miércoles, 26 de agosto de 2015

SOBRE EL SEÑOR DE LAS MOSCAS, Ian McEwan

   Leí El Señor de las Moscas en el internado cuando tenía trece años, en una edición especialmente reforzada —sin ironía ni, probable­mente, demasiado éxito— contra el salvajismo cotidiano de los colegiales. Los ejemplares nuevos de estreno se repartieron en clase una tarde de verano. Las cubiertas de cartón de doble grosor eran de un dorado intenso, que nos llegó a parecer el color de la arena de una isla desierta y del apellido del autor. Era el tipo de libro que crujía la primera vez que se abría, y la cola de la encuadernación despedía un olor ligeramente fecal, que pronto asociamos a chicos atiborrados de frutas tropicales a los que les había entrado un apretón en la playa. El texto era sorprendentemente claro, en armonía con las aguas límpidas de la laguna. Algo me habría llegado de la fama de la novela porque ya sabía que era un libro serio, escrito por un adulto para que otros adultos le prestaran toda la atención. En esa época ardía en deseos de entrar en el mundo de los libros de verdad. Empecé la primera página con avidez y leí demasiado rápido porque me quedó la idea de un chico con una cicatriz enorme y un pájaro capaz de hablar. Empecé de nuevo, esta vez más despacio, y me inicié, aunque entonces no podía saberlo, en el proceso mediante el cual los escritores le enseñan a uno a leer. No todas las cicatrices las llevan las personas, esa estaba en el entramado de la jungla. Y el chillido de un ave podía encontrar eco en el chillido de un niño, y por lo tanto parecerse a él.
   Dos descubrimientos relacionados me proporcionaron un placer inmediato. El primero fue que, en un libro de adultos como este, los adultos y todas sus preocupaciones grises e Impenetrables no eran importantes. Me encontraba con las situaciones que poblaban mi imaginación y mis lecturas infantiles preferidas. Durante años había fantaseado con que, oportunamente y de manera indolora (no quería en absoluto que sufrieran), los adultos se esfumaban, lo que nos obligaba a mí ya un puñado de amigos de lo más capaces a superar peligros sin que nunca se nos llamara a merendar. Había leído La Isla del Tesoro y La Isla de Coral, por supuesto, y lo sabía todo de la parte menos respetable de la tradición, la serie de aventuras de Enid Blyton en la que cuatro amigos y un perro desarticulaban organizaciones criminales internacionales durante las vacaciones de verano. Lo que era tan atractivamente subversivo y verosímil de Golding era la premisa aparente de que en un mundo dominado por niños las cosas iban mal, de una manera horrible pero interesante. Y es que —y ese era el segundo descubrimiento— conocía a esos chicos. Sabía de lo que eran capaces. Había visto cómo lo hacíamos. Para mí, la isla de Golding era un internado apenas oculto.
   Como coetáneo de Ralph, Piggy y Jack, me sentía muy próximo a sus problemas, el más urgente de los cuales parecía —ya que yo no quería que rescataran a los muchachos— la dificultad de discutir algo en grupo y llegar a conclusiones útiles. Me reconocía con angustia al leer las descripciones de las reuniones alrededor de la caracola, las inevitables derivas y la confusión. A los doce o trece años, con un poco de intimidad y necesidad, uno podía trazar una línea de pensamiento a solas, llegar a algún tipo de vaga conclusión. Hacerlo con un grupo de amigos era prácticamente imposible. Teníamos una edad en la que ansiábamos sociedades y códigos secretos, jerarquías y rituales inventados; todos ellos exigían que se hablara a fondo antes de poder empezar a divertirnos, e innumerables elementos conspiraban para impedirlo: la misma emoción, el espíritu competitivo, la agresión, las payasadas, los tejemanejes, el fanfarroneo, la necesidad de soltar una gracia a cada momento, el pensamiento asociativo y salvaje, y que todo el mundo hablara al mismo tiempo. No podíamos organizar nada nosotros solos. Los pensamientos que uno tenía se esfumaban. («Ralph se sorprendió ante la cortina que le nublaba el cerebro. Iba a decirles algo, cuando la cortinilla se cerró.») Golding lo sabía todo sobre nosotros. En El Señor de las Moscas se me mostraban el desorden y las limitaciones de mi pequeña sociedad.
   Por primera vez en mi vida leía un libro que no dependía de personajes antipáticos o de villanos como fuente de tensión o maldad. Lo que sabía, sin pensar demasiado en la cuestión, se confirmó y se clarificó; la vida podía ser tristemente separadora, incluso podía ir fabulosamente mal, sin que nadie tuviera que ser demasiado malo. Nadie tenía la culpa; así eran las cosas cuando nos juntábamos.
   Me inquietó llegar a los últimos capítulos y leer cómo moría Piggy y cómo los chicos le daban caza a Ralph transformados en una jauría descerebrada. Justo ese año la habíamos emprendido contra dos de los nuestros de una forma ligeramente similar. Se tomó una decisión colectiva e inconsciente, se señaló a las víctimas y, a medida que sus vidas se iban amargando día a día, crecía en nosotros el impulso justiciero y excitante de castigar. Ninguno de los chicos era un candidato claro al acoso, ninguno era feo, tonto o débil. Uno se peinaba el pelo con una raya que nos parecía demasiado precisa. El otro tenía una actitud cercana y confiada, y a veces era excesivamente generoso con sus caramelos. Juntos nos convencimos de que eran insoportables. A ninguno de nosotros se le hubieran ocurrido por su cuenta las humillaciones diarias, las pequeñas torturas que nosotros, la pandilla invencible e inconsciente, infligimos a ese par de chicos. Sus padres no tuvieron más remedio que sacarlos. Cuando el perplejo padre del muchacho bien peinado vino en coche a recoger a su hijo, nadie se atrevió a desafiar al grupo y salir en el último momento a despedirse.
   No me hicieron falta muchos años para descubrir que los colegiales no tienen el monopolio de la sinrazón y la crueldad y que no son los únicos incapaces de resolver las diferencias discutiendo tranquilamente. Por supuesto, eso es en buena medida lo que Golding quería dar a entender. Los chicos prenden fuego a su isla paradisíaca mientras sus mayores han hecho de todo menos destrozar el planeta. Cuando fracasa una nueva asamblea y los chicos se dispersan por la playa, Ralph, Piggy y Simon se quedan rezagados y empiezan a enumerar con añoranza la multitud de formas en que los adultos se habrían organizado mejor. Golding añade: «Los tres muchachos, en la oscuridad, se esforzaban en vano por expresar la majestad de la edad adulta». A los trece años yo también tenía suficiente fe en la vida de los adultos como para no captar la ironía de Golding. El Señor de las Moscas me emocionó con toda la fuerza de que es capaz la ficción porque al leerlo me sentí acusado. Todos mis amigos también estaban encausados. La novela hizo que me avergonzara de una forma bastante refinada. Aportó realismo a mi vida imaginaria (el mundo sin adultos, liberado y resplandeciente) y, años después, cuando yo mismo llegué a escribir una novela, no pude resistirme al ímpetu de mis fantasías infantiles ni a la fuerza del modelo de Golding, ya que estaba intentando describir un mundo cerrado de chicos alejados de las limitaciones de la autoridad. No tenía ninguna duda de que mis muchachos también iban a sufrir con la libertad antes que regocijarse con ella. Sin que entonces me diera cuenta, le puse al protagonista el nombre de un personaje de Golding.
   No puedo dejar de tener presente el recuerdo de mi primera lectura de El Señor de las Moscas. Independientemente de que aborde otros asuntos, y desde luego lo hace, para mí sigue siendo ante todo una novela sobre colegiales que da muestras de aguda observación: la forma en que hablan, se pelean o se ponen a jugar con aviones en miniatura en medio de una frase.
   Golding no desaprovechó el barullo de la sala de alumnos de la escuela primaria Bishop Wordsworth A fin de cuentas, la autoridad satánica del mismo Señor de las Moscas se expresa en palabras que Golding podría haber utilizado en clase. «El Señor de las Moscas habló con la voz de un director de colegio: “Esto pasa de la raya, jovencito. Estás equivocado, ¿o crees saber más que yo?”» A los trece no iba a saber que a Golding le interesaban muchas más cosas que observar a colegiales y que utilizaba de forma ejemplar una experiencia limitada con un objetivo enormemente ambicioso y conseguido. Sentí esa extraña euforia producida por el pesimismo artísticamente logrado; a mi juicio, el dedo acusador de la novela señalaba a colegiales como Jack, Piggy, Ralph y yo. A todas luces, no estábamos ala altura. No conseguíamos pensar con claridad, y en grupos suficientemente grandes éramos capaces de cometer atrocidades. Al tomármelo todo tan en serio, quiero pensar que en cierto sentido fui un lector ideal.

IAN MCEWAN

WILLIAM GOLDING, El señor de las moscas, Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2014, pp. 265-269.
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Ilustración: Jorge González 

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