domingo, 27 de marzo de 2011

LAS SÁBANAS, Max Aub

LAS SÁBANAS

A la memoria de Jules Romains

Doña Adriana Recaséns Rubio de Santos Martínez (1823-1871) compró a don Juan Aguirre Lemus dos piezas de hilo irlandés —de la casa O'Casey— de cuarenta y dos yardas, para la dote de su hija María, que se casó con don José Ruiz Manterola, el 18 de septiembre de 1846. Salieron ocho juegos, con sus correspondientes fundas de almohadas, que fueron incrustados y bordados por la propia doña Adriana, ayudada por sus tres hijas, Paquita Monllor, su prima, contando con Josefina, su ahijada bizca, un águila con la aguja en la mano.
María Luisa Santos Recaséns de Ruiz guardó las sábanas como oro en paño y, tan pronto como nació su primogénita formó el propósito —que cumplió— de dejárselas intactas, para su futura y legítima coyunda. Efectuóse ésta el 18 de mayo de 1891. El cónyuge. Gastón Mariscal Roble, falleció majareta, tres años después dejando a Adriana rica y con dos hijos —Joaquín y Gastoncito—; el primero (1893-1937) fue fraile; el segundo casó, en 1918, con Mariquita López González. La breve vida matrimonial de la suegra de esta última, no le dio tiempo de gastar los juegos de cama de su abuela que pasaron, íntegros y amarillentos, al ajuar de la nueva pareja, que procreó a Blanca Mariscal López, nacida el 8 de julio de 1921; su padre la trajo a México en 1939, por razones políticas que no son del caso. Blanquita se desposó, en la Profesa, de la capital mexicana, el 19 de septiembre de 1943, con Rodolfo Castellanos Mendieta, coahuilense de muchos posibles. Por un azar (—Lo perdimos todo, todo, todo, en Madrid), las sábanas atravesaron el charco y descansaron en el fondo de un mundo, de los que ya no se pueden gastar, que no cupo en el clóset del piso de la calle de Lucerna —el 26— de donde salió la novia: se quedaron en Veracruz, en casa de un amigo del refugiado, muerto de un infarto, en 1961. Su hija falleció, en Saltillo, el 2 de noviembre de 1987, dejando bien establecida a su hija mayor, Guadalupe Castellanos Mariscal, en la capital mexicana, dueña y señora de unos courts, que heredó, con todas las de la ley, de Mauricio López Muñoz, sinvergüenza simpático, más aficionado a lo de fuera que a lo de casa, de lo ajeno que de lo propio, llegado a oficial mayor de la Secretaría de Fomento en el sexenio 1982-1988. El baúl había pasado a un cuarto de criados de su casa de Zapotanejo, una playa de moda, a veinte minutos de la capital. Para unas recámaras puestas a la antigüita, doña Guadalupe las buscó; no existían sino a retazos, comidas de las ratas.
La señora, gorda, importante e impotente, cargada de nietos, se indignó:
—¿Qué le puede importar a Dios que se gasten de una manera o de otra? ¿Y ahora qué?
Blasón desmoronado: las sábanas famosas, conocidas de oídas por todos.
—Lo que desgasta a las sábanas no es el dormir... ¿Y éstas?
—Murieron vírgenes —dijo Manuel, nieto de buen ver.
—Vírgenes y carcomidas.
—No son las únicas.
—Manolo... (Creyó, sin razón, en una referencia a Águeda Wertheim, una prima seca, con ganas y sin remedio.)
—No se hable más del asunto.
Era demasiado pedir: quince días después, Ruperto Morales Castro, de una rama pobre de la familia, metió el dedo gordo del pie por un agujerillo y estiró. La sábana hizo crac, desgarrándose.
—Lo hiciste adrede.
—¿Adrede?
—Adrede, a estas alturas no me vas a engañar... Por lo menos con los dedos de los pies.
Tema callado, yacente: la sábana de abajo, remendada en el centro con un cuadro grande, con sus orillotas, cicatriz del lienzo.
—¿La voy a tirar?
La economía de la cónyuge le retorcía los mondongos.
—¿No tienes otras?
—¿Y qué? Primero vamos a acabar éstas.
—¿Para qué quieres las que tienes guardadas?
—¿Cuáles? Si no fueras tan poca cosa hubieras exigido las que se quedó Lupe, sin derecho alguno...
Las sábanas de la abuela, de la bisabuela o de quien fuera. Las habían visto una vez —cuando el baúl pasó de Veracruz a Zapotanejo—, amarillas, gruesas, pesadas, rugosas, adornadas, bordadas en relieve A. R. (Ya nadie se llama Adriana, ya nadie —en la familia— se apellida Recaséns.)
—Hilo, como ya no se fabrica.
El dote inmemorial de la familia. De la tatarabuela a la bisabuela, de la bisabuela a la abuela, de la abuela a la madre —fallecida hace, quince años—, de Ruperto, el del dedo gordo del pie en el agujero rasgado.
—Si fueras hombre, no hubieras dejado que se las llevara Lupe. Te correspondían a tí, a ti. Pero tú... Y no digo para nosotros, sino para Ruperta.
La hija única (veintiúníca, decía su hermano Abel), fea y mal casada madre de seis retoños.
—No dices más que tonterías.
—No es ninguna tontería. Esas sábanas debían de ser nuestras.
—Las sábanas Recaséns acabarán en un museo...
—¡Ojalá se las comieran las ratas!
La esposa se levantó furiosa, furiosa se fue a dar un vistazo a los canarios, furiosa se vistió, furiosa salió a la calle, furiosa la atropello un camión, furiosa murió.
Fue una de las últimas referencias. Hubo otras tres, en cinco años:
—Si tuviéramos las sábanas españolas... —recordó María Teresa, una prima que administraba los courts, una espléndida mañana de mayo, en 1992.
—Menos mal que no son las sábanas de hilo irlandés —trajo a colación Carlos, en la cama matrimonial, una madrugada oscura en que Rafaela, su oíslo, soñó estar en el baño y empapó el colchón, en 1997.
—Como las sábanas de la bisabuela —dijo Adriana Martínez de López, al sacar unos calcetines carcomidos, una tarde de octubre de ese mismo año.
Luego se olvidaron del todo.

MAX AUB, La uña, Bruguera, Barcelona, 1977, pp. 145-148.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo he visto sábanas con encajes de bolillos en esta web:

www.tienda.lagarterana.com

Una auténtica obra de arte.