sábado, 3 de septiembre de 2011

EL ROMÁNTICO MOLINERO, Tomás Borrás



EL ROMÁNTICO MOLINERO

   La escena está cerrada por un límite de cortinas de los tres colores profundos de la noche, violeta, azul, morado, que nos da la sensación de la negrura de la noche. Entre los pliegues de las cortinas es más densa la obscuridad del color. A diferentes alturas, de manera caprichosa, están dispuestas las estrellas, que se asoman a sus ventanas cuadradas, y juegan, con su pequeño espejo de coqueta, a echar sobre la tierra un solo rayo dorado de sol. Las estrellas —no se sabe porqué— son todas rubias.
   Cuando están entretenidas en ese su juego de chicas que salen del colegio, ven aparecer a Pierrot, el enamorado de la noche. Pierrot es un hombre recio, ancho, torpe, lento, zafio. Molinero. Lleva su saco de harina sobre el cogote y las espaldas, abatido bajo el peso, como un gañán. El pañuelo negro atado a la cabeza se le pega a las sienes con  el sudor. No puede más; suelta el saco y se sienta sobre él a descansar.
   Mientras jadea, vemos su rostro mofletudo, sus narices abultadas y sus ojos abotagados. Mas es un soñador Pierrot el aldeano, el que está todo lleno de harina desde Los pelos hasta la blusa y el pantalón, que dejan, al rozar las cosas, una huella de polvo. (Si ahora se sacudiera saldría de él tanta harina como la que lleva en el saco.)
   Grosero de tipo y tal como es, Pierrot vive por enamorado de la noche. De día trabaja, quieto junto a la muela de su molino, y es de noche cuando viaja llevando los sacos o cuando se tiende entre la hierba fresca a contemplar el cielo. De eso le conocen las estrellas. La última, la que se acuesta más tarde y se queda sola en el horizonte hasta el momento preciso de aparecer el sol —una estrella gorda y carirredonda—, es la que le ha visto dormitar un poco con la luz naciente. Alguna pena profunda tiene este aldeano silencioso y contemplativo, noctámbuIo y soñador.
   Ahora Pierrot se dedica a recoger ente las sombras de la noche todos los despojos miserables del día, que siempre la noche hermosea: los pedazos de vidrio que parecen diamantes; los papeles arrugados, iguales a cartas de amor, los frutos podridos que dan la ilusión de carnosos y jugosos. Todo lo que en el día es «como es», descarado real, en la noche se hace delicado, eleva su calidad: la noche diviniza.
   La luna va a aparecer haciendo su caminata por ese arco que recorre en el espacio, que verdaderamente clava sus dos puntas sobre la tierra. Sale la cuadriga de la luna. Los caballos blancos van lentos, como adormilados, y Ella, desnuda, iluminante, deslumbradora, les guía con un gesto inmóvil. Pierrot admira a la deidad fascinadora, a esa mujer de carne de vidrio que resplandece, de cabellera de plata, lo que la hace una adolescente extrañamente, juvenilmente  vieja. Las joyas de la Luna, joyas que dan destellos e irisaciones, como hechas con perlas de un mar fosforescente, la adornan toda y se confunden con su ojos, que dijeránse también ojos de joyería, esmeraldas frías; y se confunden con su boca en una sonrisa rígida, boca de metal precioso y nacarado. ¡Luna, visión hermana de la muerte!
  Pierrot se embelesa en ella como todas las noches, y siente que le huye de su cuerpo su alma ligera, impensante, empapada en la fluida claridad. Es un deliquio, un trance de amor. Ella se detiene y le atrae hacia sí, besándole suavísima. El hechizo de la Luna se hace patente; Pierrot se ha convertido —¿o era así?— en un adolescente, lánguido, delgado, ahilado. Su rostro está afiladísimo en agudezas; su mirada tiene interesantes veladuras. La blusa de obrero es de un raso que cruje, y el pañuelo se ha estilizado, modo decorativo, en un casquete que delinea el cráneo. En cuanto a la harina, la Luna le ha comunicado su color y se ha hecho toda palidez.
   Y así Pierrot, literario y místico, transformado por ella, adquiere una  sentimentalidad y una elevación lírica que antes no tenía. ¡He aquí en lo que convierte la Luna la realidad! Pierrot era un aldeano zurdo, y ahora es un amante romántico que insinúa la canción de su guitarra al aire bañado en luz. Cuando ella se ha marchado al paso paciente de sus cuatro caballos, Pierrot es una figulina frágil, carne de melancolía.
   El astrónomo que va detrás de la luna persiguiéndola con su anteojo para arrancarla sus secretos, se encuentra a Pierrot clavado en el suelo, sumergido en los sueños más dulces.
   Hablan, discuten, el astrónomo y Pierrot; hablan ese diálogo que es el eterno diálogo de la vida. Uno alude a los sentidos y el otro al espíritu; el uno refiriéndose siempre  al mundo tal cono es, y el otro tal como se le representa.
   —¿La Luna? Una mujer—diosa.
   —¿La Luna? El cadáver de un mundo dice el astrónomo.
   Le hace mirar por el anteojo. La visión se proyecta en el firmamento. La Luna es un esqueleto humano.
   —¡Bah!—dice Pierrot— Mentira. La Luna es así— y descorre una capa del cielo.
   Ella sigue caminando lentamente, como si no quisiera llegar. El astrónomo no ve nada. Para convencerle, Pierrot hace la prueba de los artistas: la transubstanciación. El lugar está dividido en dos partes: sombra donde raciocina el astrónomo, luz lechosa donde devana Pierrot sus imaginaciones. La pizarra del astrónomo, al entrar en la zona iluminada, se convierte en un dosel; el saco de harina en un trono; el anteojo en un alarbardero. Pierrot sigue su prestidigitación. La paloma que reposa en un almendro, es trasladada al embrujo lunar y se deshace en una Princesa. ¡La rama del almendro es un Príncipe! Croan las ranas entre los juncos y al ademán del lírico salen y forman el cortejo. Lo mismo que con los despojos de la noche, obra la luna con todo lo que cae en el ámbito de su poesía. El astronomo sigue sin ver, obcecado en su positivismo. Arroja al lado de la sombra al Príncipe, que vuelve a ser el brazo leñoso de un árbol, y la Princesa es un ave vulgar en el espacio real y obscuro; el cortejo adopta su croar entre ios juncos: el anteojo es de veras un anteojo; el encerado y el saco se retrotraen a su ser. Así como el matemático no vio la poetización, Pierrot no ha visto el aplebeyamiento de los seres y de las cosas. No se entenderían... Pierrot va a marcharse y el astrónomo le llama la atención. Se deja olvidado el saco. Pierrot no recuerda.
   —Tú eres el molinero, el aldeano, el trabajador.
   —No. Yo soy un poeta músico.
   El astrónomo asegura que Píerrot está loco; Pierrot padece el mal de la Luna. El lunático no ve las cosas como son. Se le ha escapado la realidad desfigurada por la luz lunar. Pero el gorro puntiagudo del astrónomo, del que ve la realidad, del que nunca ha idealizado, se le sale de la cabeza y empieza a darle una paliza. Le golpea furiosamente. El astrónomo corre espantado, y el gorro, para que corra más, le pincha en el culo.
   (A las estrellas, de la risa, se les caen los espejitos; por eso se dice que esa noche hubo lluvia de estrellas.)
TOMÁS BORRÁS, Tam Tam, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, Madrid, 1931, páginas 39-46. 

Ilustraciones de Rafael Barradas.

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