viernes, 15 de mayo de 2015

SOBRE EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO, Juan Tallón


   No obstante, caer por sorpresa en El guardián entre centeno, sin haber «nadado» antes entre la prosa de Bandini, es una de las puestas de sol más hermosas que existen. Parecido a verla por primera vez, tumbado, tal vez con algo de beber entre las manos, observando las palpitaciones del tiempo. Te pasas los veintiséis capítulos haciendo gárgaras con champagne, acariciando cada giro, ironía, contradicción. La felicidad también es cuestión de unas cuantas frases que, cuando están bien dispuestas, consigues tocar con las manos, y en la caricia, una corriente eléctrica te recorre el cuerpo descubriéndote pasiones que no conocías.
   El guardián entre el centeno sintetiza un proceso de observación de la humanidad a través de un joven atrapado entre la adolescen­cia y la vida adulta, a la que repudia por falsa. Dicho así, parece un enunciado de la ley de la termodinámica, así que, por favor, denle ustedes una vuelta. Esa falsedad que Holden aborrece no evita que sea un mentiroso. El muchacho no siempre es coherente. Y en eso se parece aún mucho más a todos nosotros. «Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. Es terrible. Si voy camino del quiosco para comprar una revista y alguien me pregunta adónde voy, soy capaz de decir que voy a la ópera. Es una cosa seria», con­fiesa. Estas son, precisamente, las inconsistencias de la adolescen­cia, y las que vuelven más real —casi un espejo— al personaje. La contradicción es inevitable. Todo lo que rodea al joven le produce un gran malestar. El mundo es un lugar frío y desértico, e inde­seable por ello. No puede sentirse en ningún lugar peor que en este mundo. «No hay forma —dice— de dar con un sitio tranquilo porque no existe. Cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un “joder” en la pared). Bajo esa percepción, en realidad, laten las angustias de un personaje al que, en apariencia, nada le importa bastante, según cierta fe en el nihilismo. «Claro que me importa el futuro. Naturalmente que me preocupa. Pero no mucho, supongo». La muerte de su hermano Allie, al que idolatra, se halla bajo las decepciones de la edad adulta. Ese día, la noche que Allie murió, Holden perdió la inocencia. «La realidad siente un deseo absurdo de irrealidad», sostenía Musil, y el narrador tiende siempre hacia esta: para ponerse a salvo de las cosas que pasan en aquella.
   Lamentablemente para él, el mundo que repudia, y que com­bate a base de frases que funcionan a modo de artillería de defensa, es justo aquel en el que está a punto de entrar. El todavía no lo sabe. A la expulsión de la Escuela Pencey (Pensilvania), con la que en la primera página comprendemos que Holden es un joven inquieto, rebelde y casi marginal, le suceden tres días de huida por Nueva York. Acaso las vivencias del narrador en la ciudad son su último ejercicio de libertad adolescente, curiosamente a través de experien­cias adultas, antes de asumir al fin compromisos. Pese a valorar la inocencia, Holden siente fascinación por las situaciones adultas: le atraen los bares, el alcohol, la prostitución, los automóviles. Todos somos Holden.
   El mocoso que cree saberlo todo de la vida se aproxima len­tamente al hombre que no quiere ser. Afirmaba Fogwill que «la ética de una vida no es hacer o no hacer, sino decidir», y Holden se aproxima peligrosamente a ese último minuto. La visita al hogar paterno, en mitad de la noche, para ver a su hermana Phoebe, y despedirse de ella antes de huir en dirección a Colorado, marca la transición hacia el compromiso adulto. Holden le relata a su hermana pequeña cómo a veces sueña con ser «el guardián entre el centeno», el único adulto entre niños pequeños que juegan en un campo de centeno crecido, y que oculta tras él un acantilado peligroso. Todo cambia aquí, pues Phoebe, para evitar el error de que su hermano huya, en un movimiento de desesperación para no seguir creciendo y mantener vivo el recuerdo del hermano muerto, se empeña en acompañarlo. Es una locura infantil y absurda, pero sirve para situar a Holden ante la encrucijada de actuar a semejanza de un adulto, y quedarse en Nueva York con su hermana, o huir juntos, separándola de sus padres, sin un rumbo cierto. Finalmen­te, Holden realiza un acto de amor, responsable. La decisión de Holden es, en el fondo, un acto de alivio para Salinger, que como soldado superviviente de la II Guerra Mundial había vivido con el peso de los compañeros muertos. El hundimiento de la fe del escritor, amenazada por las horribles circunstancias de la contien­da, se reflejaba en la pérdida de fe de Holden tras la muerte de su hermano Allie (término, por cierto, con el que se denominaba a los soldados de las potencias Aliadas en la II Guerra Mundial). Pero la necesidad de proteger a su hermana lo rescató.
   Escribir El guardián entre el centeno fue reparador, aunque también infernal. Después de publicar en The New Yorker su rela­to «Para Esmé, con amor y sordidez», en abril de 1950, Salinger se consagró a terminar su querida novela sobre Holden Caulfield. La revista Time contaba que la había completado aislándose «en un cuchitril cerca del metro elevado de la Tercera Avenida», Allí encerrado, «pedía sándwiches y habas mientras iba sacando el libro de su interior». Aunque el proceso de escritura final incluyó otros lugares tan dispares como los despachos de The New Yorker o su retiro de Westport, en Connecticut, acompañado por su perro Benny. El material con el que se encerró era una maraña de re­stos sin ensamblar escritos, en algunos casos, desde 1941, según cuenta Kenneth Slawenski, uno de sus biógrafos. Al ritmo que aumentaba el manuscrito, variaban también las posiciones de Sa­linger, que cuando llegó la década de los cincuenta se enfrentaba al reto de poner orden y unidad en un material disparado en direcciones opuestas. En el otoño de 1950, la novela estaba acabada. Supongo que tiene que haber algo de magia en esto de escribir, aunque por otro lado, como decía Chandler, «ocurre sim­plemente, como el pelo rojizo». «Había escrito una conexión, una expiación, una oración y una iluminación, contenidas en una voz tan única que iba a alterar la cultura estadounidense», dice Slawenski. El proceso había sido un paseo errante y largo, con un tesoro a cuestas, pesado y brillante. Las primeras páginas, de hecho, las había llevado con él durante toda la guerra. «Necesita­ba llevarlas encima, para que me prestaran apoyo e inspiración», llegó a confesar, Cuando era apenas un conjunto de apuntes, El guardián entre el centeno había saltado a la playa de Normandía, había desfilado por las avenidas de París, había sido testigo de la muerte de infinidad de soldados, y había recorrido los campos de exterminio del nazismo, en unas particularísimas vacaciones. La única vez que yo llevé algo mu­cho tiempo encima fue un cro­mo de Arconada,

El guardián entre el centeno
J.D. Salinger (1919-2010)
1ª edición: Little, Brown & Co., 1951
Género: narrativa

JUAN TALLÓN, Libros peligrosos, Larousse, Barcelona, 2015, pp. 107-110.

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