sábado, 21 de enero de 2012

INMORTAL SONATA DE LA MUERTE, Félix Grande



INMORTAL SONATA DE LA MUERTE

Desde hace muchos años suele visitarme de noche. Como saber de dónde viene. Si existe en el espacio, al otro borde de los telescopios y de la menesterosa razón, una región donde el padecimiento emerge, sideral y enigmático, para avanzar después sobre los astros desvalidos, ¿es de allí de donde procede mi todopoderoso visitante? Sólo una cosa cierta sé: esa desolación es el producto de algo más bárbaro y extenso que mi módica vida. Desde hace muchos años viene a visitarme de noche. Maniático, suelo combatir su presencia con el modesto barbitúrico o con un recorrido monótono por el extenuado pasillo de mi casa; o con una sangría de palabras, deformes de tristeza o de miedo. Pero todo es inútil. Vuelve a volver, mordisquea un poco más los cimientos de mi conciencia, atenaza suavemente por la garganta a mis proyectos cotidianos y derrama en mi corazón la música confusa de la muerte, la música confusa de los antepasados de mis desconocidos bisabuelos, la música sin forma de todos mis herederos impasibles. Cientos de miles de lejanas flautas de caña interpretando la melodía del abandono al pie del lecho en donde habito en estas horas misteriosas. A veces me pregunto cómo será el concierto de solemne, de melódico y de increíble cuando vaya a morir; todos los violonchelos y las guitarras, todos los clavecines, los oboes, los clavicordios y muchas y dulcísimas gargantas de mujer en un himno majestuoso que podría traducirse así: en el océano de la vida y del tiempo, tú, criatura humana, sin saber ni una sola cosa que te sirva para ser inmortal, inmortalmente existes, a escasos años de tu disolución.

Al he descubierto el verdadero nombre del insomnio. Pasan siglos como mansos bueyes, los acontecimientos como caballos con la crin dura por la velocidad. Pasan las canas en una multiplicación sistemática y clandestina. Pasa mi padre hacia donde le aguarda el suyo. Pasan todos cuantos conozco, todos aquellos que amo. Pasa la especie, donde habito. Pasa todo en silencio. Somos los lentos forajidos que inventamos los mitos, las religiones y la historia, el lenguaje y las drogas y el amor, únicamente porque sabemos que vamos a morir. Ahora sé que un abrazo lleva al fondo un pequeño violín de espanto, una matriz de desconcierto. Y en la alta noche, a unos pasos de los antiguos y a unos pasos de nuestros futuros arqueólogos, nos sentamos sobre las mantas, ateridos de perplejidad y de emoción. Y algo gigante y cósmico nos acaricia un poco nuestra cabeza ebria, antes de que tengamos tiempo de llegar como locos, al interruptor de la luz.


FÉLIX GRANDE, Puedo escribir los versos más tristes esta noche, Bartleby, Madrid, 2006, pp. 32-33.

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