miércoles, 22 de agosto de 2012

UN ARTISTA DEL TRAPECIO, Franz Kafka & Sesé


UN ARTISTA DEL TRAPECIO

   Un artista del trapecio —como es bien sabido, este arte que se practica en las alturas de los grandes circos es uno de los más difíciles a los que los hombres pueden dedicarse— había dispuesto su vida de tal modo que, primero por un mero afán profesional de superación, luego por una costumbre que se volvió tiránica, mientras trabajaba en la misma compañía, permanecía en su trapecio noche y día.
   Todas sus necesidades, por cierto muy limitadas, eran satisfechas por empleados que se turnaban, y que subían y bajaban todo lo que el trapecista, precisaba en recipientes especialmente construidos para tal fin.
   Este modo de vida no creaba dificultades especiales en su entorno; únicamente era un poco molesto que se quedara arriba durante la representación del resto de números del espectáculo, ya que no se le podía ocultar y, aunque en esos momentos el artista permanecía inmóvil la mayoría de las veces, no se podía evitar que de vez en cuando alguien del público desviara su mirada hacia él. Pero los directores del circo le disculpaban este modo de vida porque era un artista extraordinario, insustituible. Además, todo el mundo entendía que él no vivía así deliberadamente; en realidad, sólo así podía estar siempre en forma y preservar la suma perfección de su arte.
   Por otra parte, el ambiente en lo alto del trapecio también era saludable, y si en la estación del año más calurosa se abrían las ventanas laterales de la cúpula, y el aire fresco y el imponente sol invadían el recinto en penumbra, entonces la vista era incluso hermosa.
   Evidentemente, las relaciones humanas del trapecista eran muy pocas. Sólo a veces algún colega trepaba por una escalerilla y se sentaba junto a él en el trapecio. Uno se apoyaba en la cuerda de la derecha y el otro en el de la izquierda y así charlaban un buen rato.
   En otras ocasiones algunos obreros reparaban la bóveda y cruzaban algunas palabras con él a través de alguna ventana abierta. También podía suceder que el electricista revisara las luces en la galería superior y le gritara algunas palabras respetuosas aunque poco inteligibles.
   Sin embargo, habitualmente el trapecista no decía nada y permanecía pensativo. Sólo a veces algún empleado que vagaba despistado por la sala vacía alguna tarde, levantaba los ojos hacia aquella altura inaccesible a la mirada donde el trapecista practicaba su arte o simplemente descansaba sin saher que alguien le observaba.
   El artista del trapecio hubiera podido vivir tranquilo así, sin que lo molestaran, a no ser por los inevitables viajes de una ciudad a otra, que le importunaban sobremanera. Es cierto que el empresario procuraba que esa mortificación no se prolongara innecesariamente. Para desplazarse por las ciudades, el trapecista utilizaba un coche de carreras que, a ser posible de noche o durante la madrugada, conducía a toda velocidad a través de las calles desiertas, pero la verdad es que tenía la sensación de ir demasiado lento para su anhelo por estar de nuevo en el trapecio.
   En el tren se reservaba un compartimiento para él solo donde el trapecista se recostaba en el altillo del equipaje, lo cual le suponía una sustitución, aunque poco satisfactoria, de su acostumbrado modo de vida.
   En la ciudad de destino ya se había instalado el trapecio mucho antes de su llegada, se había abierto todas las puertas del circo de par en par y los corredores ya se habían despejado. Pero el momento más feliz de la vida del empresario era cuando el trapecista apoyaba el pie en la escalerilla y en un santiamén trepaba de nuevo a su trapecio. Todos estos viajes resultaban económicamente muy beneficiosos para el empresario, pero sea como fuere destrozaban los nervios del artista.
   En cierta ocasión, mientras viajaban (el artista en el altillo, ensimismado, y el empresario recostado junto a la ventanilla, leyendo un libro), el trapecista le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, uno frente a otro.
   El empresario accedió a su petición de inmediato. Sin embargo, el trapecista, como si quisiera señalar que ni la aceptación ni la oposición del empresario importaran, añadió que nunca más y bajo ninguna circunstancia, trabajaría únicamente sobre un solo trapecio. Pareció horrorizarse ante la idea de que pudiera sucederle alguna vez. Observándole, el empresario le replicó, aunque vacilante que estaba dispuesto a acceder a su demanda y que dos trapecios eran mejor que uno solo. Además, la nueva instalación ofrecía muchas ventajas y el número sería más variado y sofisticado.
   Entoncés de pronto, el artista se echó a llorar. Profundamente sobresaltado el empresario se levantó y le preguntó qué le ocurría. Como no recibiera respuesta, el empresario se subió al asiento, le acarició y puso su cara junto a la suya para que las lágrimas del artista también se derramaran sobre él. Sólo después de muchas preguntas y palabras amables, el trapecista exclamó, sollozando: “¿Cómo se puede vivir con sólo una barra en las manos?".
  A partir de este momento al empresario le resultó más fácil consolar al trapecista. Le prometió que en la siguiente estación telegrafiaría al lugar de destino para solicitar la instalación del segundo trapecio y se reprochó el haberle hecho trabajar en un único trapecio durante tanto tiempo. También le dio las gracias y le elogió por haberle hecho advertir aquel imperdonable error. Así consiguió el empresario tranquilizar al trapecista y pudo volver a su rincón.
   Pero él no había logrado tranquilizarse. Seriamente preocupado, observaba a escondidas, por encima del libro, al trapecista. Si tales pensamientos habían empezado a atormentarle, ¿Podrían ya cesar por completo? ¿No irían intensificándose día a día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver, en medio del sueño aparentemente tranquilo en que habían  terminado sus sollozos, comenzar a dibujarse la primera arruga en la tersa frente infantil del artista del trapecio.

FRANZ KAFKA, Un artista del trapecio, Narval, 2012, 30 páginas.

Ilustraciones: Sesé

Traducción: Lai Liñán

martes, 21 de agosto de 2012

UN NOTARIO IRLANDÉS, Álvaro Cunqueiro


UN NOTARIO IRLANDÉS
        
   Un día de noviembre llamaron a la puerta del notario de Armagh.
   Lo llamaban para un testamento. Se embozó en su cuatremuz el letrado, y en una mula muy reducida y cristiana —de la Abadía de Beryl venía— se puso en viaje. Llegó a la casa donde yacía el enfermo, el testador, y la halló muy iluminada de velas de cera virgen. El portal, las escaleras y las habitaciones estaban abarrotadas de velas encendidas. El testador estaba en el lecho, y le dijo lo que sigue al señor notario de Armagh:
   —Estas luces son las Benditas del Purgatorio, a las que lego toda mi fortuna. Haced el testamento.
   Hizo el testamento el notario, todo él en letra inglesa, y firmó e1 enfermo, que, no más firmar, dio el alma a Dios. Del lecho brotó una lucecilla, y con todas las velas, con la luminosa compaña, voló. De testigos del testamento actuaron dos de aquellas velas, que, en lugar de la firma, dejaron caer dos gruesas gotas olorosas de cera.
        
ÁLVARO CUNQUEIRO, Flores del año mil y pico de ave, Seix Barral, 1990, p. 53.

lunes, 20 de agosto de 2012

EPITAFIO, Patxi Serrano



ALFONSO LÓPEZ GRADOLÍ (editor), Poesía experimental española. (Antología incompleta), Calambur, Madrid, 2012, p. 240.

Patxi Serrano


domingo, 19 de agosto de 2012

DENTRO DEL MENÚ, Raúl Sánchez Quiles


DENTRO DEL MENÚ

   El guachinche de El Cilindrín es famoso por la carne de cochino, no por la amabilidad del dueño. El Cilindrín es un tipo irascible, violento y bebedor, conocido por trabajar poco y por maltratar a su esposa y a sus hijas. A pesar de su incómoda presencia, su familia lleva con éxito el negocio. Por eso, la noche en que dijeron que Anastasio El Cilindrín se había embarcado con una extranjera, no hubo duelo, sino fiesta en el guachinche. Los clientes bebieron y comieron como nunca. Invitó la casa. Sobre el fogón, un secreto familiar y dos tipos de carne de cochino.

Raúl Sánchez Quiles


IRENE ANDRES-SUÁREZ, Antología del microrrelato español (1906-2011), Cátedra, Madrid, 2012, página 494.

sábado, 18 de agosto de 2012

EL DOLOR, Fernando Trías de Bes & Chema Madoz



EL DOLOR
        
   Érase una vez un faquir que se ejercitó durante meses para una importante actuación. En su debut, se tragó cinco espadas hasta la empuñadura, se comió unos trozos de vidrio como si fuesen mendrugos y se estiró sobre una alfombra de clavos mientras tres hombres saltaban repetidamente y sin piedad sobre su pecho y su abdomen.
   Al acabar la función, mientras hacía modestas reverencias y el público lo ovacionaba con admiración, le hicieron entrega del clásico ramo de flores con que se obsequia a los artistas al finalizar su actuación. Eran rosas. Al tomarlas, se pinchó con una espinita y exclamó:
   —¡Ay!— Apartó la mano, dejó caer el ramo sobre el escenario y se chupó el dedo.
   Todavía frente al atónito público, el presentador le preguntó:
   —¿Y eso?
   Y el faquir respondió:
   —Eso... no lo esperaba.
        
   FERNANDO TRÍAS DE BES, Relatos absurdos, Urano, Barcelona, 2006, p.19.

viernes, 17 de agosto de 2012

MÍRAME, Patxi Serrano




ALFONSO LÓPEZ GRADOLÍ (editor), Poesía experimental española. (Antología incompleta), Calambur, Madrid, 2012, p. 241.

Patxi Serrano

jueves, 16 de agosto de 2012

HUYE UNA DAMA, Álvaro Cunqueiro


HUYE UNA DAMA
        
   Avisaban de las cazas en las Tierras Soberanas de Sedán, y una doncella llamada Clemence avisó al postillón de los trompeteros diciéndole:
   —iSi encontráis al ciervo lucero, avisadme, que es el hijo de mi señor y mi enamorado!
  El ciervo lucero acudió al aviso, y el postillón mandó recado a la doncella. Vino Clemence al bosque, y el ciervo lucero le besó las manos.
  —¿Cómo os desencantaré? —lloraba Clemence.
  —No lo sé —dijo el ciervo en buen francés—. Pero, si me amáis, puedo encantaros de cierva y correremos por el bosque.
  Accedió Clemence, se tomó cierva lucera, y al galope con su amor entró en el robledal. Por eso en las Tierras Soberanas hay que preguntarle al ciervo si es persona o animal, cuando comienzan las cazas en otoño.

ÁLVARO CUNQUEIRO, Flores del año mil y pico de ave, Seix Barral, 1990, página  54.