miércoles, 18 de septiembre de 2013

EL CAZADOR OCULTO / EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO, Jerome David Salinger

 
    Si de veras desean oírlo contar, lo que probablemente querrán saber primero es dónde nací, cómo fue mi infancia miserable, de qué se ocupaban mis padres antes de que yo naciera, en fin, toda esa cháchara estilo David Copperfield; pero, para serles franco, no me siento con ganas de hablar de esas cosas. En primer lugar, me aburren soberanamente y, en segundo término, mis padres sufrirían un par de hemorragias cada uno si contara algo demasiado personal acerca de ellos. Son muy susceptibles para esas cosas, en especial mi padre. Son buenísimos, en cuanto a eso no tengo nada que decir, pero también más susceptibles que el demonio. Además, no pienso contarles toda mi cochina autobiografía ni nada semejante. Me limitaré a relatarles esas cosas de locura que me ocurrieron allá por la última Navidad, poco antes de sentirme medio acabado y de verme obligado a venir aquí para reponerme y descansar. Bueno, eso fue todo lo que le conté a D. B., y conste que es mi hermano. Está en Hollywood, ciudad que no queda lejos de esta porquería, y viene a visitarme prácticamente todos los fines de semana. Cuando yo vuelva a casa, lo que tal vez ocurrirá el mes que viene, piensa llevarme en su auto. Acaba de comprar un Jaguar, uno de esos coches ingleses que dan más de trescientos kilómetros por hora. Le costó cerca de cuatro mil dólares. Ahora tiene una pila de plata. Antes no solía ser tan rico. Cuando estaba en casa era solamente un buen escritor. En caso de que nunca lo hayan oído nombrar, les diré que escribió ese formidable libro de cuentos cortos El pez de oro secreto. El mejor de todos era, precisamente, "El pez de oro secreto". Trataba de un niño que no le permitía a nadie mirar su pez dorado, porque lo había comprado con su propio dinero. Me enloquecía. Ahora D. B. está en Hollywood, prostituido. Si hay algo que odio de veras es el cine. No me gusta ni que lo mencionen en mi presencia.

Manuel Méndez: [Fabril Editora, Buenos Aires, 1961]


   Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo prime­ro que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ga­nas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a repo­nerme un poco. A D. B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. Él será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un «Jaguar», uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Antes no. Cuando vi­vía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D. B. está en Holly­wood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.

Carmen Criado: [Alianza Editorial, Madrid, 1971]


   Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso. Primero porque me aburre y, segundo, porque a mis padres les darían dos ataques por cabeza si les dijera algo personal acerca de ellos. Para esas cosas son muy susceptibles,  sobre todo mi padre. Son buena gente y todo eso, no digo que no, pero también son más susceptibles que el demonio. Además, no crean que voy a contarles toda mi maldita autobiografía ni nada de eso. Sólo voy a hablarles de unas cosas de locos que me pasaron durante las Navidades pasadas, justo antes de que me quedara bastante hecho polvo y tuviera que venir aquí y tomármelo con calma. Quiero decir que a D.B. tampoco le he contado más, y eso que él es mi hermano y todo. Está en Hollywood. Como eso no queda muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. Él será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá  el mes que viene. Acaba de comprarse un Jaguar. Uno de esos cacharros ingleses que se ponen como a trescientos kilómetros por hora. Casi cuatro mil dólares le ha costado.  Ahora tiene un montón de pasta. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito un  libro de cuentos estupendo, El  pececillo secreto. El mejor del libro es «El pececillo secreto». Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado  con su dinero. Me dejó sin habla. Ahora D. B. está en Hollywood, prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.

Carmen Criado: [Alianza Editorial, Madrid, 2007]

2 comentarios:

Julieta dijo...

Ganó el tercero, claro. Muy bueno todo esto. ¡un saludo!

Lau dijo...

El primero está traducido de forma más literal, aunque no neutra. Alguien debería hacer una traducción que no caiga en modismos locales y resulte un poco más internacional.