miércoles, 27 de julio de 2011

REGLA DE ORO, Etgar Keret


REGLA DE ORO

   Por lo general, no nos besamos en público. Cecile, a pesar de todo lo guay que es, los escotes que lleva y su fuerte carácter de pelirroja, no deja de ser una rematada tímida. Y yo soy de esos que se fijan mucho en todo lo que pasa a su alrededor y que nunca consiguen olvidarse de dónde están. Pero la verdad es que aquella mañana sí lo conseguí y de repente Cecile y yo nos encontramos besándonos y abrazándonos sentados a la mesa de un café, como una pareja de estudiantes de instituto que intenta hacerse con un poco de intimidad en un lugar público.
   Cuando Cecile se fue al lavabo me terminé el café de un trago. El resto del tiempo lo aproveché para arreglarme un poco la ropa y ordenar las ideas.
   —Eres un hombre con suerte —oí una voz con un fuerte acento de Texas a mi mismísimo lado.
   Volví la cabeza. En la mesa contigua había un hombre mayor con una gorra de béisbol. Todo ese rato que nos habíamos estado besando él había estado allí, hubiese podido tocarnos con sólo alargar la mano, y nosotros habíamos jadeado y gemido casi sobre su beicon y su huevo revuelto sin tan siquiera darnos cuenta de su presencia. Resultaba realmente desconcertante, pero no había manera de disculparse sin empeorar las cosas todavía más. Así que me limité a sonreírle y a asentir con la cabeza.
   —No, de veras —continuó el viejo—, es muy raro conseguir conservar el amor después de casados. Normalmente, en cuanto la gente se casa, eso, sencillamente, desaparece.
   —Como usted ha dicho —seguí sonriendo—, soy un hombre con suerte.
   —Yo también —se rió el viejo, y alzó la mano con la alianza de boda—, yo también. Llevamos juntos cuarenta y dos años y ni tan siquiera hay asomo de desaliento. Mira, por mi trabajo me veo obligado a volar muchísimo y cada vez que me separo de ella, te lo digo, me entran ganas de llorar.
   —Cuarenta y dos años —le dije dejando escapar un educado silbido de admiración—, debe de ser una mujer muy especial.
   —Sí —lo corroboró el viejo.
   Vi que dudaba si sacar una foto o no y me sentí aliviado cuando renunció a la idea. La situación se estaba volviendo cada vez más incómoda, a pesar de que estaba más que claro que su intención era buena.
   —Tengo tres reglas —sonrió el viejo—, tres reglas de oro que me ayudan a mantener vivo nuestro amor. ¿Quieres oírlas?
   —Pues claro que quiero —le dije, mientras le hacía señas a la camarera para que me trajera otro café.
   —Primera regla —habló el viejo blandiendo un dedo en el aire—: todos los días intento encontrar algo nuevo que me guste de ella, aunque sea un detalle muy pequeño, ya sabes, la manera que tiene de contestar al teléfono, la forma que tiene de elevar la voz cuando simula no entender lo que digo y cosas por el estilo.
   —¿Todos los días? —me admiré yo—. ¡Eso tiene que ser muy difícil!
   —No tanto —se rio el viejo—, todo es ponerse a ello. Segunda regla: cada vez que veo a nuestros hijos, y ahora también a nuestros nietos, me digo a mí mismo que la mitad del amor que siento por ellos lo siento en realidad por ella. Porque la mitad de ellos son ella. Y última regla —siguió enumerando cuando Cecile, que ya volvía del lavabo, se sentó a mi lado—: cuando vuelvo de un viaje siempre le traigo un regalo a mi mujer. Aunque solamente me haya ido por un día.
   Asentí con la cabeza y le dije que lo recordaría. Cecile nos miraba a los dos algo confusa porque yo no soy precisamente el tipo de persona que entabla conversación en un sitio público con un desconocido, y el viejo, que por lo visto se dio cuenta de ello, se puso de pie dispuesto a marcharse. Se tocó el ala del sombrero y me dijo:
   —No cambies.
   A continuación le hizo una pequeña reverencia a Cecile y se fue.
   —¿Mi mujer? —se rió por lo bajo Cecile haciendo una mueca—. ¿No cambies?
   —Olvídalo —le dije acariciándole la mano—, es que ha visto mi alianza de boda.
   —Ah... —dijo Cecile dándome un beso en la mejilla—, tenía un aspecto un poco raro.
   En el vuelo de vuelta a Israel estuve solo, tres asientos para mí, pero como de costumbre no pude dormir.
   Pensé en el negocio con esa compañía suiza con la que no estaba muy seguro de que fuera a cuajar el acuerdo, y en la Play Station que le había comprado a Roí con el mando inalámbrico y todo. Y al pensar en Roí intenté recordar todo el rato que la mitad de mi amor por él era en realidad por Mira, y después intenté pensar en algún detalle que me gustara de ella, esa cara que pone corno de indiferencia cuando me pesca en una mentira. Hasta le compré un regalo en el Duty Free del avión, un perfume francés nuevo que la joven y sonriente azafata dijo que ahora todos compran y que incluso ella usa.
   —Compruébalo tú mismo —dijo la azafata y me tendió el bronceado dorso de la mano—, ¿no huele divino?
   Y la verdad es que la mano le olía maravillosamente bien.
        

ETGAR KERET, Un hombre sin cabeza, Siruela, Madrid, 2011, pp. 142-145.

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