lunes, 27 de agosto de 2012

EL FANTASMA INGLÉS, Álvaro Cunqueiro


EL FANTASMA INGLÉS
        
   En una aldea de Wilshire, en la posada conocida por «El Cisne que toca las campanas», se detuvo el día de difuntos de 1700 un caballero que viajaba como jinete en un penco galés en compañía de un espolique mocete de catorce.
   No más llegar preguntó el viajero al maese del mesón si había llegado un amigo suyo algo pariente, y que tanto se le parecía que la gente no los distinguía. Dijo el huésped que no había llegado viajero alguno.
   —Nos habremos equivocado de posada —dijo el caballero, que volvió a su jaco galés y siguió su viaje.
   Al cuarto de hora, en un bayo flaco, llegó otro viajero con un criado negro, anciano, que llevaba al hombro una bolsa doble de cuero. Hizo al posadero las mismas preguntas que el caballero del penco galés.
   —Ahora mismo salió para la otra pasada, señor —dijo el maese.
   —Volverá —dijo el viajero— y le diréis que no puedo esperar y que ya nos veremos al año próximo.
   Se marchó el viajero del caballo bayo, y minutos después llegó el del penco.
   —Ahora se ha ido el pariente de su merced, y en verdad he de decirle que no se parecen ustedes en nada. Dijo que el año próximo estaría aquí, a la misma hora.
   —Pues vendré a la cita —dijo el desconocido. Y se marchó a trote corto, llevando a la grupa el espolique.
   El día de difuntos de 1701 llegó sin espolique el viajero del penco galés y se sentó ante la chimenea, esperando la visita de su compañero. Llegó éste en su bayo y sin criado negro, y el posadero no reconoció en él al viajero del otro año. Los dos caballeros eran iguales y vestían ropas gemelas; se abrazaron en silencio y en silencio bebieron. El del penco galés buscó un papel en el bolsillo del chaleco y lo echó a las llamas. El del bayo, se levantó y se dirigió hacia la puerta de la posada. Cuando la hubo abierto, gritó:
   —¡Volveré con el humo y las cenizas! —y huyó.
   El caballero del penco pagó y se marchó en silencio. Desde entonces, todos los días de difuntos, a las siete de la tarde, anté la chimenea de «El Cisne que tocá las campanas», sé apiña la gente para ver cómo brota del fuego un blanco papel que flota en el aire y luego vuelve al fuego de donde nació y se consume lentamente. (Scotland Yard envió una vez a la posada a un inspector famoso, que intentó apoderarse del papel, pero no pudo: quemaba como hierro al rojo vivo. Esto me contó un inglés. Años más tarde pasó por la aldea un ilusionista, que leía lo que estaba oculto, y pudo leer lo que el papel guardaba; pero no lo quiso decir porque afirmó que tocaba a la honra de una dama. Hace años se vendió la posada, y consta en la escritura que si antes de que transcurran diez anos el papel deja de presentarse, la venta se anula «ipso facto» si el comprador quiere.)
   Esta es la historia del fantasma inglés; ya sé que no es buena, pero está tan probada, que no se puede pasar sin contarla para edificación de incrédulos.
        
ÁLVARO CUNQUEIRO, Flores del año mil y pico de ave, Seix Barral, 1990, pp. 51-52.

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