martes, 20 de octubre de 2015

APOLO Y DIONISO, Michel Tournier

APOLO Y DIONISO

   Apolo, en la mitología griega, es el dios de la poe­sía, la medicina, la arquitectura y, sobre todo, del día yel sol.
   Dioniso—que corresponde al Baco latino—te­nía como símbolo el vino y presidía unas fiestas cam­pestres bastante tumultuosas, las bacanales.
   Tendremos que esperar hasta Nietzsche y su en­sayo El nacimiento de la tragedia (1871) para que estas figuras tutelares se conviertan en los polos de dos tipos de caracteres humanos y de inspiraciones artísticas opuestas.
   Según Nietzsche, Apolo es, desde luego, el dios de la poesía, pero se trata de las epopeyas de Home­ro, unos poemas poblados de dioses y héroes. Tam­bién es el patrón de la estatuaria, pero su triunfo es la arquitectura, el arte del equilibrio y la simetría. Su luz cae verticalmente desde el mismísimo sol. Es el dios del zenit eterno e inmóvil.
   Pero contra Apolo se desliza la sombra de una duda. ¿Es realmente segura su existencia? ¿No se trata más bien de un sueño, ciertamente admirable, pero irreal? Es fácil encontrar la ilustración históri­ca de ese equívoco en el caso de algunos soberanos, sobre todo aquellos que llevan el epíteto de «gran­de»: de Alejandro III de Macedonia a Federico II de Prusia. Luis XIV de Francia pretendía ser el Rey Sol, y nadie reivindicó con mayor brillantez su pa­rentesco con Apolo. Pero la política cotidiana está ahí, con sus vicisitudes y compromisos. Apolo rei­na. Pero también hay que gobernar, y no se puede gobernar con serenidad ni con inocencia.
   Ahí es donde entra en escena Dioniso. Es furio­so, conoce la existencia y la abraza sin reservas, in­cluso en sus aspectos más turbios. Encarna la fe­cundidad y nada se crea sin embriaguez, sin noche, sin mácula. Como profesa el culto a la vida, también asume plenamente la violencia, la enfermedad y la muerte, que le son inseparables. Su filosofía es un alegre pesimismo. Su símbolo es el vino y, más pre­cisamente, el vino tinto.
   El arte dionisíaco por excelencia es la música, porque es duración, movimiento y alteración. Y tam­bién porque puede fundir a las multitudes en una sola alma, gracias al entusiasmo.
   Por el contrario, el héroe apolíneo se enorgulle­ce de su soledad y autonomía.
   Friedrich Nietzsche dedicó El nacimiento de la tragedia a Richard Wagner. Después del paraíso sublime, pero frío e irreal, del clasicismo, el roman­ticismo le parecía un regreso a Dioniso. Según Nietzs­che, el genio de Wagner consistió en unir la cons­trucción apolínea y el pesimismo dinámico de Dioniso.
   Más tarde se distanció de Wagner, cuando detectó la inspiración cristiana que anima Parsifal. A partir de entonces, el compositor de Nietzsche se llamaría Georges Bizet.


Cita:
Hay que tener un caos en sí mismo para dar a luz una estrella danzante.

FRIEDRICH NIETZSCHE

MICHEL TOURNIER, El espejo de las ideas, Acantilado, Barcelona, 2001, pp. 117-119.
&
Francesco Hayez

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