sábado, 19 de abril de 2014

LA SIRENA, Antón Castro

LA SIRENA

   Su origen es incierto. Algunos dicen que la sirena del pantano de la Tranquera no es propiamente ma­rina, sino que fue el loco y poeta Muntadas, el mis­mo que descubrió el oculto cauce del Piedra entre grutas y pasadizos, quien la trajo de Irlanda en una tinaja de ganado vacuno y en agua dulce con la ab­soluta garantía de que era inmortal; otros aseguran que es uno de los escasos restos del viejo pueblo inun­dado y que vivía en el cuarto de baño de un labrador de la comarca, rodeada de truchas y de barbos. El poeta local y fotógrafo, Verán Gormaz, ha escrito que la sirena desciende de aquellas ninfas de la ribera que acompañaban el curso del Piedra y refiere en di­versos textos que el poeta Marcial, oriundo de esos parajes, y los monjes cistercienses tenían el corazón ganado por estas hermosas criaturas del río, que man­tenían profusa correspondenda con sus hermanas del mar. Verón, sin embargo, es de los que jamás ha po­dido contemplar la sirena: en más de una ocasión ha hecho guardia entre los peñascos, armado con su cámara, a la espera de verla aparecer al pie de un can­til, mientras canta a la luna o pasea en una pequeña balsa. Pero todo ha sido en vano. ¡Con lo que hubie­ra dado por una de sus fotos levemente difuminadas, heridas de color y añoranza, con la sirena irrumpiendo de una mata de juncos!
   Más allá de las conjeturas acerca de su proceden­cia, nadie discute la presencia de la sirena en el pan­tano. Suele aparecérsele a los pastores y a los bañis­tas a la caída de la tarde, con el cabello largo y rubio y los ojos rasgados. Siempre va desnuda, emplea collares de nácar con perlas de sarmiento, y la cola es de un color verdoso, casi ambarino. Durante el día vive sumergida bajo las aguas y, al parecer, posee una mansión acristalada decorada con restos de yedra y árboles gigantes. Los que la han oído cantar asegu­ran que no habla castellano, que se perfuma con ex­cremento de calandria y que en los días de agosto entona unas melodías taciturnas que envuelven no sólo el pueblo viejo de Nuévalos, sino a todo el mo­nasterio de Piedra, bajo una letanía lentísima y obse­siva que invita al sueño, pero también al amor.
   —Ya decía yo —suele comentar el anciano Rosmundo—: alguna explicación había de tener que a todas las mujeres de la villa les empiece a abultar la barriga a mitad del invierno.

ANTON CASTRO, Los seres imposibles, Destino, Barcelona, 1998, pp. 47-48.

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