdos salvajes desfilaron despreo­cupados frente a él, amnistiados por su cobardía. Al fin don Augusto le arrebató el rifle con rabia, y fue abatiéndolos uno a uno, estallándoles la carne con disparos certeros.
   Pero el recuerdo duró sólo un instante. Alguien acababa de abrir la puerta del reservado, y cuando alzó los ojos la muchacha estaba ya esperándolo.

JUAN GÓMEZ BÁRCENA, El cielo de Lima, Salto de Página, Madrid, 2014, pp. 101-104.
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Clara Lieu

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