lunes, 29 de diciembre de 2008

REGINA Y CAPIROTE, Riki Blanco


Regina [LA TRAPECISTA]



Regina tenía un problema: vértigo.

Pero no el vértigo a las alturas, corno mucha gente tiene, sino al suelo. Por eso decidió hacerse trapecista, para estar siempre a ras del cielo y no tener que bajar nunca a la tierra.

Regina miraba las coronillas de los chicos del circo y soñaba con una vida al mismo nivel.

Con poder susurrar cosas bonitas a alguien al oído y no tener que estar siempre dando voces para hacerse oír.

Aunque claro, ninguno de la compañía se atrevía a subir tan alto. Ninguno excepto Capirote, el hombre bala, pero siempre pasaba volando a su lado con tanta prisa... Y ni un hola le decía. Ni una simple mirada, ni un triste adiós. Y para colmo, el muy tonto, ya llevaba más de un mes atrincherado dentro de su cañón.

Una noche, mientras el resto de la compañía dormía, escuchó algo. Al principio era un inapreciable susurro melódico, pero después fue incrementando su intensidad. Aquel cántico siguió durante todo el día y Regina, intrigada, preguntó a la gente de la compañía de dónde procedía aquella voz, pero no le supieron decir, pues nadie, salvo ella, la oía.

Estuvo investigando la procedencia de aquella cantinela, y descubrió que sólo la oía en un punto muy concreto: frente al cañón de Capirote.

El hombre bala, desde dentro, le cantaba canciones casi olvidadas, que salían del cañón disparadas y colisionaban con lo más profundo del alma de Regina.

—Capirote... —clamó Regina—, ¡sube aquí, lánzate!

El hombre bala tardó un tiempo, pero al fin se decidió a contestar:

— ¡No puedo, necesito que alguien me encienda la mecha! ¡Y desearía que fuera usted!

—No puedo bajar. Tengo vértigo —se dijo casi a sí misma Regina.




Regina y Capirote

De la noche al día Capirote accedió por fin a salir de su cañón y con más ganas que nunca de volar. La compañía entera se extrañó de que hubiera salido sin que la “mujer de su vida” le encendiera la mecha, como él exigía, pero por si acaso nadie se atrevió a preguntar.

Se reanudó el número del hombre bala después del mes y pico que pasó allí metido. Aquella noche la expectación fue máxima, ya que habían colgado carteles por todo el pueblo anunciando dicho evento. Corno siempre, fue Bambino quien se encargó de encender la mecha. El hombre bala volvió a ganarse los aplausos de su público. Todo volvía a ser como antes.

Lo que todos ignoraban era que para Capirote y Regina había empezado un idilio de amor que se limitaba a una única cita diaria de décimas de segundos, pero era tiempo suficiente para que cuando Capirote, durante la función, pasaba volando al lado de ella, se dieran un beso fugaz y Regina le colocara al vuelo una notita entre su mejilla y la correa del casco.

Durante el resto del tiempo alimentaban su deseo recordando aquel instante.

Estuvieron así largo tiempo. Siempre sigilosos en su amor de cuentagotas. Hasta que por fin Capirote, con paciencia y dedicación, aprendió a encender sin ayuda de nadie, la mecha de su cañón.


RIKI BLANCO, Cuentos pulga, Thule Ediciones, Barcelona, 2006.

viernes, 19 de diciembre de 2008

CHRISTMAS AND THE BEADS OF SWEAT, Laura Nyro



Christmas And The Beads Of Sweat


Come young braves
Come young children
Come to the book of love with me
Respect your brothers and your sisters
Come to the book of love
I know it ain't easy
But we're gonna look for a better day
Come young braves
Come young children.

I love my country as it dies
In war and pain before my eyes
I walk the streets where
disrespect has been
The sins of politics, the politics of sin
The heartlessness that darkens my soul
On Christmas.

Red and silver on the leaves
Fallen white snow runs
softly through the trees
Madonnas weep for wars of hell
They blow out the candles and haunt Noel
The missing love that
rings through the work
On Christmas.

Black panther brothers bound in jail
Chicago seven and the justice scale
Homeless Indian on Manhattan Isle
All God's sons have gone to trial
And all God's love is out of style
On Christmas.Christmas And The Beads Of Sweat

Christmas in my soul
Christmas in my soul
Christmas in my soul.

jueves, 11 de diciembre de 2008

[No todas las derrotas...], Kepa Murua



No todas las derrotas nos guían a la muerte, cuando se tiene prisa es la muerte la que escapa de uno.


KEPA MURUA, La poesía y tú, Brosquil, Valencia, 2003, página 48.

martes, 2 de diciembre de 2008

A SONG FOR YOU, KAREN, Jeremy Monteiro



A SONG FOR YOU [Leon Russell]



I've been so many places in my life and time
I've sung a lot of songs I've made some bad rhyme
I've acted out my love in stages
With ten thousand people watching
But we're alone now and I'm singing this song for you

I know your image of me is what I hope to be
I've treated you unkindly but darlin' can't you see
There's no one more important to me
Darlin' can't you please see through me
Cause we're alone now and I'm singing this song for you

You taught me precious secrets of the truth witholding nothing
You came out in front and I was hiding
But now I'm so much better and if my words don't come together
Listen to the melody cause my love is in there hiding

I love you in a place where there's no space or time
I love you for in my life you are a friend of mine
And when my life is over
Remember when we were together
We were alone and I was singing this song for you

You taught me precious secrets of the truth witholding nothing
You came out in front and I was hiding
But now I'm so much better and if my words don't come together
Listen to the melody cause my love is in there hiding

I love you in a place where there's no space or time
I love you for in my life you are a friend of mine
And when my life is over
Remember when we were together
We were alone and I was singing this song for you
We were alone and I was singing this song for you


**********************************************************************************

Esta magnífica pieza de Leon Russell conoce muy buenas versiones.
En este tributo de Jeremy Monteiro la voz la pone la exótica Jacintha. Su empeño no consigue impedir que a su versión se le superponga, recogida aun de las más frágiles memorias, la voz de Karen Carpenter. No obstante, es fácil percibir el respeto y la devoción por nuestra admirada Karen. Donde digo nuestra pienso en vosotros, pero sobre todo en mí y en Carlos, a quien puedo y debo agradecer su constante afecto. La última muestra: dejar que mi puerta se convierta en una de sus ventanas.
Esta canción es por ti, es para ti.


http://www.megaupload.com/?d=8ZW9I1NF

martes, 25 de noviembre de 2008

BALADA O EPIGRAMA, Luis García Montero


BALADA O EPIGRAMA


Tú que has sido Disk-Jockey más o menos,
por el sueño de tu generación,
sabrás seguramente que la vida
es un disco con dos revoluciones
que dura siempre, amor, nunca se raya,
nunca se raya, amor, nunca se raya,
nunca se raya, amor,
nunca se raya.

ONCE IN EVERY LIFE, Johnny Hartman


JOHNNY HARTMAN
ONCE IN EVERY LIFE
BEE HIVE RECORDS 1981
ONCE IN EVERY LIFE
LP: Beehive BH-7012
New York, August 11, 1980
Johnny Hartman (vocals)
Frank Wess (tenor sax, flute)
Joe Wilder (trumpet, flugelhorn)
Al Gafa (guitar)
Billy Taylor (piano)
Victor Gaskin (bass)
Keith Copeland (drums).

01 EASY LIVING
02 IT WAS ALMOST LIKE A SONG
03 WAVE
04 BY MYSELF
05 FOR ALL WE KNOW
06 WILL YOU STILL BE MINE?
07 NOBODY HOME
08 I COULD WRITE A BOOK
09 I SEE YOUR FACE BEFORE ME
10 MOONLIGHT IN VERMONT [BONUS TRACK]

lunes, 24 de noviembre de 2008

DIA DE DIFUNTOS, Fernando Iwasaki


 


DÍA DE DIFUNTOS

   Cuando llegué al tanatorio, encontré a mi madre enlutada en las escaleras.
   —Pero mamá, tú estás muerta.
   —Tú también, mi niño.
   Y nos abrazamos desconsolados.

POEMA DE LA CURACIÓN, Mercedes Castro

POEMA DE LA CURACIÓN

Ya no me duele nada.

Nada me duele
cuando te miro,
y mira que lo siento,
pero sin dolor.

No se me alborota
el alma,
no se me escapan
suspiros,
ni me tiembla el pulso,
ni me revela el rubor.

Y siento pena,
una poca,
mi amigo,
cuando en tus ojos
veo
que no brillan
los míos.

Pero ya no me duele
nada
de tanto que me dolió
el adiós.


MERCEDES CASTRO, La niña en rebajas, Esquío, Ferrol, 2001, página 55.

jueves, 20 de noviembre de 2008

NADIE, Luis Alberto de Cuenca

NADIE


Abro la puerta.
Descubro que no hay nadie
fuera ni dentro.



Luis Alberto de Cuenca



domingo, 9 de noviembre de 2008

PEOMA, Raúl Vacas


PEOMA


Vocales y consonantes por el folio como una sopa de sobre.
Alberto Hidalgo

a Pino, Cortázar, Brossa, Huidobro y Madoz


Sal naspe son canpisal sus misellas
y zanro sol balemses de sol osoj.
Le ofrí led cuerredo y sus sartrosoj
paempan al talnosgia ed ricellas.

Al cheno ah doatades sal bihellas
ed dosto sol ticosatle neosoj
y nu cotrafi ed tosllan sica rosoj
rrediscu rop le los ed sal jimellas.

Trasá danque sal dasdu y le maor,
trasá sal ripomasas led edseo,
trasá danque le mohu y le odlor

y doto le carnalva ed im crereo.
Sal naspe son canpisal us lacor,
?Gajumos a lietaJu y a moReo¿

martes, 4 de noviembre de 2008

INSTRUCCIONES, Julio Cortázar



Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Instrucciones para llorar

Instrucciones para llorar. Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.


JULIO CORTÁZAR, Historias de Cronopios y de Famas.

lunes, 3 de noviembre de 2008

VADEMECUM, Raúl Vacas

VADEMECUM


Ardine, Alugelibys, Aspirina,
Ornade, Frenadol, Polaramine,
Feldene, Mucorama, Betadine,
Bio-Hubber, Oralsone, Buscapina,

Prozac, Celestoderm, Maxicilina,
Septrín, Cefalexgobens, Augmentine,
Saldeva, Ferromorgens, Oraldine,
Vaspit, Oftalmolosa, Biodramina,

Isdinium, Hibitane, Nolotil,
Fluidasa, Termalgin, Rinofrenal,
Orudis, Tanakene, Clamoxyl.

Adiro, Conductasa, Senioral,
Profer, Optalidón, Gelocatil,
Zantac, Aureomicina y Hemoal.

miércoles, 29 de octubre de 2008

WC., Fernando Iwasaki

WC.

   Era la primera gasolinera en varios kilómetros y suspiré agradecido porque los intestinos se me disolvían entre retortijones. Un hombre sin párpados me señaló un corredor devorado por la penumbra y hacia allí caminé de baldosa en baldosa, como un equilibrista que no quiere que el público descubra que lleva las mallas descosidas. En el baño no había espejo ni luz, y el chapoteo de mis pasos delataba dos dedos o tres de un líquido sin nombre. El primer clínex lo gasté limpiando a ciegas la rueda. Al darme la vuelta pateé algo así como un casco de moto y me senté sujetándome los pantalones para que no se empaparan.
   La sensación de alivio y beatitud sólo duró unos segundos porque alguien cerró la puerta con llave desde afuera. Pensé en mi coche y en el ordenador portátil que estaba en el asiento trasero. Pensé en el hombre sin párpados con mis corbatas de seda. En todo eso pensaba cuando un gruñido líquido brotó de las entrañas del alcantarillado.
   Sentado en el retrete percibí que algo veloz y delirante subía por las tuberías. Sus uñas crepitaban metálicas y los sorbos de la criatura eran tan intensos como el chasquido de sus mandíbulas. El segundo clínex se me cayó en aquel charco espeso. Me incorporé hacia la puerta sin soltar mis pantalones cuando algo salió del guáter con la potencia de las focas de los circos rusos. Caí de bruces al suelo.
   La conciencia del asco era más fuerte que los mordiscos. Con el tercer clínex me limpié la boca. El casco de moto tenía dos cuencas vacías.


martes, 28 de octubre de 2008

INVENTOS, Schubiger & Hohler





Inventos

Cuando el primer hombre llegó a la Tierra, se la encontró vacía, y estuvo dando vueltas hasta que se cansó. Aquí falta algo, pensó, «una cosa con cua­tro patas para sentarse encima. Así inventó la silla. Se sentó, y se quedó mirando el horizonte. Wonderful. Maravilloso. Aunque no lo suficiente. Aquí falta algo», pensó, «una cosa con cuatro esquinas para estirar las piernas por debajo y sobre la que apoyar los codos. Así inventó la mesa. Estiró las pier­nas por debajo de la mesa, apoyó los codos encima y se quedó mirando el horizonte. Wonderful. Hasta que empezó a notar que el viento que se había levantado a lo lejos se acercaba poco a poco, trayendo negros nubarrones. Se puso a llover. No wonderful. «Aquí falta algo», pensó, «una cosa con otra cosa encima que me proteja del aire y del agua». Así inventó la casa. Metió en ella la silla y la mesa, se sentó, estiró las piernas, apoyó los codos y se quedó mirando la lluvia a través de la ventana. Wonderful. Entonces distinguió a otro hombre caminando bajo la lluvia. Se dirigía hacia su casa.
—Con permiso, ¿le importa si me pongo a cubierto? —dijo el otro hombre,
—Please —dijo el primero—. Por favor.
Y le enseñó todo lo que había inventado: la silla para sentarse, la mesa para las piernas y los codos, la casa con las cuatro paredes y el tejado encima para protegerse del aire y del agua, la puerta para entrar y la ventana para mirar hacia fuera.
Una vez que el otro hombre vio, probó y elogió todos los inventos, el primero le preguntó:
—¿Y qué ha hecho usted, querido vecino?
El otro se quedó callado. No se atrevió a decir que era él quien había inventado el viento y la lluvia.


SCHUBIGER, Jürg & HOHLER, Franz, Así empezó todo. 34 historias sobre el origen del mundo, Anaya, Madrid, 2007, pp. 24-25.

martes, 7 de octubre de 2008

[CUANDO TE VAYAS...], Mario Benedetti


cuando te vayas
no olvides de llevarte
tus menosprecios



Mario Benedetti, Rincón de haikus, Visor, Madrid, 1999.

Ilustración: Scott Bergey

lunes, 6 de octubre de 2008

IMAGINA UNA NOCHE, Bob Gonsalves

Imagina que una noche...
...te arropa una nevada
y que el cielo estrellado
te da un beso de buenas noche.

Imagina que esa noche... es hoy.

SARAH L. THOMPSON & ROB GONSALVES, Imagina una noche, Editorial Juventud, Barcelona, 2009.

miércoles, 1 de octubre de 2008

EL PRECURSOR DE CERVANTES, Marco Denevi

EL PRECURSOR DE CERVANTES


Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas.
Marco Denevi

sábado, 20 de septiembre de 2008

[PASAN LAS NUBES...], Mario Benedetti

pasan las nubes
y el cielo queda limpio
de toda culpa
MARIO BENEDETTI, Rincón de haikus, Visor, Madrid, 1999, p. 60.

jueves, 18 de septiembre de 2008

ESCARCHA, Juan Salmerón


ESCARCHA

Te pongas como te pongas, tú eso no puedes recordarlo.
Abríamos la puerta del frigorífico y nos quedábamos, embobadas, mirando su interior, como quien se asoma a una ventana que muestra un precipicio o un valle alumbrado por cerezos en flor. Esa era nuestra rutina. Todo para acabar eligiendo, sin más, una tarrina de yogur o, en muy pocas ocasiones, para servirse un tazón de leche fría.
El hielo agradecía nuestras demoradas visitas: trepaba desde la bandeja de las verduras al estante en que mamá acomodaba los huevos, hasta que, papá, enojado, tras afear con varias voces mal dadas nuestra conducta, procedía a retirar las piedras de hielo que atenazaban los conductos.
Eras demasiado pequeña: esas imágenes las has tomado prestadas de las fotografías o de nuestros relatos. Ni yo misma sé quién dejó completamente abierta la puerta. No te mortifiques. Tampoco puedes asegurar que ese fuera el comienzo. Con el mismo esmero y paciencia con que, por la mañana, había retirado un hilo de seda de mi corrector dental, desmontó las bandejas de cristal, también el embellecedor que ocultaba la parrilla trasera. Envases, bolsas, verduras… todo ocupaba la encimera. Digo esmero y paciencia donde mamá diría simplemente obstinación. Llamó a mamá y le enseño el papelillo. Tú llorabas en el baño: no querías lavarte el pelo. Yo limpiaba de arena los cubos de la playa. Allí, en el suelo encharcado de la cocina mamá señaló el absurdo:
—¡Tu madre no sabía escribir!
Es normal que no recuerdes a la abuela. Tenías tres años. Puedes intentarlo tú. A mí ni entonces ni después mamá quiso decirme qué ponía esa nota que papá consideró escrita por un fantasma. No puedes asegurar que ahí empezara todo. No sabemos cuándo comenzó ni cuándo podrá acabar. Sí conocemos el intermedio: perderse, huir de espejos, confundirse, confundirnos, desleírse como un azucarillo en el agua.
No te mortifiques. No es eso, Elena. Vivir no es esto. Acéptalo. Sencillamente, no puede ser. Mamá, sola, ya no es capaz. Un cuerpo sin voluntad, no vive: solo existe. Aquí lo cuidarán muy bien.

Juan Salmerón

MIJHAIL [EL LANZACUCHILLOS] Y RASPUTÍN [EL RECIBECUCHILLOS], Riki Blanco



MIJHAIL [EL LANZACUCHILLOS] Y RASPUTÍN [EL RECIBECUCHILLOS]


Mijhail lanzaba sus cuchillos y uno a uno se iban clavando alrededor de Rasputín, su pareja artística.
Eran ya veintiséis años de espectáculo y jamás le causó ni el más mínimo rasguño.











Un mediodía mientras comían Rasputín le pidió el pan a Mijhail, éste se lo lanzó y fue a parar doce metros más allá de donde estaba él.





Ése fue, durante los 26 años de carrera, el único momento en el que Rasputín desconfió de la puntería de su compañero y no dudó en preguntar:

—¿Mijhail?

—Dime, Rasputín, amigo mío.

—¿Alguna vez has tenido buena puntería?

—Mmm... no.

—¿Y cómo es posible que nunca hayas fallado?

—En realidad, sí que fallo. Apunto hacia ti.

RIKI BLANCO, Cuentos pulga, Thule Ediciones, Barcelona, 2006, pp. 4-5.

DESVÍO POR OBRAS: http://www.thuleediciones.com/catalogo/detalle/43/



AQUELLO EN LO QUE TE FIJAS
CUANDO SALIMOS POR LAS NOCHES


Mi madre me enseñó que la mejor forma de pasar por la vida era renunciando a la propiedad particular.
Ella me convenció de que podría transformar los balbuceos en música de cámara, con mis zapatos.
Tus zapatos son mágicos, me dijo. Pierde uno y ganarás un marido. Vende dos y ante ti se revolverán las semillas de tu reino.
Y yo susurraba: mi reino eterno. Junto a Él.
Decidí que los compraría de colores para camuflar mi identidad, sobrios si aspiro a desvelar mis secretos.
No tacones ni zapatos planos ni aerodinamismo; le quiero suciamente. He descubierto que pasos-pequeños conducen a una-mujer-seria-con-dos-rayas-absortas.

Descalza, de puntillas, vuelvo a tener diez años y a morirme por dentro de tanta soledad.


Elena Medel, Tara, DVD Ediciones, Barcelona, 2006, p.37.


DESVÍO POR OBRAS: http://www.elenamedel.com/

DESVÍO POR OBRAS: http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2006/10/tara-elena-medel.html

miércoles, 17 de septiembre de 2008

domingo, 14 de septiembre de 2008

MAÑANA, Jorge Burgos




Mañana


Cantan los pájaros.
No les han dicho nada
de tu partida.








Jorge Burgos

viernes, 12 de septiembre de 2008

EN EL BATIMÓVIL CON MISS GRACIELA, Fernando Iwasaki

EN EL BATIMÓVIL CON MISS GRACIELA


...La Mary me besó el estómago, el ombligo muy suavecito, sin apretar, y me desató el cordón del pantalón del pijama, y me pidió que me acostara bien, que me estirase, que ya era hora de dormir, y me metió la mano por el pijama como si tuviera miedo, y yo de pronto me di cuenta de que tenía empinado el alfajor...
 
Eduardo Mendicutti

Las clases que más me gustan son Inglés y Caligrafía. Después de Inglés tenemos recreo y la sister Thomas nos deja golpear la carpeta de contentos, pero en Caligrafía viene la miss Graciela y a mí me pasa como que pongo la cara de Popeye cada vez que Olivia le da un beso, porque a mí me gusta mucho la miss Graciela. Y además es más bonita que Olivia porque tiene tetas y sus piernas parecen de propaganda de Beautyform.
Mi mamá y mi tía Lucy, y mi tía Merce y mi tía Carmen, siempre dicen que «qué chico tan buenmozo», pero después yo las he escuchado decir que los señores buenmozos tienen ojos azules y el pelo rubio. Yo tengo el pelo negro como Tony, el de El túnel del tiempo, y a mí él sí que me parece muy buenmozo. A veces me miro en el espejo y pongo la cara de Tony para que la miss Graciela se dé cuenta, pero ella como si nada. El otro día me regañó porque le llevé a sacar punta a mi lápiz tres veces y me dijo que a mi mamá no le iba a hacer gracia que no me duraran los lápices. Yo sólo la quería ver de cerquita porque ella sí es rubia y tiene los ojos azules. Como Judy, la de Perdidos en el espacio.
Mi primo Rodrigo ha visto Perdidos en el espacio en Estados Unidos y dice que Judy es más bonita en colores, pero que Penny sigue siendo feísima. Judy tiene una boca bien grande que parece que si te da un beso te marca la cara como mi tía Nati. Pero Judy nunca ha besado a nadie y su enamorado siempre está peleando con los monstruos del espacio y no tiene tiempo para besar a Judy. A mí me gustaría casarme con Judy cuando sea grande, pero ella vive en Estados Unidos y mejor por eso prefiero casarme con la miss Graciela. Ella sí a besos en la boca porque el otro día la vi.
Una vez le mandé una carta a Judy a canal 5, pero nunca me contestó. Yo le pregunté a mi mamá que por qué si le podías mandar una carta al Tío Johnny o a Kiko Ledgard, no le podías escribir a Judy. Mi mamá me dijo que primero tenía que aprender inglés y después mandársela a Estados Unidos, pero mi hermano me enseñó que su nombre no era Judy sino Martha Christie. A lo mejor la carta no le llegó por eso.
Verdad, pues. Cuando empezaba Perdidos en el espacio salían los nombres por orden de tamaño: «Guy Williams (“ese es el papá”), June Lockhart (“esa también es la de Lassie, ¿no?), y con ellos Mark Godard (“¡ese es el enamorado de Judy!, ¡qué suertudo!), Martha Christie (“¡Judy!”), Billy Mummie (“¡el enano Will!”) y Angela Cartwright como Penny (“¡fea!”). Invitado especial, Jonathan Harris como el doctor Smith (“¡No temáis, Smith está aquí!”).» A mí Judy me gustaba mucho, pero la miss Graciela me hacía sentir como cosquillas en el pipilín.
A mí me gustaba más decir pipilín que peepee, como nos enseñaba sister Thomas. Mi mamá siempre me decía que se me iba a caer cada vez que me veía con la mano en la bragueta. A mí me daba miedo que se me cayera porque era bien rico tenerlo entre los dedos, aparte de que si se me caía tendría que hacer pichi por el poto como las mujeres. Un día la miss Graciela me cogió el pipilín.
Fue cuando mi tío Daniel me puso el yeso en el brazo. Mi mamá se molestó conmigo porque me lo rompí tirándome por el tubo del tobogán. Malázquez tuvo la culpa. Me preguntó: «Mendoza, ¿tú sabes por qué Batman se baja a la Baticueva por un tubo?». Yo le dije que no sabía y entonces me llevó al tobogán. Es bien rico. Te hace cosquillas en el pipilín. «Con razón Batman se tira», le dije a Malázquez.
A Batman en los chistes no se le ve la raya de los dientes, pero en la televisión sí se le ven los dientes. Yo prefiero que los dientes no se vean y me lavo, me lavo bastante, bastante, pero siempre se me ven. Entonces me miro en el espejo y pongo la cara de Tony y otra vez la del teniente de Viaje al fondo del mar, que también es otro teniente en Combate. Esas series también las veo, pero no salen mujeres. A mí me gustan las mujeres. No las chicas, sino las mujeres. La miss Graciela es una mujer.
Briceño me contó cómo saber cuál es una chica y cuál es una mujer. «¿Mendoza, ves La isla de Gilligan?», me preguntó. Yo le dije que sí y entonces me explicó que la de las trenzas era una chica y la del vestido blanco una mujer. No la esposa del millonario, sino la que tenía un lunar en el cachete y siempre quería besar a todos en la boca. Y era verdad. Cuando vi La isla de Gilligan me di cuenta que la Ginger también me hacía cosquillas en el pipilín. O sea que Penny también era una chica y entonces Judy es una mujer. Qué capo es Briceño.
Otro que también sabía un montón de cosas era Hernández. El no era hincha de la «U», sino del Alianza, pero era buena gente. Parecía de la «U». Hernández decía que la de Mi bella genio también era una chica, pero que la 99 era una mujer. A mí me gustaba más la de Mi bella genio porque se parecía a la miss Graciela. pero en verdad la 99 tenía una boca como la de La isla de Gilligan. Hernández decía que esas bocas servían para chupar el pipilín. Bien trome era Hernández. Parecía de la «U».
A mí me da miedo que me chupen el pipilín porque duele. Mi papá tiene una revista en inglés donde salen un montón de mujeres sin ropa que le chupan el pipilín a otros señores. Seguro que duele mucho porque ponen cara de que les están pegando: con los ojos cerrados y la boca abierta. Yo prefiero poner la cara de Napoleón Solo, la de Yllia Kuryiakin o la de Bud Masterson, que siempre están enseñando los dientes aunque se les vean las rayas. ¿Cuándo saldrá la miss Graciela en la revista de mi papá? Ya salió la miss Spring, la miss Winter y la miss Summer, pero la miss Graciela todavía. Yo ya la he visto sin ropa, pero quiero verla de nuevo en la revista. Ojalá que cuando le toque a mi colegio nunca salga la miss Rosaura porque no me gusta. Un día le llevé la revista a la sister Thomas para que nos la leyera en la clase de Inglés.
A mí me gusta más Caligrafía porque la miss Graciela me coge la mano y me enseña a hacer las letras bonitas. Cuando me agarra la mano me siento como cuando me tiro por el tubo del tobogán, y entonces volteo y la miro con la cara de Tony, la cara del almirante Nelson, la cara de Simón Templar y la cara de Batman, todos juntos. «¿A quién de la tele me parezco, miss Graciela?», le pregunté con los dientes como los chistes. Yo no sé por qué me dijo que al cabo Rosty.
Ya sé, la cara que le tengo que poner a la miss Graciela es la del Capitán Kirk, porque el Capitán Kirk siempre las besa a todas aunque sean marcianas. ¡Yo soy el Capitán Kirk, y mi cuaderno de Caligrafía es el Cuaderno de Bitácora del Enterprise!, pero la miss Graciela está como si nada. Es más fuerte que Batman. Una vez Batman se peleó contra una mujer-pillo que se llamaba Marcia, que te tiraba una flechita al poto y te enamorabas de ella. Se la tiró al Comisionado Fierro y se enamoró, se la tiró a Robin y se enamoró, pero se la tiró a Batman y Batman no se enamoró. Más bien Batman se la tiró. Sí, porque para capturarla le tiró una de las flechitas y Marcia se enamoró de Batman. Pero Batman no se enamora. La Gatúbela y la Batichica tampoco pudieron enamorar a Batman.
Otro que no se enamora es el doctor Smith. Una vez se le apareció una marciana bien bonita que no era chica sino mujer, y entonces lo llamaba por la ventana de la nave diciendo: «Doctor Smíííiiith». Pero el otro se iba corriendo. Bien maricón era el doctor Smith. A Pedro Picapiedra también se le apareció otra que era más bonita que Vilma, pero siempre se escapaba por una puerta secreta diciendo: «Soy demasiado importante para que me capturen». ¡Qué bruto el Picapiedra! Yo me hubiera quedado con la otra, además a esa no se le veía la raya de los dientes. Yo no soy Batman, pero tampoco soy como el doctor Smith. Yo quiero que la miss Graciela se enamore de mí porque yo me quiero casar con ella. La próxima vez que me coja el pipilín se lo digo.
Cuando estoy haciendo pichi hago como que tiro rayos, y las moscas son las naves enemigas. ¡Chuis, chuis!, les disparo. Pero cuando me rompí el brazo le pedí a la miss Graciela que me llevara a hacer pichi. En el baño le conté lo de los rayos y ella me dijo: «Mejor vamos a jugar a que es una metralleta», y entonces agarró y me cogió el pipilín y me hizo ratatatatatatatá-ratatatatatatatá-ratatatatatatatá. Yo sentí como si el señor Spok me hubiera hecho su cosa rara ésa en el hombro, porque casi me desmayo en el wáter. Qué linda es la miss Graciela, cuando me agarra el lápiz me gusta y cuando me agarra el pipilín también me gusta. Todo lo que me agarra me gusta. Por eso me quiero casar con ella cuando sea grande, pero primero tengo que hacer que pelee con Kowalsky.
El enamorado de la miss Graciela no es arquitecto como mi papá ni doctor como mi tío Daniel, es como Kowalsky de Viaje al fondo del mar—que siempre está arreglando el cuarto de máquinas, el Seaview, el Aerosub y la Batiesfera (ahí no sale Batman pero se llama así)—porque tiene un mameluco igualito y arregla todos los carros, todas las motos y todas las lanchas que se llevan a Ancón en vacaciones. Mi papá dice que es corredor, pero el enamorado de miss Graciela no se viste como Flash y siempre anda bien cochino. A lo mejor a ella le gustan las cochinadas.
Cochinadas resultaron ser las revistas de mi papá. Eso fue lo que me dijo la sister Thomas cuando se las llevé a la clase de Inglés, y eso fue lo que le repitió mi mamá a mi papá cuando la sister Thomas me acusó. Mi papá estaba caliente y le dijo a mi mamá que por qué la monja de mierda ésa no se lo decía a él en su cara. ¿La monja?, ¿o sea que sister Thomas también era una monja? Mi mamá decía que las monjas trabajaban en colegios rascuaches y que por eso nosotros estábamos en colegio de sisters, porque una sister era como más que una monja y un colegio de sisters era más que un colegio de monjas. Pero ahora resulta que sister Thomas también era monja y además «chancha», «cojuda» y algo así como «comprimida». Bien caliente estaba mi papá; pero la que más se molestó conmigo fue mi mamá.
Antes sólo me fastidiaba cuando me veía con la cara de Tony, la del sargento Sunders la del capitán Kirk, diciéndome «te va a dar un aire y se te va a quedar la cara así» y entonces yo corría rápido, rápido a la ventana para quedarme con la cara que estaba poniendo, pero nunca me daba un aire de ésos que decía mi mamá. Otras veces me decía que se me iba a caer el pipilín de tanto tocármelo, pero desde que le llevé las revistas a la sister Thomas me dijo: «¡La próxima vez que te vea con la mano ahí, te rajo!».
La miss Graciela, en cambio, nunca me decía nada. A mí me daba como cosquillas cada vez que la veía y siempre le pedía que me tajara el lápiz, que me hiciera hacer las letras con su mano, que me amarrara el zapato o que me llevara al baño a hacer pichi para que me hiciera la metralleta de nuevo. ¡Qué bonita era la miss Graciela! Yo le ponía la cara de Tony y le decía que era más linda que la 99, que Mi bella genio, que la de La isla de Gilligan y que Judy, todas juntas. Ahí fue cuando ella me dijo que si yo me quería casar con ella cuando sea grande y yo le dije que sí. El problema es que no peleaba con Kowalsky. Pero un día peleó. Mi papá siempre me llevaba cuando arreglaba los carros y me dejaba solo adentro y se iba a la calle. Después de un ratazo volvía y me decía: «te compro un helado en el Tip Top y le dices a tu mamá que nos fuimos a Chicolandia». Cada vez que íbamos al taller yo ya sabía que me iba a aburrir, pero que después podía pedirme un «Zambito». Ese día la miss Graciela también estaba en el taller. Seguro que fue para pelear con Kowalsky.
Él como que la quería morder en el cuello como los vampiros y ella lo empujaba. A mí me daba cólera y quería ser más fuerte que Súpermans más grande que Little John y más poderoso que Ultramán, para meterle un puñete en la barriga al enamorado de la miss Graciela. Además que la agarró de las tetas y la metió en la parte de atrás de una camionetaza que parecía el carro de Batman. A mí también me gustaba ir en la parte de atrás de las camionetas, pero no cuando estaban paradas. Bueno, en verdad esa camioneta se movía y se movía, pero no avanzaba ni un poquito.
Me asomé calladito por la ventana y la miss Graciela estaba como en las revistas de mi papá: calata y enroscada a Kowalsky. Apuesto a que se estaban peleando, porque ella le mordía el pipilín y el otro se quejaba y saltaba como si le doliera mucho. Si la miss Graciela le seguía pegando así, seguro que el enamorado iba a salir corriendo. De pronto ella se sentó encima de él y empezó a preguntarle: «¿Te vas, te vas?». «¡Todavía, todavía!», gritaba el otro. Se notaba que la miss Graciela estaba ganando porque lo tenía prisionero.
Yo estaba pensando a qué hora me tocaba entrar a ayudar a la miss Graciela y hasta cogí un fierro por si acaso, pero la miss seguía chancándolo y saltándole encima y Kowalsky se revolcaba del dolor. Se movía la camioneta y se movían las tetas de la miss Graciela. Me gustaban sus tetitas porque tenían pequitas como su cara. A lo mejor a ella también le estaba doliendo porque estaba haciendo muchas muecas. Si le daba un aire se podía quedar con la cara así.
Entonces la miss Graciela empezó a moverse más fuerte y otra vez comenzó a preguntarle a Kowalslky si se rendía. Le decía: «¿Te vas?, ¿ya te vas?, ¡apúrate!, ¡corre!». Y entonces el otro gritó: «¡Sí!, ¡sí!, ¡me voy!, ¡ya me voy!». Pero el conchudo en vez de irse se hizo el dormido y quiso ahorcar a la miss Graciela aprovechando que ella estaba cansada. Ahí fue cuando cogí el martillo de Thor y lo agarré a fierrazos gritando «¡D’Artagnan al ataque!», «¡Llamas a mí!» y «¡Cabazooooooooorrooooo!>,. La que se armó fue peor que lo de las revistas.
Mi mamá fue bien acusete y a la miss Graciela la botaron del colegio. Mi papá se peleó con mi mamá por dejarme solo en el taller de Kowalsky y encima no me compró helado en el Tip-Top. A mí también me sacaron del colegio de sisters y me pusieron en uno de monjas, donde al pipilín ya no le dicen peepee sino cuquita. Pero no me importa. Aquí en este colegio yo soy como Hernández, como Briceño y como Malázquez, todos juntos, y les enseño a los chicos las revistas de mi papá y ellos traen otras revistas de sus papás. Yo les he dicho que un día va a salir en una revista de ésas la miss Graciela, que es una que tiene pequitas en las tetas, que te muerde muy fuerte el pipilín y que sabe hacer una metralleta bien rica.
A veces me acuerdo de la cara que ponía Kowalsky cuando la miss Graciela le mordía el pipilín, y me pongo en el espejo para hacerla junto con la cara de Tony, la del capitán Kirk y la del Llanero Solitario. Pero cuando me sale igualitita es cuando me tiro por el tubo del tobogán y siento esa cosa rica en el pipilín. Seguro que por eso Batman usa capucha, para que no le dé un aire y se quede con la cara así cada vez que se tira por el tubo de la baticueva.

(Sevilla, 1991)


FERNANDO IWASAKI CAUTI, “En el batimóvil, con Miss Graciela”, Sin embargo, Revista de Creación, nº 6-7, feb. 1997, Huelva, páginas 38-41.

jueves, 11 de septiembre de 2008

IMAGINA UN DÍA, Rob Gonsalves & Sarah L. Thompson





imagina que un día...
...un soplo de viento
lleva tus deseos
para que el cielo
vuelva a pintarse de azul


SARAH L. THOMPSON & ROB GONSALVES, Imagina un día, Editorial Juventud, Barcelona, 2009.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

BUNBURY: INTERTEXTUALIDAD?, Pedro Casariego Córdoba



Esta vida demasiado plácida me extingue. Estas horas solemnes sofocan los incendios imprudentes y los papeles en llamas. Ansío el terremoto particular ­que alguien me ha prometido.

Soy el hombre delgado que no flaqueará jamás.


PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA, La vida puede ser una lata, Árdora, Madrid, 1994, pp. 36-37.


lunes, 8 de septiembre de 2008

LA PUREZA HABLA DE SÍ MISMA, Manuel Villena



LA PUREZA HABLA DE SÍ MISMA



Ocurre que el corsario acerca su pobreza

al ojo de la cerradura para ver.

Mucho antes de que la melancolía titubee,

un remolino de cerezas coronará la testa regia de la dama

que está al otro lado de la puerta,

y ya de nada servirá buscar el mapa del tesoro

entre los faldones del pantalón,

ahora que esa tempestad rubita nos hace zozobrar ante

los cabellos de la niñez.

Pues, en vano,

los pedazos de vidrio expandido en el suelo recuerdan

que alguien acercó a sus labios

un vaso de agua.

domingo, 7 de septiembre de 2008

[UN MATEMÁTICO...], José Luis Moreno Ruiz



   Un matemático, cansado de hacer operaciones complicadísimas, y a fin de lograr la evasión de su ardua tarea, se puso a repasar las alineaciones de un equipo de fútbol. Mas, como al decirse en voz alta el nombre de cada jugador apareciera en su mente, al tiempo, el número del dorsal que le correspondía, lanzó un cenicero contra la pantalla de su televisior. Nunca más —se dijo— volvería a contemplar la retransmisión de un partido de fútbol. Luego, nostálgico de aquel entretenimiento, cuando hacía operaciones usaba lápices de colores. Así, mirados a cierta distancia, tendrían los números la multicolor urdimbre de las camisetas de los equipos. Pero como acabase llamando a los números con el nombre de los porteros, de los defensas, de los medios y de los delanteros, como llamase al número cero —que dibujaba en negro— con el nombre de cualquier árbitro, se volvió loco y un día, en plena clase, recitó a sus alumnos varias alineaciones seguidas de equipos de fútbol. En el presente, entrena al equipo de fútbol de un asilo para dementes. Y cuando quiere explicar una táctica a seguir, por ejemplo para el lanzamiento de faltas a balón parado, designa a sus jugadores con un número... Un número que, para su asignación a los atletas dementes, decide luego de contar las pestañas que le faltan al loco... Tiene un problema, sin embargo, con las pestañas de los dementes albinos. Por eso los deja en el banquillo, de suplentes, aunque sean      chutadores formidables.

JOSÉ LUIZ MORENO RUIZ, Ángeles en mis cojones, Moreno Ávila, Madrid, 1989, pp. 147-148.

viernes, 5 de septiembre de 2008

[Potrillo...], Issa



Potrillo
Mete tu narizota
entre los lirios















Issa

jueves, 4 de septiembre de 2008

[Sé amable con las crías...], Issa




Issa








Sé amable con las crías
de gorriones:
¡te cagarán encima!





[El mar ya oscuro...], Basho




El mar ya oscuro.
Los gritos de los patos
apenas blancos.


Basho

[El ave en el agua...], Uejima Onitsura


El ave en el agua

parece pesada

y flota.

UEJIMA ONITSURA

DISCURSO DEL OSO, Julio Cortázar & Emilio Urberuaga





DISCURSO DEL OSO


   Soy el oso de las cañerías de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por las cañerías. Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños. A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal.
   De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano. Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría. Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero. Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos. Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy, vagamente seguro de haber hecho bien. 



EMILIO URBERUAGA, Discurso del oso, Libros del zorro, Madrid, 2008.

JULIO CORTÁZAR, Historias de cronopios y de famas, Edhasa, Barcelona, 2007 (1962).

miércoles, 3 de septiembre de 2008

[En cable a tierra...], Andrés Neuman

En cable a tierra,
incendiada de luz,
la rosa urbana.


ANDRES NEUMAN, Gotas negras. Gotas de sal, Berenice, Córdoba, 2007, página 58.

martes, 26 de agosto de 2008

DRÁCULA, Luis Scafati










"Muchos-dice Drácula con voz leve- entienden la vida como una línea recta que se origina en un punto al nacer y termina en otro al morrir. Pocos la conciben como un círculo en donde se nace y se muere eternamente. En este instante estás muriendo en algún punto del círculo, mientras en otro estás naciendo; en uno eres una niña que acaba de descubrir un color; en otro, una anciana atormentada".


LUIS SCAFATI, Drácula, Barcelona-Madrid, 2007, pp. 84-85.

lunes, 25 de agosto de 2008

EXCESO DE VIDA, Juan Antonio González-Iglesias


EXCESO DE VIDA



Desde que te conozco tengo en cuenta la muerte.
Pero lo que presiento no se parece en nada
a la común tristeza. Más bien es certidumbre
de la totalidad de mis días en este
mundo donde he podido encontrarme contigo.
De pronto tengo toda la impaciencia de todos
los que amaron y aman, la urgencia incompartible
de los enamorados. No quiero geografía
sino amor, es lo único que mi corazón sabe.
En mi vida no cabe este exceso de vida.
Mejor, si te dijera que medito las cosas
(fronteras y distancias) en los términos propios
de la resurrección, cuando nos alzaremos
sobre las coordenadas del tiempo y el espacio,
independientemente del mar que nos separa.
Sueño con el momento perfecto del abrazo
sin prisa, de los besos que quedaron sin darse.
Sueño con que tu cuerpo vive junto a mi cuerpo
y espero la mañana en la que no habrá límites.



JUAN ANTONIO GONZÁLEZ-IGLESIAS, Eros es más, Visor, Madrid, 2007, p.13.

lunes, 18 de agosto de 2008

QUASIBOLO, José Antonio Millán


JOSÉ ANTONIO MILLÁN
Quasibolo
La vida casi normal del señor de la señal
RBA, Barcelona, 2007.

sábado, 16 de agosto de 2008

DESENCUENTRO, Manuel Villena

DESENCUENTRO

Cuando el Destino decidió entrechocar sus torpezas, no desató en ellos el júbilo de las almas gemelas que, por fin, ponen lazo rosa a su soledad.
En su costumbre de islotes deshabitados, tan sólo se atrevieron a mirarse, de soslayo, con el pavor de los niños perdidos que siempre eligen calzar sandalias, allí donde pasan el verano todos los Inviernos.



viernes, 15 de agosto de 2008

[EL ODIO DESGASTA...], Roger Wolfe

 

   El odio desgasta a quien lo siente y raras veces consigue objetivos que persigue; en lugar de aniquilar al contra­rio, llega incluso a reafirmar su importancia. La indiferen­cia, sin embargo, no desgasta a quien la practica, sino que le da más fuerza todavía; y devasta total y absolutamente a quien es víctima de ella.


ROGER WOLFE, Hay una guerra, Huerga & Fierro, Madrid, 1997, páginas 139-140.

viernes, 8 de agosto de 2008

LA OFENSA, Ricardo Menéndez Salmón


XII


El hombre convive con su cuerpo, pero no lo conoce. Al menos no de un modo exhaustivo. Un hombre y su cuerpo son realidades distintas. Segu­ramente eso es lo que permite comprender la esen­cia última del dolor, que no es otra que el desgarro que produce la indiferencia del cuerpo hacia uno mismo. Un dolor de muelas, obstinado y sordo a nuestro deseo, basta para advertir semejante drama. Y seguramente también eso es lo que permite a un ser humano conservar su nombre, su dignidad, aquello que más íntimamente posee, cuando su cuerpo, en la enfermedad, la mutilación o la vejez, ya no le pertenece.
Para entender lo que es un hombre no basta con tomar nota de las partes que lo conforman. No basta con escribir: «Kurt Crüwell es la suma de sus dos piernas, su sistema límbico, su intestino, su pituitaria y sus gónadas.» Hay algo en el todo del hombre que se resiste a ser contemplado a través de la mera adición de partes que lo componen. Supo­ner que esas partes mantienen una vida indepen­diente del hombre que las reúne, implica algo más que una metáfora. En el sexo, cuando el cuerpo se impone y el hombre se ve desbordado por su pro­pia materialidad, o en el esfuerzo físico extremo, cuando los pulmones no responden a la exigencia que de ellos se espera y, por ejemplo, un corredor se derrumba antes de alcanzar la meta, tal evidencia resulta incuestionable.
De ese modo, el cuerpo lleva, hasta cierto punto, una vida independiente de la inteligencia que lo ha­bita, y por eso filósofos y escritores, sin por ello ape­lar a instancias míticas o refugiarse en el oscurantis­mo de la religión, pueden seguir pronunciando pa­labras como alma o autoconciencia. Un hombre sin cuerpo puede saberse a sí mismo. Un hombre que ve su cuerpo desmembrarse, quemarse, empodrecerse, no por ello deja de ser hombre.

No es menos obvio, sin embargo, que el cuerpo, en la vida práctica, es la frontera que se levanta en­tre cualquier hombre y sus iguales, o entre cual­quier hombre y el lugar donde su tiempo transcu­rre: el inundo. Porque el hombre siente y conoce el mundo, fundamentalmente, a través de su cuerpo.

Ante las agresiones del mundo, el cuerpo se protege. Un bacilo activa sus defensas; un chapa­rrón eriza el vello en brazos, nuca y piernas; un ali­mento envenenado afloja los esfínteres. Pero ¿y el horror? ¿Cómo reacciona el cuerpo de un hombre ante la presencia del horror? Grita, sí. Y hace que el corazón bombee más sangre, sí. O, por el contrario, paraliza sus músculos para no ser agredido. El es­pectro de respuestas que el horror genera en el cuerpo es amplísimo. El cuerpo sorprende entonces por su plasticidad. Hay cuerpos que se atenazan y cuerpos que se liberan; hay cuerpos que se arras­tran y cuerpos que se elevan; hay cuerpos que inte­rrogan y cuerpos que responden. ¿Pero puede un cuerpo dimitir de la realidad? ¿Puede un cuerpo, ante la agresión del mundo, ante la fealdad del mundo, ante el horror del mundo, sustraerse a sus funciones, negarse a seguir siendo cuerpo, suspen­der sus razones, abdicar de ser lo que es; esto es, ab­dicar de ser una máquina sensible? ¿Puede un cuer­po decir: «Basta, no quiero ir más allá, esto es de­masiado para mí»? ¿Puede un cuerpo olvidarse de sí mismo?

El 2 de enero de 1941, en la aldea de Mieux, en la Bretaña francesa, no muy lejos del mar, a la vista de noventa y un civiles ardiendo en el holocaus­to de una iglesia de piedra, un cuerpo respondió a todas esas preguntas con un rotundo «sí».

Aquel día, un hombre llamado Kurt Crüwell perdió la sensibilidad.


Ricardo Menéndez Melón, La ofensa, Seix Barral, Barcelona, 2007, pp. 55-58.

lunes, 4 de agosto de 2008

[Cuando viajamos...], Bioy Casares


Cuando viajamos, el presente no logra su plena realidad; es casi un pasado, casi una anécdota; por eso es nostálgico y, también,
feliz.
ADOLFO BIOY CASARES

sábado, 2 de agosto de 2008

POEMAS PARA UNA FOSA COMÚN, Ramón Cote

RAMÓN COTE


Poemas para una fosa común



Arnao Ediciones


Madrid


1984







TESTIMONIO DE SOLEDAD


Tu silencio alarga la mano
como el cuenco de esta luna mendiga.
Tu callada evidencia
vadea a toda hora la lluvia
por la que paso,
tu vocación de azar.
Tus ojos aún sin color para mis ojos.
Tu voz es el espejismo de todos los pájaros.

miércoles, 30 de julio de 2008

LAS MUJERES, QUE LEEN, SON PELIGROSAS, Stefan Bollman

LA LECTURA, Pierre-Antoine Baudouin [Hacia 1760]



Unos quince años más tarde, Pierre-Antoine Baudouin, parisino como su contemporáneo Chardin, pinta también a una mujer que disfruta del placer de la lectura.
Baudouin era el pintor favorito de la marquesa de Pompadour, que aparece en el famoso cuadro de su maestro y suegro, François Boucher, represen­tada en su gabinete. También está leyendo, aunque no parece absorta en su lectura, tendida sobre una cama suntuosa, pero completamente arreglada y dispuesta para salir, y, llegado el caso, lista para recibir incluso al mismo rey.
La lectora de Baudouin, en cambio, da la impresión de no poder ni querer recibir a persona alguna en su cámara prote­gida por un baldaquino y un biombo, a menos que se tratase del amante soñado, surgido de la dulce narcosis de su lectura. El libro se ha deslizado de su mano para reunirse con los otros objetos tradicionalmente asociados al placer feme­nino: un pequeño perro faldero y un laúd. A propósito de semejantes lecturas, Jean-Jacques Rousseau hablaba de libros que se leen sólo con una mano, y en este cuadro, la mano derecha que se desliza bajo el vestido de la mujer tumbada extática sobre su sillón, los botones de su corsé abiertos, revelan claramente a qué se refería. Sobre la mesa que destaca a la derecha del cuadro, irrumpiendo desordenadamente en la escena, se encuentran folios y cartas, una de ellas con la inscripción Histoire de vovage (Historia del viaje), junto a un globo terráqueo. No se sabe si evocan a un marido o a un amante distante que regresará algún día, o si se refieren sólo a la despreocupa­ción con que la erudición se sacrifica en aras del placer de los sentidos.
Aunque la tela de Baudouin sea decididamente más frívola y más directa que la representación del placer de la lectura según Chardin, se podría afir­mar que es mucho más moralizadora: como tan­tas pinturas de su tiempo y de épocas posteriores, el cuadro advierte sobre las funestas consecuencias de la lectura. Pero en este caso no es evidente­mente más que una ilusión: Baudouin coquetea en realidad con la moral y la utiliza como maniobra de distracción. Al mostrarnos a una mujer domi­nada por sus fantasías sensuales, en una pose se dirige a un público vez más hipócrita, como de «pequeños abates, de jóvenes ahogados vivarachos, de obesos financieros y de otras gentes de gusto», tal como lo describía con lucidez Diderot, contemporáneo y crítico de Baudouin. Sea como esa mujer seducida por la lectura tiene que pagar por ello: porque no se trata de su propia visión del mundo, sino de la de aquellos que la observan, ansiosos por dejarse llevar por una brizna de libertinaje.


Stefan Bollman, Las mujeres, que leen, son peligrosas, Maeva, Madrid, 2006.

sábado, 26 de julio de 2008

COMO LA VIDA MISMA, Raúl Vacas


Como la vida misma


Si el zapato se ajustara a tu pie,

si fueras tú, ratita presumida,

la que me barre el sueño cada noche.

Si no hubiera manzanas que morder,

ni cestas con pasteles de jengibre

y leche uperisada, encargaría

un espejito caro para tus rizos

de oro. Te llevaría a otro país

cientos de leguas más al norte. Nunca

te besaría mientras duermes y no

te invitaría a cochinillo asado.

Si te pusieras aquel traje nuevo

solo mil y una noches de tormenta

tal vez la realidad no fuera un cuento.

RAÚL VACAS, Consumir preferentemene, Anaya, Madrid, 2006.

DESVÍO POR OBRAS:

http://raulvacaspolo.blogspot.com/

viernes, 25 de julio de 2008

[Se miran...], Oliverio Girondo

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

Oliverio Girondo, Espantapájaros (Al alcance de todos), 1932.

domingo, 20 de julio de 2008

UN LUGAR LLAMADO CHAIÁN, Luisa Castro

Un lugar llamado Chaián


Manolo me llamó para decirme que me esperaba allí.
—¿Challán, como el cantante?
—Sí, pero no es un restaurante, es un merendero o algo así. Estarán también Pepe y Pili. Está en el río, en el Tambre.
Manolo, con su mercedes antiguo comprado por 6oo euros. Tenía ganas de verlo. Y a los demás, los amigos de la facultad. Hacía al menos diez años que no sabía nada de ellos. No me costó llegar. Conduje desde el aeropuerto después de dejar a mis hijos, atravesé el polígono industrial en las afueras de Santiago y una vez allí me encaucé por la carretera que bordeaba el río hasta que vi el letrero: Chaián con i latina.
Qué sitio tan raro. Un lugar escondido bajo la carretera, un remanso arbolado junto al río. No había muchos coches, tres o cuatro familias dispuestas a pasar una tarde tranquila ocupaban las mesas y los bancos de madera. Pescadores y cazadores, afi­cionados del lugar acabando de comer o echándose una siesta. Ni siquiera me fijé en sus caras. Estaba segura de que mis pies me llevarían sin error hacia el grupo que yo buscaba, y ensegui­da vi entre las mesas a Manolo, y luego a los demás compañeros de la facultad: Pepe, Pilar, Alberto, y otros a quienes conocía menos. A todos ellos la vida les había unido y ahora formaban
un grupo de amigos con sus hijos entorno, seis o siete pequeños de entre tres y ocho años, y una bebé de cinco meses dentro de su cochecito. Faltaba Lola. Hacía muchos años que Lola ya no estaba con nosotros.
A partir de una edad uno empieza a mirar con complacencia a su alrededor. La vida, como el río, se remansa en un espacio de turbulenta quietud. Decides detenerte, contemplar el río sin siquiera meterte, esas aguas tranquilas y oscuras donde cha­potean los niños. Y miras atrás y piensas qué hubiera sido si nunca te hubieras separado de ellos, si en ese flujo de la corrien­te te hubieras aferrado al tronco matriz, muchas tardes en Chaián, tus niños amigos de estos niños, y Manolo mismo ¿no hubiera sido un buen marido? En este sitio donde las horas pasan sin darte cuenta, con nuestro vino y nuestras empanadas. Pero la corriente te llevó, y la misma corriente trajo a otros a tu lugar: Manolo, diez años en Oxford. Bogart, alemán y portu­gués. Enric, un catalán casado aquí. ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué parece que el tiempo no ha pasado y podemos hablar como si nos comprendiéramos?
La misma alegría que después de un examen. Aún no sabe­mos el resultado pero nos hemos presentado, no somos unos desertores, seguimos presentándonos a cada convocatoria, a cada humillación. Eso somos, hojas arremolinadas en el reman­so del río después de la primera embestida de la corriente, des­pués del primer extravío y la zambullida primera en la corriente. Pero aquí en Chaián todo es paz. Una paz apenas alterada por las pistolas de agua de los niños. Eres de las que no te mojas, te parapetas al lado del cochecito del bebé, te ríes mientras los ves jugar. Pepe y Manolo con dos pistolones de agua simulando una guerra que rompe por un momento la sensación de quietud del sitio, y el calor asfixiante, un calor que ni siquiera desaparece bajo las sombras de los árboles, un calor espantoso en este junio extraño, la canícula de “El Jarama”, a eso te recuerda, también de aquella canícula y de aquel calor nos habíamos examinado.
Junto a nosotros, en la mesa vecina, beben y nos miran un grupo de hombres sin mujeres ni niños. Es posible que también ellos, bebedores gregarios, sientan esta soledad del remanso de la corriente: pantalones cortos, cabezas rapadas, viejos y jóvenes pero con pinta homogénea, de manada.
Algunos van a bañarse al río. Otros nos quedamos.
—¿Y qué hacen esos aquí? —pregunta Manolo.
—Qué van a hacer, lo mismo que tú —contesta Pilar—. Vienen a bañarse al río. Nada más.
—Llevan dos horas bebiendo en la barra del kiosko que hay a la entrada —les digo—. Los vi al llegar, no son de fuera, me pare­cieron de aquí.
—Son hooligans —dice Manolo, con su cara seria de uno de Touro que vuelve de Oxford.
—Son cazadores —dice Alberto—, seguramente son una peña de cazadores. Hay muchos por aquí.
—Tú no has visto a un cazador en tu vida —contesta Pepe, que es de Riotorto.
—Estos son de una empresa —dice Pili que es de Ferrol—, de cualquier empresa del Polígono. Acaban de trabajar y vienen a cocerse aquí.
—¿Y estáis seguros de que este río sirve para bañarse? ¿Lo tie­nen limpio? —me digo.

Los niños y las madres se bañan en las aguas quietas y oscuras del Tambre. Nuestros vecinos hooligans pasan de la modorra inicial a una alegría de adolescentes ebrios. De las cervezas al whisky. De la calma a la excitación. Uno de ellos trae un radio­cassete y pone a todo volumen una canción que se repite machaconamente
—Estos son sólo unos horteras. De cualquier sitio pero unos horteras.
—Es de la Pantoja —dice Manolo con cara de incrédulo—, esa canción es de la Pantoja.
La canción se enreda en un estribillo repetitivo que ya empie­za a metérsenos en los oídos:
—“Ereees fueeego que me queeema, me encieeende las venas...
Al grupo de seis o siete hombres se suman algunos más, todos con las mismas pintas, y empiezan a bailar entre sí.
—¡Sí que es la Pantoja! —se ríe Pilar.
—Pues maldita la gracia que me hace estar escuchando a la Pantoja en este sitio —dice Bogart—, ¿es que no se dan cuenta de que están en un lugar público?
—“Ereees fueeego que me queeema...
—Para eso sirven los lugares públicos —digo—. Para eso se viene a Chaián.
—Nunca había estado aquí, la verdad.

En las mesas vecinas las otras familias siguen comiendo, jugando a las cartas, leyendo. La voz del radiocassete se eleva por momen­tos. Nuestros vecinos hooligans son los amos del bosque.
—Se ve que conocen este lugar —dice Pepe—. Están como en su casa. Más bien somos nosotros los que empezamos a moles­tar. ¿No te da esa impresión?
—De perdidos al río —dice Pilar, y se pone a bailar.
—“Eeerees fueeego que me queeemaa...”
También baila Elisa, la madre del bebé de cinco meses. Y los niños, con sus toallas, se ríen y se mueven al son de la Pantoja.
—Mira, mira —dice Pepe—: están como cabras, acaban de colgar una revista pornográfica en el árbol.
A pocos metros de nosotros, en la rama de al lado, ondea como bandera a todo color una revista abierta por la mitad con el sexo y el pecho de una mujer a doble plana.
—Menudos guarros —dice Elisa—, esta no es gente de aquí.
María, en bikini, va y viene bailando y sirviéndonos vino a todos los de la mesa. Es la única que no se ha engordado en todos estos años.
—María, ponte el pantalón —dice Juan, y empieza a ponerse nervioso—, ponte el pantalón o vámonos de aquí.
—No seas exagerado —replica María—, no se meten con nadie, sólo se están divirtiendo.
—¿Vivan las tetas! —oímos que grita un tío del grupo.
Otro, con un hacha en la mano, se sube al árbol que nos da sombra y empieza a astillar una rama como un mono. Las madres recogen a sus niños en los brazos.
—CPara qué traen un hacha? —pregunto——. ¿No les basta con apedrearnos con la Pantoja? No sé por qué hay que aguantar todo esto, yo creo que tendríamos que irnos de aquí.
—“Eeeereees fueeego que me queeemaaa...”
—Podríamos irnos, sí —dice Manolo, cada vez más serio.
—Hay que pararlos —dice Bogart—; esa rama se nos va a caer encima. Ese tío está loco.
—Déj alo —digo—, ya se baja, sólo están borrachos, sólo quie­ren llamar la atención. Mejor, vámonos.
—Que se vayan ellos.
—Ya se van, ya se van.
De repente, los hooligans desaparecen de nuestro lado, sólo se oye la música, discutimos si irnos o no cuando de pronto, en el fondo del merendero, junto al kiosko empezamos a ver volar sillas. Hay a lo lejos un gran estrépito de gritos de hombres. Aterradores.
—¿Se están peleando —oigo a Manolo—, están sacando cuchillos!
Empezamos a recoger pero no nos da tiempo.
—¿Los niños, coged a los niños! ¡Vienen hacia aquí!
Los gritos de María, Elisa y Pilar invaden el bosque. Nuestra mesa se queda vacía. Me falta el bolso, no veo a mis amigos, los niños y sus madres han huido hacia el fondo del bosque, no veo a Manolo.
—¿No corráis! —grito—. ¡Por favor, no corráis! ¡Van a macha­caros si corréis!
En menos de un segundo se nos echa encima la avalancha de hombres enfurecidos corriendo bosque abajo hacia nosotros, con palos de hierro, hachas y cuchillos, con la cabeza abierta y la sangre manando de sus frentes rapadas. Vuelan botellas contra los árboles, contra los niños.
—¿A por ellos! —oigo—. ¡A por estas malditas familias, hijos de puta, que ya no se puede venir al río, que todo esta lleno de putos niños!

Ahora no puedo saber. Hay peleas a mi alrededor, estoy sola, quie­ro irme de ahí, me han llevado el bolso, las llaves del coche están en el bolso, no, espera, no nos podemos ir, falta un niño, falta el niño de María, quiero irme, Manolo, ayúdame a irme ¿dónde estás? ¿Dónde están los niños? Pilar tiene un ataque de nervios, María ha perdido a su hijo, está en shock, vámonos de aquí, no, no, espera, vámonos por favor, vámonos con esa familia, ellos tam­bién se van, pero allí están los cabrones, están esperándonos a la salida. Manolo encuentra al niño, aquí está, coge en sus brazos al niño de María, me coge de la mano, me tiembla todo el cuerpo, pienso en mis hijos que por suerte no han venido conmigo y pien­so que tengo que salvarme por ellos, que no me puedo morir ahora, que no me pueden matar estos cabrones. ¿Y el niño de María, tienes al niño? Ahora vámonos, por favor, qué hacéis aquí gimiendo y lamentándoos, esa gente no va a parar hasta que ma­ten a alguien, han venido a robarnos y a matarnos, han venido a eso y no van a parar. Antes, que no hacían nada, queríais iros y ahora que ya han empezado os queréis quedar. ¿Qué os pasa?
—Han llamado a la policía. Tranquila, tenemos que esperar.
—¿Esperar a qué? ¿A qué nos maten?

Estamos ahí como conejos esperando a que nos maten, la ma­nada de hombres sangrientos no tiene miedo a la policía, no se van.., nos están acorralando, si nos quedamos nos matarán. Quedarnos es una provocación. Huir también. Retirémonos sin correr pero retirémonos. Si nos matan nos van a matar igual pero yo no quiero dejarme matar, quiero irme, quiero irme de aquí.

No sé cómo hemos llegado hasta el coche. Estoy dentro del mer­cedes viejo de Manolo, del que compró por seiscientos euros, con un niño que no es mío y un marido que no es mío. No sabe­mos nada de nuestros amigos, pero tenemos que huir, ponemos en marcha el coche, cerramos las puertas con llave. Detrás de los cristales los cabezas rapadas nos miran amenazantes, con las frentes llenas de sangre, con barras de hierro en las manos, con estacas y cuchillos caminando a cámara lenta por detrás de los cristales. Parecen bueyes tranquilos, parecen animales sedados, como si alguien les hubiera inyectado una droga, como si hubie­ran matado a alguien. ¿Han matado a alguien, Manolo, han ma­tado a alguien?



LUISA CASTRO, Podría hacerte daño, Ediciones del viento, La Coruña, 2005.